A veces iba yo a charlar en la botica de don Procopio Meconio. En aquel
famoso mentidero, centro recreativo de ociosos y desocupados, se reunían
a todas horas los jóvenes más guapos y los viejos más parlanchines de la
budística ciudad. En aquella botica concurrían: Venegas, espíritu
fuerte, liberal de la nueva echada, republicano incipiente, muy enconado
contra el malaventurado ensayo imperial; Jacinto Ocaña, monarquista
hasta la médula de los huesos, que siempre que hablaba de Maximiliano,
se descubría respetuosamente, y que a cada instante trababa disputas con
Venegas, sacando a bailar la Saratoga y el Tratado Mac-Lane; el doctor
don Crisanto Sarmiento, retrógrado por los cuatro costados, que vivía
suspirando por el régimen colonial, que se hacía lenguas de
Revillagigedo, que de buena gana viera restablecido en México el Santo
Tribunal de la Fe, y que cuando alguno hablaba de la Independencia,
decía, echándola de agudo:
--¡La maldita «india pendencia» que nos tiene hechos una lástima!
Y no sé cuántos más, entre quienes figuraba el dueño de la botica, el
invariable don Procopio, jugador desenfrenado, que había convertido
aquel templo de Galeno en un santuario de Birján. Solíamos ver allí al
P. Solís. Venía de tarde en tarde, a la hora en que había menos
tertulios; se leía de cabo a rabo los periódicos, y luego... ¡a charlar
con Sarmiento y con Venegas! Mientras don Procopio jugaba adentro con
sus cofrades, afuera, delante del mostrador, en presencia de los
compradores, se enredaban pláticas que frecuentemente se convertían en
disputa. Venegas se complacía en atacar al caído Imperio; Sarmiento le
defendía acalorado y lleno de brío. El republicano se ensañaba contra el
Catolicismo; el médico decía pestes del partido liberal. El pedagogo,
muy encariñado con el «Catecismo Político» de Pizarro Suárez, alegaba no
sé qué razones, en favor de la tolerancia de cultos, y oponía a los
dichos de su contrario algunos de aquellos argumentos protestantes tan
usados por los periódicos a fines del 56 y principios del 57. El médico
montaba en Júpiter; sacaba a relucir sus argumentos en forma, su ciencia
de seminarista, y, por último, a los desahogos de Sarmiento contestaba
con dicterios.
El P. Solís, reflexivo y cachazudo, se estaba quedo; oía y callaba,
hasta que para calmar los ánimos, terciaba en la disputa. Primero, tal
era su táctica--se iba derecho hacia el doctor; le concedía la razón,
pero censurándole acremente sus exageraciones de monarquista.
--Iturbide, (a quien el Acta de Independencia llama: «un genio superior
a todo elogio») hizo una tontería. En nuestro tiempo nadie se improvisa
rey ni emperador. Papel tan alto sólo cuadra a quién fué mecido en regia
cuna, a quien nació en las gradas de un trono. Un pueblo no se da a sí
propio, sólo «porque así lo quiere», un buen gobierno y buenas
instituciones. Es preciso que se los busque de acuerdo con sus
tradiciones; es necesario que tenga en cuenta las enseñanzas de su
historia; es preciso que las instituciones y la Forma de gobierno le
vengan apropiadas, como a mí la sotana, a usted la levita, y a este
joven el saquito corto. Ahí tiene usted explicado lo efímero del imperio
de Maximiliano.
Luego, pasando a la cuestión religiosa, decía sereno y reposado:
--Amigo, amigo don Crisanto: entiendo que la Iglesia no patrocina ni
monarquías ni repúblicas. Para ella, cualquiera forma de gobierno es
buena... ¡cuándo es buena! Poco le importa que el jefe de un Estado se
llame rey o presidente o emperador. No, amigo; no hay que pretender eso
que usted quiere. Nada de identificar la cuestión política con la
cuestión religiosa.
En seguida cerraba contra Venegas. Era de oirle cuando, en un estilo
conciso, breve, incisivo, ponía en la picota los dislates del pedagogo
que nada sabía a derechas y todo se volvía palabras sonoras y
retumbantes. Se burlaba de él; se reía a más y mejor de sus conclusiones
luteranas, y después rebatía, con mucho acierto, los errores del mozo.
--¡Joven! ¡joven!--prorrumpía en tono de sermón.--Esta Constitución que
usted pone por las nubes, no ha sido hecha de acuerdo con las
necesidades del país. Hago punto omiso de cuanto hay en ella contra la
Religión. Pugna contra nuestras costumbres. Nuestro prelado no está
educado para esas libertades. Dígame usted: si yo para contestar una
demanda tendría que consultar con Castro Pérez, o con cualquier
tinterillo, ¿qué haré si un día llego a diputado y tengo que legislar? Y
cualquiera puede llegar a diputado: usted, el doctor, ese indio que va
por allí, muy cargado con su soberanía, yo.... No, yo no, porque soy
sacerdote, ministro de un culto, y por ende no soy ciudadano más que a
medias. Pues ¡claro! o no sabrían ustedes lo que habrían de hacer, y
votarían a la buena de Dios, o lo que es más seguro a la buena del
Diablo. Ahora, cuanto a las perrerías esas que ha vomitado usted contra
la Santa Madre Iglesia, vamos al grano, señor y amigo mío: no sabe usted
lo que se dice. ¡Ya se ve! Toda su ciencia de usted está en el Catecismo
de Nicolás Pizarro. Vamos, joven: beba usted en fuentes más limpias, y
no hable por ahora de cosas que no entiende. ¡Y aquí paz, y después
gloria! Y ¡adiós, amigos! Me voy; no he rezado el oficio, y es la horita
del chocolate. ¿Ustedes gustan?
El exclaustrado se iba; Sarmiento se componía la chistera y tomaba el
portante, y Venegas se marchaba diciendo pestes de frailes y
retrógrados.
Nosotros nos quedábamos comentando la conversación de los tertulios,
hasta que a las seis me iba yo a instalar en un asiento de la Plaza,
para oir tocar a la señorita Fernández.
Conviene saber que la familia Fernández era mal vista en la ciudad. Su
cultura chocaba a los buenos budistas de Villaverde. Cuando compró la
hacienda de Santa Clara, el señor Fernández vino a vivir a mi ciudad
natal, y procuró relacionar a los suyos con lo mejor de Villaverde.
Pero éstos no hicieron relaciones con nadie; mejor dicho: los
villaverdinos no correspondieron a los deseos de la señora y señorita
Fernández. Sólo intimaron éstas, con Sarmiento y el P. Solís, pues
aunque visitaron a las principales familias de la ciudad, mis buenas
paisanas no dieron muestras de estimación por las recién llegadas.
Las gentes de Villaverde, las mujeres particularmente, no veían con
agrado los usos y costumbres de la familia Fernández. Murmuraban de
ella, susurraban acerca de la señorita tonterías y burlas, y, como es
natural, a la simpática y elegante pollita nada de esto le agradó.
--¿Gabriela Fernández? ¡Más orgullosa! ¡Más frívola! ¡Qué pagada de sí!
¡Qué entonada! ¿Qué se estará creyendo? Si creerá que en Villaverde no
hemos visto lujo ni elegancia.... Sí, sí, ya sabemos que dice que esta
población es una hacienda grande.... Creerá que viene a deslumbrarnos
con sus exterioridades y sus trajes. ¿Y todo por qué? Porque sabe tocar
el piano. Allí está Luisita Castro Pérez que toca tan bien como ella, y
sin embargo es modesta y humilde. Pues se engaña; no hemos de visitarla
ni por una de estas nueve cosas. ¡Que gocen de su lujo y de su dinero!
¡Que luzca Gabrielita sus trapos caros! Para nada necesitamos de ella.
¡Qué gusto!--repetían las envidiosas.--¡Qué gusto! ¡Todos los muchachos
de aquí salen con cajas destempladas! ¡Mejor! ¡Mejor! ¡Quién les manda
enamorar marquesitas! Y bien visto, ¿quiénes son los enamorados?
Eduardito... ¡sólo Eduardito! El muy tonto, como tiene dinero, como su
padre es rico, está seguro de que le hará caso.
Mis paisanos no tardaron en advertir que, tarde a tarde me pasaba yo las
horas oyendo tocar a Gabrielita. Una noche, al entrar en la botica, oí
que hablaban de la señorita Fernández, y que decían algo de mí. Pronto
supe que en todos los corrillos, en todos los mentideros, en cada casa,
decían y repetían que estaba yo enamorado; que me bebía los vientos por
la hija del acaudalado dueño de Santa Clara.