VII

¡El aire de la tierra natal! ¡Qué grato y qué fresco esa mañana! El sol

inundaba el valle y dibujaba en los muros de las vetustas casas la

sombra ondulada de los aleros. De las húmedas montañas, bañadas la

víspera por copiosa lluvia, soplaba un vientecillo halagador y

perfumado. Seguí hasta las afueras de la ciudad, a fin de gozar,

siquiera fuese por breves horas, del magnífico panorama que se extendía

delante de mí: variado lomerío, dilatada llanura, espesas arboledas que

dan pintoresco fondo a la capilla de San Antonio, una iglesita que tiene

aspecto de melindrosa vejezuela. Faldeando la colina va el camino de la

sierra, desde allí quebrado y pedregoso. Por ahí subían lentamente unos

arrieros, silbando una canción popular, arreando a unos cuantos asnillos

enclenques cargados de loza arribeña: ollas y cazuelas vidriadas que

centelleaban con el sol. Un ranchero, jinete en parda mula, venía por el

llano, y allá, cerca de las vertientes del Escobillar, trazaban las

yuntas surcos profundos en la tierra negra y vigorosa. Los galanes las

seguían paso a paso, guiando el arado, muy enhiesta la crinada pica.

¡Qué benéfico el aire de las montañas! Insufla en los pulmones vida

nueva, acelera la sangre y comunica a las almas dulcísima alegría. ¡Cómo

suspiré, durante diez años, en las soledades del Colegio, por aquellos

sitios y por aquel espectáculo! ¡Cómo, mil y mil veces, a la hora de la

siesta, desde el balconcillo del dormitorio, ante la colina poblada de

cactos, cansada de las arideces del Valle de México, soñé despierto con

la húmeda belleza de la tierra natal!

No puedo olvidar aquellos tristes días. Jueves y domingos salíamos de

paseo, a lo largo del fangoso río, cuyas aguas parecían dormidas a la

sombra de los sauces piramidales. Allí, cerca de una hacienda, frente

por frente de una aldea salinera, entre cuyos montículos estériles

yergue una pobre palma, mísera desterrada de fecundo suelo, su empolvado

penacho, había un sitio que hasta en lo más crudo del invierno hacía

gala de sus hierbajes verdes. Era mi sitio predilecto. Mientras la turba

estudiantil iba y venía buscando nidos en los árboles, o, vigilada por

el Padre Rector, jugaba al salta-cabrillas, yo me tendía en la hierba, y

dejaba que mi pensamiento volara más allá de la populosa ciudad, más

allá del obscuro lago de Texcoco. Y volaba, volaba, tramontaba los

volcanes, y seguía, a través de bosques y espesuras, en busca de

regiones amadas, de rostros amigos, de voces cariñosas. Entonces, el

paisaje que yo tenía delante se iba borrando poco a poco: el suelo

pajizo; la acequia fangosa; la llanura inundada; los chopos cenicientos

del camino polvoso, siempre lleno de viandantes; las hileras de sauces

melancólicos; la ciudad lejana, túrrida, envuelta en pesados vapores; la

aldea salinera, situada como en un islote; la remota cordillera de

Ajusco y los picachos de la Cruz del Marqués. Bañados en la luz de

brillante crepúsculo, surgían ante mis ojos valles y colinas, llanuras y

dehesas, bosques y heredades, en donde la rica vegetación de las tierras

cálidas desplegaba su frondosidad incomparable. El Citlaltépetl, corona

espléndida de las serranías, aparecía bañado en rosada luz, como si le

iluminaran los fuegos de la aurora. Tornaba yo a la casa de mis padres.

Villaverde me convidaba a recorrer sus calles desiertas, y el acento

tierno y conmovido de los míos resonaba en mis oídos regocijado y

amante.

De aquel ensueño me sacaba la voz del Rector o el toque de _Ángelus_ en

la cercana Catedral. Honda tristeza se apoderaba de mi espíritu, y

lento, retrasado, perezoso, volvía yo al colegio, entregado a la

subyugadora melancolía que despierta en los jóvenes el espectáculo

siempre nuevo de la tarde moribunda, de la llegada de la noche. Dulce

nostalgia; anhelo de algo sublime; grato sentimiento de muerte, que

alivia, consuela, y eleva las almas hacia la bóveda celeste, ya

entenebrecida y salpicada de luceros.

El sueño de aquellos días de largo destierro, la ilusión de aquellas

tardes invernales, era una realidad. Estaba yo en Villaverde.

¿Adónde iría yo? ¿En busca de los amigos de mis primeros años? Acaso me

recibirían indiferentes y fríos. Regresé por donde había venido, y al

azar, sin darme cuenta de lo que hacía, me interné en la ciudad, por las

calles céntricas, camino de la plaza. Me detuve en el puente. El

Pedregoso, el gárrulo Pedregoso corría, como siempre, límpido y parlero;

como le vi tantas veces cuando era yo niño: espumoso al tropezar con una

roca; cerúleo y adormecido en sus pozas umbrías, bajo el dosel de los

álamos, queriendo arrastrar a su paso las espiras lánguidas de los

convólvulos perennes.

Buscaba yo rostros conocidos, y muchos vi, pero empalidecidos, como

fotografías borradas. Todas las gentes me miraban curiosas, como si

quisieran reconocerme, para llamarme por mi nombre. Temerosas de un

chasco no se atrevían a hablarme, y se daban por satisfechas con verme

de pies a cabeza y examinar mi traje de cortesano. Me pareció que unas a

otras se preguntaban al verme:

--¿Quién es éste? ¿A qué vendrá?

¡Pobre de mí que había soñado con un recibimiento caluroso! Todos me

conocían, me vieron crecer y me tuteaban.... Me detuve en un tenducho, y

pregunté por don Román López. El tendero salió a la puerta, y

señalándome una casa me dijo:

--¡Allí, joven, allí!... ¡En aquella casa pintada de amarillo! ¡El ruido de

los muchachos le dirá dónde! ¡Allí está la escuela!

¿Y si mi buen maestro, si el _pomposísimo_ no me recibía cariñosamente?

Eché calle arriba, y llamé a la puerta de la _Casa de Estudios_. Así

solía decir el dómine. No gustaba de que su _establecimiento_ fuese

equiparado ni con la _Escuela del Cura_ ni con la _Escuela Nacional_.

Un chico abrió la puerta. Un muchacho jetudo, de cabello erizado y ojos

lacrimonos. Había tormenta. Alguna tempestad producida por un concertado

gallego o por alguna oración de infinitivo revesada y de tres bemoles.

El granuja sonrió al mirarme, viendo en mí el iris de la suspirada

bonanza.

--¡Pase usté!--me dijo.

--¿El señor maestro?...

--¡Pase usté!

Y me colé por la puertecilla del cancel.

Ruido de la chiquillería que se ponía en pie. Movimiento de sorpresa en

el dómine....

--¡Silencio!--exclamó, levantándose y subiéndose a la frente las

antiparras. Y dirigiéndose a mí:

--¡Adelante, caballero!

Dejó el libro en la mesa, un horacio antiquísimo, y vino paso a paso a

recibirme.

Angelina (novela mexicana) · 第 17 / 75 题