Tomé por calles que conducían a la casa paterna. En ella debían vivir
mis tías. Nadie me había dicho lo contrario hasta que Andrés me detuvo:
--¿A dónde vas? ¿Ya no conoces tu tierra?
--A casa.
--Si ya no viven donde antes.
--¿Pues dónde?...
--Por aquí....
Echándome el brazo me impulsó a seguir por una callejuela.
--¿Cuándo mudaron de casa?
--¡Uh! ¡Hace tiempo! Como vendieron la casita.... Yo les dije que no lo
hicieran; pero fué preciso....
Estas palabras del antiguo servidor de mis padres fueron para mí como un
rayo de luz. Todo lo comprendí. La situación de mis tías era, sin duda,
por extremo precaria. Ahora me daba yo cuenta de la tristeza que
informaba sus cartas; ahora estimaba yo en lo justo la magnitud de sus
afanes y de sus sacrificios.
Andrés prosiguió:
--Están muy pobres. No han querido decirte nada para no afligirte. ¡Las
pobrecitas te quieren mucho!
--¡Que si me quieren! ¡Vaya!
--Nada les digas. Veremos a ver por dónde salen. Para tu gobierno: ya no
pueden seguir dándote la mesada. Las ayudo cuanto puedo, pero ya
comprenderás que no les doy mucho; los tiempos están malos; no se paga
un peso.... Sin embargo, si quieres, haremos un esfuerzo, cueste lo que
costare. ¿Tienes que estudiar mucho todavía? Pues si no es mucho, si no
es mucho alcanzará. ¡Aunque me quede sin nada! ¡Al fin, para lo que yo he
de vivir! Al fin no hago más que pagar lo que a los amos les debo....
Y sin dejarme contestar pasó a otra cosa.
--Pero, niño... ¡si estás tamaño! ¡qué grande! ¡qué buen mozo!