Entonces iba yo a saludar a la enferma. La pobrecilla pasaba muy malas
noches. Padecía insomnios, y ataques de convulsión que la obligaban a
dejar el lecho por algunas horas y a pasearse por el aposento, apoyada
en el brazo de Angelina.
--¡Es para mí una hermana de la Caridad!--me decía la tía
Carmen.--Conmigo no tiene la pobrecilla sueño tranquilo.
Y a Angelina:
--¡Pobre de tí! ¡Eres muy buena, muy buena! ¿Qué obligación tienes de
velar mi sueño? ¡Me da pena llamarte, sí, me da pena! Si lo hago es
porque no quiero despertar a Pepa. La infeliz cae rendida, ¡y ya no está
para eso!
En tanto que yo conversaba con la enferma, en el corredor más lejano se
reunían los discípulos: veinte o treinta niñitos de las principales
familias de Villaverde; un coro de querubines traviesos y mimados.
Pronto resonaba en el patio el rumor alegre del estudio. La buena señora
daba lección a cada niño, y luego se ponía al trabajo en una mesa larga
y angosta.
De manos de mi tía, hábiles por extremo, salían todos los ramilletes que
adornaban las iglesias de Villaverde. Flores de mil clases y colores.
Unas, fantásticas, de papel dorado y plateado; otras, las más bellas,
tan propias y bien dispuestas, que, a cierta distancia, nadie las
distinguiría de las naturales. Allí, torciendo alambres, enhebrando
capullos, acocando pétalos, pintando hojillas, se pasaba mi tía toda la
mañana, y toda la tarde. Sólo dejaba su labor para atender a los niños y
tomarles la lección.
La joven venía en ayuda de la anciana. La doncella se pintaba para
aquellas labores. De su mano recibían flores y ramilletes el último
toque. ¡Qué guirnaldas y qué festones aquellos! Gallardos, sueltos,
flexibles, como las guías de convólvulos y cabrifollos que sombreaban la
fuente. Las rosas... ¡ah! ¡las rosas! Lindas y espléndidas salían de
manos de la anciana; pero Angelina las embellecía al tocarlas. Un tallo
duro, una hoja rebelde, un pétalo sin gracia, todo recibía de la joven
singular hermosura. Parecía que a través de los ramilletes pasaba un
soplo primaveral que daba a las flores vida y lozanía.
Los niños, atraídos por tanta belleza, dejaban sus sillitas, y paso a
paso se iban colocando en torno de la florista. Con las manos detrás,
ocultando el libro, permanecían largo rato, embobados y boquiabiertos,
delante de tantas maravillas.
A las doce concluía la tarea. Los criados llegaban por los niños, y era
la hora de la lección. Mi tía se mostraba severa, fruncía el ceño,
reprendía, amenazaba. Los chicos preferían que Angelina les tomase la
lección. Ella, paciente y bondadosa, conseguía que los niños estuvieran
atentos, y con una mirada o una caricia ponía orden en aquella turba de
diablillos rubios, vestidos con faldellines de seda.
Angelina era una muchacha muy inteligente. Escribía con mucho primor.
Linda letra la suya; suelta, cursiva, elegantísima, sin que lo donairoso
de los trazos le hiciera perder esa suavidad del carácter femenil que no
sólo se manifiesta en el estilo, sino que trasciende a la forma de las
letras, siempre que la mujer no presume de sabia o gusta de llamar la
atención. Difícilmente se le escapaba una falta de ortografía. Escribía
como hablaba, con mucha naturalidad y sencillez, sin rebuscar frases ni
atildamientos, siguiendo el orden lógico de las ideas, ajena a la
calculada afectación, que hace del estilo epistolar una cosa
insoportable y ridícula. Mas no por eso caía en el extremo opuesto, en
las fórmulas de rito y en los conceptos de estampilla. Era muy dada a
los libros; pero sólo leía cuando se lo permitían sus quehaceres. Leía
todas las noches el «Año Cristiano», y se sabía al dedillo las vidas de
los santos.
Una noche le tocó leer la vida de Santa Teresa.
--¡Jesús!--exclamó.--Si ya me la sé de memoria. ¡Puedo repetirla del pe
al pa!
Y como tía Carmen dudara, Angelina refirió, con muy buen acuerdo y muy
donosamente, la vida de la mística.
Cosa rara en una joven; gustaba de los libros serios y se perecía por
los históricos. Había leído tres o cuatro veces la «Historia» de Alamán,
y solía atreverse contra los juicios del célebre escritor, no sin gran
disgusto de mi tía Pepa, para quien los dichos de don Lucas eran un
evangelio.
Discurría de historia patria con mucha donosura, sonriendo, sin
fatuidades ni alardes de saber. Valdría la pena consignar aquí el juicio
de Angelina acerca de algunos libros. Para ella no había mejor novelista
que Fernán Caballero, ni peor novelador que Pérez Escrich.
--Abrir un libro de esos, la «Mujer Adúltera», la «Esposa Mártir», y
tener sueño, ¡todo es uno! ¿Novelas? De Fernán Caballero. Sus personajes
me parecen vivitos, de carne y hueso. ¡Aquello sí que es verdad! Comen,
duermen.... ¡Si me parecen gentes a quienes trato todos los días! Yo no
entiendo de esas cosas.... pero los libros de Fernán me gustan porque
pintan la vida tal y como es. ¿Ha leído usted «La Gaviota?» «¿Elia?»
«¿Lágrimas?»
--¿Y de Cervantes, qué me dice usted, Angelina?
--¡Eso es aparte! «¿El Quijote?» Es algo que parece novela y acaso no lo
es....
--Pues entonces....
--No acierto a explicarme. Si, es una novela; pero algo hay en ese libro
que le pone por encima de todas las novelas.
Me pasaba largas horas conversando con Angelina. A pesar del estado de
mi ánimo y del abatimiento de mi espíritu, cuando tejía con ella la red
de viva plática, recobraba yo mi buen humor de otro tiempo, y me volvía
alegre y jovial, y me olvidaba de esas enervantes melancolías que han
sido, y acaso todavía lo son, nota sombría de mi carácter; de este
carácter mío soñador y lánguido, dado a la pereza y al fantaseo, al
delirio vago y a la meditación sin objeto. Perniciosa melancolía, nacida
tal vez en mi alma cuando viví lejos de mi familia, condenado a las
soledades de un colegio, cuyos claustros vetustos entenebrecieron mi
espíritu; melancolía que me arrastra a los campos y a la espesura de los
bosques, para extasiarme largas horas ante el espectáculo deslumbrador,
a orillas de laguna adormecida, escondido entre los juncos; o para
abismarme en la contemplación de una flor desconocida, modesta y rústica
beldad. Sentimiento tristísimo de la naturaleza que me hace odiosos el
mundo ruidoso y frívolo y los atractivos de una sociedad vanidosa;
sentimiento profundo de las bellezas del mundo físico, sentimiento que
desarrollan en mí los poetas y novelistas románticos. Por fortuna me he
redimido un tanto de las preocupaciones y falsas ideas del romanticismo,
y aunque no del todo exento de ellas, pues aun me queda en el alma
lamartiniana levadura, miro la vida de otro modo, no pretendo que todo
sea a mi gusto y a medida de mi deseo, y vivo tranquilo, como vive toda
buena persona, sin que me atormenten poéticos anhelos, ni me divaguen
devaneos inútiles, ni me amarguen delicadas sensiblerías.