De noche me quedaba en casa, conversando con la enferma o charlando con
Angelina. Ella y tía Pepa hacían sus flores, y yo hojeaba un libro o
leía para mí.
--¡Lea usted en voz alta!--solía decirme la doncella.--Lea usted algo
bonito....
--¿La vida del santo del día?
--¡No!--contestaba en tonillo suplicatorio, haciéndome un mohín de niña
mimada.
Traía yo un tomo de versos, generalmente de Zorrilla. Angelina se
encantaba con las leyendas del afamado poeta: «A buen juez, mejor
testigo», «La Pasionaria», «Margarita la Tornera». Con ésta, sobre todo,
que era para ella lo más hermoso de la poesía moderna.
Me parece que veo a la anciana y a la joven muy diligentes y afanosas,
oyendo atentamente los sonoros versos.
Aquella mesita baja y larga, cubierta con un mantel viejo, iluminada por
un quinqué con pantalla verde, y llena de cajitas, ruedas de alambre y
rollos de papel, se me antojaba, a veces, como un arriate engalanado con
todos los primores de un jardín. Mi tía acocaba sépalos sobre la
rodilla; Angelina, pincel en mano, delante de un gran plato, y cercano
el papelillo de arrebol, pintaba pétalos de rosa. Empapábalos primero en
agua acidulada, los enjugaba después entre los pliegues de una toballa y
luego les aplicaba la tinta. Al poner el pincel en el húmedo paquetillo,
aparecía una mancha carminada, de tono intenso, que poco a poco se
desvanecía sin llegar a los bordes. Entonces la joven sumergía las
hojuelas en una solución de alumbre muy ligera, para fijar el color. Yo
seguía leyendo; pero en ocasiones la doncella demandaba mi auxilio.
--Rorró;--así me decía ya, sin que este nombre cariñoso llamara la
atención de mi tía.--¡Rorró, deje usted el libro y ayúdeme!
Se trataba de separar los pétalos uno a uno, sin estropearlos, con la
punta de un alfiler, para que la tela no perdiese el barniz que traía de
la fábrica y sacaran las flores un brillo natural. Iba yo despegando
las hojas y colocándolas cuidadosamente, en filas paralelas, sobre una
servilleta. Esta operación era muy larga.
Una noche la tía se quedó dormida. Advirtiólo Angelina, y me hizo seña
para que habláramos en voz baja, y quedito, muy quedito, mientras
oprimía con la punta de los dedos los empapados paquetillos y los
apartaba en el borde del plato, me dijo:
--Esta mañana estuve en la Conferencia.... Tuvimos una discusión muy
acalorada.
--¿Por qué?
--¡Cosas de las gentes! No piensan con juicio ni entienden las cosas a
derechas.
--¿Quiénes?
--Eso sí no diré; pero es el caso que una señora que usted conoce....
--¿Quién es ella?
--¡Curioso!
--Despierta usted mi curiosidad y....
--¡Ya dije que no lo he de decir!
--Bueno. ¿Qué pasó?
--Propuso una compañera que diéramos socorros a una familia que está en
la miseria. Todas aceptamos; pero entonces esa señora dijo que no; que
no era justo quitar a verdaderos necesitados, auxilios y socorros que no
abundan, para darlos a unas muchachas muy emperifolladas y que tienen
novio.
--La verdad es que....
--No, Rodolfo, qué verdad, ni qué verdad! No es cierto que esas
infelices anden emperifolladas. Suelen vestir bien, es cierto, pero no
porque despilfarran en trapos y moños lo poco que ganan. Andan
arregladas y aseaditas. ¡Eso no es un pecado! Si a veces llevan un
bonito traje es porque se los da una alma caritativa. Y en cuanto a lo
del novio, ¡eso es cosa que a nadie le interesa! Así lo dije yo. Pero la
señora insistió, y entonces una señorita, una señorita muy guapa que
estaba allí, (también la conoce usted) se mostró muy contrariada, y dijo
que aquello no le gustaba; que era muy feo eso de averiguar vidas
ajenas. ¡Y tuvo razón; sí, señor, mucha razón! ¿Verdad que eso no es
caridad? ¿Qué es eso? No, señor; si esa familia es pobre y necesita del
auxilio de la Conferencia, pues darlo, si es posible, si lo hay; o
negarlo si no alcanzan para ello los recursos; pero ¿a qué tales
averiguaciones? La señora no cedía, y entonces la señorita no pudo más,
y exclamó con mucha gracia: «En cuanto a eso de los novios, señora,
piense usted que esas pobres muchachas no se han de quedar para vestir
santos, y recordemos que asunto es eso en el cual nada tienen que hacer
las Conferencias. Si alguna vez ve usted a esas niñas con vestidos
buenos, es decir, con vestidos que no parecen de pobre, es porque yo,
(sólo porque es preciso lo digo), se los he regalado.» Y esto lo dijo
encendida y muy apenada.
--Y ¿quién es esa señorita?
--Después hablaremos de ella.
--Y ¿en qué paró la discusión?
--¡En qué había de parar! En lo que era debido; en que la presidenta
dijo que teníamos razón; que se dieran los auxilios, y que no se
volviera a hablar de eso. La señora se fué mohina, y nosotras salimos
muy contentas.
--Bien hecho, Angelina. Tenían ustedes razón.
--Ahora, vamos a otra cosa. ¿Sabe usted lo que me dijeron esta mañana,
al salir de la Conferencia?
--Si usted no me lo dice.... Veamos, ¿quién y qué?
--¡Ah!--exclamó, sonriendo, dejando ver toda la hermosura de sus
hoyueladas mejillas.--Es algo que a usted se refiere.
--¿A mí?
--Sí.
--¿Quién fué?
--Un pajarito.
--¿Un pajarito?
--Sí.
--¿De qué color? ¿Azul, como el de los cuentos?
Angelina no me contestó, y como si creyera que había dicho algo
inconveniente siguió hablando de otra cosa: ¡de la obra que tenían
empezada, de no sé qué!...
Yo me complacía en mirar los ojos de la doncella, aquellos ojos
soberbios, negros, rasgados, sombreados por la rizada pestaña y la negra
y arqueada ceja. Advirtió Angelina que la miraba yo con interés de
amante, y se encendió al igual de los pétalos que llenaban el plato.
--Angelina... ¿qué dijo el pájaro azul?
Sonrió dulcemente, y me respondió, bajando la mirada:
--Que.... ¡Es usted muy curioso!
--No tengo yo la culpa. Usted despertó mi curiosidad.
--No fué pajarito, que fué pajarita. ¿Dice usted que azul? Pues azul; no
se equivoca usted. Azul y oro... porque es rubia y estaba vestida de
color de cielo.
--¿Qué dijo?
--Pues... dijo, (no crea usted, que lo invento yo, eh?) me dijo...
que.... ¡No; es mejor no poner tentaciones!
Aunque la joven inclinaba la cabeza sobre el plato, pude observar que se
había puesto pálida, sumamente pálida. Velaba su rostro una sombra de
repentina tristeza.
--Angelina...--supliqué--¿qué dijo y quién es esa pajarita? Será una
golondrina de las que anidan en la torre....
--¡Adiós! Las golondrinas no son rubias, ni visten de azul.
--¿Y a qué viene eso de las tentaciones?
--A nada. ¡Cosas mías! Por decir algo... por avivar la curiosidad del
caballero....
--Seriamente. Dígame usted todo. Sin duda que me ha de interesar....
--¡Ah! ¡Y sí que sí!
--Pues... oigo.
--Es el caso....
--Dígame usted todo....
--Todo. Es el caso que una señorita muy guapa, muy elegante, y además
muy rica, la misma que se puso tan seria y abogó por esas pobres
muchachas que pedían socorro a las Conferencias, me tomó del brazo...
y....
--Bien, tomó a usted del brazo... ¿y qué?
--Y salimos.
--Salieron... ¿y qué más?
--Y me preguntó con mucho interés, con «demasiado» interés, quien era un
joven recién llegado a Villaverde, que vive en esta casa, y que tarde a
tarde, se pasa las horas muertas, en un asiento de la Plaza, de codos en
la baranda, y vuelto hacia....
--Hacia la casa del señor Fernández. ¿No es eso?--concluí riendo.
Ella prosiguió:
--Y oyendo tocar a una señorita que vive allí.
Angelina me miraba atentamente, procurando observar el efecto que sus
palabras producían en mí.
--Pues Angelina: ¡diga usted a esa señorita que ese joven soy yo, y que
paso muy gratas horas, oyéndola tocar!
--¡No! ¡Yo no le diré nada! Pero.... ¡Con razón dicen las gentes que
está usted enamorado de Gabriela!--exclamó apenada, trémula el labio,
húmedos los ojos.
--¿Enamorado de esa niña? ¡Ni por pienso! ¡Murmuración villaverdina!
--¿Murmuración? Vale más. Ya dieron en decirlo, y seguirán....
--Créame usted, Angelina; créame usted: la señorita es guapa, sí que es
guapa, linda como un ramo de rosas; pero el joven que se complace en
oirla tocar no ha puesto en ella los ojos, ¡ni los pondrá jamás!
Mi voz despertó a tía Pepa. Yo estaba separando el último pétalo.
La anciana se volvió a dormir, y entonces siguió la interrumpida
conversación, e interrumpida de tal modo que nos dejó turbados, como si
fuéramos dos amantes sorprendidos en furtivo coloquio.
--Usted dirá lo que quiera, Rodolfo. ¡Buenos son los hombres para eso!
No me doy por engañada. ¡El tiempo lo dirá!
--Le juro a usted que hasta hoy supe su nombre. Oía yo: ¡la señorita
Fernández... por aquí; la señorita Fernández... por allá!
--¿Conque no sabía usted el nombre de esa niña?
--No.
--¿No?
--No.
--¿Conque no?
--¡No, y no!
--Pues ya lo sabe usted: se llama Gabriela.
Angelina me veía y sonreía como si dudara de mi dicho, como si quisiera
sorprender en mis ojos la verdad.
--No, Angelina: sería una locura eso de que yo pusiera los ojos en esa
señorita. Sí, una locura, y por mil razones. La primera, la principal, y
que vale por todas, es ésta: porque soy pobre.
La doncella suspiró como si quedase libre de un gran peso.
--Algún día, acaso no muy lejano, sabrá usted, Angelina, a quien amo yo.
Díjele esto fijos mis ojos en los suyos. Ella me dirigió una mirada
profunda, intensa, llena de infinita ternura, dulcemente alegre.
Tía Pepa despertó.
--¿De qué hablaban, Rorró?
Angelina se apresuró a responder:
--De que Rodolfo se ha estado un siglo para separar esos pétalos.
--Y diga usted también que decía que estoy prendado de la señorita
Fernández.
--¡Qué es eso, Rorró!--exclamó mi tía.
--Señora, eso cuentan por ahí....
--¿Usted lo cree, tía?
--No, muchacho; ni sería de mi agrado. A Carmen sí que le gustaría. La
otra tarde me dijo: «¡Ay, Pepa! ¡A mí la única muchacha que me gusta para
Rodolfo es Gabrielita! ¡Qué bonita pareja harían los dos!»
El rostro de la joven se entristeció de súbito, como esos manantiales de
agua purísima cuando pasajera nube les roba por un instante los rayos
del sol.