Dejóme triste y abatido la conversación de Andrés. La generosidad de
aquel servidor, fiel en todo tiempo a sus amos, me llenó de admiración.
Andrés no tenía familia; no conoció a sus padres; le dejaron huérfano en
muy temprana edad, y pasó la infancia en el campo, desempeñando
rudísimas labores, al servicio de gentes que lo trataban mal. Solía
recordar las amarguras de esa época, y contaba minuciosamente sus
trabajos y sus penas; pero nunca le oímos quejarse de la aspereza de sus
primeros amos, ni jamás se le escapó una palabra en contra de ellos.
Mi padre le sacó del rancho donde vivía, le tomó a su servicio, y el
mancebo fué bien pronto digno del cariño de todos nosotros.
No quiso casarse.
--¿Para qué?--contestaba.--¿Para qué? No me hace falta la familia.
¡Ustedes son mi familia, ustedes son todo para mí!
Cuando la familia vino a menos, y mis tías no pudieron ya retribuir sus
servicios, Andrés, más por ser útil a nosotros que por deseos de medro,
nos dejó y fué a establecerse en un pueblo cercano. Con sus ahorros, ya
muy mermados por haber subvenido secretamente a las necesidades de la
familia, puso una tienda, y allí, a fuerza de trabajo y de economías
hizo un piquillo, que,--como decía,--le bastaba para vivir y auxiliar a
las señoritas.
Cayó enferma mi tía Carmen, y Andrés se dijo:--«¡A Villaverde! No debo
vivir lejos de la familia. Ahora más que nunca necesitan de mí. ¿De qué
sirve ir a verlas de cuando en cuando?»
Traspasó, malbarató el «changarro», lió el petate, y se vino a
Villaverde. En Pluviosilla hubiera estado mejor y habría medrado
fácilmente, pero como su objeto era vivir cerca de mis tías no vaciló en
trasladarse a la budística ciudad.
Mientras residió en Santa Rosa venía cada ocho días, sin faltar nunca,
así lloviera a cántaros. Entre ocho y nueve de la mañana, allí estaba
Andrés en su caballejo, muy cargado de frutas, semillas, y aves de
corral. Al irse, domingo por la tarde o lunes muy tempranito, no dejaba
de poner en el comedor cuatro o cinco duros; acaso buena parte de sus
ganancias.
De tiempo en tiempo recibía yo en el colegio algún regalo suyo:
magníficas frutas, mangos cordobeses, piñas amatecas, y naranjas-limas.
Algunas veces dinero, después que pasaba la cosecha del tabaco y del
café. Al recibir los diez o doce pesos me decía:--«¡Andrés está en
fondos!» Y me alegraba yo por él y por mis tías.
Cierta ocasión recibí una cajita de puros. Me la entregó Ricardo Tejeda.
Dentro de la carta de la tía Pepa venía una tira de papel, en la cual
escribió Andrés, con aquella su letra torpe y desgarbada: «Para que
chupes. Ya eres grandecito, y ya te gustarán los buenos puros. Decía mi
amo que un puro bien revoleado disimula la arranquera».
Entonces no me gustaba el tabaco. Ricardo se fumó todos los puros. El
domingo se me presentaba hecho un figurín:
--Rodolfo: ¡dame uno de aquellos de nuestra tierra!
El dio cuenta de los tabacos; él, que no tenía necesidad de disimular la
arranquera.
El fiel servidor, establecido en Villaverde, allá por el barrio de San
Antonio, en una tienda que se llamaba «La Legalidad», fué, como siempre,
una providencia para las tías. Desde luego resolvió que ellas le
asistieran, y por ello pagaba más de lo justo.
--¡Que nada falte;--repetía--veremos hasta dónde alcanza la pita!
Nada de esto me dijo; lo supe más tarde de boca de la tía Pepa. El buen
viejo se limitó a ofrecerme lo que acaso no le era dable hacer--gastarse
cuanto tenía.
Ni la salud de Andrés ni su «piquillo» resistirían cuatro años de
gastos, y cuatro años, cuando menos, me serían necesarios para que
tuviera yo un título y pudiera tratar de compañero al doctor Sarmiento o
al Lic. Castro Pérez.
Hube de conformarme con lo que la suerte me deparaba. Me resigné a dejar
los libros y a renunciar a las alegrías de la vida estudiantil, para
buscar en Villaverde lo que tal vez no faltaría: un destinejo que me
proporcionara cada mes algunos duros.
Confiaba yo en la bondad de mis paisanos, en la benevolencia de nuestros
amigos, para quienes no era un misterio la situación precaria de mis
tías. Me lisonjeaba la idea de que iban a cesar en aquella casa
dificultades y miserias. Tal vez, en lo futuro, gozaríamos de vida más
tranquila; y, a decir verdad, me halagaba ser el jefe de la casa. Con
más dinero la enferma sería mejor atendida, la veríamos aliviada, y
acaso recobraría la salud.
A nadie comuniqué mis proyectos. Procuré, no sin esfuerzo, que me vieran
alegre y contento. Estaba yo apenado y triste. No me creía yo extraño en
aquella casa, ni me sentía degradado al recibir de las pobres ancianas
cuanto me era necesario; no; porque el afecto filial con que las veía, y
el cariño maternal con que siempre me trataron, alejaban de mi ánimo
toda idea mezquina y todo pensamiento humillante. Durante varios días
estuve abatido. Por la noche, a buena horita, me encerraba yo en mi
cuarto, metíame en la cama, y me ponía a leer. Leía yo páginas y
páginas, sin parar mientes en los conceptos. En un vetusto armario me
hallé varios libros: una Historia de Napoleón; no recuerdo qué obra
clásica de arte militar, y ¡oh dicha! dos o tres volúmenes de Walter
Scott. Tomé uno, «La Novia de Lammermoor». En pocas noches le dí fin. Al
acabar la última página advertí que aquella lectura había sido inútil.
Mi cabeza no estaba para novelas.
Temprano, antes de que se despertaran mis tías, salía yo al patio. Allí
me lavaba yo en una gran jofaina que desde la víspera ponían para mí en
el borde de la fuente, entre los tiestos floridos, bajo la copa
aparasolada de un floripondio cuyas campanas de raso se columpiaban al
soplo vivífico de los vientos matinales, mientras en jaulas y ramajes
cantaban los pajarillos la incomparable alborada otoñal. El agua
retozaba en el surtidor y caía desbordante en el pilón. En la superficie
del cristalino líquido bogaban pétalos y flores caídos durante la noche.
Se me antojaban esquifes, gondolillas maravillosas en que bogaban seres
invisibles.
Volvía yo a mi cuarto. A poco principiaba Angelina su matinal faena.
Pronto resonaba en el corredor el ruido de su escoba. En los labios de
la joven susurraba alegre cancioncilla que parecía un eco suave, apenas
perceptible, de la que cantaban los alados músicos en su prisión de
cañas y en la copa de los naranjos ornados ya con amarillas pomas.
Al salir me detenía a conversar con la doncella. Tratábala yo como a una
hermana predilecta, y procuraba inspirarle confianza; pero ella se
mostraba siempre, reservada y asustadiza. Sin embargo, no tardé en
comprender que aquel airecillo gazmoño que tanto me chocó en Angelina el
primer día, no era más que timidez de bondad, muy en harmonía con su
carácter y su belleza, muy natural en quien había tenido tanto que
llorar.
La plática, iniciada con una frase lisonjera en elogio de su diligencia,
se iba enredando poco a poco, sin saber cómo, y más de una vez la tía
Pepilla vino a interrumpir nuestra charla.
¡Dulces instantes aquellos! Angelina, de pie cerca del pretil, envuelta
en el rebozo, caídos los brazos con placentera indolencia, entre las
manos la escoba perezosa. Yo a horcajadas en una silla, o puesto un pie
en el travesaño. Ella, escuchándome cariñosa; yo, bañado en la luz de
sus rasgados ojos.
A las veces, si algún ruido nos anunciaba que tía Pepa venía, sin
motivo, sin saber por qué, nos despedíamos de prisa, y salía yo con
rumbo a los barrios más distantes.
Volvía yo a la hora del desayuno. Ya la casa estaba lista: barrido el
corredor, arreglada la salita, dispuesta la mesa. La doncella solía
sentarse a mi lado. Me atendía y me servía como una hermana cariñosa al
chicuelo preferido, dispuesta a satisfacer todos mis deseos y caprichos,
adivinándome el pensamiento.
Mi tía parecía complacerse en aquella dulce y sencilla fraternidad.
Cualquiera que nos viese juntos a los tres, habría creído que éramos dos
hermanos, y que la anciana era nuestra madre.
El desayuno duraba frecuentemente una hora. Tía Pepa charlaba a su
sabor. Yo y Angelina no sentíamos correr el tiempo. La anciana se
levantaba para ir a sus quehaceres, y al pasar detrás de nosotros se
detenía y nos acariciaba; a mí, estrechando mi frente entre sus manos; a
ella, dándole una palmadita en cada mejilla.
Un campanillazo solía poner término a nuestra conversación. Era que tía
Carmen llamaba.
--¿Dónde está mi Angelina? ¿Qué hace mi Angelina que no viene?