IV

No sé a qué hora desperté. Desconocí el sitio en que me hallaba, me

volví del otro lado y seguí durmiendo hasta las ocho de la mañana. No

quisieron, sin duda, despertarme, para que me desquitara de las

desmañanadas del Colegio.

--¡Que duerma hasta que quiera!--dirían las buenas señoras.--Harto habrá

madrugado en diez años de encierro.

La luz que se filtraba por las junturas del techo y por las hendiduras

de la ventana, alegre y regocijada me hizo dejar el lecho. Fuera

resonaba la escoba cantante de una barredora inteligente, cantaban

pajarillos y cacareaban las gallinas. Un gallo ronco lanzaba, de tiempo

en tiempo, su canto de ensoberbecido sultán.

Presentía yo hermoso día, uno de esos inolvidables días que dan a las

almas de los niños festivo buen humor; uno de esos días que convidan, a

sacudir el yugo escolar para irse por los campos a tenderse bajo los

álamos del río, cabe las ondas murmurantes, cerca de las piedras

cubiertas de musgo, lejos del dómino cetrino e irrascible, lejos de las

coplas del Iriarte, de las discusiones del Foro y de las catilinarias

terríficas; día de los más bellos para _salar_. Me olvidé de mi edad, me

imaginé que tenía siete años, me persuadí de ello, y me dije:

--Lo que es hoy, me desayuno, y dejo al _pomposísimo_ don Román con sus

odas y sus églogas. ¡Allá se las avenga! Ahora.... ¡Al cerro del Cristo,

a las dehesas del Escobillar, a cortar guayabas en las sabanillas que

bordan las orillas del Pedregoso!

Y, dicho y hecho, en pie. Pronto estuve listo. No procuré cambiar de

traje, y me puse el muy empolvado de la víspera, que me olía a lo que

huelen los caminos de la Mesa Central, a sequedad y tierra estéril.

Cuando entré en el comedor,--¡qué comedor!--una pieza de seis varas

cuadradas, mi tía Pepa, muy risueña y parlera, me esperaba sentada a la

mesa.

--¡Por Dios, Rorró! ¡Quieres que me dé un ataque! Son las nueve, y aquí

me tienes, sin probar bocado, en espera del caballero, mientras éste

duerme como un marqués. Carmen no ha dormido en toda la noche, pensando

en tí, muy contenta de haberte visto. ¡Tiene tu tía unas cosas! Dice que

pronto liará el petate; que ya viniste y que, tal vez, eso nada más

espera Dios para llevársela. Así sucede todos los días; siempre

amargándonos la vida con tristezas, ¡siempre haciéndonos llorar! Pero

¡vaya! a todo esto ni quien piense en el desayuno.... ¡Señora Juana: aquí

estamos ya! ¡El chocolatito! Tú tomarás café con leche, ¿no es eso?

Ustedes los muchachos no gustan ya del chocolate; dicen que es

antigualla. Yo, hijo, como tu abuelo, chocolate y nada más; chocolate

bueno eso sí. Mira, Rorró: a eso sí no puedo acostumbrarme, al

chocolate malo. ¿Comes algo? Dílo, muchacho, que para eso estás en tu

casa. Señora Juana: a ver qué le hace usted a Rodolfo.... ¡Hay que

chiquear al niño!...

La buena de mi tía, no me dejaba hablar. Suelta de lengua, viva,

ingeniosa, era difícil cortarle el hilo una vez que principiaba a

hablar. No bien pidió el almuerzo, siguió diciendo:

--¿Ya sabes que está con nosotros una joven? ¿No la viste anoche?

--Creo que sí....

--¡Muy buena! ¡Muy buena! ¡Cómo un pan de gloria! Y te quiere mucho....

Parece que te conoció desde que eras así. ¿Te acuerdas qué travieso? ¿Te

acuerdas de cuando rompiste el juego de café de tu tía Carmen? Me parece

que te veo: te fuiste a esconder en la bodega. De allí te sacamos para

que vinieras a comer, y viniste pálido y lloroso. ¡Tú dirás! Por unos

cacharros cualesquiera.... Eran de China, y muy bonitos; pero qué

importaba. ¡Todavía se acuerda de ellos tu tía! ¿Por que te sonrojas?

¡Vaya, hijo! ¿Todavía tienes miedo de que te castigue tu madrina?

Efectivamente, el recuerdo de aquella diablura me sacaba al rostro los

colores. Se trataba de un precioso servicio de café, de legítima

procedencia chinesca, que mi abuelo compró en un puerto del Pacífico, a

bordo de un navío inglés que volvía del Celeste Imperio. Era el encanto

de la casa. Un día, jugando a la pelota, ¡chas! quedó hecho pedazos.

--Pues bien, como te iba yo diciendo:--prosiguió mi tía,--es muy buena

muchacha... y te quiere mucho. Las últimas camisas que te mandamos las

hizo ella, y ¡con qué cuidado!

--Dígame usted, tía, ¿quién es esa joven?

--¡Ahora te diré!--e interrumpiéndome, gritó:

--¡Angelina! ¡Angelina! ¡Ven acá!

Y continuó, dirigiéndose a mí:

--Está, con Carmen. Si tú vieras: es muy hábil para todo, muy hacendosa,

o, como dice, señora Juana, ¡_muy mujer_! Es la alegría de la casa.

Parece un pajarito que a todas horas está cantando. Nos tiene un cariño,

un amor... que.... ¡Si te diga que pareces de la familia! ¡Qué cuidados

con Carmen! Es muy viva, muy sabia; escribe que es un, ¡encanto! Ya

conoces su letra; ella escribe cuando yo estoy con la jaqueca. La

pobrecita ha sido muy desgraciada. ¡Dios le dé un buen marido!...

--Pues... pedírselo a San Antonio.

--Lo merece, hijo, lo merece.

--Ya tendrá novio, ¿verdad, tía Pepa? O, por lo menos, sus

amartelados....

--¿Qué? ¿qué dices?

--Que ya tendrá novio....

--¿Novio Angelina? ¡Por Dios, Rorró! ¡Qué otro vienes!

Y en tono dulce y suplicante agregó:

--¡Ay!, ¡Rorró! ¡No hagas malos juicios de las personas!...

En aquellos momentos llegó la joven. Tímida y cortada se detuvo en el

umbral; bajaba los ojos, y al parecer distraída jugaba con la punta del

delantal.

--¿Me llamaba usted, doña Pepita?--dijo.

--Sí,--respondió mi tía,--para que conozcas al sobrino. ¿No deseabas

conocerlo? Pues aquí lo tienes. Ya lo ves.

La doncella murmuró una excusa. Mi tía continuó, dirigiéndose a mí:

--Aquí tienes a la que, con esas manecitas, te hizo las camisas que te

gustaron tanto; la que bordó aquellos pañuelos que te mandamos de cuelga

el día que cumpliste diez y siete años, ¡Mentira parece! ¡Y quien te

conoció, así, chirriquitín, que cabías en un azafate!...

Elogié las habilidades de Angelina. Esta, confusa y contrariada, no

alzaba los ojos para verme.

Mientras señora Juana ponía delante de mí el café, el pan, la

mantequilla, y no recuerdo qué más, y en tanto que la tía Pepa me

servía, admiré a la joven. Era alta, esbeltísima y arrogante; había en

ella esa externa y encantadora debilidad de las personas sensibles y

delicadas que reside en todo el cuerpo y que se revela en todos los

movimientos. Su rostro era de lo más distinguido. Pálida, con palideces

de azucena, aquella carita fina y dulce se hacía casi marmórea por el

contraste que producían en ella lo negro de los cabellos y lo espeso de

las cejas. Permanecía con la vista baja, con cierto aire gazmoño, sí,

gazmoño, que no me causó buena impresión. ¿Cómo hacer para que me dejara

ver sus ojos?

--Vea usted, vea usted. Angelina...,--dije precipitadamente,--ese

pajarito que está bañándose.

Volvió el rostro, levantó la cabeza, y miró hacia la jaula.

--¿Ese es el que ha estado cantando?

--¡Ese!--contestó, volviéndose a mí.

¡Qué hermosa! Ojos negros, luminosos, húmedos; nariz delgada, fina,

correctísima; boca agraciada; mejillas en las cuales se dibujaban apenas

lindos hoyuelos, que más acentuados, al reir la joven, serían

encantadores.

--¡Buen cantante!--díjele, mirando al pajarillo.

--Le molestaría un poco. Desde muy temprano se suelta cantando. A

veces,--agregó, haciendo un mohín risueño,--¡está insufrible!

Pude gozar entonces de la belleza singular de aquella boca, de aquellos

labios rosados que dejaron ver, al plegarse dulcemente, una dentadura

irreprochable.

Mi tía Pepa se entretenía con el chocolate, y yo me servía en una

rebanada de pan la fresca e incitante mantequilla.

La anciana, como si quisiera establecer entre nosotros una corriente de

recíproca simpatía, exclamó después de engullirse una sopa.

--Oye, Angelina: Rodolfo está muy contento de las camisas que le

mandamos, y dice que nadie las hará mejores. Elogia mucho las marcas de

los pañuelos, y....

--¡Ay, señor!--murmuró la joven, trémula, y levemente sonrojada.

--Y dice también...--prosiguió la santa señora, en un arranque de

indiscreta sencillez,--dice... que....

Comprendí la inconveniencia de mi tía, y la interrumpí.

--Tía, ¿qué tal, está bueno el soconusco?

Pero ella no me oyó, o no quiso oírme.

--Dice que si ya....

--¡Tía!--exclamé sin poderme contener.--¡Eso no debe decirse!

--¡Adiós! ¿Y por qué no?

--Porque no.

Angelina, turbada, nos veía con penosa curiosidad.

--¡Qué tiene eso! Dice que si ya tienes novio.

La doncella se estremeció de pies a cabeza, se encendió como una

amapola, y bajó los ojos avergonzada.

--¡No!... ¡no!...--repitió entre dientes.

--Ya lo ve usted, tía. ¡Qué malos ratos le hacemos pasar a esta buena

niña!...

Oyóse el repicar de una campanilla. Tía Carmen llamaba. En esto encontró

la doncella su salvación.

--Usted perdone...--dijo--la señora necesita de mí.

V

Arrodillado delante de la enferma conversé largo rato. La pobre anciana,

aunque dulce y cariñosa, en realidad fué siempre áspera y severa, acaso

agria. Contábase en la familia, que en su primera juventud se distinguía

de mi madre y de mi tía Pepa en lo festivo de su conversación, en lo

dulce de su trato. Alegro y bulliciosa, muy dada a fiestas y saraos,

encanto de toda buena sociedad, a los veinte años se tornó silenciosa,

reservada, melancólica. ¿A qué se debió tal cambio? Ello es que la

Carmelita, (así la nombraba el abuelito), renunció a los espectáculos,

moderó su lujo en el vestir, se apartó del trato de sus compañeras, y

engrosó las filas de las solteronas, innumerables en Villaverde. Pero no

era, como ellas, murmuradora y amiga de censurar a toda bicho viviente,

vicio de cortijos y poblachones, donde no se vive más que para espiar a

los vecinos y relatar diariamente cuanto éstos hacen o dejan de hacer.

En mi tía Carmen no arraigó la murmuración ni halló tierra propicia la

maledicencia, acaso porque a la nobleza de su alma repugnaba todo lo

bajo y miserable. Por lo contrario, en todas ocasiones salía en defensa

del ausente, desgarrado en su buen nombre por las tijeras del gremio

solteríl. De aquí que todos la quisieran y la respetaran; de aquí, sin

duda, que nadie, o muy pocos, gustaran de penetrar en los misterios de

aquel cambio de carácter, para ninguno inadvertido, que más que tal era

resultado de una resolución hija de una voluntad inquebrantable y firme.

Se dijo,--así me lo contó una vez don Basilio,--que todo provenía de un

desengaño amoroso. Tía Carmen no tuvo, como todas las muchachas de

Villaverde, muchos novios. Para la festiva y bulliciosa señorita el amor

era cosa muy grave y muy seria, con la cual no debía jugarse, sino algo,

único en la vida, que se alcanza vivo, noble, duradero y dichoso; que

asegura la felicidad o resulta malogrado, pasajero e infeliz, y al cual

todo corazón bien puesto, toda alma elevada debe permanecer fiel en

todos los instantes de la vida, hasta la hora de la muerte. Fué el

caso,--responda de la historia el señor alcalde,--que mi tía residió en

Pluviosilla varios años, a la sazón que mi abuelo desempeñaba allí un

importante papel político. Como era natural, no le faltaron a la tía

Carmita muy finos galanes, donceles amartelados que no la dejaban ni a

sol ni a sombra; que desde la esquina le hacían unos osos fenomenales;

que la seguían a todas partes, lo mismo a las distribuciones piadosas en

la iglesia de San Francisco, que, todos los domingos, a la misa de diez

en el templo de San Juan de la Cruz, que era, en aquel antaño, la

preferida de todas las muchachas lindas y en privanza, como ahora, en

estos felices días, la misa de ocho en Santa Marta.

En un paréntesis agregaba el señor alcalde, que mi tía era uno de los

palmitos más codiciados de la piadosa y próspera Pluviosilla. Y no lo

dudo: en la familia se conservó durante muchos años, una miniatura hecha

en Jalapa por Castillo, una miniatura, que, al decir de mi abuelo, era

de mérito singular; en la cual aparecía la Carmita con una hermosura y

una cierta, majeza, dignas del pincel de Goya. Majeza y hermosura que

nada tenían de ordinario, vulgar y provocativo, cierta gracia andaluza,

sevillana, que robaba las miradas y cautivaba el corazón.

Había que verla en aquel retrato: amplio el escote; corto el talle;

desnudo el torneado brazo; ricillos en las sienes; rica, donairosa

mantilla, y ladeada peineta de boca de olla; ¡ni más ni menos que la

reina, doña María Luisa! ¡Con razón los pisaverdes y lechuginos de

Pluviosilla se bebían los vientos por mi hechicera tía!

Sucedió lo que tenia que suceder, (aquí entra lo más importante de la

historia del señor alcalde), que un gallardo capitán, guapo, discreto,

elegante como el que más, logró clavar una saeta en aquel corazoncito de

roca, y consiguió que la rubia Carmita pusiera alma y vida en tan

brillante y codiciado oficial. Hallósela éste en un sarao; bailó con

ella una contradanza y una ceremoniosa cuadrilla, declaróle su atrevido

pensamiento, y la señorita dijo, terminantemente, que estaba dispuesta a

dar la blanca mano a su admirador, siempre que el afortunado galán (que

la escuchaba atusándose el audaz bigote), se dirigiera, como hacerlo

debe todo caballero de altas prendas, al jefe de la familia, al señor mi

abuelo. El galán, a quien abonaban no sólo particulares prendas sino

también nobilísimo abolengo, habló a su jefe, y con toda solemnidad

pidió la mano de la señorita. Todo se arregló a maravilla; disponíase ya

la boda cuando estalló en el Interior un pronunciamiento. El regimiento

tuvo que salir de Pluviosilla, y el matrimonio quedó aplazado. De todo

esto nada se sabía en la ciudad. La familia hizo de ello un misterio, y

los murmuradores se contentaron con repetir que el capitán Fuenleal

estaba loco por mi tía, pero que ésta envanecida y orgullosa de su

hermosura, jugaba con el corazón de su amartelado, sin dejarse coger en

las amorosas redes, sin dar prenda que la comprometiese más tarde.

Pasaron los días, los meses y los años, y nada supo Pluviosilla del

capitán Fuenleal. Unos contaban que había muerto en campaña, después de

batirse como un héroe; otros que pereciera en un duelo a que le llevó

una aventura escandalosa; quienes que se había casado en Guadalajara con

una rica heredera; quienes qué estaba procesado por un delito que la

Ordenanza castiga con peña de muerte. Hasta que un día la rubia Carmita

dió en vestir lutos, y lutos fueron por toda su vida. Parece cierto--así

lo asegura don Basilio,--que Fuenleal pereció en un duelo; pero no

garantiza que fuera por causas de escandalosos amoríos ni por altos

motivos de pundonor militar. Mi tía permaneció fiel a la memoria de su

único amor, fiel a su brillante y apuesto capitán.

Esta es la historia de la pobre anciana; a esto se atribuía su cambio de

carácter, la melancolía de su rostro sus vestidos de luto, su acritud y

su aspereza aparentes. «Es una rosa,--decía don Basilio,--¡una rosa que

de un día para otro se convirtió en cardo!»

Siempre agria e intolerante conmigo hasta que dejé la casa paterna, hoy,

acaso fuera por los sufrimientos de la enfermedad, se mostraba dulce,

afable, tierna. Se afanaba en mimarme, se complacía en satisfacer el

menor de mis caprichos, y no sabía qué inventar para tenerme contento.

--No, hijito;--decía,--nosotras hemos sido contigo lo que debíamos ser:

hemos hecho las veces de madre. Has que quieras; estás en tu casa; eres

como el jefe de la familia. Aquí estamos para servirte y obedecerte.

Pero qué, ¿vas a salir con ese traje?--agregó viendo el mío empolvado y

sin aliño.--No, vístete otro mejor. ¡Andrés trajo ya el baúl!... Vístete;

sal a pasear, a que te vean....

Y al oírme decir que deseaba yo ir a vagar por los ejidos de Villaverde

y por las márgenes del Pedregoso:

--Pero, dime: ¿estás loco? No: eso será otro día. Ahora, ponte elegante,

y sal a visitar a los viejos amigos. Ni un día ha pasado sin que

pregunten por tí. Visita a don Román, tu maestro; al doctor Sarmiento,

que es tan bueno con nosotras; a don Basilio, que te quiere tanto; al

señor Fernández.... No; a ese no, porque no te conoce. Es el dueño de la

hacienda de Santa Clara. ¡Muy buena persona! Ya irás con Pepa. Ya verás:

¡tiene una hija como una plata! Aquí no le faltan pretendientes.... Ya la

conocerás.... ¿Almorzaste bien? Pues anda, vístete, y sal a pasear.

Hubo que obedecerla. No venía muy provisto el baúl; no había en él mucho

con que engalanarme; pero en dos por tres, con ayuda de tía Pepa y de

Angelina, saqué la ropa, y pronto me presenté delante de la enferma

hecho un veinticuatro.

--¡Eso es, así, como persona decente!--dijo: Tía Pepa Y Angelina me

seguían. Una me veía de arriba abajo con aires de satisfacción maternal.

La doncella, desde la puerta del corredor, donde los pajarillos cantaban

alegremente, me miraba con interés. Cuando yo volvía el rostro, ella

fingía componer una planta que lucía en el pretil hermosos ramilletes

de encendida, flores.

Ya en la puerta me gritó tía Pepa:

--¿A qué hora vuelves? Te esperamos a comer.

Al fin de la calle me ocurrió regresar para ir a la casa del dómine.

Angelina estaba en la ventana. Sin duda había salido a verme.

Al pasar la saludé. Díjele algo que la hizo sonreír.

¿Qué había en el rostro de la doncella que me trajo a la memoria la

angelical figura de Matilde, la dulce niña de mi primer amor?

Angelina (novela mexicana) · 第 15 / 75 题