Villaverde es una ciudad de ocho mil habitantes. Situada entre los
repliegues de una cordillera, en valle pintoresco y dilatado, circundada
de risueñas colinas y de montes altísimos, Villaverde, como la isla de
Calipso, goza de una constante primavera. No agotan calores estivales la
mullida grama de sus dehesas, ni los vientos glaciales del Citlaltépetl
marchitan la exuberante lozanía de sus florestas. Para ella no hay más
que dos estaciones: la que engalana los campos con los dones de Abril, y
la pluviosa que renueva los no empalidecidos verdores de las selvas y de
las llanuras.
Allá por las últimas semanas de septiembre acaban las lluvias diarias y
copiosas, los cielos se despejan, y principia lo que suelen llamar los
villaverdinos el _veranito de octubre_, frescos y hermosos días, cuyas
alegres y límpidas mañanas y cuyos crepúsculos áureos y nacarados vienen
a ser como la nota regocijada de la elegiaca sinfonía otoñal.
Después las brumas entristecen los paisajes, y con ellas, puntuales
mensajeras del plañidero noviembre, llegan a las dehesas y se esparcen
por laderas y rastrojos las flores amarillas.
Repentinamente, una mañanita, los campos aparecen como espolvoreados de
oro de Tíbar, y los picachos y las cumbres se envuelven en gasas
cenicientas.
Así durante los meses invernales. A fines de febrero las nieblas se
remontan, y se van, para que las montañas luzcan sus nuevos trajes, el
vistoso atavío con que se engalanan, los árboles al advenimiento de la
primavera, la cual se acerca precedida de arrasantes huracanados
vientos, que se llevan las frondas caducas, siegan las ramas muertas,
hinchan con su hálito vivífico yemas y brotes, y aceleran el desarrollo
de los capullos.
Estos vientos huracanados recorren los valles, bajan al fondo de las
hondonadas, barren las llanuras e inundan de mil aromas la ciudad:
olores de líquenes y musgos, esencia de azahar, suave fragancia de
liquidámbar y de mil flores campesinas.
Id entonces al Escobillar, subid a la cercana colina, y gozaréis del más
hermoso panorama; trepad a lo más alto, y tendréis ocasión de admirar la
fecunda vega del Pedregoso, celebrada mil y mil veces por los poetas de
Villaverde, y cantada en exámetros latinos y en liras arcaicas por el
_pomposísimo Cicerón_.
Imaginaos una llanura siempre verde, limitada en todas direcciones por
obscuras montañas y risueños collados. El tono subido de los bosques
hace resaltar el tinte alegre de los prados y de los campos de caña
sacarina.
El Pedregoso, gárrulo y cantante en las quebradas, sesgo y cerúleo en
los planíos, corta en dos partes la ciudad. Sinuoso aquí, recto allá,
corre como una serpiente hacia la barranca de Mata-Espesa, libre de
arboledas en algunos sitios, oculto en otros por las alamedas y los
naranjales.
Desde lo más alto de la colina del Escobillar veréis la ciudad como un
juego de dominó esparcido en un tapete verde, cortada por la cinta
plateada del río a cuyas márgenes se agolpan caserones y templos.
¡Singular alegría la de aquel valle! ¡Espléndido panorama el de aquel
paisaje en que se mezclan y confunden la serenidades de la tierra fría
con la vegetación abrumadora de las regiones cálidas! Pero ¡ay! no
busquéis en los habitantes de Villaverde una alegría placentera, como
pudierais esperarla, en harmonía con la naturaleza; no busquéis allí
caracteres regocijados, espíritus afables y risueños. Villaverde es la
ciudad de los espíritus desalentados y melancólicos; es la ciudad de las
_almas tristes_.
¿Cosa del clima? No; porque ciudades de la misma región y de naturaleza
idéntica son animadas, alegres, festivas, _jucundas_, como decía el
_pomposísimo Cicerón_. Los villaverdinos son de semblante triste, y en
sus labios tiene la risa dolorosa expresión, como en gentes contrariadas
y pesimistas. Se me antojan prematuramente envejecidos; seres
desventurados para los cuales murió en crisálida la mariposa azul de las
juveniles esperanzas.
Esta tristeza de las almas, en contraste con el risueño aspecto de los
campos, trasciende a todo: a los edificios, a las calles, a los trajes,
a las personas, a su trato, a sus maneras y a su lenguaje.
Los villaverdinos no se entusiasman por nada; hay en su vida algo--o
mucho--de la inmovilidad budística, sólo comparable con esas lagunas
adormecidas, en cuyas aguas, eternamente límpidas y serenas, se retratan
como en espejo clarísimo las copas de los árboles, los pompones de la
enea y la obscuridad de las cercanas espesuras; lagunas perdidas en lo
más recóndito de los bosques, muertas, heladas, sin peces ni ovas, que
cualquiera creería de cristal, que no se estremecen al beso de la luz
meridiana, cuyo reposo no turban cefirillos juguetones ni huracanes
bravíos.
Son los villaverdinos un tesoro de virtudes. En su mirada se
transparentan la mansedumbre y la benevolencia; es en ellos ingente la
piedad, y al par de ésta sobresale la resignación. Pero el sentimiento
religioso no es en las almas villaverdinas plácido y activo, sino, por
lo contrario, lúgubre, apocado, meticuloso. La abnegación y la caridad,
las grandes virtudes del cristiano, fuente de alegría en todas partes,
en Villaverde, aunque espontáneas, tienen algo que en ocasiones causa
disgusto y repugnancia.
De todo recelan los villaverdinos; a nadie conceden su confianza; todo
se lo temen de los extraños, tanto lo malo como lo bueno; nada les
place; todo lo censuran; a nada se atreven por miedo a los demás; viven
con el día y nunca piensan en lo venidero.
De aquí que no prosperen ni adelanten; de aquí su mezquindad y su
pobreza vergonzantes. Son una especie de _cristianos fatalistas_. Lo que
ha de suceder, sucederá, y no sucederá de otra manera. Por eso no medran
ni progresan; por eso lo malo se perpetúa y reina soberano en
Villaverde; por eso los alcaldes son allí eternos, y las bodas muy
raras, y por eso allí nada cambia ni varía. Villaverde es una ciudad en
petrificación. Pueblo por excelencia agrícola, mira cultivados sus
campos como hace cien años, rinde los mismos productos, cosecha los
mismos frutos. Y gasta y consume hoy lo mismo que gastaba y consumía
hace veinte lustros.
Las casas como cortadas por el mismo patrón; los trajes iguales; las
caras parecidas; unísonas las voces. Los varones, agrios, displicentes,
huraños, sombríos; las mujeres, tímidas, asustadizas, amables, pero con
amabilidad monjil. La vida como las cosas y las personas.
Pero en medio de esta rara inmovilidad, secreta y silenciosa como la
sorda y lenta labor de la polilla, una guerra sin treguas ni victorias,
una guerra de pasiones bajas, rastreras y mezquinas, ruines y dolosas,
en que todo bicho viviente toma participación; los unos capitaneados por
la envidia, los otros acaudillados por la codicia, todos azuzados por la
murmuración y aguijoneados por la maledicencia de los que se dicen
ajenos a toda rencilla y enemigos de chismes y rencores.
En Villaverde se murmura de todos y de todo; se averigua qué hacen, y en
qué se ocupan los demás; se lleva cuenta y razón de los actos de cada
vecino; nadie ignora hasta lo más secreto de la vida de los otros, y
quien vive más alejado de los mentideros--que los hay a docenas, en
boticas y tiendas de ultramarinos--pudiera inventariar de memoria las
ropas de quienes no pisan los umbrales de su casa más que por Corpus y
San Juan.
Puede afirmarse que todo villaverdino, al meterse en la cama por la
noche, sabe de cualquiera de sus paisanos cuántas cucharadas de sopa se
engulló ese día, así se trate del vecino más conspicuo como del bracero
más humilde.
Villaverde no pasará nunca de perico perro. ¡Qué ha de pasar! Si a sus
hijos todo los alarma; todo paso adelante o atrás los inquieta, y ni por
la gloria celestial,--que es cuanto hay que ofrecer,--fijarían un clavo
fuera del sitio en que le fijaron sus abuelos.
Me diréis:--¿Y los extranjeros? ¿Y los que de fuera vienen, no dan a
esa ciudad en petrificación ideas nuevas, nuevas costumbres, savia de
vigor que transfundida en ese organismo le rejuvenezca y reviva? ¡Ay!
No; el extranjero se aviene pronto al medio. Enriquece en pocos años,
explotando a los villaverdinos, y se va a gozar a otra parte de los
duros atesorados. Algunos, pocos, lo hacen así; los más, a los dos o
tres años de haber llegado, son ya unos villaverdinos completos, ni más
ni menos que si allí hubieran nacido; como si de rapaces hubiesen
guerreado en homéricas pedreas al pie del cerro del Cristo, en pro o en
contra de la Escuela del Cura; como si hubieran _salado_ en las dehesas
del Escobillar, y aprendido latines en los bancos del _pomposísimo
Cicerón_. A poco en nada difieren de mis paisanos; reúnen los cuatro
reales, se prendan de alguna villaverdina modesta, hacendosa y
pacata,--que las hay lindas como una rosa y buenas como el pan de
gloria,--¡y... _lasciate ogni speranza voi che entrate_!
La belleza del paisaje, la dulzura del clima y la tranquilidad de la
población, seducen a quien pone los pies en Villaverde; la budística
ciudad extiende sus redes misteriosas, y ¡presa segura!
De cierto que los villaverdinos no son localistas, a lo menos de un modo
común y corriente, de modo que choca, como los hijos de una ciudad
vecina. En su localismo se advierte una originalidad digna de ser
apuntada. Alardean de recibir bien al extraño; pocas veces alaban y
ponderan las cosas de la tierra, antes por el contrario las apocan y
menosprecian; miran con indiferencia cuanto hay en la ciudad: la belleza
de los campos y la hermosura de las mujeres; critican acerbamente cuanto
tienen; fingen que nada de otras partes les sorprende; y podéis, con
toda libertad, hacer trizas cualquiera cosa de la tierra en presencia de
un villaverdino, seguros de que no dirá nada en contrario, antes bien,
acentuará la nota burlesca. Pero si observáis con detenimiento a mis
paisanos no tardaréis en descubrir que viven pagados y enorgullecidos de
sus cosas; que para ellos no hay otras como las suyas, y que no las
quieren distintas porque creen, de buena fe, que no las hay mejores.
De lo que sí no hacen misterio, de lo que se muestran francamente
satisfechos, es de la ingénita lealtad que atribuye a los villaverdinos
la leyenda de su viejo blasón. Muéstranse merecedores de cuantas
lindezas les dice el mote; prodigan en todas partes la heráldica presea,
en edificios, sellos, telones, marcas de tabacos y botellas de cerveza;
repiten la empresa en inscripciones castellanas y latinas, en discursos,
en documentos oficiales, en periódicos,--que también tiene periódicos
Villaverde--y hasta en los sermones sale a relucir el famoso lema,
concedido a mi querida ciudad natal por la Muy Católica Majestad del Rey
Don Felipe IV. Fuera el consabido lema poderoso estímulo para mis
paisanos, si éstos entendieran las cosas a derechas, pero Villaverde es
la tierra de las ideas falsas, y el mote lisonjero de su blasón sólo
sirve para que los villaverdinos vivan estacionarios y no suelten los
andadores para entrar, libres y decididos, por los amplios caminos de la
vida moderna.
«_En Villaverde_--dicen sus hijos--_no se hace política_». Y sí se hace,
pero por debajo cuerda, a la calladita, de modo vergonzante, sin riesgos
ni peligros, sin temor de verse derrotados y blanco de odios, rencores y
venganzas. Y como por buenos que sean los diestros que están en el
tendido, si los lidiadores son malos, mala resultará la corrida; para
los buenos villaverdinos no hay chupa que les venga, ni capote que les
salga a gusto. Así no consiguen nunca lo que desean y viven condenados
al perpetuo alcaldazgo de don Basilio, conspicuo villaverdino, reflexivo
y listo, que intriga más de lo que parece y que sabe más de lo que
suponen sus paisanos.
Estos son muy celosos de sus glorias y admiradores fidelísimos de sus
hombres ilustres. No son los tales muchos, ni muy conocidos, pero los
villaverdinos traen a cuento sus nombres, en toda ocasión, vengan o no
vengan al caso.
Dos son los principales. El uno, general victorioso en no sé qué
batallas, que la Historia olvidadiza habrá registrado en sus páginas
inmortales, antiguo cosechero de tabaco, hombre nulo, cuyo habilidad
consistió en rodearse de media docena de ambiciosos villaverdinos, los
cuales le encumbraron, a fuerza de charlatanismo y demasías, hasta donde
propios méritos y altas dotes de inteligencia nunca le hubieran
elevado. El general cayó pronto del encumbrado puesto, y acabó sus días,
triste y descorazonado Cincinato, en miserable ranchejo, cuidando de
unas cuantas vacas tísicas y estériles. En aquel retiro fué hasta oí
último día dechado de patriotas, modelo de firmeza política, y allí
murió, como Napoleón, de una enfermedad hepática, despreciando a los
villaverdinos, y burlándose de sus antiguos partidarios,--a quienes
atribuía el fracaso que le echó por tierra,--y siendo objeto de la
incondicional admiración de todos sus paisanos.
_Para que tan ilustre nombre pasase a los pósteros_,--así lo dijo en
cabildo pleno el _pomposísimo Cicerón_,--el apellido _ilustre_ del
general fué aplicado a todo establecimiento público, escuela, teatro,
hospital, paseo, etcétera, etcétera.
Una lápida conmemorativa,--los villaverdinos se parecen por la
epigrafía,--señala al viajero la casa en que nació el grande hombre. La
_Escuela Nacional_ se llamó: _Escuela Pancracio de la Vega_; el
hospital: _Hospital Pancracio de la Vega_; el teatro,--un teatrillo en
proyecto, nunca concluido y frecuentemente visitado por volatines y
comicotes,--_Gran Teatro Vega_, y así lo demás.
La otra gloria villaverdina fué un buen clérigo que nunca se acordó de
su pueblo natal; un sacerdote austero, sencillo y trabajador, gran
teólogo,--al decir de don Román López--que llegó a canónigo
angelopolitano, y después a obispo, honor a que nunca aspiraron los
villaverdinos; que nunca pensaron alcanzar, y que los llenó de alegría
¡Obispo un hijo de Villaverde! ¡Cielos! ¡Qué dicha! Desde entonces
sueñan mis paisanos con que Villaverde llegue a ciudad episcopal. Y lo
será; sí, señores, lo será. Eso, y más, se merecen sus piadosos hijos.
No digáis en Villaverde que no tiene grandes hombres; no lo digáis, por
vida vuestra, porque luego os replicarán mis paisanos, así sean
jornaleros, o abogados, o médicos, o propietarios vuestros
interlocutores:--«¿Y el Señor General Don Pancracio de la Vega? ¿Y el
Ilmo y Reverendísimo Señor Don Pablo Ortiz y Santa Cruz, Obispo _in
pártibus_ de Malvaria?».... Si está presente el _pomposísimo_ os
dirá:--«¿El General de la Vega? ¡Gran político! ¡El Mecenas de todos
los poetas veracruzanos! ¿Mi maestro el Ilmo Señor Obispo de Malvaria?
¡Gran teólogo! Amigo, amigo... ¡no hay que darle vueltas! ¡El Melchor
Cano de Villaverde!»
Mi querida ciudad natal es pobre, _paupérrima_, como decía don Román.
Una agricultura descuidada es para ella la única fuente de riqueza,
gracias a las lluvias, que allí, como en Pluviosilla, no escasean. El
suelo es fértil, pero le falta riego. El Pedregoso con su cauce
hondísimo no basta para las necesidades de la tierra.
A la pobreza debemos atribuir la indiferencia de los caracteres y la
tristeza de las almas. En Villaverde nada se desea, y a nada se aspira;
todos están contentos con su suerte. El porvenir es obscuro, y anhelarle
risueño sería una locura. El alcalde perpetuo, don Basilio, dice, cuando
de esto se trata: que en esa falta de aspiraciones está la dicha de
Villaverde y la felicidad de sus gobernados. El vive muy satisfecho. Con
el producto de seis u ocho solares y de un rancho cafetero le basta y
sobra para vestir a la señora alcaldesa, y a su hijo, un muchacho idiota
hinchado de vanidad.
En Villaverde se trabaja poco, lo suficiente para comer, no andar
desnudo, pasar el día, y ¡santas pascuas! Quien se excediese en el
trabajo sería un tonto de capirote. No por eso ganaría más. Así dejara
el alma en la tarea no se guardaría en el bolsillo, ni achocaría para el
arcón media docena de duros. En Villaverde se gana poco, y la vida es
cara. Los méritos de un servidor, de un empleado, son mayores y más
estimados cuando gana poco. Aquello parece una escuela de franciscana
pobreza, una hermandad de miseria voluntaria. En Villaverde nadie paga,
ni aunque le ahorquen, más de lo que pagaron sus abuelos, allá en los
tiempos felices del estanco del tabaco, época venturosa para mi querida
ciudad, lo mismo que para Pluviosilla, su vecina afortunada y próspera.
Pero me diréis:--«¿Y esas haciendas, esas fincas, que, como Santa Clara
y Mata-Espesa, levantan prodigiosas cosechas? ¿Santa Clara, Mata-Espesa,
dijisteis? Pues queda dicho todo. En ella cifran los de Villaverde
prosperidad y bienestar.
_El pomposísimo Cicerón_, en sus días de murria, cuando no tenía un
real, y se olvidaba de los grandes autores del siglo de Augusto, y
renegaba de Villaverde, y no se le daba un ardite la susodicha empresa
del glorioso blasón, me decía de sus paisanos:
--¡Unos verónicos! ¡Unos verónicos! ¡Ni buenos ni malos! ¡Para ellos...
¡ni pena ni gloria!
Y añadía, mesándose el copete ralo y encanecido:
--¡Está en la sangre! ¡En la sangre!