VIII

Atravesó el dómine por entre la doble hilera de bancos, diciendo a los

chicos que tomaran asiento. Los muchachos le obedecieron cuchicheando.

Se felicitaban sin duda, de mi llegada. Don Román vestía su eterno

traje, su traje típico: pantalones anchos; larga levita negra, verduzca

y mugrienta; chaleco blanco, pringado de rapé en las solapas; el cuello

de la camisa altísimo, arrugado, sin almidón; ancho y apretado corbatín.

Así le conocí cuando era yo niño, cuando mis buenas tías me confiaron a

la férula resonante de aquel buen anciano, maestro de dos o tres

generaciones de villaverdinos. Esto de la férula no es figura retórica;

el _pomposísimo_ la tenía, y muy sólida, de perdurable zapotillo,

ennegrecida por el uso. Verdugo diligente e implacable, dispuesto a

vengar en las manos infantiles el menor desmán, cualquiera osadía contra

los poetas del siglo de Augusto, don Román no se andaba con chicas, ni

tenía piedad; quien la hacía la pagaba, así fuera el hijo del alcalde.

Don Román se detuvo a dos pasos de mí. Me vió atentamente, y

componiéndose los anteojos me preguntó en tono de notario aburrido.

--¿Qué mandaba usted?

No tardó en reconocerme, y abriendo los brazos exclamó:

--¡Rodolfo! ¡Rodolfo! ¿Tú por aquí? Ya sabía yo que de un día a otro

llegarías.... ¡Bendito sea Dios! ¡Y qué crecido estás! ¡Alabado sea el

Señor que me concede verte hecho un varoncito, un lechuguino de lo más

guapo! Y... ante todo, ¡ya lo sé! ¡ya lo sé! Como siempre estoy

preguntando por tí. Ya sé que has salido muy aprovechado.... No como

estos asnillos que para nada sirven. Ni uno solo de estos bribones

sacará buey de barranco.

El pobre anciano, loco de alegría, se complacía en mirarme, y me

abrazaba, y pasaba por mis mejillas sus manos larguiluchas y exangües.

--Pasa, muchacho; vamos a la sala.... Tengo muchas ganas de platicar

contigo. ¿Y tus tías? Como siempre ¿no es eso? Las pobrecillas siempre

afligidas y achacosas.... A toda hora pensando en el sobrinito, en el

sobrinito mimado. ¡Quiérelas mucho, Rodolfo! Por tí... ¡hacen

milagros!... Pero, ¡qué tengo que decirte, cuando eres tan bueno y tan

noblote! ¡Pasa, muchachito, pasa!

Decía esto acariciándose e impulsándome hacia adelante, entre la doble

hilera de bancas. Los chicos abrían tamaños ojos para verme, como

sorprendidos de la rara dulzura de su maestro. Cerca de la mesa se

detuvo don Román, volvióse hacia la chiquillería, y prorrumpió

solemnemente, en tono de sermón:

--Este, éste que ven ustedes, es uno de mis discípulos más queridos.

Muchas veces, muchas, os he hablado de él. Es inteligente, bueno,

estudioso.... Tomadle por modelo. Este sí que no me daba, como ustedes,

tantos disgustos; éste sí que no hacía concordancias gallegas, y se

sabía al dedillo los pretéritos, y entendía, como un maestro, al _dulce

Virgilio, al conciso Tácito, y al asiático y pomposísimo Cicerón_.

Ya me lo esperaba yo. Milagro que no acabó el discurso con algún

exámetro oportuno. Los chicos, al oir el consabido epíteto, sonrieron

maliciosamente, señal de que el apodo puesto al maestro por nosotros

diez años antes, seguía en uso. Los bribonzuelos reían y se miraban unos

a otros con caritas de diablillos regocijados.

--Vamos:--prosiguió--os doy la mañana, a fin de que celebréis la llegada

de mi discípulo muy amado. Pero, oídme; nadie se irá hasta que suenen

las doce. Quedaos aquí, sin cometer faltas. El mejor día volverá este

joven, y os examinará, y ya veremos, ya veremos cuáles son vuestros

adelantos en la hermosa lengua latina.

Don Román levantó la cabeza y agregó:

--Tú, Pancho Martínez....

Un mozuelo trigueño, vivaracho, de simpático aspecto, salió al frente.

Mientras el niño acudía al llamado de su maestro eché una ojeada por el

salón. En nada había variado. Los mismos muebles, los mismos objetos;

las papeleras manchadas de tinta, con letreros en las tapas, grabados a

punta de cortaplumas; el pizarrón, el mismo pizarrón de otro tiempo, en

su caballete verde; la mesa del dómine ocupada por los mismos libros,

todos muy bien colocados. Allí estaba la campanilla, con el mango roto,

y el tintero circundado de plumas de ave,--don Román no usaba de

otras,--y al lado la palmeta de zapotillo. En las paredes, ennegrecidas

y desconchadas, dos o tres mapas amarillentos; arriba del sillón

magistral, muy pulido y resobado, la Virgen de Guadalupe, la patrona de

la escuela; delante de la imagen una lamparita, un vaso azul lleno de

aceite obscuro, en el cual sobrenadaba una mariposilla moribunda.

No bien entramos en la salita se oyó el vocerío de la turba escolar,

festiva, retozona. Ruidos, carcajadas, estrépito de libros cerrados de

golpe, las mil y mil voces, francas y alegres, de la dichosa libertad

infantil.

El anciano retrocedió colérico. Abrió la puerta; por ella se precipitó

desbordado, recordándome felices años, un torrente de ingenuas

carcajadas. Don Román, severo e irascible, dictó nuevas órdenes, amenazó

con duros castigos, y luego, haciendo un gesto de dolor, pronto borrado

por una expresión resignada de tristeza, vino al estrado.

--Siéntate, siéntate aquí, en este sillón. ¡Qué gusto me da verte!

Cuando te fuiste creí que no me volverías a ver.... Estoy ya muy viejo.

¿No me ves? En Febrero cumpliré los setenta y dos. Los achaques me

tienen triste y desmazalado. Tú consideras todo esto, ¿no es verdad?

¡Viejo, enfermo, solo y pobre! ¿No te parece cosa triste, cosa que parte

el alma, esta situación mía después de haber trabajado tanto? Todos

ustedes se van logrando. Tengo discípulos en toda clase de oficios y

profesiones. Unos, en altos puestos de la política, los que fueron más

desaplicados, (muchos no pasaron del _quis vel quid_); otros en la

Iglesia, (dos me han dado ya la comunión); otros, médicos, y buenos

médicos; otros abogados; otros, como tú, ¡en camino de ser gente de

provecho!

A decir verdad, nunca valí gran cosa ni por la conducta ni por la

aplicación; de seguro que pocos estudiantes dieron más guerra que yo al

_pomposísimo_ maestro. Pero tal era de bondadoso el señor don Román.

Cuando estaban en sus bancos, todos eran flojos, incapaces, asnillos;

luego, con excepción de aquellos por extremo perdularios, todos

resultaban excelentes, cumplidos, aprovechados.

Pero es lo cierto que don Román me quiso siempre como a un hijo; que me

trató con suma benevolencia; que pocas veces sintieron mis manos los

golpes de su férula, y que el buen anciano, no obstante su pobreza, me

dio lecciones durante dos años, sin exigir de mis tías extipendio

alguno.

Me apenó ver a mi maestro tan triste y abatido, cuando estaba tan cerca

del sepulcro. Hubiera yo deseado ser rico, riquísimo, para ampararle

contra la miseria, darle cuanto quisiera, y comprar para él, si tal cosa

fuese posible, salud y mocedad.

--¿Te he dicho que estoy pobre? Pues estoy más pobre de lo que tú puedas

imaginártelo. Tengo pocos discípulos. ¡Ya viste cuántos! Sólo faltaron

dos; unos bribones que se van a salar todos los días; unos pícaros que

no tienen remedio. ¡Qué hemos de hacer! Hijo mío, nadie quiere que sus

hijos aprendan el latín. ¡Tú dirás! ¡El latín que es la llave de las

ciencias! Ni latín, ni otras cosas; todo lo que puedo enseñar, todo lo

que sé, ¡cuanto aprendiste aquí! Dicen que estoy atrasado; que mi manera

de enseñar es _anacrónica_, ¿has oido? ¿_anacrónica_? Eso lo dicen los

pedantes de hoy en día; y todo porque mascullan el francés. Eso dicen

los que aquí aprendieron todo lo que saben, y que ahora no quieren

confesar que me lo deben todo. Dicen que ya no sirvo para nada.... ¿Para

nada? Pues a que no se ponen delante de mi, y abren el Tácito, o el

Terencio, y traducen el pasaje que yo les señale? Pero eso sí, sin que

se ayuden de versiones francesas... Oye: lo que más me duele, lo que me

llega a lo más vivo, lo que me desgarra el corazón, lo que siento aquí,

como la hoja de un puñal, es que dicen....--El pobre anciano quería

llorar; el rostro se le contraía dolorosamente, su voz se iba poniendo

trémula, en sus ojos asomaba una lágrima,--dicen...--hizo un esfuerzo y

acabó--¡qué estoy chocho!

Me partía el corazón al ver al pobre anciano. Lloraba como un chiquillo.

Deseoso de alivio y de consuelo vejado por la maldad y la ingratitud,

abría su alma, sencilla y llena de dolores, a un pobre muchacho que años

antes fué su discípulo y del cual esperaba frases compasivas, palabras

cariñosas.

--Y como dicen que estoy chocho, y como andan repitiendo eso por todas

partes, me faltan discípulos, y faltándome discípulos me falta trabajo;

y sin trabajo, como tú lo comprenderás, me falta dinero. ¡No hay

remedio! Me moriré de hambre, y me enterrarán de limosna. Diez o doce

discípulos, que pagan poco, ¡y es cuánto! Unas leccioncitas ¡y nada más!

--Don Román,--respondí--no hay que abatirse. Nada es eterno; los tiempos

varían... el mejor día....

--Sí, hijo mío, variarán los tiempos, quién lo duda, pero ¡no para mí! No

me queda más que prepararme para morir cristianamente. Pobrezas,

miserias, hambres, contumelias, todo lo sufro con paciencia. Lo que me

apena y me amarga, lo que me contrista y conturba es la ingratitud.

--No hay que abatirse, señor maestro. En cambio tiene usted la gratitud

y el amor de muchos.

--¿Abatirme? ¡Eso no!--replicó en un arranque de energía.--¡Eso no!

Nadie me verá rendido. Al contrario: altivo, con soberbia dignidad. Por

eso no me quieren. Siempre que se ofrece les ajusto las cuentas a esos

ingratos, a esos charlatanes. ¡Que lo diga Agustín, ese macuache, que

aprendió aquí, aquí, todo lo que sabe, y que ahora está de Director,

(¡yo no sé lo que podrá dirigir!) de ¡Director de la «Escuela Nacional!».

El otro día,--aquí sonrió satisfecho el buen anciano,--el otro día,

publicó en «La Voz de Villaverde», (el periódico ese que sacaron cuando

las elecciones del Jefe Político), un papasal, dándosela de espíritu

fuerte, de libre pensador, y yo,--el dómine habló quedito, como temeroso

de que le oyesen--¿qué hice? Tomé la pluma, y burla burlando le puse de

oro y azul. Mandé a «El Montañés» tres comunicados de chupa y daca.

Hijo: mi hombre vio lumbre, y gritó, pateó, rabió. Pero no escarmienta,

y sigue disparatando a su gusto en esa «Voz de Villaverde» que no es voz

ni cosa que lo valga, sino un papelucho asqueroso, indigno de una ciudad

que, como la muestra, es patria de tantos hombros ilustres, como el

General de la Vega, y mi respetable y siempre respetado maestro el

ilustrísimo Sr. D. Pablo Ortiz y Santa Cruz, ¡Obispo «in pártibus» de

Malvaria! El mejor día, luego que me deje el reuma, le largo un artículo

morrocotudo, en latín, en latín crespo y ciceroniano, y entonces ya

veremos, ya veremos si es capaz de entender una palabra... ¡una sola!

¡Y el otro! ¡otro que bien baila! ¿Ocaña, Jacinto Ocaña, el que vino de

Pluviosilla tan sabio como un guardacantón, y que ahora regenta la

«Escuela del Cura?» Este no habla mal de mí en los mentideros, ni me

insulta en los periódicas, ni se burla de mis canas en la botica de

Meconio, no; pero un día, en «El Puerto de Vigo», en la tienda de mi

compadre don Venancio, cuando ya se acercaban los exámenes, dijo que no

quería que yo fuese de sinodal a su escuela porque mi método es

«anacrónico». ¿De dónde habrá sacado la palabreja? Así dijo, y eso que

yo le hice el discurso que pronunció el 16 de Septiembre. Yo no fuí a

los exámenes. El señor cura, que es persona excelentísima, me invitó;

pero ¡mamola! ¡no fuí, no fuí!... ¡Qué había de ir este pobre viejo!

Ocaña vino después a darme satisfacciones, y con mil hipocresías me negó

lo dicho.... ¡Embustero! Si yo lo supe todo por boca de Santiaguito, el

hijo de mi compadre don Venancio, que es mi discípulo. El chiquillo me

contó la cosa del pe al pa. Pero, hijo mío: no hablemos más de eso.

¡Estoy muy contento; me da gusto verte tan grande! Dime: ¿has aprendido

bien? ¿vas a seguir los estudios? Síguelos, síguelos, que harás buena

carrera. Todavía te acordarás del latín, ¿verdad? Ya lo veremos.

Vendrás, y veremos si puedes traducir una cosita que tengo guardada por

ahí: una oda sálica al Pedregoso, nuestro rojo Tíber. ¡Te gustará, estoy

cierto de que te ha de gustar!

Dieron las doce en la torre de la Parroquia, y en las demás iglesias de

Villaverde. ¡Las campanas de la ciudad natal! Grave y solemne la de la

Parroquia; gritonas y disonantes las del Cristo; destemplada la de San

Antonio, muy compasada y majestuosa la del convento franciscano.

Otra vez la bulla, el vocerío, el cerrar de libros y el estrépito de

gavetas.

--¡Voy a ver a esos diablejos!--dijo contrariado el anciano.--¿Me

aguardas o te vas? Mira: ven una noche; de noche estoy aquí, no salgo

nunca. De noche no tengo que lidiar con el rebaño; ven y oirás la odita.

Pero antes ¡dame un abrazo! ¡Vaya, muchacho, si eres ya un hombre! Di a

tus tías que por allá iré.

Angelina (novela mexicana) · 第 18 / 75 题