CARTA DE SAB A TERESA

Teresa: la hora de mi descanso se acerca: mi tarea sobre la tierra va a

terminar. Cuando dejo este mundo, en el que tanto he padecido y amado,

solamente de vos quiero despedirme.

He venido a morir cerca de mi madre y de mi hermano; pensé

que su presencia,--la presencia de estos dos seres que me han

amado,--dulcificaría mi agonía; pero me engañaba. Dios me guardaba aquí

mi última prueba, mi postrer martirio.

Ella duerme, la pobre anciana, y la muerte la rodea; ella duerme junto a

dos moribundos: ¡sus dos hijos que van a abandonarla! Os lo confieso;

al ver hace un momento su frente calva, surcada por los años y por los

dolores, reposar fatigada sobre mi pecho, y cuando su voz, aquella voz

que me ha dado el dulce nombre de hijo, me decía: Sólo tú me quedas en

el mundo; en aquel momento he deseado la vida y he llevado

convulsivamente las manos sobre mi corazón, para arrancar de él el dolor

que me mata.

¡Ah! sí: la muerte era mi único deseo, mi única esperanza, y al sentir

su mano fría apretar mi corazón, he gozado una alegría feroz y he

levantado a Dios mi corazón para pedirle: Yo reconozco tu misericordia.

Pero al aspecto de esta anciana, que duerme arrullada por el estertor de

un moribundo junto al cadavérico cuerpo de su último nieto, y que aun

durmiendo me tiende los brazos y me dice: Sólo tú me quedas en el mundo;

sufro un nuevo género de combate, una terrible lucha. Siento el deseo de

vivir y la necesidad de morir. Sí, por ti quisiera vivir, pobre anciana,

que te has compadecido del huérfano y que le has dicho: Yo seré tu

madre; por ti que no te has avergonzado de amar al siervo, y que le has

dicho: Levanta tu frente, hijo de la esclava, las cadenas que aprisionan

las manos no deben oprimir el alma. Por ti quisiera vivir, para cerrar

tus ojos y enterrar tu cadáver, y llorar sobre tu sepultura; y el

abandono en que te dejo hace amarga para mí mi hora solemne y deseada.

Y bien ¡Dios mío! yo acepto esta nueva prueba y agoto, sin hacer un

gesto de repugnancia, la última gota de hiel que has arrojado en el

cáliz amargo de mi vida.

Yo muero, Teresa, y quiero despedirme de vos. ¿No os lo he dicho ya?

Creo que sí.

Quiero despedirme de vos y daros gracias por vuestra amistad, y por

haberme enseñado la generosidad, la abnegación y el heroísmo. Teresa,

vos sois una mujer sublime, yo he querido imitaros; pero ¿puede la

paloma tomar el vuelo del águila? Vos os levantáis grande y fuerte,

ennoblecida por los sacrificios, y yo caigo quebrantado. Así, cuando

precipita el huracán su carro de fuego sobre los campos, la ceiba se

queda erguida, iluminada su cabeza vencedora por la aureola con que la

ciñe su enemigo; mientras que el arbusto, que ha querido en vano

defenderse como ella, sólo queda para atestiguar el poder que le ha

vencido. El sol sale y la ceiba le saluda diciéndole: Veme aquí; pero el

arbusto sólo presenta sus hojas esparcidas y sus ramas destrozadas.

Y sin embargo, vos sois una débil mujer. ¿Cuál es esa fuerza que os

sostiene y que yo pido en vano a mi corazón de hombre? ¿Es la virtud

quién os la da?... Yo he pensado mucho en esto; he invocado en mis

noches de vigilia ese gran nombre: ¡la virtud! Pero ¿qué es la virtud?,

¿en qué consiste?...., yo he deseado comprenderlo, pero en vano he

preguntado la verdad a los hombres. Me acuerdo que cuando mi amo me

enviaba a confesar mis culpas a los pies de un sacerdote, yo preguntaba

al ministro de Dios qué haría para alcanzar la virtud.--La virtud del

esclavo,--me respondía,--es obedecer y callar, servir con humildad y

resignación a sus legítimos dueños, y no juzgarlos nunca.

Esta explicación no me satisfacía. ¡Y qué! pensaba yo ¿la virtud puede

ser relativa?

¿La virtud no es una misma para todos los hombres? ¿El gran jefe de esta

gran familia humana, habrá establecido diferentes leyes para los que

nacen con la tez negra, y la tez blanca? ¿No tienen todos las mismas

necesidades, las mismas pasiones, los mismos defectos? ¿Por qué pues

tendrán los unos el derecho de esclavizar y los otros la obligación de

obedecer? Dios, cuya mano suprema ha repartido sus beneficios con

equidad sobre todos los países del globo, que hace salir al sol para

toda su gran familia dispersa sobre la tierra, que ha escrito el gran

dogma de la igualdad sobre la tumba, Dios ¿podrá sancionar los códigos

inicuos en los que el hombre funda sus derechos para comprar y vender al

hombre; y sus intérpretes en la tierra dirán al esclavo: Tu deber es

sufrir; la virtud del esclavo es olvidarse de que es hombre, renegar de

los beneficios que Dios le dispensó, abdicar la dignidad con que le ha

revestido, y besar la mano que le imprime el sello de la infamia? No,

los hombres mienten; la virtud no existe entre ellos.

Muchas veces, Teresa, he meditado en la soledad de los campos y en el

silencio de la noche, en esta gran palabra: ¡la virtud! Pero la virtud

es para mí como la providencia: una necesidad desconocida, un poder

misterioso que concibo pero que no conozco. Entre los hombres la he

buscado en vano. He visto siempre que el fuerte oprimía al débil, que

el sabio engañaba al ignorante, y que el rico despreciaba al pobre. No

he podido encontrar entre los hombres la gran armonía que Dios ha

establecido en la naturaleza.

Nunca he podido comprender estas cosas, Teresa, por más que se las he

preguntado al sol, y a la luna, y a las estrellas, y a los vientos

bramadores del huracán, y a las suaves brisas de la noche. Las densas

nubes de mi ignorancia cubrían a pesar mío los destellos de mi

inteligencia, y al preguntaros ahora si debéis a la virtud vuestra

fortaleza, se me ocurre una nueva duda, y me pregunto a mí mismo si la

virtud no es la fortaleza, y si la fortaleza no es el orgullo. Porque el

orgullo es lo más bello, lo más grande que yo conozco, y la única fuente

de donde he visto nacer las acciones nobles y brillantes de los hombres.

Decídmelo, Teresa, esa grandeza y abnegación de vuestra alma ¿no es más

que orgullo?... ¡Y bien! ¿qué importa? Cualquiera que sea el nombre del

sentimiento que dicta las nobles acciones, es preciso respetarle. Pero

¿de qué carezco que no puedo igualarme con vos? ¿Es la falta del

orgullo?... ¿Es que ese gran sentimiento no puede existir en el alma del

hombre que ha sido esclavo?... Sin embargo, aunque esclavo yo he amado

todo lo bello y lo grande, y he sentido que mi alma se elevaba sobre mi

destino. ¡Oh! sí, yo he tenido un grande y hermoso orgullo; el esclavo

ha dejado volar libre su pensamiento, y su pensamiento subía más allá de

las nubes en que se forma el rayo. ¿Cuál es pues la diferencia que

existe entre vuestra organización moral y la mía? Yo os la diré, os

diré lo que pienso. Es que en mí hay una facultad inmensa de amar; es

que vos tenéis el valor de la resistencia y yo la energía de la

actividad; es que a vos os sostiene la razón y a mí me devora el

sentimiento. Vuestro corazón es del más puro oro, el mío es de fuego.

Había nacido con un tesoro de entusiasmos. Cuando en mis primeros años

de juventud Carlota leía en alta voz delante de mí los romances, novelas

e historias que más le agradaban, yo la escuchaba sin respirar, y una

multitud de ideas se despertaban en mí, y un mundo nuevo se desenvolvía

delante de mis ojos. Yo encontraba muy bello el destino de aquellos

hombres que combatían y morían por su patria. Como un caballo belicoso

que oye el sonido del clarín, me agitaba con un ardor salvaje a los

grandes nombres de patria y libertad; mi corazón se dilataba, hinchábase

mi nariz, mi mano buscaba maquinal y convulsivamente una espada, y la

dulce voz de Carlota apenas bastaba para arrancarme de mi enajenamiento.

A par de esta voz querida, yo creía escuchar músicas marciales, gritos

de triunfos y cantos de victorias; y mi alma se lanzaba a aquellos

hermosos destinos hasta que un súbito y desolante recuerdo venía a

decirme al oído: eres mulato y esclavo. Entonces un sombrío furor

comprimía mi pecho y la sangre de mi corazón corría como veneno por mis

venas hinchadas. ¡Cuántas veces las novelas que leía Carlota referían el

insensato amor que un vasallo concebía por su soberana, o un hombre

oscuro por alguna ilustre y orgullosa señora!... Entonces escuchaba yo

con una violenta palpitación, y mis ojos devoraban el libro; pero ¡ay!

aquel vasallo o aquel plebeyo eran libres, y sus rostros no tenían la

señal de reprobación. La gloria les abría las puertas de la fortuna, y

el valor y la ambición venían en auxilio del amor. Pero ¿qué podía el

esclavo a quien el destino no abría ninguna senda, a quien el mundo no

concedía ningún derecho? Su color era el sello de una fatalidad eterna,

una sentencia de muerte moral.

Un día Carlota leyó un drama en el cual encontré por fin a una noble

doncella que amaba a un africano, y me sentí transportado de placer y

orgullo cuando oí a aquel hombre decir: “No es un baldón el nombre de

africano, y el color de mi rostro no paraliza mi brazo”. ¡Oh sensible y

desventurada doncella! ¡cuánto te amaba yo! ¡oh Otelo! ¡qué ardientes

simpatías encontrabas en mi corazón! ¡Pero tú también eras libre! Tú

saliste de la Libia ardiente y brillante como su sol; tú no te

alimentaste jamás con el pan de la servidumbre, ni se dobló tu soberbia

frente delante de un dueño. Tu amada no vió en tus manos triunfantes la

señal de los hierros, y cuando le referías tus trabajos y hazañas,

ningún recuerdo de humillación hizo palidecer tu semblante. ¡Teresa! el

amor se apoderó bien pronto exclusivamente de mi corazón; pero no le

debilitó, no. Yo hubiera conquistado a Carlota a precio de mil

heroísmos. Si el destino me hubiese abierto una senda cualquiera, me

habría lanzado en ella... la tribuna o el campo de batalla, la pluma o

la espada, la acción o el pensamiento... todo me era igual; para todo

hallaba en mí la aptitud y la voluntad... ¡Sólo me faltaba el poder!

Era mulato y esclavo.

¡Cuántas veces, como el paria, he soñado con las grandes ciudades ricas

y populosas, con las sociedades cultas, con esos inmensos talleres de

civilización en que el hombre de genio encuentra tantos destinos! Mi

imaginación se remontaba en alas de fuego hacia el mundo de la

inteligencia. ¡Quitadme estos hierros! gritaba en mi delirio ¡quitadme

esta marca de infamia! yo me elevaré sobre vosotros, hombres orgullosos;

yo conquistaré para mi amada un nombre, un destino, un trono.

No he conocido más cielo que el de Cuba; mis ojos no han visto las

grandes ciudades con palacios de mármol, ni he respirado el perfume de

la gloria; pero acá en mi mente se desarrollaba, a la manera de un

magnífico panorama, un mundo de opulencia y de grandeza, y en mis

insomnios devorantes pasaban delante de mí coronas de laurel y mantos de

púrpura. A veces veía a Carlota como una visión celeste, y la oía

gritarme: ¡Levántate y marcha! Y yo me levantaba, pero volvía a caer al

eco terrible de una voz siniestra que me repetía: ¡Eres mulato y

esclavo!

Pero todas estas visiones han ido desapareciendo, y una imagen única ha

reinado en mi alma. Todos mis entusiasmos se han resumido en uno solo:

¡el amor! Un amor inmenso que me ha devorado. El amor es la más bella y

pura de las pasiones del hombre, y yo la he sentido en toda su

omnipotencia. En esta hora suprema, en que víctima suya me inmolo en el

altar del dolor, paréceme que mi destino no ha sido innoble ni vulgar.

Una gran pasión llena y ennoblece una existencia. El amor y el dolor

elevan el alma, y Dios se revela a los mártires de todo culto puro y

noble.

En este momento, Teresa, yo le veo grande en su misericordia y me arrojo

confiado en su seno paternal. Los hombres le habían disfrazado a mis

ojos, ahora yo le conozco, le veo, y le adoro. El acepta el culto

solitario de mi alma... El sabe cuánto he amado y padecido; esas blancas

estrellas, que velan sobre la tierra y oyen en el silencio de la noche

los gemidos del corazón, le han dicho mis lamentos y mis votos. ¡El los

ha escuchado! Yo muero sin haber mancillado mi vida ¡yo muero abrasado

en el santo fuego del amor! No podré hacer valer delante de su trono

eterno las virtudes de la paciencia y de la humildad, pero he poseído el

valor, la franqueza y la sinceridad. Estas cualidades son buenas para la

fuerza y la libertad, y en el esclavo han sido inútiles a los otros y

peligrosas para él, pero han sido involuntarias.

Los hombres dirán que yo he sido infeliz por mi culpa; porque he soñado

los bienes que no estaban en mi esfera, porque he querido mirar al sol,

como el águila, no siendo sino un pájaro de la noche; y tendrán razón

delante de su tribunal, pero no en el de mi conciencia: ella

respondería:

Si el pájaro de la noche no tiene ojos bastante fuertes para soportar la

luz del sol, tiene el instinto de su debilidad, y ningún impulso

interior más fuerte que su voluntad le ha lanzado a la región a que no

nació destinado. ¿Es culpa mía si Dios me ha dotado de un corazón y de

un alma? ¿Si me ha concedido el amor de lo bello, el anhelo de lo justo,

la ambición de lo grande? Y si ha sido su voluntad que yo sufriese esta

terrible lucha entre mi naturaleza y mi destino, si me dió los ojos y

las alas del águila para encerrarme en el oscuro albergue del ave de la

noche ¿podrá pedirme cuenta de mis dolores? ¿podrá decirme: ¿Por qué no

aniquilaste el alma que te di? ¿porqué no fuiste más fuerte que yo, y te

hiciste otro y dejaste de ser lo que yo te hice?

Pero si no es Dios, Teresa, si son los hombres los que me han formado

este destino, si ellos han cortado las alas que Dios concedió a mi alma,

si ellos han levantado un muro de errores y preocupaciones entre mí y el

destino que la providencia me había señalado, si ellos han hecho

inútiles los dones de Dios, si ellos me han dicho: ¿Eres fuerte? pues sé

débil ¿Eres altivo? pues sé humilde ¿Tienes sed de grandes virtudes?

pues devora tu impotencia en la humillación ¿Tienes inmensas facultades

de amar? pues sofócalas, porque no debes amar a ningún objeto bello y

puro y digno de inspirarte amor. ¿Sientes la noble ambición de ser útil

a tus semejantes y de emplear en el bien general y en tu gloria, las

facultades que te oprimen? Pues dóblate bajo su peso y desconócelas, y

resígnate a vivir inútil y despreciado, como la planta estéril o como el

animal inmundo.... Sí, son los hombres los que me han impuesto este

horrible destino, ellos son los que deben temer al presentarse delante

de Dios; porque tienen que dar una cuenta terrible, porque han contraído

una responsabilidad inmensa.

¿Saben ellos lo que puedo haber sido?... ¿Por qué han inventado estos

asesinatos morales aquellos que castigan con severas penas al que quita

a otro hombre la vida? ¿Por qué establecen grandezas y prerrogativas

hereditarias? ¿Tienen ellos el poder de hacer hereditarias las virtudes

y los talentos? Por qué se rechazará al hombre que sale de la oscuridad

diciéndole: ¡Vuelve a la nada, hombre sin herencia, y consúmete en tu

cieno, y si tienes las virtudes y los talentos que faltan a tus dueños,

ahógales, porque te son inútiles!

¡Teresa! qué multitud de pensamientos me oprime... la muerte que hiela

ya mis manos, aun no ha llegado a mi cabeza ni a mi corazón. Sin

embargo, mis ojos se ofuscan..., paréceme que pasan fantasmas delante de

mí. ¿No veis? Es ella, es Carlota, con su anillo nupcial y su corona de

virgen... ¡Pero la sigue una tropa escuálida y odiosa!..., son el

desengaño, el tedio, el arrepentimiento... y más atrás ese monstruo de

voz sepulcral y cabeza de hierro... ¡lo irremediable! ¡Oh! ¡las mujeres!

¡Pobres y ciegas víctimas! Como los esclavos, ellas arrastran

pacientemente su cadena y bajan la cabeza bajo el yugo de las leyes

humanas. Sin otra guía que su corazón ignorante y crédulo, eligen un

dueño para toda la vida. El esclavo al menos puede cambiar de amo, puede

esperar que juntando oro comprará algún día su libertad; pero la mujer,

cuando levanta sus manos enflaquecidas y su frente ultrajada, para pedir

libertad, oye al monstruo de voz sepulcral que le grita: En la tumba.

¿No ois una voz, Teresa? Es la de los fuertes que dice a los débiles:

Obediencia, humildad, resignación... esta es la virtud. ¡Oh! yo te

compadezco, Carlota, yo te compadezco aunque tú gozas y yo expiro,

aunque tú te adormeces en los brazos del placer y yo en los de la

muerte. Tu destino es triste, pobre ángel, pero no te vuelvas nunca

contra Dios, ni equivoques con sus santas leyes, las leyes de los

hombres. Dios no cierra jamás las puertas al arrepentimiento. Dios no

acepta los votos imposibles. Dios es el Dios de los débiles como de los

fuertes, y jamás pide al hombre más de lo que le ha dado.

¡Oh, qué suplicio!... No es la muerte, no son vulgares celos los que me

martirizan; sino el pensamiento, el presentimiento del destino de

Carlota... ¡Verla profanada, a ella! ¡a Carlota, flor de una aurora que

aun no había sido tocada sino por las auras del cielo...! ¡Y el remedio

imposible!... ¡Lo imposible! ¡Qué palabra de hierro!... ¡Y estas son las

leyes de los hombres, y Dios calla... y Dios las sufre! ¡Oh! adoremos

sus juicios inescrutables... ¿Quién puede comprenderlos?... ¡Pero no, no

siempre callarás, Dios de toda justicia! no siempre reinaréis en el

mundo error, ignorancia y absurdas preocupaciones; vuestra decrepitud

anuncia vuestra ruina. La palabra de salvación resonará por toda la

extensión de la tierra, los viejos ídolos caerán de sus inmundos altares

y el trono de la justicia se alzará brillante, sobre las ruinas de las

viejas sociedades. Sí, una voz celestial me lo anuncia. En vano, me

dice, en vano lucharán los viejos elementos del mundo moral contra el

principio regenerador; en vano habrá en la terrible lucha días de

oscuridad y horas de desaliento... el día de la verdad amanecerá claro y

brillante. Dios hizo esperar a su pueblo cuarenta años la tierra

prometida, y los que dudaron de ella fueron castigados con no pisarla

jamás; pero sus hijos la vieron. Sí, el sol de la justicia no está

lejos. La tierra le espera para rejuvenecer a su luz; los hombres

llevarán un sello divino, y el ángel de la poesía radiará sus rayos

sobre el nuevo reinado de la inteligencia.

¡Teresa! ¡Teresa! La luz que ha brillado a mis ojos los ha cegado... no

veo ya las letras que formo... las visiones han desaparecido... la voz

divina ha callado... una oscuridad profunda me rodea... un silencio...

¡no! lo interrumpe el estertor de un moribundo, y los gemidos que

arranca la pesadilla de una vieja que duerme. Quiero verlos por última

vez... ¡Pero yo no veo ya!... quiero abrazarlos... ¡Mis pies son de

plomo!... ¡Oh! ¡la muerte! la muerte es una cosa fría y pesada como...

¿cómo qué? ¿con qué puede compararse la muerte?

¡Carlota!... acaso ahora mismo...; muera yo antes. ¡Dios mío!... mi alma

vuela hacia ti... adiós, Teresa... la pluma cae de mi mano... ¡adiós!...

yo he amado, yo he vivido... ya no vivo... pero aun amo.

Pocos días después de la muerte de la religiosa, Carlota cuya delicada

salud declinaba visiblemente, manifestó a su marido el deseo de probar

si la mejoraban los aires de Cubitas, reputados generalmente por muy

saludables.

En efecto, a principios del mes siguiente dejó la ciudad, y acompañada

únicamente de Belén y dos de sus más fieles esclavos, trasladóse a

Cubitas, donde fué recibida por todos aquellos honrados labriegos con

manifestaciones del mayor regocijo.

Su primer cuidado fué preguntar por la vieja Martina al mayoral de la

estancia, pero con gran pesar supo que había muerto hacía seis meses.

--La buena vieja,--añadió el mayoral,--desde la muerte de Sab y de su

último nieto, puede decirse que no vivía. Constantemente enferma, sólo

se la veía salir todas las tardes, cerca del anochecer, amarilla y flaca

como un cadáver, par ir a su paseo favorito seguida de su perro.

Carlota no tuvo necesidad de preguntar cuál era su paseo favorito, pues

un labriego que se hallaba presente añadió inmediatamente:

--Es muy cierto lo que dice mi compadre; todas las noches cuando venía

yo de mi estancia veía dos bultos, uno grande y otro más pequeño, a los

dos lados de la cruz de madera que pusimos sobre la sepultura del pobre

Sab, y donde también enterramos al nieto de Martina. Aquellos dos bultos

no llamaban ya la atención de nadie; todos sabíamos que eran la vieja y

el perro. Desde que murió la una, ya no vemos más que un bulto, pero ese

está constantemente allí. De día y de noche se ve al pobre Leal tendido

al pie de la cruz y sólo desampara su puesto alguna que otra vez, para

venir a recibir de mi compadre algún hueso o piltrafa.

--Eso no es exactamente verdad,--repuso el mayoral,--que no pocas veces

son buenas presas de vaca, y no piltrafas ni huesos, las que se engulle

el tal animalito. Pero ¿quién ha de tener corazón para negarle un bocado

a ese perro tan fiel, que pasa su vida al lado de los huesos de sus

amos, y que además está ya viejo y ciego?

La señora de Otway despidió a los dos interlocutores dándoles pruebas de

su generosidad, y manifestándose agradecida al mayoral de la que, según

decía, había usado con el pobre animalillo que ya no tenía dueño.

Permaneció más de tres meses en Cubitas, pero su salud continuaba en tan

mal estado y vivía en un retiro tan absoluto, que nadie volvió a verla

en la aldea. Al principio hablábase mucho entre los estancieros de

aquella rara dolencia de la señora de Otway, que nadie, ni aun su

esclava favorita, acertaba a calificar; y se murmuraba la indiferencia

de su marido que la dejaba sola en situación tan delicada. Pero bien

pronto la atención de los pocos habitantes de la aldea fué llamada hacia

otra parte y se dejó de pensar en Carlota.

Circulaba rápidamente la voz de un acontecimiento maravilloso, cual era

que la vieja india, al cabo de medio año de estar enterrada, volvía

todas las noches a su paseo habitual, y que se la veía arrodillarse

junto a la cruz de madera que señalaba la sepultura de Sab, exactamente

a la misma hora en que lo hacía mientras vivió y con el mismo perro por

compañero. Este rumor encontró fácil acceso, pues siempre se había

creído en Cubitas que Martina no era una criatura como las demás. Los

más incrédulos quisieron observar aquella pretendida aparición, y el

asombro fué grande y la certeza absoluta cuando éstos mismos confirmaron

la verdad del hecho; sólo sí que adornado con la extraña circunstancia

de que la vieja india al volver a la tierra, se había transformado de

una manera singular, pues los que la habían sorprendido en su visita

nocturna aseguraban que no era ya ni vieja, ni flaca, ni de color

aceitunado, sino joven, blanca y hermosa cuanto podía conjeturarse, pues

siempre tenía cubierto el rostro con una gasa.

El ruido de esta visión ocupaba exclusivamente las noches ociosas de los

labriegos y nadie se acordó más de Carlota, hasta el día en que

agravándose su dolencia, se vió precisada a volverse a Puerto Príncipe.

Por una coincidencia singular, aquel mismo día murió Leal y dejó de

verse la visión. Los observadores de la visitadora nocturna, cuando

fueron aquella vez, sólo encontraron el cadáver del fiel animalito, que

por dictamen del mayoral fué sepultado junto a sus amos; honor debido

justamente a su prodigiosa lealtad.

Desde entonces nadie ha vuelto sin duda a orar al pie de la tosca cruz

de madera, único monumento erigido a la memoria de Sab; pero acaso se

acuerde todavía algún sencillo labrador de la tierra roja, del tiempo en

que una vieja y un perro venían a visitar aquella humilde sepultura, y

de la visión misteriosa que posteriormente se dejó ver todas las noches,

por espacio de tres meses, en el mismo lugar.

Desearíamos también dar noticias al lector de la hermosa y doliente

Carlota, pero aunque hemos procurado indagar cuál es actualmente su

suerte, no hemos podido saberlo. Verosímilmente su marido, cuyas

riquezas se habían aumentado considerablemente en pocos años, muerto su

padre, habrá creído conveniente establecerse en una ciudad marítima y de

más consideración que Puerto Príncipe. Acaso Carlota, como lo había

previsto Teresa, existirá actualmente en la populosa Londres. Pero,

cualquiera que sea su destino y el país del mundo donde habite ¿habrá

podido olvidar la hija de los trópicos, al esclavo que descansa en una

humilde sepultura bajo aquel hermoso cielo?

_Fin de la novela._

Sab (novela original) · 第 29 / 30 题