Se e ciascun l’interno affanno,
Si leggesse in fronte seritto,
Quanti mai, che invidia fanno,
Ci farebbero pietá!
METASTASIO.
Si la frente del hombre anunciase
El interno pesar con que lidia,
¡Cuántos hay que nos causan envidia,
Y excitarnos debieran piedad!
Era la tarde del día 16 de junio de 18... Cumplían en este día cinco
años de los acontecimientos con que termina el capítulo precedente, y
notábase alguna agitación en lo interior del convento de las Ursulinas
de Puerto Príncipe. Sin duda algo extraordinario producía esta
agitación, extraña en la vida monótona y triste de las religiosas. Pero
¿qué cosa nueva o extraña puede acontecer dentro de los muros de un
convento? ¡La muerte! Este es el acontecimiento notable que forma época
para las solitarias reclusas de un claustro: la muerte de alguna de
ellas; la muerte que únicamente vuelve a abrir para la infeliz monja las
puertas de hierro de aquel vasto sepulcro, que la arroja a otro sepulcro
más estrecho.
En el día de que hablamos era también la muerte la que motivaba el
movimiento que se advertía en el convento. Sor Teresa estaba en las
últimas horas de su vida, sucumbiendo a una consunción que padecía hacía
tres años, y todas las religiosas se consternaban a la proximidad de una
muerte que ya tenían prevista.
Sor Teresa era amada generalmente. Aunque fría y adusta, su severa
virtud, su elevado carácter, la sublime resignación con que había
soportado su larga enfermedad, y mil pequeños servicios que en diversas
circunstancias había prestado a cada una de sus compañeras, con la
inalterable aunque fría bondad que la caracterizaba, la habían granjeado
el afecto de todas, que sentían sinceramente perderla; aunque acaso
algunas de ellas gozaban una especie de satisfacción en que un
acontecimiento, cualquiera que fuese, diese alguna variedad y
movimiento a su triste congregación.
Eran las seis de la tarde y las monjas comenzaban a impacientarse de que
no hubiese llegado todavía la señora de Otway, a la que se había
despachado un correo a su ingenio de Bellavista, donde se hallaba,
informándola de la gravedad del mal de su prima y del deseo que
manifestaba de verla antes de morir. Esta dilación enfadaba a las buenas
religiosas porque, decían ellas, era una ingratitud de la señora de
Otway estar tan perezosa en correr al lado de la moribunda que tanto la
amaba, y a la que mostraba tan tierna correspondencia.
En efecto, muchas veces, principalmente en aquellos dos años últimos,
las religiosas habían murmurado en secreto las largas visitas de Carlota
a su prima, quizás por el enojo que les causaba no poder satisfacer su
curiosidad oyendo lo que hablaban las dos amigas en aquellas
conferencias, que tenían en frecuentes ocasiones en la celda de sor
Teresa. Era un escándalo, decían ellas, aquellas conversaciones a solas
infringiendo las reglas del instituto, y sólo las permitía la abadesa
por ser la señora de Otway parienta suya, y acaso más aún por los
frecuentes regalos que hacía al convento.
Si hubieran podido las pobres religiosas satisfacer su curiosidad oyendo
aquellas conversaciones, acaso se hubieran retirado de aquella celda más
satisfechas de su suerte y menos envidiosas de la de Carlota; porque
habrían oído que la mujer hermosa, rica y lisonjeada, la que tenía
esposo y placeres, venía a buscar consuelos en la pobre monja muerta
para el mundo. Hubieran visto que la mujer que creían dichosa lloraba, y
que la monja era feliz.
En efecto, Teresa había alcanzado aquella felicidad tranquila y solemne
que da la virtud. Su alma altiva y fuerte había dominado su destino y
sus pasiones, y su elevado carácter, firme y decidido, la había
permitido alcanzar esta alta resignación que es tan difícil a las almas
apasionadas como a los caracteres débiles. Su pasión por Enrique,
aquella pasión concentrada y profunda, única que se hubiese posesionado
en toda su vida de aquel corazón soberbio, se había apagado bajo el
cilicio, a la sombra de las frías paredes del claustro; su ambición,
teniendo por único objeto la virtud, había sido para ella un móvil útil
y santo, y a pesar de sus males físicos y de sus combates interiores,
coronóse del triunfo aquella noble ambición.
Carlota, por el contrario, era desgraciada, y lo era tanto más cuanto
que todos la creían feliz. Joven, rica, bella, esposa del hombre de su
elección, del cual era querida, estimada generalmente ¿cómo hubiera
podido hacer comprender que envidiaba la suerte de una pobre monja?
Obligada pues a callar delante de los hombres, sólo podía llorar
libremente dentro de los muros del convento de las Ursulinas, en el seno
de una religiosa que había alcanzado la felicidad del alma aprendiendo a
sufrir el infortunio.
Pero ¿por qué lloraba Carlota? ¿Cuál era su dolor? No todos los hombres
le comprenderían porque muy pocos serían capaces de sentirle. Carlota
era una pobre alma poética arrojada entre mil existencias positivas.
Dotada de una imaginación fértil y activa, ignorante de la vida, en la
edad en que la existencia no es más que sensaciones, se veía obligada a
vivir de cálculo, de reflexión y de conveniencia. Aquella atmósfera
mercantil y especuladora, aquellos cuidados incesantes de los intereses
materiales marchitaban las bellas ilusiones de su joven corazón. ¡Pobre
y delicada flor! tú habías nacido para embalsamar los jardines, bella,
inútil y acariciada tímidamente por las auras del cielo.
Mientras fué soltera, Carlota había gozado las ventajas de la riquezas
sin conocer su precio: ignoraba el trabajo que costaba el adquirirlas.
Casada, aprendía cada día, a costa de mil pequeñas y prosaicas
mortificaciones, cómo se llega a la opulencia. Sin embargo, de nada
carecía Carlota; comodidades, recreaciones y aun lujo, todo lo tenía.
Los dos ingleses sostenían su casa bajo un pie brillante. Pero aquellas
bellas apariencias, y aun las ventajas reales de la vida, estaban
fundadas y sostenidas por la incesante actividad, por la perenne
especulación y por un fatigante desvelo. Carlota no podía desaprobar con
justicia la conducta de su marido, ni debía quejarse de su suerte, pero
a pesar suyo se sentía oprimida por todo lo que tenía de serio y
material aquella vida del comercio. Mientras vivió su padre, hombre
dulce, indolente como ella, y con el cual podía ser impunemente pueril,
fantástica y apasionada, pudo estar también menos en contacto con su
nuevo destino, y sólo tuvo que llorar por ver a su esposo más ocupado
de su fortuna que de su amor, y por los frecuentes viajes que el interés
de su comercio le obligaba a hacer, ya a la Habana, ya a los Estados
Unidos de la América del Norte. Mas ella quedaba entonces al lado de su
padre que la adoraba, y cuya debilitada salud exigía mil cuidados, que
ocupaban su existencia.
Pero don Carlos sólo sobrevivió dos años a su hijo, y su muerte que
privó a Carlota de un indulgente amigo, y de un tierno consolador, fué
acompañada de circunstancias que rasgaron de una vez el velo de sus
ilusiones, y que envenenaron para siempre su vida.
Durante las últimas semanas de la vida del pobre caballero, Jorge no se
apartaba un instante de la cabecera de su lecho, velándole las noches en
que Carlota descansaba. Agradecía ella esta asistencia con todo el calor
de su corazón sensible y noble, incapaz de penetrar sus viles motivos;
pero al descubrirlos, su indignación fué tanto más viva cuanto mayor
había sido su confianza.
Débil de carácter don Carlos y más débil aún después de dos años de
enfermedad, que habían enflaquecido a la vez su cuerpo y su espíritu,
fué una blanda cera entre las manos de hierro del astuto y codicioso
inglés, que logró hacerle dictar un testamento en el cual dejaba a
Carlota todo el tercio y quinto de sus bienes. Ignoró Carlota esta
injusticia hasta que, muerto su padre, se la enteró de sus últimas
disposiciones, en las cuales vió la prueba inequívoca de la avaricia y
bajeza de su suegro. Explicóse franca v enérgicamente con Enrique,
declarando su resolución de no aprovecharse de aquel abuso cometido,
devolviendo a sus hermanas, injustamente despojadas, aquellos bienes
arrancados a la debilidad por la codicia.
Carlota se había persuadido que su marido pensaría lo mismo que ella,
pero Enrique encontró absurda la demanda de su mujer y la trató como
fantasía de una niña que no conoce aún sus propios intereses. Aquel
testamento era legal y Enrique no concebía los escrúpulos delicados de
Carlota, ni por qué le llamaba injusto y nulo.
Todas las súplicas, las lágrimas, las protestaciones de Carlota sólo
sirvieron para malquistarla con su suegro, sin que Enrique la escuchase
jamás de otro modo que como a un niño caprichoso, que pide un imposible.
La acariciaba, la prodigaba tiernas palabras y concluía por reírse de su
indignación.
Carlota luchó inútilmente por espacio de muchos meses, después guardó
silencio y pareció resignarse. Para ella todo había acabando. Vió a su
marido tal cual era; comenzó a comprender la vida. Sus sueños se
disiparon, su amor huyó con su felicidad. Entonces tocó toda la
desnudez, toda la pequeñez de las realidades, comprendió lo erróneo de
todos los entusiasmos, y su alma que tenía necesidad, sin embargo, de
entusiasmos y de ilusiones, se halló sola en medio de aquellos dos
hombres pegados a la tierra y alimentados de positivismo. Entonces fué
desgraciada, entonces las secretas y largas conferencias con la
religiosa Ursulina fueron más frecuentes. Su único placer era llorar en
el seno de su amiga sus ilusiones perdidas y su libertad encadenada; y
cuando no estaba con Teresa huía de la sociedad de su marido y de su
suegro. Muchas veces se iba a Bellavista y pasaba allí meses enteros en
una absoluta soledad, o sin otra compañía que sus hermanas; que eran sin
embargo demasiado jóvenes para poder consolarla. En Bellavista respiraba
más libremente; sentía su pobre corazón necesidad de entregarse, y ella
le abría al cielo, al aire libre del campo, a los árboles y a las
flores.
Así en el día en que comienza este último capítulo de nuestra historia,
hallábase fuera de la ciudad, mientras las monjas la esperaban con
impaciencia y Teresa agonizaba. Había ya cumplido ésta con todos sus
deberes de católica, pero parecía escuchar con distracción las bellas
cosas que le decía el religioso que la auxiliaba, y profería por
momentos el nombre de Carlota.
Por fin llegó ésta. Un carruaje se detuvo delante de la puerta del
convento, y la señora de Otway, pálida y asustada, se precipitó en la
celda de la moribunda.
Teresa pareció reanimarse a la vista de su amiga, y con voz débil pero
clara pidió que las dejasen solas.
Carlota se puso de rodillas junto al lecho, a cuya cabecera ardían dos
velas de cera, alumbrando una calavera y un crucifijo de plata. Teresa
se incorporó un poco sobre sus almohadas y le tendió la mano.
--Yo muero,--dijo después de un instante de silencio,--y nada poseo,
nada puedo legar a la compañera de mi juventud. Pero acaso pueda
dejarle un extraño consuelo, un triste pero poderoso auxilio contra el
mal que marchita sus años más hermosos.
Carlota, tú estás cansada de la vida, y detestas al mundo y a los
hombres... sin embargo, tú has sido una mujer feliz, Carlota: tú has
sido amada con aquel amor que ha sido el sueño de tu corazón, y que
hubiera hecho la gloria de mi vida si yo le hubiese inspirado. Tú has
poseído sin conocerla una de esas almas grandes, ardientes, nacidas para
los sublimes sacrificios, una de aquellas almas excepcionales que pasan
como exhalaciones de Dios sobre la tierra. Y bien, Carlota ¿te cansa la
existencia material? ¿necesitas la poesía del dolor? ¿anhelas un objeto
de culto?... Desata de mi cuello este cordón negro... en él está una
pequeña llave; abre con ella ese cofrecito de concha... ¡bien! ¿No ves
dentro de él un papel ajado por mis lágrimas?... Toma ese papel,
Carlota, y consérvale como yo le he conservado.
No recibí del cielo una rica imaginación, ni un alma poética y exaltada;
no he vivido, como tú, en la atmósfera de mis ilusiones. Para mí la vida
real se presentó siempre desnuda, y la triste experiencia del infortunio
me hizo comprender y adivinar muchos horribles secretos del corazón
humano; sin embargo de eso, Carlota, muero creyendo en el amor y en la
virtud, y a ese papel debo esta dulce creencia que me ha preservado del
más cruel de los males: el desaliento.
La voz de Teresa se extinguió por un momento; pidió a su prima un vaso
de agua y después le reveló con más firmeza el noble sacrificio del
mulato.
El te dió el oro,--la dijo,--que decidió a Enrique a llamarte su esposa,
pero no desprecies a tu marido, Carlota; él es lo que son la mayor parte
de los hombres. ¡Y cuántos existirán peores!...
Quiera el cielo que no vuelvas algún día los ojos con dolor hacia el
país en que has nacido, donde aun se señalan los vicios, se aborrecen
las bajezas y se desconocen los crímenes; donde aun existen en la
oscuridad virtudes primitivas. Los hombres son malos, Carlota, pero no
debes aborrecerlos ni desalentarte en tu camino. Es útil conocerlos y no
pedirles más que aquello que pueden dar; es útil perder esas ilusiones
que acaso no existen ya sino en el corazón de una hija de Cuba. Porque
hemos sido felices, Carlota, en nacer en un suelo virgen, bajo un cielo
magnífico, en no vivir en el seno de una naturaleza raquítica, sino
rodeadas de todas las grandes obras de Dios, que nos han enseñado a
conocerle y amarle.
Acaso tu destino te aleje algún día de esta tierra en que tuviste tu
cuna y en donde yo tendré mi sepulcro; acaso en el ambiente corrompido
de las ciudades del viejo hemisferio buscarás en vano una brisa que
refresque tu alma, un recuerdo de tu primera juventud, un vestigio de
tus ilusiones; acaso no hallarás nada grande y bello en que descansar tu
corazón fatigado. Entonces tendrás ese papel; ese papel es toda un alma;
es una vida, una muerte; todas las ilusiones resumidas, todos los
dolores compendiados... el aroma de un corazón que se moría sin
marchitarse. Las lágrimas que te arranque ese papel no serán venenosas,
los pensamientos que te inspire no serán mezquinos. Mientras leas ese
papel creerás como yo en el amor y en la virtud, y cuando el ruido de
los vivos fatigue tu alma, refúgiate en la memoria de los muertos.
Teresa imprimió un beso en la frente de su amiga. Carlota la estrechó
entre sus brazos... pero ¡ay! ¡sólo abrazada ya a un cadáver!
A la melancólica luz de las velas, que alumbraban la calavera y el
crucifijo, Carlota de rodillas, pálida y trémula, leyó junto al cadáver
de Teresa la carta de Sab. Luego... ¿para qué decir lo que sintió luego?
Esa carta nosotros, los que referimos esta historia, la hemos visto;
nosotros la conservamos fielmente en la memoria. Hela aquí: