III

Cerré la puerta, dejó en la mesa la brillante palmatoria, y de un soplo

apagué la bujía.

De codos en el alféizar me puse a contemplar el cielo. Los vientos

otoñales habían extendido en pocos minutos negro manto de nubes,

uniformemente obscuras, y sólo en un punto ralas y tenues, hacia el

Oriente, donde a través de blancos velos dejaban adivinar las más altas

regiones del éter, los océanos superiores del aire, limpios, surcados

por mil celajes voladores. Oíase el ruido lejano de la lluvia. Las

plantas del jardincillo se balanceaban rumorosas. Las adelfas

columpiaban sus tallos flexibles; los floripondios mecían en la

obscuridad sus campanas de raso, y en la espléndida copa de un naranjo

las primeras gotas, gruesas y resonantes, caían con ímpetu

extraordinario, precursoras de un largo aguacero.

Estaba yo en la casa de los míos. Pero ¡ay! qué triste aparecía ante mis

ojos. No era aquella casita la casita alegre y risueña que me vió nacer,

que albergó mi niñez y que me vió salir de allí bañado en lágrimas. ¡La

casa de mis padres era ajena! ¿Quiénes la habitaban? Acaso quien no era

capaz de amarla y de estimar sus bellezas. Allí murieron mis padres,

dejándome en la cuna; allí el abuelo se durmió tranquilamente en el

Señor; allí corrió mi vida regocijada y venturosa. ¡Con qué pena

dejarían mis tías aquella casa, centro de todos sus afectos, relicario

de los más dulces recuerdos! Me la imaginaba, y mis ojos se llenaban de

lágrimas. Bien visto, estaba solo; las buenas ancianas pronto

emprenderían el eterno viaje, y me quedaría yo abandonado en un mundo

que me causaba miedo.

La lluvia arreciaba. Truenos lejanos, pálido fulgurar de relámpagos

distantes, anunciaban que la tempestad invadía la cordillera. El agua

caía a torrentes. En el naranjo aleteaban los pájaros, amedrentados al

sentir inundado su nido. Una mariposa nocturna pasó rozándome la frente.

Encendí la bujía y cerré la vidriera. Allí estaba mi lecho de niño: la

camita de hierro con sus blancas colgaduras, y por la cual había yo

suspirado tantas veces en el frío y desolado dormitorio del colegio.

Allí estaba el aguamanil provisto de todo, con su toalla tejida por la

tía Pepa. Junto a la cama, arriba del buró, el cuadrito de San Luis

Gonzaga. Enfrente, sobre la cómoda, el retrato del abuelito. A un lado

un estante lleno de libros, y cerca de la ventana el pupitre del

escolar, el negro pupitre de estudiante, compañero cariñoso del niño,

confidente de sus amarguras, casi testigo de sus triunfos, mudo

depositario de sus esperanzas. Allí había colocado la mano discreta de

la tía mis primeros libros de estudia, conservados cuidadosamente en la

familia; desde el Catecismo de Ripalda y el Fleury, hasta la Gramática

de Iriarte, aquella gramática atiborrada de malos versos, que puso en

mis manos don Basilio, el eterno alcalde de Villaverde, una noche

inolvidable, la noche del reparto de premios.

Abrí los libros. Aun conservaban en sus guardas la caricatura del

maestro, don Román López, _el pomposísimo Cicerón_, como le llamábamos

porque nunca hablaba del orador de Túsculo sin aplicarle rimbombante

epíteto, y legibles todavía, notas, significados de inusitadas voces,

sólo usadas de tal o cual poeta; listas de condiscípulos condenados a

ser detenidos dos o tres horas, por no haber acertado con no sé qué

dificultades horacianas.

¡Felices tiempos aquellos! ¡Cómo varían las cosas! ¿Dónde están las

alegrías de aquella época? ¿Dónde los infantiles regocijos? ¿A dónde se

fueron las ilusiones rosadas, las mariposillas de la infancia? Ahora

todo ha cambiado; no hay sueños para el alma; la frente, antes soñadora,

tiene ya la palidez del primer dolor; ya probé las amarguras de la vida,

y sé que sus dejos se quedan en los labios para siempre.

En uno de los libros, al abrirle al acaso, tropezaron mis ojos con un

nombre de mujer: ¡MATILDE! Así, entre dos admiraciones, como un grito de

alegría, como la expresión de la más dulce esperanza, como la confesión

de un afecto sofocado en el pecho, que un día se nos escapa irresistible

y delata ante la malicia estudiantil, ante la cruel y dura indiscreción

de los condiscípulos, que una mujer de ese nombre tiene en nuestro

corazón un altar, donde recibe culto y homenajes; donde sólo ella reina,

señora de todo afecto puro, dueño de todos los pensamientos, soberana de

nuestro albedrío. Y me pareció mirar una niña pálida y rubia, esbelta y

graciosa, de grandes ojos de color de violeta; una niña en cuyo

semblante puso el cielo angelicales bellezas, que ataviada gallardamente

con rica veste azul, corta la falda, dejando ver unos pies brevísimos,

pasaba y huía, e iba a perderse entre la sombra que proyectaba en el

muro el blanco lecho: la dulce niña objeto de mi primer amor, de ese

amor primero que embalsama con su aroma de azucenas la más larga vida,

toda una existencia.

No pude contenerme, y llevé a mis labios aquel libro, aquella página,

aquel nombre que no gusto de repetir, aunque resuena en mis oídos como

celeste melodía; que está grabado en mi corazón; que no se aparta de mi

mente; que para mí expresa todo cuanto hay de tierno y puro y santo aquí

en la tierra.

No le olvido ni le olvidaré; quizás porque de niño le escribí tantas

veces, a todas horas, en todas partes, en los libros, en los cuadernos,

en cualquier papel que tenía yo cerca, cuando en mis manos había un

lápiz o una pluma. Nombre escrito en las arenas de la ribera; en las

cortezas de los árboles; en la bóveda azul las noches consteladas,

trazándole con el pensamiento, como sobre una pauta, de estrella en

estrella, para verle extendido por los espacios ilimitados, irradiando

en divina canopea.

¡Cómo me río ahora, al copiar estas páginas, de mis romanticismos de

entonces! ¡Cómo me burlo de aquellos raptos amorosos, de aquellos

éxtasis quijotescos! Pero ¡ay! no lo hago impunemente; que me hiero en

el pecho, me desgarro el corazón como si me arrastrara yo sobre él un

haz de espinas. Y sin embargo, aquello era una locura, un delirio de

loco. Aquella vida siempre dada al ensueño, siempre mecida en los

columpios de la fantasía, alimentada y nutrida con platillos

lamartinianos, era desviada, acaso perniciosa; pero ¡ay! tan bella, que

cada hora, suya se me antojaba como el canto de un poema sublime cuyas

delicadezas y excelsitudes nos arrancan de esta pobre vida terrena y nos

llevan a vivir en un mundo ideal; me parecen como una sinfonía

adormecedora, algo como la música de los grandes maestros, así como de

Mozart, Beethoven o Wagner, que nos saca de la penosa y prosaica vida

material y por breves horas nos hace felices, aniquilando en nosotros

todo dolor, todo fastidio.

El cansancio me tenía rendido; el estropeo del viaje en la malhadada

diligencia me había magullado de pies a cabeza, y principié a sentir el

desmayo precursor del sueño. A los diez y siete años siempre se duerme

bien. Ni tristezas domésticas ni el recuerdo de venturas desvanecidas

nos quitan el sueño. La cama albeaba en un rincón; el cariño velaba

cerca de mí, y el aguacero con su ruido monótono me arrullaría

dulcemente. ¡A la cama! Un soplo.... ¡Pfff! Ahora, como dijo Bécquer:

_A dormir y roncar como un sochantre._

Angelina (novela mexicana) · 第 14 / 75 题