No sé a qué hora desperté. Desconocí el sitio en que me hallaba, me
volví del otro lado y seguí durmiendo hasta las ocho de la mañana. No
quisieron, sin duda, despertarme, para que me desquitara de las
desmañanadas del Colegio.
--¡Que duerma hasta que quiera!--dirían las buenas señoras.--Harto habrá
madrugado en diez años de encierro.
La luz que se filtraba por las junturas del techo y por las hendiduras
de la ventana, alegre y regocijada me hizo dejar el lecho. Fuera
resonaba la escoba cantante de una barredora inteligente, cantaban
pajarillos y cacareaban las gallinas. Un gallo ronco lanzaba, de tiempo
en tiempo, su canto de ensoberbecido sultán.
Presentía yo hermoso día, uno de esos inolvidables días que dan a las
almas de los niños festivo buen humor; uno de esos días que convidan, a
sacudir el yugo escolar para irse por los campos a tenderse bajo los
álamos del río, cabe las ondas murmurantes, cerca de las piedras
cubiertas de musgo, lejos del dómino cetrino e irrascible, lejos de las
coplas del Iriarte, de las discusiones del Foro y de las catilinarias
terríficas; día de los más bellos para _salar_. Me olvidé de mi edad, me
imaginé que tenía siete años, me persuadí de ello, y me dije:
--Lo que es hoy, me desayuno, y dejo al _pomposísimo_ don Román con sus
odas y sus églogas. ¡Allá se las avenga! Ahora.... ¡Al cerro del Cristo,
a las dehesas del Escobillar, a cortar guayabas en las sabanillas que
bordan las orillas del Pedregoso!
Y, dicho y hecho, en pie. Pronto estuve listo. No procuré cambiar de
traje, y me puse el muy empolvado de la víspera, que me olía a lo que
huelen los caminos de la Mesa Central, a sequedad y tierra estéril.
Cuando entré en el comedor,--¡qué comedor!--una pieza de seis varas
cuadradas, mi tía Pepa, muy risueña y parlera, me esperaba sentada a la
mesa.
--¡Por Dios, Rorró! ¡Quieres que me dé un ataque! Son las nueve, y aquí
me tienes, sin probar bocado, en espera del caballero, mientras éste
duerme como un marqués. Carmen no ha dormido en toda la noche, pensando
en tí, muy contenta de haberte visto. ¡Tiene tu tía unas cosas! Dice que
pronto liará el petate; que ya viniste y que, tal vez, eso nada más
espera Dios para llevársela. Así sucede todos los días; siempre
amargándonos la vida con tristezas, ¡siempre haciéndonos llorar! Pero
¡vaya! a todo esto ni quien piense en el desayuno.... ¡Señora Juana: aquí
estamos ya! ¡El chocolatito! Tú tomarás café con leche, ¿no es eso?
Ustedes los muchachos no gustan ya del chocolate; dicen que es
antigualla. Yo, hijo, como tu abuelo, chocolate y nada más; chocolate
bueno eso sí. Mira, Rorró: a eso sí no puedo acostumbrarme, al
chocolate malo. ¿Comes algo? Dílo, muchacho, que para eso estás en tu
casa. Señora Juana: a ver qué le hace usted a Rodolfo.... ¡Hay que
chiquear al niño!...
La buena de mi tía, no me dejaba hablar. Suelta de lengua, viva,
ingeniosa, era difícil cortarle el hilo una vez que principiaba a
hablar. No bien pidió el almuerzo, siguió diciendo:
--¿Ya sabes que está con nosotros una joven? ¿No la viste anoche?
--Creo que sí....
--¡Muy buena! ¡Muy buena! ¡Cómo un pan de gloria! Y te quiere mucho....
Parece que te conoció desde que eras así. ¿Te acuerdas qué travieso? ¿Te
acuerdas de cuando rompiste el juego de café de tu tía Carmen? Me parece
que te veo: te fuiste a esconder en la bodega. De allí te sacamos para
que vinieras a comer, y viniste pálido y lloroso. ¡Tú dirás! Por unos
cacharros cualesquiera.... Eran de China, y muy bonitos; pero qué
importaba. ¡Todavía se acuerda de ellos tu tía! ¿Por que te sonrojas?
¡Vaya, hijo! ¿Todavía tienes miedo de que te castigue tu madrina?
Efectivamente, el recuerdo de aquella diablura me sacaba al rostro los
colores. Se trataba de un precioso servicio de café, de legítima
procedencia chinesca, que mi abuelo compró en un puerto del Pacífico, a
bordo de un navío inglés que volvía del Celeste Imperio. Era el encanto
de la casa. Un día, jugando a la pelota, ¡chas! quedó hecho pedazos.
--Pues bien, como te iba yo diciendo:--prosiguió mi tía,--es muy buena
muchacha... y te quiere mucho. Las últimas camisas que te mandamos las
hizo ella, y ¡con qué cuidado!
--Dígame usted, tía, ¿quién es esa joven?
--¡Ahora te diré!--e interrumpiéndome, gritó:
--¡Angelina! ¡Angelina! ¡Ven acá!
Y continuó, dirigiéndose a mí:
--Está, con Carmen. Si tú vieras: es muy hábil para todo, muy hacendosa,
o, como dice, señora Juana, ¡_muy mujer_! Es la alegría de la casa.
Parece un pajarito que a todas horas está cantando. Nos tiene un cariño,
un amor... que.... ¡Si te diga que pareces de la familia! ¡Qué cuidados
con Carmen! Es muy viva, muy sabia; escribe que es un, ¡encanto! Ya
conoces su letra; ella escribe cuando yo estoy con la jaqueca. La
pobrecita ha sido muy desgraciada. ¡Dios le dé un buen marido!...
--Pues... pedírselo a San Antonio.
--Lo merece, hijo, lo merece.
--Ya tendrá novio, ¿verdad, tía Pepa? O, por lo menos, sus
amartelados....
--¿Qué? ¿qué dices?
--Que ya tendrá novio....
--¿Novio Angelina? ¡Por Dios, Rorró! ¡Qué otro vienes!
Y en tono dulce y suplicante agregó:
--¡Ay!, ¡Rorró! ¡No hagas malos juicios de las personas!...
En aquellos momentos llegó la joven. Tímida y cortada se detuvo en el
umbral; bajaba los ojos, y al parecer distraída jugaba con la punta del
delantal.
--¿Me llamaba usted, doña Pepita?--dijo.
--Sí,--respondió mi tía,--para que conozcas al sobrino. ¿No deseabas
conocerlo? Pues aquí lo tienes. Ya lo ves.
La doncella murmuró una excusa. Mi tía continuó, dirigiéndose a mí:
--Aquí tienes a la que, con esas manecitas, te hizo las camisas que te
gustaron tanto; la que bordó aquellos pañuelos que te mandamos de cuelga
el día que cumpliste diez y siete años, ¡Mentira parece! ¡Y quien te
conoció, así, chirriquitín, que cabías en un azafate!...
Elogié las habilidades de Angelina. Esta, confusa y contrariada, no
alzaba los ojos para verme.
Mientras señora Juana ponía delante de mí el café, el pan, la
mantequilla, y no recuerdo qué más, y en tanto que la tía Pepa me
servía, admiré a la joven. Era alta, esbeltísima y arrogante; había en
ella esa externa y encantadora debilidad de las personas sensibles y
delicadas que reside en todo el cuerpo y que se revela en todos los
movimientos. Su rostro era de lo más distinguido. Pálida, con palideces
de azucena, aquella carita fina y dulce se hacía casi marmórea por el
contraste que producían en ella lo negro de los cabellos y lo espeso de
las cejas. Permanecía con la vista baja, con cierto aire gazmoño, sí,
gazmoño, que no me causó buena impresión. ¿Cómo hacer para que me dejara
ver sus ojos?
--Vea usted, vea usted. Angelina...,--dije precipitadamente,--ese
pajarito que está bañándose.
Volvió el rostro, levantó la cabeza, y miró hacia la jaula.
--¿Ese es el que ha estado cantando?
--¡Ese!--contestó, volviéndose a mí.
¡Qué hermosa! Ojos negros, luminosos, húmedos; nariz delgada, fina,
correctísima; boca agraciada; mejillas en las cuales se dibujaban apenas
lindos hoyuelos, que más acentuados, al reir la joven, serían
encantadores.
--¡Buen cantante!--díjele, mirando al pajarillo.
--Le molestaría un poco. Desde muy temprano se suelta cantando. A
veces,--agregó, haciendo un mohín risueño,--¡está insufrible!
Pude gozar entonces de la belleza singular de aquella boca, de aquellos
labios rosados que dejaron ver, al plegarse dulcemente, una dentadura
irreprochable.
Mi tía Pepa se entretenía con el chocolate, y yo me servía en una
rebanada de pan la fresca e incitante mantequilla.
La anciana, como si quisiera establecer entre nosotros una corriente de
recíproca simpatía, exclamó después de engullirse una sopa.
--Oye, Angelina: Rodolfo está muy contento de las camisas que le
mandamos, y dice que nadie las hará mejores. Elogia mucho las marcas de
los pañuelos, y....
--¡Ay, señor!--murmuró la joven, trémula, y levemente sonrojada.
--Y dice también...--prosiguió la santa señora, en un arranque de
indiscreta sencillez,--dice... que....
Comprendí la inconveniencia de mi tía, y la interrumpí.
--Tía, ¿qué tal, está bueno el soconusco?
Pero ella no me oyó, o no quiso oírme.
--Dice que si ya....
--¡Tía!--exclamé sin poderme contener.--¡Eso no debe decirse!
--¡Adiós! ¿Y por qué no?
--Porque no.
Angelina, turbada, nos veía con penosa curiosidad.
--¡Qué tiene eso! Dice que si ya tienes novio.
La doncella se estremeció de pies a cabeza, se encendió como una
amapola, y bajó los ojos avergonzada.
--¡No!... ¡no!...--repitió entre dientes.
--Ya lo ve usted, tía. ¡Qué malos ratos le hacemos pasar a esta buena
niña!...
Oyóse el repicar de una campanilla. Tía Carmen llamaba. En esto encontró
la doncella su salvación.
--Usted perdone...--dijo--la señora necesita de mí.
V
Arrodillado delante de la enferma conversé largo rato. La pobre anciana,
aunque dulce y cariñosa, en realidad fué siempre áspera y severa, acaso
agria. Contábase en la familia, que en su primera juventud se distinguía
de mi madre y de mi tía Pepa en lo festivo de su conversación, en lo
dulce de su trato. Alegro y bulliciosa, muy dada a fiestas y saraos,
encanto de toda buena sociedad, a los veinte años se tornó silenciosa,
reservada, melancólica. ¿A qué se debió tal cambio? Ello es que la
Carmelita, (así la nombraba el abuelito), renunció a los espectáculos,
moderó su lujo en el vestir, se apartó del trato de sus compañeras, y
engrosó las filas de las solteronas, innumerables en Villaverde. Pero no
era, como ellas, murmuradora y amiga de censurar a toda bicho viviente,
vicio de cortijos y poblachones, donde no se vive más que para espiar a
los vecinos y relatar diariamente cuanto éstos hacen o dejan de hacer.
En mi tía Carmen no arraigó la murmuración ni halló tierra propicia la
maledicencia, acaso porque a la nobleza de su alma repugnaba todo lo
bajo y miserable. Por lo contrario, en todas ocasiones salía en defensa
del ausente, desgarrado en su buen nombre por las tijeras del gremio
solteríl. De aquí que todos la quisieran y la respetaran; de aquí, sin
duda, que nadie, o muy pocos, gustaran de penetrar en los misterios de
aquel cambio de carácter, para ninguno inadvertido, que más que tal era
resultado de una resolución hija de una voluntad inquebrantable y firme.
Se dijo,--así me lo contó una vez don Basilio,--que todo provenía de un
desengaño amoroso. Tía Carmen no tuvo, como todas las muchachas de
Villaverde, muchos novios. Para la festiva y bulliciosa señorita el amor
era cosa muy grave y muy seria, con la cual no debía jugarse, sino algo,
único en la vida, que se alcanza vivo, noble, duradero y dichoso; que
asegura la felicidad o resulta malogrado, pasajero e infeliz, y al cual
todo corazón bien puesto, toda alma elevada debe permanecer fiel en
todos los instantes de la vida, hasta la hora de la muerte. Fué el
caso,--responda de la historia el señor alcalde,--que mi tía residió en
Pluviosilla varios años, a la sazón que mi abuelo desempeñaba allí un
importante papel político. Como era natural, no le faltaron a la tía
Carmita muy finos galanes, donceles amartelados que no la dejaban ni a
sol ni a sombra; que desde la esquina le hacían unos osos fenomenales;
que la seguían a todas partes, lo mismo a las distribuciones piadosas en
la iglesia de San Francisco, que, todos los domingos, a la misa de diez
en el templo de San Juan de la Cruz, que era, en aquel antaño, la
preferida de todas las muchachas lindas y en privanza, como ahora, en
estos felices días, la misa de ocho en Santa Marta.
En un paréntesis agregaba el señor alcalde, que mi tía era uno de los
palmitos más codiciados de la piadosa y próspera Pluviosilla. Y no lo
dudo: en la familia se conservó durante muchos años, una miniatura hecha
en Jalapa por Castillo, una miniatura, que, al decir de mi abuelo, era
de mérito singular; en la cual aparecía la Carmita con una hermosura y
una cierta, majeza, dignas del pincel de Goya. Majeza y hermosura que
nada tenían de ordinario, vulgar y provocativo, cierta gracia andaluza,
sevillana, que robaba las miradas y cautivaba el corazón.
Había que verla en aquel retrato: amplio el escote; corto el talle;
desnudo el torneado brazo; ricillos en las sienes; rica, donairosa
mantilla, y ladeada peineta de boca de olla; ¡ni más ni menos que la
reina, doña María Luisa! ¡Con razón los pisaverdes y lechuginos de
Pluviosilla se bebían los vientos por mi hechicera tía!
Sucedió lo que tenia que suceder, (aquí entra lo más importante de la
historia del señor alcalde), que un gallardo capitán, guapo, discreto,
elegante como el que más, logró clavar una saeta en aquel corazoncito de
roca, y consiguió que la rubia Carmita pusiera alma y vida en tan
brillante y codiciado oficial. Hallósela éste en un sarao; bailó con
ella una contradanza y una ceremoniosa cuadrilla, declaróle su atrevido
pensamiento, y la señorita dijo, terminantemente, que estaba dispuesta a
dar la blanca mano a su admirador, siempre que el afortunado galán (que
la escuchaba atusándose el audaz bigote), se dirigiera, como hacerlo
debe todo caballero de altas prendas, al jefe de la familia, al señor mi
abuelo. El galán, a quien abonaban no sólo particulares prendas sino
también nobilísimo abolengo, habló a su jefe, y con toda solemnidad
pidió la mano de la señorita. Todo se arregló a maravilla; disponíase ya
la boda cuando estalló en el Interior un pronunciamiento. El regimiento
tuvo que salir de Pluviosilla, y el matrimonio quedó aplazado. De todo
esto nada se sabía en la ciudad. La familia hizo de ello un misterio, y
los murmuradores se contentaron con repetir que el capitán Fuenleal
estaba loco por mi tía, pero que ésta envanecida y orgullosa de su
hermosura, jugaba con el corazón de su amartelado, sin dejarse coger en
las amorosas redes, sin dar prenda que la comprometiese más tarde.
Pasaron los días, los meses y los años, y nada supo Pluviosilla del
capitán Fuenleal. Unos contaban que había muerto en campaña, después de
batirse como un héroe; otros que pereciera en un duelo a que le llevó
una aventura escandalosa; quienes que se había casado en Guadalajara con
una rica heredera; quienes qué estaba procesado por un delito que la
Ordenanza castiga con peña de muerte. Hasta que un día la rubia Carmita
dió en vestir lutos, y lutos fueron por toda su vida. Parece cierto--así
lo asegura don Basilio,--que Fuenleal pereció en un duelo; pero no
garantiza que fuera por causas de escandalosos amoríos ni por altos
motivos de pundonor militar. Mi tía permaneció fiel a la memoria de su
único amor, fiel a su brillante y apuesto capitán.
Esta es la historia de la pobre anciana; a esto se atribuía su cambio de
carácter, la melancolía de su rostro sus vestidos de luto, su acritud y
su aspereza aparentes. «Es una rosa,--decía don Basilio,--¡una rosa que
de un día para otro se convirtió en cardo!»
Siempre agria e intolerante conmigo hasta que dejé la casa paterna, hoy,
acaso fuera por los sufrimientos de la enfermedad, se mostraba dulce,
afable, tierna. Se afanaba en mimarme, se complacía en satisfacer el
menor de mis caprichos, y no sabía qué inventar para tenerme contento.
--No, hijito;--decía,--nosotras hemos sido contigo lo que debíamos ser:
hemos hecho las veces de madre. Has que quieras; estás en tu casa; eres
como el jefe de la familia. Aquí estamos para servirte y obedecerte.
Pero qué, ¿vas a salir con ese traje?--agregó viendo el mío empolvado y
sin aliño.--No, vístete otro mejor. ¡Andrés trajo ya el baúl!... Vístete;
sal a pasear, a que te vean....
Y al oírme decir que deseaba yo ir a vagar por los ejidos de Villaverde
y por las márgenes del Pedregoso:
--Pero, dime: ¿estás loco? No: eso será otro día. Ahora, ponte elegante,
y sal a visitar a los viejos amigos. Ni un día ha pasado sin que
pregunten por tí. Visita a don Román, tu maestro; al doctor Sarmiento,
que es tan bueno con nosotras; a don Basilio, que te quiere tanto; al
señor Fernández.... No; a ese no, porque no te conoce. Es el dueño de la
hacienda de Santa Clara. ¡Muy buena persona! Ya irás con Pepa. Ya verás:
¡tiene una hija como una plata! Aquí no le faltan pretendientes.... Ya la
conocerás.... ¿Almorzaste bien? Pues anda, vístete, y sal a pasear.
Hubo que obedecerla. No venía muy provisto el baúl; no había en él mucho
con que engalanarme; pero en dos por tres, con ayuda de tía Pepa y de
Angelina, saqué la ropa, y pronto me presenté delante de la enferma
hecho un veinticuatro.
--¡Eso es, así, como persona decente!--dijo: Tía Pepa Y Angelina me
seguían. Una me veía de arriba abajo con aires de satisfacción maternal.
La doncella, desde la puerta del corredor, donde los pajarillos cantaban
alegremente, me miraba con interés. Cuando yo volvía el rostro, ella
fingía componer una planta que lucía en el pretil hermosos ramilletes
de encendida, flores.
Ya en la puerta me gritó tía Pepa:
--¿A qué hora vuelves? Te esperamos a comer.
Al fin de la calle me ocurrió regresar para ir a la casa del dómine.
Angelina estaba en la ventana. Sin duda había salido a verme.
Al pasar la saludé. Díjele algo que la hizo sonreír.
¿Qué había en el rostro de la doncella que me trajo a la memoria la
angelical figura de Matilde, la dulce niña de mi primer amor?