Detúvose delante de una casa de pobre apariencia. Asió el llamador, y

--¡Tan! ¡Tan!

No tardaron en abrir. Apareció una joven que me miró con insistente

curiosidad.

--Entren...--dijo.

--¡Doña Carmelita!--gritó Andrés, entrando,--¡Doña Carmelita! ¡Aquí está

el niño! ¡Muy grande! Y... ¡muy formal!

No sabía yo por dónde dirigirme. Llegaron a mis oídos voces conocidas,

sonó en la cerradura de la puerta contigua ruido de llave, y salió mi

tía Pepa, tendiendo los brazos.

--¡Muchacho! ¡Muchacho! Mi Rorró, ven, ven para que te abrace!

Estrechándome, repetía con su locuacidad de siempre:

--¡Niño de mi alma! ¡Si estás tan alto que no te alcanzo! Entra para que

te veamos.

La emoción la ahogaba. Me besó en las mejillas, como si fuera yo un

chiquitín. Estaba llorando. Me dejó húmedo el rostro.

--¡Entra para que te vea Carmen!--Y agregó sigilosamente, agarrándome de

un brazo:--La pobrecilla está muy malita, muy malita. Te vas a

entristecer al verla. No te lo hemos dicho para que no perdieras la

tranquilidad en tus estudios. El doctor Sarmiento dice que no tiene

remedio; pero que la cosa va larga; vivirá así, tullida, más o menos,

pero que eso de sanar, sólo por milagro.... Pero mira, mira, tengo mucha

fe en la Santísima Virgen. Entra, Rorró, entra. La pobre Carmen se va a

poner tan contenta. Todito el santo día ha estado diciendo: «¿Por dónde

vendrá mi señor don Rofoldo? ¿Por dónde vendrá? ¡Dios quiera y no le

pase una desgracia!»

Entramos en la salita. ¡Qué pobre y qué triste! De una ojeada, a la luz

de la vela que traía la joven que nos abrió la puerta, aprecié lo que

encerraba: algunos muebles vetustos; sillas seculares de alto respaldar

y garras de león, resto de antiguos esplendores domésticos; dos

rinconeras con sus nichos de hoja de lata; un sofá tapizado de cerda.

En la pieza siguiente, cerca de la ventana cerrada, yacía la enferma

sentada en un sillón de vaqueta, envuelta en grueso pañolón de lana. En

la cabeza tenía un pañuelo blanco, atado bajo la barba.

--¡Rodolfito!--exclamó con acento débil--¡Rodolfito! ¡Ven, dame un

abrazo; mira que no puedo levantarme!

Llegué a su lado y me incliné para estrecharla contra mi pecho y darle

un beso en la frente. Tenía los ojos arrasados de lágrimas. Apenas podía

hablar. Levantó el único brazo que tenía expedito, y me acariciaba con

dulzura infantil.

--¡Aquí, a mi lado! Siéntate aquí, mientras te ponen la cena. ¿Tendrás

hambre, no es cierto? Se come muy mal por esos caminos. ¡Pepa, Pepa! Pon

la vela aquí, cerca, para que vea yo bien al señor de la casa.

Tía Carmen arrimó la mesita, en la cual, en un candelero de latón, ardía

con luz rojiza una vela de sebo. Como no me viese a su gusto, insistió

impaciente:

Obedeciéronla. Me senté a su lado. Andrés y tía Pepa permanecían de pie

delante de nosotros. Desde la puerta, que daba paso a las habitaciones

interiores, la joven nos veía. Era alta y esbelta; vestía de blanco, y

me pareció de singular hermosura.

La enferma secó sus lágrimas. Siempre fué adusta y severa; jamás

lisonjeaba, nunca tenía una frase dulce y afable. La enfermedad había

quebrantado aquel carácter entero, férreo, como de una pieza. Ahora

tenía ternuras y delicadezas que conmovían profundamente.

--¡Vamos, ya te veo a mi gusto! ¡Jesús! ¡Qué guapo que estás! Mira,

Pepa, mira: ¡ya tiene bigotito! ¡Enterito a su abuelo!

Su voz era débil y apagada. Como si el pensamiento la abandonara para

volar hacia las regiones de ultra-tumba, quedóse la anciana silenciosa,

fija en el suelo la mirada. Después de un rato prosiguió, sonriendo

dolorosamente, con esa sonrisa de los ancianos próximos a morir:

--¿Cómo me encuentras, hijo? ¿Mal, verdad? ¿Te acuerdas? ¡Antes tan

fuerte, tan activa! ¡Estaba yo en todo! Ahora, aquí me tienes, como

presa, como si tuviera grillos... ¡peor que si los tuviera! Aquí me

tienes, clavada en el butaque, sin poder dar un paso; sin poder ayudar a

tu tía. ¡La pobrecilla, que no para! Y yo que en nada le aligero el

trabajo; antes, al contrario, le doy quehacer. ¡Estos nervios, hijo!

Don Pancho Sarmiento, (es muy bueno con nosotras, ¡si vieras!) dice que

todo lo que tengo es cosa de los nervios. ¡Nervios, nervios, y ello es

que a mí se me van las fuerzas más y más cada día!...

Cuando dijo esto me hizo una señal de inteligencia, como indicándome que

la engañaban, que ella no creía nada de cuanto le decían acerca de su

enfermedad.

--Que te pongan la cena. Mientras hablaremos de otra cosa. Para cosas

tristes, tiempo habrá.

Procuré tranquilizarla. Le referí mil casos de enfermedades nerviosas

que tenían aspecto de gravísimos males, y que con el tiempo y el cuidado

habían desaparecido, dejando a los pacientes buenos y sanos.

Pareció convencida y, volviéndose a mí, me dijo sonriendo:

--Te habrás paseado mucho. Vas a ver esto muy triste. Tendrás razón,

hijo; aquí nadie se mueve; todos viven como cansados, como abrumados de

fastidio. Saliste bien de tus exámenes, ¡ya lo sabemos! Nos lo dijo

Ricardito Tejeda la noche que vino a visitarnos. El pobrecillo te quiere

mucho. Nos contó que tenías mucho miedo. Nosotras rezamos por tí; Pepa

fué a misa ese día, y yo le encendí una lamparita a San Luisito, a tu

San Luisito, para que te sacara con bien.

Y dime, ¿te entregaron el dinero que te mandamos para el traje? Ya

sabemos que sí; pero te lo pregunto por saber si te lo dieron a tiempo.

--Sí; y por cierto que sentí mucho que ustedes hicieran ese

sacrificio....

--¡Ah muchacho! ¿Ya vienes con lo del sacrificio, como en todas tus

cartas? ¡Qué sacrificio!

--No, tía, pero....

--Era preciso que te presentaras bien. Por fortuna en esos días

recibimos un dinerito, el de la casa. ¿Ya sabes que la vendimos?

--Sí;--contesté--creo que me lo escribieron.

--Tú dirás: ¡estaba ya tan vieja! En reponerla se hubiera gastado más.

Comprendí que trataban de engañarme, de hacerme creer que vivían

cómodamente.

--Mira, Pepa: que le pongan a éste la cena. ¡Se come tan mal por esos

caminos!...

Mi tía, la joven y Andrés se retiraron al comedor. No tardaron en

llamarme. La joven se presentó diciendo:

--Que ya está la cena....

Acaricié a mi pobre tía, y pasé al sitio donde me esperaban. Las buenas

señoras quisieron tratarme a cuerpo de rey, y sin embargo, ¡qué cena tan

modesta y tan triste!

Angelina (novela mexicana) · 第 13 / 75 题