Atravesó el dómine por entre la doble hilera de bancos, diciendo a los
chicos que tomaran asiento. Los muchachos le obedecieron cuchicheando.
Se felicitaban sin duda, de mi llegada. Don Román vestía su eterno
traje, su traje típico: pantalones anchos; larga levita negra, verduzca
y mugrienta; chaleco blanco, pringado de rapé en las solapas; el cuello
de la camisa altísimo, arrugado, sin almidón; ancho y apretado corbatín.
Así le conocí cuando era yo niño, cuando mis buenas tías me confiaron a
la férula resonante de aquel buen anciano, maestro de dos o tres
generaciones de villaverdinos. Esto de la férula no es figura retórica;
el _pomposísimo_ la tenía, y muy sólida, de perdurable zapotillo,
ennegrecida por el uso. Verdugo diligente e implacable, dispuesto a
vengar en las manos infantiles el menor desmán, cualquiera osadía contra
los poetas del siglo de Augusto, don Román no se andaba con chicas, ni
tenía piedad; quien la hacía la pagaba, así fuera el hijo del alcalde.
Don Román se detuvo a dos pasos de mí. Me vió atentamente, y
componiéndose los anteojos me preguntó en tono de notario aburrido.
--¿Qué mandaba usted?
No tardó en reconocerme, y abriendo los brazos exclamó:
--¡Rodolfo! ¡Rodolfo! ¿Tú por aquí? Ya sabía yo que de un día a otro
llegarías.... ¡Bendito sea Dios! ¡Y qué crecido estás! ¡Alabado sea el
Señor que me concede verte hecho un varoncito, un lechuguino de lo más
guapo! Y... ante todo, ¡ya lo sé! ¡ya lo sé! Como siempre estoy
preguntando por tí. Ya sé que has salido muy aprovechado.... No como
estos asnillos que para nada sirven. Ni uno solo de estos bribones
sacará buey de barranco.
El pobre anciano, loco de alegría, se complacía en mirarme, y me
abrazaba, y pasaba por mis mejillas sus manos larguiluchas y exangües.
--Pasa, muchacho; vamos a la sala.... Tengo muchas ganas de platicar
contigo. ¿Y tus tías? Como siempre ¿no es eso? Las pobrecillas siempre
afligidas y achacosas.... A toda hora pensando en el sobrinito, en el
sobrinito mimado. ¡Quiérelas mucho, Rodolfo! Por tí... ¡hacen
milagros!... Pero, ¡qué tengo que decirte, cuando eres tan bueno y tan
noblote! ¡Pasa, muchachito, pasa!
Decía esto acariciándose e impulsándome hacia adelante, entre la doble
hilera de bancas. Los chicos abrían tamaños ojos para verme, como
sorprendidos de la rara dulzura de su maestro. Cerca de la mesa se
detuvo don Román, volvióse hacia la chiquillería, y prorrumpió
solemnemente, en tono de sermón:
--Este, éste que ven ustedes, es uno de mis discípulos más queridos.
Muchas veces, muchas, os he hablado de él. Es inteligente, bueno,
estudioso.... Tomadle por modelo. Este sí que no me daba, como ustedes,
tantos disgustos; éste sí que no hacía concordancias gallegas, y se
sabía al dedillo los pretéritos, y entendía, como un maestro, al _dulce
Virgilio, al conciso Tácito, y al asiático y pomposísimo Cicerón_.
Ya me lo esperaba yo. Milagro que no acabó el discurso con algún
exámetro oportuno. Los chicos, al oir el consabido epíteto, sonrieron
maliciosamente, señal de que el apodo puesto al maestro por nosotros
diez años antes, seguía en uso. Los bribonzuelos reían y se miraban unos
a otros con caritas de diablillos regocijados.
--Vamos:--prosiguió--os doy la mañana, a fin de que celebréis la llegada
de mi discípulo muy amado. Pero, oídme; nadie se irá hasta que suenen
las doce. Quedaos aquí, sin cometer faltas. El mejor día volverá este
joven, y os examinará, y ya veremos, ya veremos cuáles son vuestros
adelantos en la hermosa lengua latina.
Don Román levantó la cabeza y agregó:
--Tú, Pancho Martínez....
Un mozuelo trigueño, vivaracho, de simpático aspecto, salió al frente.
Mientras el niño acudía al llamado de su maestro eché una ojeada por el
salón. En nada había variado. Los mismos muebles, los mismos objetos;
las papeleras manchadas de tinta, con letreros en las tapas, grabados a
punta de cortaplumas; el pizarrón, el mismo pizarrón de otro tiempo, en
su caballete verde; la mesa del dómine ocupada por los mismos libros,
todos muy bien colocados. Allí estaba la campanilla, con el mango roto,
y el tintero circundado de plumas de ave,--don Román no usaba de
otras,--y al lado la palmeta de zapotillo. En las paredes, ennegrecidas
y desconchadas, dos o tres mapas amarillentos; arriba del sillón
magistral, muy pulido y resobado, la Virgen de Guadalupe, la patrona de
la escuela; delante de la imagen una lamparita, un vaso azul lleno de
aceite obscuro, en el cual sobrenadaba una mariposilla moribunda.
No bien entramos en la salita se oyó el vocerío de la turba escolar,
festiva, retozona. Ruidos, carcajadas, estrépito de libros cerrados de
golpe, las mil y mil voces, francas y alegres, de la dichosa libertad
infantil.
El anciano retrocedió colérico. Abrió la puerta; por ella se precipitó
desbordado, recordándome felices años, un torrente de ingenuas
carcajadas. Don Román, severo e irascible, dictó nuevas órdenes, amenazó
con duros castigos, y luego, haciendo un gesto de dolor, pronto borrado
por una expresión resignada de tristeza, vino al estrado.
--Siéntate, siéntate aquí, en este sillón. ¡Qué gusto me da verte!
Cuando te fuiste creí que no me volverías a ver.... Estoy ya muy viejo.
¿No me ves? En Febrero cumpliré los setenta y dos. Los achaques me
tienen triste y desmazalado. Tú consideras todo esto, ¿no es verdad?
¡Viejo, enfermo, solo y pobre! ¿No te parece cosa triste, cosa que parte
el alma, esta situación mía después de haber trabajado tanto? Todos
ustedes se van logrando. Tengo discípulos en toda clase de oficios y
profesiones. Unos, en altos puestos de la política, los que fueron más
desaplicados, (muchos no pasaron del _quis vel quid_); otros en la
Iglesia, (dos me han dado ya la comunión); otros, médicos, y buenos
médicos; otros abogados; otros, como tú, ¡en camino de ser gente de
provecho!
A decir verdad, nunca valí gran cosa ni por la conducta ni por la
aplicación; de seguro que pocos estudiantes dieron más guerra que yo al
_pomposísimo_ maestro. Pero tal era de bondadoso el señor don Román.
Cuando estaban en sus bancos, todos eran flojos, incapaces, asnillos;
luego, con excepción de aquellos por extremo perdularios, todos
resultaban excelentes, cumplidos, aprovechados.
Pero es lo cierto que don Román me quiso siempre como a un hijo; que me
trató con suma benevolencia; que pocas veces sintieron mis manos los
golpes de su férula, y que el buen anciano, no obstante su pobreza, me
dio lecciones durante dos años, sin exigir de mis tías extipendio
alguno.
Me apenó ver a mi maestro tan triste y abatido, cuando estaba tan cerca
del sepulcro. Hubiera yo deseado ser rico, riquísimo, para ampararle
contra la miseria, darle cuanto quisiera, y comprar para él, si tal cosa
fuese posible, salud y mocedad.
--¿Te he dicho que estoy pobre? Pues estoy más pobre de lo que tú puedas
imaginártelo. Tengo pocos discípulos. ¡Ya viste cuántos! Sólo faltaron
dos; unos bribones que se van a salar todos los días; unos pícaros que
no tienen remedio. ¡Qué hemos de hacer! Hijo mío, nadie quiere que sus
hijos aprendan el latín. ¡Tú dirás! ¡El latín que es la llave de las
ciencias! Ni latín, ni otras cosas; todo lo que puedo enseñar, todo lo
que sé, ¡cuanto aprendiste aquí! Dicen que estoy atrasado; que mi manera
de enseñar es _anacrónica_, ¿has oido? ¿_anacrónica_? Eso lo dicen los
pedantes de hoy en día; y todo porque mascullan el francés. Eso dicen
los que aquí aprendieron todo lo que saben, y que ahora no quieren
confesar que me lo deben todo. Dicen que ya no sirvo para nada.... ¿Para
nada? Pues a que no se ponen delante de mi, y abren el Tácito, o el
Terencio, y traducen el pasaje que yo les señale? Pero eso sí, sin que
se ayuden de versiones francesas... Oye: lo que más me duele, lo que me
llega a lo más vivo, lo que me desgarra el corazón, lo que siento aquí,
como la hoja de un puñal, es que dicen....--El pobre anciano quería
llorar; el rostro se le contraía dolorosamente, su voz se iba poniendo
trémula, en sus ojos asomaba una lágrima,--dicen...--hizo un esfuerzo y
acabó--¡qué estoy chocho!
Me partía el corazón al ver al pobre anciano. Lloraba como un chiquillo.
Deseoso de alivio y de consuelo vejado por la maldad y la ingratitud,
abría su alma, sencilla y llena de dolores, a un pobre muchacho que años
antes fué su discípulo y del cual esperaba frases compasivas, palabras
cariñosas.
--Y como dicen que estoy chocho, y como andan repitiendo eso por todas
partes, me faltan discípulos, y faltándome discípulos me falta trabajo;
y sin trabajo, como tú lo comprenderás, me falta dinero. ¡No hay
remedio! Me moriré de hambre, y me enterrarán de limosna. Diez o doce
discípulos, que pagan poco, ¡y es cuánto! Unas leccioncitas ¡y nada más!
--Don Román,--respondí--no hay que abatirse. Nada es eterno; los tiempos
varían... el mejor día....
--Sí, hijo mío, variarán los tiempos, quién lo duda, pero ¡no para mí! No
me queda más que prepararme para morir cristianamente. Pobrezas,
miserias, hambres, contumelias, todo lo sufro con paciencia. Lo que me
apena y me amarga, lo que me contrista y conturba es la ingratitud.
--No hay que abatirse, señor maestro. En cambio tiene usted la gratitud
y el amor de muchos.
--¿Abatirme? ¡Eso no!--replicó en un arranque de energía.--¡Eso no!
Nadie me verá rendido. Al contrario: altivo, con soberbia dignidad. Por
eso no me quieren. Siempre que se ofrece les ajusto las cuentas a esos
ingratos, a esos charlatanes. ¡Que lo diga Agustín, ese macuache, que
aprendió aquí, aquí, todo lo que sabe, y que ahora está de Director,
(¡yo no sé lo que podrá dirigir!) de ¡Director de la «Escuela Nacional!».
El otro día,--aquí sonrió satisfecho el buen anciano,--el otro día,
publicó en «La Voz de Villaverde», (el periódico ese que sacaron cuando
las elecciones del Jefe Político), un papasal, dándosela de espíritu
fuerte, de libre pensador, y yo,--el dómine habló quedito, como temeroso
de que le oyesen--¿qué hice? Tomé la pluma, y burla burlando le puse de
oro y azul. Mandé a «El Montañés» tres comunicados de chupa y daca.
Hijo: mi hombre vio lumbre, y gritó, pateó, rabió. Pero no escarmienta,
y sigue disparatando a su gusto en esa «Voz de Villaverde» que no es voz
ni cosa que lo valga, sino un papelucho asqueroso, indigno de una ciudad
que, como la muestra, es patria de tantos hombros ilustres, como el
General de la Vega, y mi respetable y siempre respetado maestro el
ilustrísimo Sr. D. Pablo Ortiz y Santa Cruz, ¡Obispo «in pártibus» de
Malvaria! El mejor día, luego que me deje el reuma, le largo un artículo
morrocotudo, en latín, en latín crespo y ciceroniano, y entonces ya
veremos, ya veremos si es capaz de entender una palabra... ¡una sola!
¡Y el otro! ¡otro que bien baila! ¿Ocaña, Jacinto Ocaña, el que vino de
Pluviosilla tan sabio como un guardacantón, y que ahora regenta la
«Escuela del Cura?» Este no habla mal de mí en los mentideros, ni me
insulta en los periódicas, ni se burla de mis canas en la botica de
Meconio, no; pero un día, en «El Puerto de Vigo», en la tienda de mi
compadre don Venancio, cuando ya se acercaban los exámenes, dijo que no
quería que yo fuese de sinodal a su escuela porque mi método es
«anacrónico». ¿De dónde habrá sacado la palabreja? Así dijo, y eso que
yo le hice el discurso que pronunció el 16 de Septiembre. Yo no fuí a
los exámenes. El señor cura, que es persona excelentísima, me invitó;
pero ¡mamola! ¡no fuí, no fuí!... ¡Qué había de ir este pobre viejo!
Ocaña vino después a darme satisfacciones, y con mil hipocresías me negó
lo dicho.... ¡Embustero! Si yo lo supe todo por boca de Santiaguito, el
hijo de mi compadre don Venancio, que es mi discípulo. El chiquillo me
contó la cosa del pe al pa. Pero, hijo mío: no hablemos más de eso.
¡Estoy muy contento; me da gusto verte tan grande! Dime: ¿has aprendido
bien? ¿vas a seguir los estudios? Síguelos, síguelos, que harás buena
carrera. Todavía te acordarás del latín, ¿verdad? Ya lo veremos.
Vendrás, y veremos si puedes traducir una cosita que tengo guardada por
ahí: una oda sálica al Pedregoso, nuestro rojo Tíber. ¡Te gustará, estoy
cierto de que te ha de gustar!
Dieron las doce en la torre de la Parroquia, y en las demás iglesias de
Villaverde. ¡Las campanas de la ciudad natal! Grave y solemne la de la
Parroquia; gritonas y disonantes las del Cristo; destemplada la de San
Antonio, muy compasada y majestuosa la del convento franciscano.
Otra vez la bulla, el vocerío, el cerrar de libros y el estrépito de
gavetas.
--¡Voy a ver a esos diablejos!--dijo contrariado el anciano.--¿Me
aguardas o te vas? Mira: ven una noche; de noche estoy aquí, no salgo
nunca. De noche no tengo que lidiar con el rebaño; ven y oirás la odita.
Pero antes ¡dame un abrazo! ¡Vaya, muchacho, si eres ya un hombre! Di a
tus tías que por allá iré.