¡El aire de la tierra natal! ¡Qué grato y qué fresco esa mañana! El sol
inundaba el valle y dibujaba en los muros de las vetustas casas la
sombra ondulada de los aleros. De las húmedas montañas, bañadas la
víspera por copiosa lluvia, soplaba un vientecillo halagador y
perfumado. Seguí hasta las afueras de la ciudad, a fin de gozar,
siquiera fuese por breves horas, del magnífico panorama que se extendía
delante de mí: variado lomerío, dilatada llanura, espesas arboledas que
dan pintoresco fondo a la capilla de San Antonio, una iglesita que tiene
aspecto de melindrosa vejezuela. Faldeando la colina va el camino de la
sierra, desde allí quebrado y pedregoso. Por ahí subían lentamente unos
arrieros, silbando una canción popular, arreando a unos cuantos asnillos
enclenques cargados de loza arribeña: ollas y cazuelas vidriadas que
centelleaban con el sol. Un ranchero, jinete en parda mula, venía por el
llano, y allá, cerca de las vertientes del Escobillar, trazaban las
yuntas surcos profundos en la tierra negra y vigorosa. Los galanes las
seguían paso a paso, guiando el arado, muy enhiesta la crinada pica.
¡Qué benéfico el aire de las montañas! Insufla en los pulmones vida
nueva, acelera la sangre y comunica a las almas dulcísima alegría. ¡Cómo
suspiré, durante diez años, en las soledades del Colegio, por aquellos
sitios y por aquel espectáculo! ¡Cómo, mil y mil veces, a la hora de la
siesta, desde el balconcillo del dormitorio, ante la colina poblada de
cactos, cansada de las arideces del Valle de México, soñé despierto con
la húmeda belleza de la tierra natal!
No puedo olvidar aquellos tristes días. Jueves y domingos salíamos de
paseo, a lo largo del fangoso río, cuyas aguas parecían dormidas a la
sombra de los sauces piramidales. Allí, cerca de una hacienda, frente
por frente de una aldea salinera, entre cuyos montículos estériles
yergue una pobre palma, mísera desterrada de fecundo suelo, su empolvado
penacho, había un sitio que hasta en lo más crudo del invierno hacía
gala de sus hierbajes verdes. Era mi sitio predilecto. Mientras la turba
estudiantil iba y venía buscando nidos en los árboles, o, vigilada por
el Padre Rector, jugaba al salta-cabrillas, yo me tendía en la hierba, y
dejaba que mi pensamiento volara más allá de la populosa ciudad, más
allá del obscuro lago de Texcoco. Y volaba, volaba, tramontaba los
volcanes, y seguía, a través de bosques y espesuras, en busca de
regiones amadas, de rostros amigos, de voces cariñosas. Entonces, el
paisaje que yo tenía delante se iba borrando poco a poco: el suelo
pajizo; la acequia fangosa; la llanura inundada; los chopos cenicientos
del camino polvoso, siempre lleno de viandantes; las hileras de sauces
melancólicos; la ciudad lejana, túrrida, envuelta en pesados vapores; la
aldea salinera, situada como en un islote; la remota cordillera de
Ajusco y los picachos de la Cruz del Marqués. Bañados en la luz de
brillante crepúsculo, surgían ante mis ojos valles y colinas, llanuras y
dehesas, bosques y heredades, en donde la rica vegetación de las tierras
cálidas desplegaba su frondosidad incomparable. El Citlaltépetl, corona
espléndida de las serranías, aparecía bañado en rosada luz, como si le
iluminaran los fuegos de la aurora. Tornaba yo a la casa de mis padres.
Villaverde me convidaba a recorrer sus calles desiertas, y el acento
tierno y conmovido de los míos resonaba en mis oídos regocijado y
amante.
De aquel ensueño me sacaba la voz del Rector o el toque de _Ángelus_ en
la cercana Catedral. Honda tristeza se apoderaba de mi espíritu, y
lento, retrasado, perezoso, volvía yo al colegio, entregado a la
subyugadora melancolía que despierta en los jóvenes el espectáculo
siempre nuevo de la tarde moribunda, de la llegada de la noche. Dulce
nostalgia; anhelo de algo sublime; grato sentimiento de muerte, que
alivia, consuela, y eleva las almas hacia la bóveda celeste, ya
entenebrecida y salpicada de luceros.
El sueño de aquellos días de largo destierro, la ilusión de aquellas
tardes invernales, era una realidad. Estaba yo en Villaverde.
¿Adónde iría yo? ¿En busca de los amigos de mis primeros años? Acaso me
recibirían indiferentes y fríos. Regresé por donde había venido, y al
azar, sin darme cuenta de lo que hacía, me interné en la ciudad, por las
calles céntricas, camino de la plaza. Me detuve en el puente. El
Pedregoso, el gárrulo Pedregoso corría, como siempre, límpido y parlero;
como le vi tantas veces cuando era yo niño: espumoso al tropezar con una
roca; cerúleo y adormecido en sus pozas umbrías, bajo el dosel de los
álamos, queriendo arrastrar a su paso las espiras lánguidas de los
convólvulos perennes.
Buscaba yo rostros conocidos, y muchos vi, pero empalidecidos, como
fotografías borradas. Todas las gentes me miraban curiosas, como si
quisieran reconocerme, para llamarme por mi nombre. Temerosas de un
chasco no se atrevían a hablarme, y se daban por satisfechas con verme
de pies a cabeza y examinar mi traje de cortesano. Me pareció que unas a
otras se preguntaban al verme:
--¿Quién es éste? ¿A qué vendrá?
¡Pobre de mí que había soñado con un recibimiento caluroso! Todos me
conocían, me vieron crecer y me tuteaban.... Me detuve en un tenducho, y
pregunté por don Román López. El tendero salió a la puerta, y
señalándome una casa me dijo:
--¡Allí, joven, allí!... ¡En aquella casa pintada de amarillo! ¡El ruido de
los muchachos le dirá dónde! ¡Allí está la escuela!
¿Y si mi buen maestro, si el _pomposísimo_ no me recibía cariñosamente?
Eché calle arriba, y llamé a la puerta de la _Casa de Estudios_. Así
solía decir el dómine. No gustaba de que su _establecimiento_ fuese
equiparado ni con la _Escuela del Cura_ ni con la _Escuela Nacional_.
Un chico abrió la puerta. Un muchacho jetudo, de cabello erizado y ojos
lacrimonos. Había tormenta. Alguna tempestad producida por un concertado
gallego o por alguna oración de infinitivo revesada y de tres bemoles.
El granuja sonrió al mirarme, viendo en mí el iris de la suspirada
bonanza.
--¡Pase usté!--me dijo.
--¿El señor maestro?...
--¡Pase usté!
Y me colé por la puertecilla del cancel.
Ruido de la chiquillería que se ponía en pie. Movimiento de sorpresa en
el dómine....
--¡Silencio!--exclamó, levantándose y subiéndose a la frente las
antiparras. Y dirigiéndose a mí:
--¡Adelante, caballero!
Dejó el libro en la mesa, un horacio antiquísimo, y vino paso a paso a
recibirme.