Echábase de ver en su traza que había
corrido mucho, y que debía ser en gran
manera interesante su mensaje.
LABRA.
(_El doncel de D. Enrique el Doliente._)
El buque consignado a Jorge Otway había anclado en puerto de Guanaja el
día antes de la llegada de Enrique, y a las pocas horas hubiera podido
éste volverse a Puerto Príncipe con el cargamento, pero no lo hizo así.
El cargamento fué enviado a su padre con un hombre de su confianza, y
aunque nada le detenía en Guanaja, Enrique permaneció allí, sin poder
explicarse a sí mismo el objeto de esta detención. Cuando sienten la
necesidad de tomar una resolución decisiva los espíritus débiles,
descansan, en cierto modo, retardándola; y un día, una hora les parece
un porvenir, durante el cual esperan algún acontecimiento poderoso a
decidirlos. Enrique veía ya positivamente detruídas sus últimas
esperanzas; sabía sin ningún género de duda el verdadero estado de la
fortuna de don Carlos, y conocía sobradamente a su padre para esperar
que consintiese en su unión con Carlota. Al volver a la ciudad seríale
forzoso confesar a Jorge la certeza que había adquirido del poco valor
de las fincas que el señor de B.... poseía en Cubitas, y la declaración
que el mismo don Carlos le había hecho de los considerables atrasos de
su caudal. Su casamiento estaba fijado para dentro de un mes, y el joven
veía que era llegado el momento de tomar una resolución y comenzar a
proceder consecuente a ella. ¿Y cuál sería esta resolución? Momentos
hubo en que la idea de renunciar a Carlota le pareció tan cruel, que si
no hubiera tenido un padre codicioso, si hubiese sido libre en su
elección, acaso la habría dado su mano con preferencia a la más rica
heredera de todas las islas; pero aun en estos momentos de exaltación
amorosa Enrique no pensó ni remotamente en contrariar la enérgica
voluntad de su padre, y ni aun siquiera intentar persuadirle. Según las
ideas en que había sido educado, nada era más razonable que la oposición
de su padre a un enlace que ya no le convenía, y Enrique se reprochaba
como una debilidad culpable el amor que le hacía repugnar la voluntad
paterna.
--Esto es un hecho, decía él hablando consigo mismo, esa mujer me ha
trastornado el juicio, y es una felicidad que mi padre sea inflexible,
pues si tuviese yo libertad de seguir mis propias inspiraciones es muy
probable que cometiera la locura de casarme con la hija de un criollo
arruinado.
Y sin embargo de raciocinar de este modo, hallábase confuso y casi
avergonzado al pensar que Carlota iba a conocerle por fin como a un
hombre interesado, y quizás a aborrecerle o despreciarle. ¿De qué modo
podría él sustraerse de un compromiso tan público y solemne sin dar a
conocer el motivo de su mudanza? ¿Y cómo dejar de aparecer a los ojos de
su querida, de su querida tan generosa, tan desinteresada sin el aspecto
odioso que su codicia debía darle?
Agitado con estos pensamientos, paseábase a orillas del mar la tarde del
segundo día de su llegada a Guanaja, y buscaba modo de decidirse a sí
mismo a volver al siguiente a Puerto Príncipe.
--Iré,--decía,--iré sin ver a Carlota, sin detenerme en Bellavista, diré
a mi padre la verdad de todo y le suplicaré se revista de prudencia y
discreción, para que al romper mis compromisos no hiera demasiado el
orgullo ni la sensibilidad de Carlota; le diré que busque, que invente
un pretexto plausible, que disfrace en lo posible la verdadera causa de
este rompimiento, y luego le pediré permiso para marcharme a la Habana,
a Filadelfia, a Jamaica... a cualquier parte. Viajaré cuatro o seis
meses para distraerme de esta pasión, que me torna débil como un niño.
Pero apenas había tomado esta resolución, parecía que algún mal espíritu
ponía delante de sus ojos a Carlota más bella, más tierna que nunca, y
la veía desolada reconvenirle por su abandono, echarle en cara su
avaricia y acaso despreciarle en su corazón. Luego (y este último
cuadro le afectaba más vivamente), luego la veía consolada de su
perfidia con el amor ardiente y desinteresado de un apasionado criollo,
y le juzgaba dichoso y a ella también dichosa. Entonces sentía que la
sangre se agolpaba a su cabeza y a su corazón, y que le ahogaba. Porque
los celos son a veces más omnipotentes que el mismo amor, y el hombre
menos capaz de sentir en su sublimidad esta noble pasión, es acaso
susceptible de conocer los celos en toda su terrible violencia. El
hombre, egoísta por naturaleza, se irrita de ver gozar a otro la
felicidad que él mismo ha despreciado, y muchas veces cesando de amar se
cree todavía con el derecho de ser amado. Las almas grandes, como las
débiles, los elevados y los bajos caracteres son susceptibles de celos;
pero; ¡cuán diverso aparece el mismo sentimiento! ¡Cómo las pasiones se
amoldan, por decirlo así, al corazón que dominan! Sab, sucumbiendo a los
celos devorados por largo tiempo en el secreto de su alma, Sab sintiendo
quebrantarse su corazón a la espantosa idea de un rival indigno y feliz,
sólo llora que sus tormentos no compren la felicidad de Carlota. Enrique
no puede sufrir esa felicidad de la mujer que abandona, y el pensamiento
de que un amante más digno goce un bien que él ha despreciado, le saca
de su habitual serenidad para hacerle probar un cáliz de amargura y de
furor.
La tarde era cálida y calmosa. Estábase a mediados de junio y ya
empezaba la atmósfera a tomar aquel aspecto amenazante que caracteriza
el verano de las Antillas. Después de la gran tempestad que se sintiera
algunos días antes, el tiempo había quedado fresco y hermoso, pero desde
su llegada a Guanaja Enrique había notado los signos que presagian las
tempestades, casi diarias en aquellos países desde junio hasta
septiembre. En la tarde a que nos referimos la calma era tan profunda
que el mar aparecía terso y bruñido como un espejo, y no se percibía ni
un soplo, ni un movimiento. La ribera estaba desierta; no se notaba nada
de aquel bullicio y de aquella actividad que parece indispensable en un
puerto de mar. Dos goletas y algunas otras embarcaciones más pequeñas
ancladas en el puerto, yacían tristes e inmóviles, sin que la canción o
los gritos de un marinero viniesen a dar vida a aquella inmensa soledad.
Solamente algunas grullas aparecían por intervalos en la playa, para
recoger silenciosamente los mariscos que la poblaban.
Enrique se había sentado tristemente en una peña, y fijos sus ojos en el
mar dejaba vagar su pensamiento.--¿Qué hará ahora Carlota?--decía
interiormente,--¿esa alma tan apasionada sentirá un presentimiento que
la anuncie que en este momento su Enrique piensa en el modo de
abandonarla, o bien confiada y alegre se gozará formando dulces
proyectos de felicidad en nuestra próxima unión? Y luego, he aquí este
puerto pobre y silencioso,--pensaba él,--cuando yo vuelva a ser tan rico
como era, en vez de estos miserables barquichuelos, esta bahía se verá
adornada con elegantes buques, que traigan a mis almacenes las
producciones de la industria de toda Europa. Sí, porque si yo fuese
poseedor de una fortuna mediana, sería centuplicada en mis manos antes
de veinte años, y luego ya no sería un triste traficante en una ciudad
mediterránea; sería un opulento negociante de New York o Filadelfia, y
mi nombre sería conocido por los comerciantes de ambos hemisferios. Y
entonces ¿qué me importaría que Carlota de B... tuviese un marido y me
olvidase por él? Ella llenaría su destino como yo el mío.
Enrique, como todo hombre que siente halagada su pasión dominante por
una esperanza, aunque sea remota e incierta, sintióse fuerte en aquel
momento contra toda oposición que pudiera presentarse al logro de sus
deseos. Amor, celos, todo desapareció entonces, o todo sucumbió a un
poder superior; porque la ambición de riquezas, lo mismo que todas las
ambiciones, es una pasión fuerte y enérgica. El avaro sediento de oro
huella con sus pies sus afectos, su propia ventura, si se le presentan
en el camino que sigue para alcanzarlo, así como la ambición más noble,
la de gloria, lo sacrifica todo para correr en pos del fantasma engañoso
que oculta bajo una corona de luz una frente de ceniza. ¡Oh! ambos son
igualmente insensatos, el que acumula oro para comprar un sepulcro, y el
que sacrifica su juventud a un porvenir que no alcanza, y expira con la
esperanza de que su nombre, pasando de año en año y de siglo en siglo,
llegue a perderse más tarde que él en el insondable abismo del eterno
olvido. Pero no digáis al sediento de oro que no le dará la felicidad,
ni al sediento de gloria que ella le conducirá al infortunio; ellos se
levantarán para deciros: no importa, mi alma lo necesita.
--Carlota,--decía Enrique fijando sus ojos en el anillo que brillaba en
su mano, prenda de amor que le otorgara su querida--yo no podré amar a
otra mujer tanto como a ti, ninguna podrá hacerme tan feliz como tú me
hubieras hecho; pero el destino nos separa. Es preciso que yo sea rico,
y tú no puedes hacerme rico, Carlota.
Se puso en pie entonces, decidido a volverse a la ciudad al día
siguiente, y echó una mirada orgullosa en torno suyo, como hombre que
acaba de triunfar de un enemigo poderoso. Detúvose empero esta mirada
quedando fija por algún tiempo, y su cabeza en la actitud de quien pone
toda su atención en escuchar alguna cosa. Y era que Enrique percibió,
primero confusamente y luego con más distinción, la carrera de un
caballo, que se aproximaba evidentemente al sitio donde se encontraba.
Parece que un instinto del corazón le advirtiera que algo de muy
interesante para él se le acercaba en aquel momento, pues anduvo algunos
pasos como para encontrar más presto a aquel que se le aproximaba. De
repente se paró; había ya descubierto al caballo y al hombre que le
montaba; era tan violenta la carrera de aquél, que el jinete, aunque
haciendo visibles esfuerzos, no pudo contenerle, como al parecer
deseaba; el caballo pasó como una saeta, y sólo se detuvo, poco a poco y
como a su pesar, a muchos pasos de distancia del sitio en que se hallaba
Enrique. Pudo ver, sin embargo, éste que el jinete echaba pie a tierra
y el caballo cubierto de espuma vacilaba, cayendo por fin a sus pies; el
hombre se inclinó sobre él, y parecióle a Enrique que hablaba al pobre
animal, el cual levantando lentamente la cabeza miró aún una vez a su
amo, como si quisiera responderle, y dejándola caer al momento se
estremeció en todo su cuerpo por dos o tres veces, y en seguida quedóse
inmóvil. El hombre permaneció inclinado y Enrique que se acercaba pudo
percibir dos hondos y ahogados gemidos. Detúvose, sin poder defenderse
de una cierta conmoción, y como el hombre inclinado levantase al mismo
tiempo la cabeza, pudo conocer al mulato.
--¡Sab!--exclamó; y al instante el mulato se puso en pie y se adelantó
hacia él.
Enrique le consideró un momento. El sudor empapaba su cabeza y corría
por su rostro en gruesas gotas; sus ojos tenían un brillo
extraordinario, y su color parecía más oscuro que lo era naturalmente.
En toda su fisonomía se notaba aquella especie de vivacidad triste y
extraña que presta comunmente la fiebre.
--Sab,--dijo Enrique--¿qué novedad ocurre? Cuando me separé de tu amo no
me dijo que vendrías a Guanaja; sin duda te conduce algún motivo
extraordinario y exigente, pues parece has hecho un viaje muy
apresurado.
--Ya lo ve su merced,--contestó el mulato señalando su caballo.--¡Está
reventado! ¡muerto!... Hace poco más de cuatro horas que salí de
Bellavista.
--¿Poco más de cuatro horas?--exclamó Enrique.--¡Diez leguas en cuatro
horas reventando tu jaco tan querido!... Sin duda es muy exigente el
motivo.
--Esta carta informará a su merced,--respondió Sab alargándole un papel
y dejándose caer quebrantado junto a su caballo. Enrique rompió el sello
con mano mal segura, y mientras leía, el mulato tenía en él fijos los
ojos, sonriendo con amargura al ver la notable turbación que se pintaba
en el rostro del inglés. La carta era del señor de B..., y decía así:
“Son las dos de la tarde, Enrique, y aun no hace una hora ha venido Sab
de la ciudad trayéndome la correspondencia de la Habana del correo
pasado, que no recibí a su debido tiempo, por no sé qué fatalidad
maldecida. Esperaba carta de mi hijo y en vez de ella he recibido una
del Director del colegio, en la que me participa que la tisis, que
parecía amenazar a mi hijo hace tantos años, que ya habíamos cesado de
temerla, se ha declarado súbitamente con extraordinaria violencia.
Eugenio se hallaba tan malo a la salida del correo que los médicos le
daban pocos días de vida. El hijo de mis entrañas mostrábase resignado a
la muerte cuya proximidad conocía, pero atormentado por el deseo de
verme una sola vez antes de dejarme para siempre. Ya conocerás, Enrique,
la fuerza que semejante deseo debe tener en el corazón de un padre.
Mañana mismo salgo para la Habana y no sé si podré volver; no sé si me
será posible resistir a este golpe después de tantos otros, y si podré
sobrevivir a mi hijo. Como quiera que sea, quiero al marcharme dejar con
su esposo a Carlota. Mis orgullosos parientes me han renunciado y yo no
puedo dejar solas a mis hijas. Por tanto, no salgo hoy mismo para la
Habana, porque quiero presenciar antes tu enlace con Carlota. Sab marcha
inmediatamente con toda la prontitud posible a llevarte esta carta, y tú
no debes dilatar ni un minuto tu regreso a Puerto Príncipe, para donde
salgo con mi familia dentro de dos horas. A tu llegada todo estará
dispuesto para que puedas casarte en mi casa inmediatamente, y un minuto
después partiré dejándote entregada mi familia, mis adoradas hijas, que
acaso no tendrán otro apoyo, ni otro padre que tú.
Ven sin dilación, hijo mío, a recibir el precioso depósito que quiere
confiarte,