A la salida me detuvo en la esquina unos cuantos minutos. Iba delante de
mí un grupo de chiquillos que venían de la «Escuela Nacional», alegres,
parlanchines, con sus bolsas de brin en bandolera, muy cuidadosos de sus
tinteros, unas botellitas tapadas con un corcho y pendientes de un hilo
que los granujas se enredaban en el índice de la mano derecha. Casi a mi
lado avanzaban paso a paso algunos discípulos de don Román, con el
Nebrija bajo el brazo, serios, graves, orgullosos, muy pagados de su
ciencia, como personas de altísimos saberes. Mientras los escolares se
detenían en la esquina para emprender en la parte más llana de la acera
un partido de canicas o de burras, los latinistas del «pomposísimo
Cicerón» siguieron de largo, volviéndose para mirarme con cierta
curiosidad entre burlona e impertinente. Al fin de la calle, delante de
una tienda, una carreta, tirada por una yunta, aguardaba la salida de
los gañanes. Estaba cargada de barriles de aguardiente y pilones de
azúcar blanquísima, cuyos cristales, heridos por el sol, centellaban con
diamantinas luces. Los animales, entornados los ojos, parecían dormitar.
El buey de la izquierda, un hermoso buey sardo permanecía inmóvil; el
otro, blanco, manchado de negro, se azotaba el lomo con la cola para
espantar las moscas que le hostigaban. En la parte posterior de la
carreta, sobre el barandal, descansaba la crinosa pica.
A mi paso, en todas las calles, en ventanas y puertas, veía yo rostros
que no eran nuevos para mí. Al contemplarlos yo como que se reproducían
vagamente, allá en los rincones más escondidos de mi memoria.
Hombres y mujeres me miraban con insistencia y examinaban atentamente mi
traje, sorprendidos del corte de mi ropa, del pantalón ceñido, entonces
al uso; de la americana cortita; de mi corbata roja (que los
villaverdinos decían de «chinacos»); de mi sombrero abombado, blanco,
salpicado de puntitos negros, como si me le hubieran asperjado de tinta.
Antaño los villaverdinos tenían en el extranjero que llegaba a su
pintoresca ciudad motivo de burla y diversión. Principiaban por reirse
del color de sus vestidos y de su manera de llevar el cabello.
Cuchicheaban de él en sus bigotes, le cortaban un sayo, y luego acababan
por imitar lo que censuraban,--y de la peor manera.
Hace mucho tiempo que no pongo los pies en Villaverde, y entiendo que
mis paisanos son ya más cultos, pues de allá me escriben, y me dicen que
ya no son así: que ya no gustan de presentarse mal vestidos; que adoptan
las modas acertadamente, y que en las sastrerías villaverdinas se
reciben figurines nuevos cada tres meses. Pero entonces, cuando
acaecieron los sucesos que voy a referir, era otra cosa. Los más guapos
usaban zapatones de gamuza; el traje de charro, mal hecho y peor
elegido, era el usual, y por eso los jinetes y cócoras de la vecina
Pluviosilla, donde siempre hubo, aun entre los obreros y gente del
campo, charros muy galanos, llamaban a los petimetres de Villaverde los
«charritos de barro».
En la plaza de la blasonada ciudad nada había variado: la Parroquia
estaba intacta, igual, como la dejé diez años antes, con su graciosa
cúpula de azulejos, su torre arruinada, abriéndose al peso de sus
campanas «ponderosas»,--como decía don Román--la yerba crecida en el
cementerio; el frontis del templo, festonado con espontáneos helechos
que a lo largo de las cornisas lucían sus palmas séricas, y coronaban
con gallardos plumajes el susodicho blasón que los villaverdinos ponen
en todas partes.
Arrimado a la torre, en su rollo grietado y leproso, el cascado reloj
virreinal, con su esfera de mármol y sus agujas doradas, invisibles para
quien las viese de lejos, porque las ocultaba el ramaje de soberbios
ahuehuetes, a cuya sombra se refugiaban los lechuguinos que cada
domingo, después de la misa de doce, se instalan allí para ver a las
muchachas que salen de misa muy emperifolladas y de ataque. En el
cuadrante un clérigo melancólico, pensativo, fumando, como un árabe
delante de su tienda; en el corredor baja de las Casas Municipales un
policía haraposo, con el fusil al hombro, paseándose; y allá por la
Calle Real, centro del miserable comercio villaverdino, una recua, un
pordiosero, y el doctor Sarmiento, muy de prisa, echado el sombrero
hacia la nuca; figura invariable, tipo eterno del médico de las
poblaciones cortas.
La plaza, mejor dicho el centro de ella, jardín en otro tiempo, gracias
a los empeños de un prefecto santanista, se conservaba como yo la dejé.
En medio la fuente secular, ancho pilón de ocho lados con surtidor de
granito, en forma de alcachofa, del cual salía poderosamente grueso
chorro de agua cristalina, que cuando el viento huracanado de invierno
le hacía pedazos inundaba las baldosas del contorno. La barda de cal y
canto estaba ruinosa y desconchada; los bancos derruidos y
desportillados; y los naranjos que circundaban la fuente, anémicos,
devorados por las hormigas. En un arriate, el único que parecía tal,
algunas plantas frondosas y lucientes, enflorecidas y galanas.
Atrajo mi atención al costado del templo, un edificio nuevo, una casa
magnífica, de brillante aspecto; magnífica para Villaverde y para
aquella plaza donde todo es mezquino y vulgar. Linda casa, de airoso
alero, de anchas y rasgadas ventanas, con rejas de hierro, vidrieras
elegantes y umbrales de mármol.
Las ventanas del salón estaban abiertas. El ajuar lujoso, los
cortinajes, los muros empapelados, los espejos, los grandes cuadros con
grabados finísimos que representaban escenas bíblicas (el casamiento de
Isaac, Ruth y Booz, Rebeca en el pozo), todo, todo indicaba la riqueza
de quienes allí vivían.
Sonaba brillantemente el soberbio piano. Manos habilísimas tocaban en él
una redoma muy aplaudida, «La caída de las hojas», música soñadora y
lánguida que delataba un ejecutante melancólico.
Me detuve cerca de una reja. Entonces pude columbrar el interior:
gracioso jardín, amplios y frescos corredores, pretiles llenos de
macetas con rosales, camelias y azaleas, jaulas y jaulitas, una pajarera
llena de canarios que cantaban regocijados.
En un espejo, frontero a la ventana, vi quién tocaba. Era una joven
rubia, ataviada con modesto traje blanco, uno de esos vestidos de
muselina de hilo, frescos, ligeros, vaporosos, que tanto sientan a las
muchachas núbiles: trajes que llevan con singular donaire las pollitas
de Villaverde y de Pluviosilla. ¡Qué gallarda caía en torno del taburete
la ondulante cola de aquella falda!
Concluída la redowa, la hermosa señorita siguió jugando en el teclado.
Primero, escalas rapidísimas, cuyas notas se desgranaban como las
cuentas de un collar; luego pasajes favoritos, temas predilectos,--un
fragmento melódico, arrullador y deleitoso.
De pronto, cuando menos lo esperaba yo, dejó su asiento la tocadora.
Cerró el piano y corrió a la ventana.
¡Linda, hechicera criatura! Pero ¡ay! no pude contemplarla. Seguí
adelante, y seguí dulcemente impresionado. Me parecía que oía yo detrás
de mí el ruido de la ondulante falda de muselina. No tuve valor para
volver el rostro.
¿Por qué en aquel momento pensé en Matilde, la dulce niña de mi primer
amor? ¡Ay! ¿por qué creí ver delante de mí un rostro apenado, lloroso y
dolorido, el rostro de Angelina?
Minutos después, al entrar en mi casa, salió a mi encuentro la gentil
doncella. Estaba radiante de alegría. Al mirarme, se encendió... y bajó
los ojos.
X
Andrés vino a visitarme. Le invité a dar un paseo por las orillas del
río, y entonces me declaró que mis tías estaban en la miseria. Para
sostenerme en el colegio, sin que nada me faltara, habían hecho toda
clase de sacrificios. Redujeron sus gastos a lo menos posible, y
trabajaban del día a la noche, cosiendo, confeccionando pastas y
conservas, y haciendo flores artificiales. En cierta época torcieron
cigarrillos para «El Puerto de Vigo». Pero el mejor día enfermó tía
Carmen. Una enfermedad, muy común en Villaverde a la entrada del verano,
la postró en el lecho. Pasó la disentería, pero la pobre anciana quedó
achacosa. Aunque aparentemente sana, estaba herida de incurable
enfermedad. Al principio se presentó un síntoma que no acertaron a
explicarse las buenas señoras:
Algo--decía la enferma--como hormigueo en la columna medular; algo que
descendía, rápido como relámpago, hacia las extremidades inferiores. En
ocasiones, vértigos que duraban un instante y que dejaban a la paciente
cansada y sin fuerzas. Así durante algunos meses. Después no volvieron
hormigueos ni vértigos, pero sobrevinieron convulsiones, muy fuertes en
el brazo izquierdo, el cual, pasado el acceso, quedaba débil y
entorpecido. Vino el doctor Sarmiento: recetó pomadas y bebidas tónicas;
prescribió alimentos sanos y nutritivos, ejercicio moderado por la
mañana y por la tarde, y durante las horas intermedias sosiego y reposo.
La anciana no quería estar mano sobre mano; pero tuvo que obedecer las
órdenes del médico en vista de los progresos de la enfermedad.
Desde entonces pesó sobre la tía Pepa todo el trabajo, el cual, como es
de suponerse, no bastó a las necesidades de aquella casa, ni para
sostener al sobrino, para sostenerme en el colegio. Tía Pepa dijo:
--«¡Que se venga! ¡Que no siga estudiando! Aquí le buscaremos un empleo,
cualquier destino en que se gane alguna cosa». Pero la enferma se opuso
a ello:
--«Que acabe el año,--replicó--¡Dios dirá! Acaso para entonces nos paguen
la pensión».
Y así pasó un año, y buena parte de otro. Nunca me faltó nada; nunca
dejé de recibir, con toda puntualidad, el dinero que desde un principio
me señalaron para atender a mis gastos. Sólo una vez, por mayo o junio,
no recibí el dinero en los primeros días del mes. Escribí; y vino orden
para que un villaverdino ricacho, de años atrás establecido en la
Capital, me diese veinticinco duros.
Por Andrés vine en conocimiento de que entonces vendieron la casita, la
hermosa casita en que nací, donde murió el abuelito, donde murieron mis
padres. Nunca fuimos ricos; teníamos lo necesario para pasar la vida;
pero todo se fué acabando poco a poco; aquello era lo último que nos
quedaba. En verdad que la tal casita no valía gran cosa; sin embargo, no
había en Villaverde otra mejor. Ninguna más amplia, ni más alegre, ni
mas cómoda. Tenía agua corriente, y un gran patio, que mis tías habían
convertido en hermoso jardín, donde se producían hermosas flores y
magníficas frutas; naranjas de China, como almíbar de dulces; aguacates,
muy afamados en Villaverde; chinenes, blancos como la leche y sin una
hebra; jinicuiles riquísimos, anchos, aromáticos, carnudos;
guayabas-manzanas deliciosas. Estas las daban unos árboles plantados por
el abuelito, quien trajo la simiente de las Antillas.
Vinieron las escaseces, la pobreza y la miseria. La enferma iba de mal
en peor. Las convulsiones eran diarias, y duraban dos o tres horas. El
brazo izquierdo no le servía para nada; las piernas fueron
debilitándose, y la buena señora no pudo caminar sin el auxilio de ajena
mano. A las amarguras de la pobreza se juntaron en mi pobre tía otras
mayores: las que le causaba ver que su hermana trabajaba del día a la
noche, sin que ella la pudiese ayudar. Tía Pepa hacía flores, cosía, y
daba lecciones de lectura y de catecismo a una veintena de niños.
No pudieron conseguir que la pensión fuese pagada. El gobierno no estaba
en condiciones de hacer esos gastos, decían; pero yo he creído siempre
que para quienes entonces estaban en privanza no fueron nunca simpáticas
las ideas de mi abuelo. ¡Qué entendían ellos de pelear en defensa de la
patria, en Tampico, en Veracruz y en Churubusco! ¡Qué les importaba a
ellos que se murieran de hambre unas pobres viejas!
Andrés acudió en auxilio de mis tías; hizo por ellas y por mí cuanto
pudo; pero el fiel servidor no tenía mucho: un tendejón insignificante,
y paremos de contar.
Mis tías conservaron siempre en su pobreza su amada dignidad. Nunca
pidieron ni un real a sus amigos, (y eso que los tenían muy ricos y
dispuestos a socorrerlas) y prefirieron imponerse las más duras
privaciones, antes que molestar a nadie. Se privaron de cuanto les
pareció superfluo,--y nada superfluo había en aquella casa,--y hasta de
lo más necesario. Me duele el corazón cuando lo recuerdo; se me
humedecen los ojos al apuntarlo aquí: mi tía Carmen se negó a
medicinarse para que no me faltase nada.
Con el dinero de la casita hubo para algunos meses. Saldaron un gran
adeudo de contribuciones, me proveyeron de ropa, y me adelantaron el
importe de mis gastos dos o tres meses.
Entonces vino Angelina a nuestra casa. La infeliz había quedado
huérfana. El sacerdote que la tomó bajo su protección la puso allí, al
verse obligado a desempeñar la cura de almas en un pueblo de la sierra,
que a la sazón estaba infestada de guerrilleros y bandidos.
Algún amigo de la familia habló de mis tías al párroco, y Angelina se
quedó con ellas. El sacerdote les pagaba una corta pensión. El cura era
pobre, y no podía derrochar el dinero así como quiera. Sin embargo,
sobradas pruebas dio de generosidad.
Era preciso renunciar a todo; prescindir de estudiar; no pensar en ser
médico o abogado, y perder la risueña esperanza de suceder al doctor
Sarmiento o de heredar la clientela del Sr. Lic. Castro Pérez, el más
ilustre jurisconsulto de Villaverde.
No había más que ponerse a trabajar. ¿En qué y cómo? Sólo Dios lo sabía.
¿Cuándo? Cuanto antes. Andrés se encargó de allanar el camino. El
desinteresado servidor me propuso que volviera yo a la Capital para
continuar los estudios.
Sacrificaré--me repitió--¡hasta el último medio!--Eso no era posible.
Convinimos en que hablaría con algunas personas de las más ricas de
Villaverde, particularmente al señor Castro Pérez, para que me
proporcionaran empleo. Cualquiera sería bueno, se ganara mucho, se
ganara poco. El caso era trabajar.
¿Seria yo capaz de aliviar de alguna manera la precaria situación de mi
familia? ¿Me sería dable corresponder a los sacrificios de aquellas
cariñosas ancianas que por verme dichoso habrían dado su vida? Confieso
que en aquellos momentos me faltó el valor. ¿Qué haría el inexperto
escolar, apenas salido del colegio, convertido en jefe de familia?
Respondía de su diligencia, de su abnegación; pero no fiaba en sus
aptitudes. Le alentaba saber que en Villaverde todos le conocían; que
allí, de tiempo atrás, todos los suyos merecieron consideraciones de los
más conspicuos villaverdinos. Le alentaba esto, pero al mismo tiempo
miraba en ello cierta dolorosa humillación ¡Valor! Ayúdate que Dios te
ayudará.