IX

A la salida me detuvo en la esquina unos cuantos minutos. Iba delante de

mí un grupo de chiquillos que venían de la «Escuela Nacional», alegres,

parlanchines, con sus bolsas de brin en bandolera, muy cuidadosos de sus

tinteros, unas botellitas tapadas con un corcho y pendientes de un hilo

que los granujas se enredaban en el índice de la mano derecha. Casi a mi

lado avanzaban paso a paso algunos discípulos de don Román, con el

Nebrija bajo el brazo, serios, graves, orgullosos, muy pagados de su

ciencia, como personas de altísimos saberes. Mientras los escolares se

detenían en la esquina para emprender en la parte más llana de la acera

un partido de canicas o de burras, los latinistas del «pomposísimo

Cicerón» siguieron de largo, volviéndose para mirarme con cierta

curiosidad entre burlona e impertinente. Al fin de la calle, delante de

una tienda, una carreta, tirada por una yunta, aguardaba la salida de

los gañanes. Estaba cargada de barriles de aguardiente y pilones de

azúcar blanquísima, cuyos cristales, heridos por el sol, centellaban con

diamantinas luces. Los animales, entornados los ojos, parecían dormitar.

El buey de la izquierda, un hermoso buey sardo permanecía inmóvil; el

otro, blanco, manchado de negro, se azotaba el lomo con la cola para

espantar las moscas que le hostigaban. En la parte posterior de la

carreta, sobre el barandal, descansaba la crinosa pica.

A mi paso, en todas las calles, en ventanas y puertas, veía yo rostros

que no eran nuevos para mí. Al contemplarlos yo como que se reproducían

vagamente, allá en los rincones más escondidos de mi memoria.

Hombres y mujeres me miraban con insistencia y examinaban atentamente mi

traje, sorprendidos del corte de mi ropa, del pantalón ceñido, entonces

al uso; de la americana cortita; de mi corbata roja (que los

villaverdinos decían de «chinacos»); de mi sombrero abombado, blanco,

salpicado de puntitos negros, como si me le hubieran asperjado de tinta.

Antaño los villaverdinos tenían en el extranjero que llegaba a su

pintoresca ciudad motivo de burla y diversión. Principiaban por reirse

del color de sus vestidos y de su manera de llevar el cabello.

Cuchicheaban de él en sus bigotes, le cortaban un sayo, y luego acababan

por imitar lo que censuraban,--y de la peor manera.

Hace mucho tiempo que no pongo los pies en Villaverde, y entiendo que

mis paisanos son ya más cultos, pues de allá me escriben, y me dicen que

ya no son así: que ya no gustan de presentarse mal vestidos; que adoptan

las modas acertadamente, y que en las sastrerías villaverdinas se

reciben figurines nuevos cada tres meses. Pero entonces, cuando

acaecieron los sucesos que voy a referir, era otra cosa. Los más guapos

usaban zapatones de gamuza; el traje de charro, mal hecho y peor

elegido, era el usual, y por eso los jinetes y cócoras de la vecina

Pluviosilla, donde siempre hubo, aun entre los obreros y gente del

campo, charros muy galanos, llamaban a los petimetres de Villaverde los

«charritos de barro».

En la plaza de la blasonada ciudad nada había variado: la Parroquia

estaba intacta, igual, como la dejé diez años antes, con su graciosa

cúpula de azulejos, su torre arruinada, abriéndose al peso de sus

campanas «ponderosas»,--como decía don Román--la yerba crecida en el

cementerio; el frontis del templo, festonado con espontáneos helechos

que a lo largo de las cornisas lucían sus palmas séricas, y coronaban

con gallardos plumajes el susodicho blasón que los villaverdinos ponen

en todas partes.

Arrimado a la torre, en su rollo grietado y leproso, el cascado reloj

virreinal, con su esfera de mármol y sus agujas doradas, invisibles para

quien las viese de lejos, porque las ocultaba el ramaje de soberbios

ahuehuetes, a cuya sombra se refugiaban los lechuguinos que cada

domingo, después de la misa de doce, se instalan allí para ver a las

muchachas que salen de misa muy emperifolladas y de ataque. En el

cuadrante un clérigo melancólico, pensativo, fumando, como un árabe

delante de su tienda; en el corredor baja de las Casas Municipales un

policía haraposo, con el fusil al hombro, paseándose; y allá por la

Calle Real, centro del miserable comercio villaverdino, una recua, un

pordiosero, y el doctor Sarmiento, muy de prisa, echado el sombrero

hacia la nuca; figura invariable, tipo eterno del médico de las

poblaciones cortas.

La plaza, mejor dicho el centro de ella, jardín en otro tiempo, gracias

a los empeños de un prefecto santanista, se conservaba como yo la dejé.

En medio la fuente secular, ancho pilón de ocho lados con surtidor de

granito, en forma de alcachofa, del cual salía poderosamente grueso

chorro de agua cristalina, que cuando el viento huracanado de invierno

le hacía pedazos inundaba las baldosas del contorno. La barda de cal y

canto estaba ruinosa y desconchada; los bancos derruidos y

desportillados; y los naranjos que circundaban la fuente, anémicos,

devorados por las hormigas. En un arriate, el único que parecía tal,

algunas plantas frondosas y lucientes, enflorecidas y galanas.

Atrajo mi atención al costado del templo, un edificio nuevo, una casa

magnífica, de brillante aspecto; magnífica para Villaverde y para

aquella plaza donde todo es mezquino y vulgar. Linda casa, de airoso

alero, de anchas y rasgadas ventanas, con rejas de hierro, vidrieras

elegantes y umbrales de mármol.

Las ventanas del salón estaban abiertas. El ajuar lujoso, los

cortinajes, los muros empapelados, los espejos, los grandes cuadros con

grabados finísimos que representaban escenas bíblicas (el casamiento de

Isaac, Ruth y Booz, Rebeca en el pozo), todo, todo indicaba la riqueza

de quienes allí vivían.

Sonaba brillantemente el soberbio piano. Manos habilísimas tocaban en él

una redoma muy aplaudida, «La caída de las hojas», música soñadora y

lánguida que delataba un ejecutante melancólico.

Me detuve cerca de una reja. Entonces pude columbrar el interior:

gracioso jardín, amplios y frescos corredores, pretiles llenos de

macetas con rosales, camelias y azaleas, jaulas y jaulitas, una pajarera

llena de canarios que cantaban regocijados.

En un espejo, frontero a la ventana, vi quién tocaba. Era una joven

rubia, ataviada con modesto traje blanco, uno de esos vestidos de

muselina de hilo, frescos, ligeros, vaporosos, que tanto sientan a las

muchachas núbiles: trajes que llevan con singular donaire las pollitas

de Villaverde y de Pluviosilla. ¡Qué gallarda caía en torno del taburete

la ondulante cola de aquella falda!

Concluída la redowa, la hermosa señorita siguió jugando en el teclado.

Primero, escalas rapidísimas, cuyas notas se desgranaban como las

cuentas de un collar; luego pasajes favoritos, temas predilectos,--un

fragmento melódico, arrullador y deleitoso.

De pronto, cuando menos lo esperaba yo, dejó su asiento la tocadora.

Cerró el piano y corrió a la ventana.

¡Linda, hechicera criatura! Pero ¡ay! no pude contemplarla. Seguí

adelante, y seguí dulcemente impresionado. Me parecía que oía yo detrás

de mí el ruido de la ondulante falda de muselina. No tuve valor para

volver el rostro.

¿Por qué en aquel momento pensé en Matilde, la dulce niña de mi primer

amor? ¡Ay! ¿por qué creí ver delante de mí un rostro apenado, lloroso y

dolorido, el rostro de Angelina?

Minutos después, al entrar en mi casa, salió a mi encuentro la gentil

doncella. Estaba radiante de alegría. Al mirarme, se encendió... y bajó

los ojos.

X

Andrés vino a visitarme. Le invité a dar un paseo por las orillas del

río, y entonces me declaró que mis tías estaban en la miseria. Para

sostenerme en el colegio, sin que nada me faltara, habían hecho toda

clase de sacrificios. Redujeron sus gastos a lo menos posible, y

trabajaban del día a la noche, cosiendo, confeccionando pastas y

conservas, y haciendo flores artificiales. En cierta época torcieron

cigarrillos para «El Puerto de Vigo». Pero el mejor día enfermó tía

Carmen. Una enfermedad, muy común en Villaverde a la entrada del verano,

la postró en el lecho. Pasó la disentería, pero la pobre anciana quedó

achacosa. Aunque aparentemente sana, estaba herida de incurable

enfermedad. Al principio se presentó un síntoma que no acertaron a

explicarse las buenas señoras:

Algo--decía la enferma--como hormigueo en la columna medular; algo que

descendía, rápido como relámpago, hacia las extremidades inferiores. En

ocasiones, vértigos que duraban un instante y que dejaban a la paciente

cansada y sin fuerzas. Así durante algunos meses. Después no volvieron

hormigueos ni vértigos, pero sobrevinieron convulsiones, muy fuertes en

el brazo izquierdo, el cual, pasado el acceso, quedaba débil y

entorpecido. Vino el doctor Sarmiento: recetó pomadas y bebidas tónicas;

prescribió alimentos sanos y nutritivos, ejercicio moderado por la

mañana y por la tarde, y durante las horas intermedias sosiego y reposo.

La anciana no quería estar mano sobre mano; pero tuvo que obedecer las

órdenes del médico en vista de los progresos de la enfermedad.

Desde entonces pesó sobre la tía Pepa todo el trabajo, el cual, como es

de suponerse, no bastó a las necesidades de aquella casa, ni para

sostener al sobrino, para sostenerme en el colegio. Tía Pepa dijo:

--«¡Que se venga! ¡Que no siga estudiando! Aquí le buscaremos un empleo,

cualquier destino en que se gane alguna cosa». Pero la enferma se opuso

a ello:

--«Que acabe el año,--replicó--¡Dios dirá! Acaso para entonces nos paguen

la pensión».

Y así pasó un año, y buena parte de otro. Nunca me faltó nada; nunca

dejé de recibir, con toda puntualidad, el dinero que desde un principio

me señalaron para atender a mis gastos. Sólo una vez, por mayo o junio,

no recibí el dinero en los primeros días del mes. Escribí; y vino orden

para que un villaverdino ricacho, de años atrás establecido en la

Capital, me diese veinticinco duros.

Por Andrés vine en conocimiento de que entonces vendieron la casita, la

hermosa casita en que nací, donde murió el abuelito, donde murieron mis

padres. Nunca fuimos ricos; teníamos lo necesario para pasar la vida;

pero todo se fué acabando poco a poco; aquello era lo último que nos

quedaba. En verdad que la tal casita no valía gran cosa; sin embargo, no

había en Villaverde otra mejor. Ninguna más amplia, ni más alegre, ni

mas cómoda. Tenía agua corriente, y un gran patio, que mis tías habían

convertido en hermoso jardín, donde se producían hermosas flores y

magníficas frutas; naranjas de China, como almíbar de dulces; aguacates,

muy afamados en Villaverde; chinenes, blancos como la leche y sin una

hebra; jinicuiles riquísimos, anchos, aromáticos, carnudos;

guayabas-manzanas deliciosas. Estas las daban unos árboles plantados por

el abuelito, quien trajo la simiente de las Antillas.

Vinieron las escaseces, la pobreza y la miseria. La enferma iba de mal

en peor. Las convulsiones eran diarias, y duraban dos o tres horas. El

brazo izquierdo no le servía para nada; las piernas fueron

debilitándose, y la buena señora no pudo caminar sin el auxilio de ajena

mano. A las amarguras de la pobreza se juntaron en mi pobre tía otras

mayores: las que le causaba ver que su hermana trabajaba del día a la

noche, sin que ella la pudiese ayudar. Tía Pepa hacía flores, cosía, y

daba lecciones de lectura y de catecismo a una veintena de niños.

No pudieron conseguir que la pensión fuese pagada. El gobierno no estaba

en condiciones de hacer esos gastos, decían; pero yo he creído siempre

que para quienes entonces estaban en privanza no fueron nunca simpáticas

las ideas de mi abuelo. ¡Qué entendían ellos de pelear en defensa de la

patria, en Tampico, en Veracruz y en Churubusco! ¡Qué les importaba a

ellos que se murieran de hambre unas pobres viejas!

Andrés acudió en auxilio de mis tías; hizo por ellas y por mí cuanto

pudo; pero el fiel servidor no tenía mucho: un tendejón insignificante,

y paremos de contar.

Mis tías conservaron siempre en su pobreza su amada dignidad. Nunca

pidieron ni un real a sus amigos, (y eso que los tenían muy ricos y

dispuestos a socorrerlas) y prefirieron imponerse las más duras

privaciones, antes que molestar a nadie. Se privaron de cuanto les

pareció superfluo,--y nada superfluo había en aquella casa,--y hasta de

lo más necesario. Me duele el corazón cuando lo recuerdo; se me

humedecen los ojos al apuntarlo aquí: mi tía Carmen se negó a

medicinarse para que no me faltase nada.

Con el dinero de la casita hubo para algunos meses. Saldaron un gran

adeudo de contribuciones, me proveyeron de ropa, y me adelantaron el

importe de mis gastos dos o tres meses.

Entonces vino Angelina a nuestra casa. La infeliz había quedado

huérfana. El sacerdote que la tomó bajo su protección la puso allí, al

verse obligado a desempeñar la cura de almas en un pueblo de la sierra,

que a la sazón estaba infestada de guerrilleros y bandidos.

Algún amigo de la familia habló de mis tías al párroco, y Angelina se

quedó con ellas. El sacerdote les pagaba una corta pensión. El cura era

pobre, y no podía derrochar el dinero así como quiera. Sin embargo,

sobradas pruebas dio de generosidad.

Era preciso renunciar a todo; prescindir de estudiar; no pensar en ser

médico o abogado, y perder la risueña esperanza de suceder al doctor

Sarmiento o de heredar la clientela del Sr. Lic. Castro Pérez, el más

ilustre jurisconsulto de Villaverde.

No había más que ponerse a trabajar. ¿En qué y cómo? Sólo Dios lo sabía.

¿Cuándo? Cuanto antes. Andrés se encargó de allanar el camino. El

desinteresado servidor me propuso que volviera yo a la Capital para

continuar los estudios.

Sacrificaré--me repitió--¡hasta el último medio!--Eso no era posible.

Convinimos en que hablaría con algunas personas de las más ricas de

Villaverde, particularmente al señor Castro Pérez, para que me

proporcionaran empleo. Cualquiera sería bueno, se ganara mucho, se

ganara poco. El caso era trabajar.

¿Seria yo capaz de aliviar de alguna manera la precaria situación de mi

familia? ¿Me sería dable corresponder a los sacrificios de aquellas

cariñosas ancianas que por verme dichoso habrían dado su vida? Confieso

que en aquellos momentos me faltó el valor. ¿Qué haría el inexperto

escolar, apenas salido del colegio, convertido en jefe de familia?

Respondía de su diligencia, de su abnegación; pero no fiaba en sus

aptitudes. Le alentaba saber que en Villaverde todos le conocían; que

allí, de tiempo atrás, todos los suyos merecieron consideraciones de los

más conspicuos villaverdinos. Le alentaba esto, pero al mismo tiempo

miraba en ello cierta dolorosa humillación ¡Valor! Ayúdate que Dios te

ayudará.

Angelina (novela mexicana) · 第 19 / 75 题