Enrique temblaba y una palidez lívida había sucedido, mientras leía esta
carta, al bello color de rosa que teñía comunmente sus mejillas. El
mulato, siempre fija en él su mirada penetrante.
--Y bien,--le dijo,--¿qué determináis?
Enrique tartamudeó algunas palabras, de las cuales Sab sólo pudo
comprender:--¡Imposible! no puedo sin orden de mi padre dejar a
Guanaja.--Sab calló, pero su mirada siempre fija en el inglés parecía
devorarle. Enrique lleno de turbación y desconcierto, apenas pudo leer
la posdata que seguía a las últimas líneas de la carta de don Carlos, y
que el mulato le indicó con un gesto expresivo. La posdata, decía:
“La suerte, por una cruel irrisión, ha querido compensar el golpe mortal
dado en mi corazón con la pérdida de mi hijo, otorgando fortuna a mi
hija mayor. Carlota ha sacado el premio de cuarenta mil duros en la
última lotería. Enrique, tú que no pierdes un hijo, puedes dar gracias
al cielo por este favor”.
Al concluir de leer Enrique estas palabras, Sab volvió a preguntarle:
--Y bien, señor ¿qué determina su merced?
--Marchar inmediatamente a Puerto Príncipe,--contestó el joven con
resolución.
--Ya lo sabía yo,--dijo el mulato con sonrisa sardónica, y apartó de
Enrique su mirada, que expresaba en aquel momento un profundo desprecio.
--Ven, vamos a marchar ahora mismo.
--Su merced marchará solo,--respondió Sab volviendo a sentarse junto a
su caballo,--estoy rendido de cansancio.
--Tienes razón, pobre Sab, yo no puedo perder un minuto, pero tú quédate
hasta mañana.
--Sí,--dijo Sab,--apresúrese su merced; yo tengo necesidad de reposar un
momento.
Enrique se alejó: Sab le siguió con los ojos hasta que le perdió de
vista, y luego dejóse caer sobre el cadáver del pobre animal tendido a
su lado.--Ya no existes,--dijo con triste voz:--ya no existes, mi pobre
amigo; has muerto, cumpliendo con tu deber, como yo moriré cumpliendo el
mío. ¡Pero es terrible este deber! ¡es terrible! mi corazón está
reventado como tú, mi pobre amigo, pero tú no sufres ya y yo sufro
todavía. ¡Esto es hecho!--añadió en seguida, levantando su cabeza
abatida y echando una mirada extraviada en torno suyo. ¡Esto es hecho;
ya no hay remedio!... ¡no hay esperanza! ¡Algunas horas más y ella será
suya! ¡Suya para siempre! ¡Para siempre! El cielo para él en esta vida y
para mí el infierno; porque el infierno está aquí, en mi corazón, y en
mi cabeza.
Levantóse y tendió su mirada en la extensión del mar que estaba delante
de él. Entonces se estremeció todo, y como si quisiera apartar de sí un
objeto importuno, extendió las manos con fuerza, desviando los ojos al
mismo tiempo: ¡La muerte! Era una terrible tentación para el
desventurado, y aquel mar se abría delante de él como para ofrecerle una
tumba en sus abismos profundos. ¡Mucho debió costarle resistir a esta
terrible invitación! Levantó al cielo su mirada y con ella parecía
ofrecer a Dios aquel último sacrificio, con ella parecía decirle: Yo
acepté el cáliz que me has mandado apurar, y no quiero arrojarlo
mientras tú no me lo pidas. Pero ya está vacío, rómpele tú, Dios de
justicia.
El cielo oyó sin duda sus votos y Dios tendió sobre él una mirada de
misericordia, pues en aquel momento sintió el infeliz quebrantarse todo
su cuerpo, y helar su corazón el frío de la muerte. Una voz interior
pareció gritarle: Pocas horas de sufrimientos te restan, y tu misión
sobre la tierra está ya terminada.
Sab aceptó aquel vaticinio, miró al cielo con gratitud, dejó caer la
cabeza sobre el cadáver de su caballo y le bañó con un caño de sangre
que brotó de su boca.
Un pescador que venía a tender sus redes a orillas del mar, pasando un
minuto después por aquel sitio, vió el extraño espectáculo de un hombre
y un caballo tendidos, y sangre en derredor. Creyó que acababa de
descubrir un asesinato, y su primer movimiento fué huir; pero un gemido
que oyó exhalar al que creía cadáver le obligó a acercarse. Registró en
vano todo su cuerpo buscando la herida de que saliese aquella sangre; y
con no poca admiración le halló ileso. Entonces le tomó en brazos para
transportarle a su casa que estaba cerca, y mientras se ocupaba en
levantarle con piadoso cuidado, el moribundo hizo un violento esfuerzo
para soltarse de sus brazos, y con pasmo indecible le vió el pescador
ponerse en pie, como un espectro pálido y cubierto de sangre.--¡Un
caballo! ¡Dadme un caballo en nombre del cielo! buen hombre;--exclamó
Sab--aun no estoy tan malo que no pueda andar siete leguas con el fresco
de la noche; dadme un caballo.
--Si me pidierais una barca, podría serviros,--respondió todavía
sobrecogido el pescador,--pero un caballo, no le tengo. Sin embargo,
aquí cerca vive el tío Juan mi compadre, que podrá prestaros el suyo.
--Bien, llevadme adonde está ese hombre. El pescador presentó su brazo a
Sab, que se apoyó en él porque estaba trémulo; echó una lenta y última
mirada sobre el cadáver de su caballo, y se dejó conducir por el
pescador a la casa del tío Juan.