CAPITULO II

¿Qué haré? qué medio hallaré

donde no ha de hallarse medio?

Mas si el morir es remedio,

remedio en morir tendré.

LOPE DE VEGA.

--¡Pobre Sab!--exclamó Teresa--cuánto habrás padecido al saber que ese

ángel de tus ilusiones quería entregarse a un mortal!

--¡Indigno de ella!--añadió con tristeza el mulato.--Si, Teresa, cien

veces más indigno que yo, no obstante su tez de nieve y su cabello de

oro. Si no lo fuese, si ese hombre mereciese el amor de Carlota,

creedme, el corazón que se encierra en este pecho sería bastante

generoso para no aborrecerle. ¡Hazla feliz! le diría yo, y moriría de

celos bendiciendo a aquel hombre. Pero no, él no es digno de ella: ella

no puede ser dichosa con Enrique Otway.... ¡Ved aquí el motivo de mi

desesperación! Carlota en brazos de un hombre era un dolor...., un dolor

terrible! pero yo hubiera hallado en mi alma fuerzas para soportarlo.

Mas Carlota entregada a un miserable.... ¡Oh Dios! ¡Dios terrible!....

¡Esto es demasiado! Había aceptado el cáliz con resignación y tú

quisiste empozoñar su hiel.

No volví a la ciudad hasta el mes anterior al pasado. Hacía ya cerca de

dos que estaba decidido el casamiento de Carlota, pero nada se me dijo

de él y no habiendo estado sino tres días en la ciudad, siempre ocupado

en asuntos de mi amo, no vi nunca a Otway y volví a Bellavista sin

sospechar que se preparaba la señorita de B.... a un lazo indisoluble.

Ni mi amo, ni Belén, ni vos, señora.... nadie me dijo que Carlota sería

en breve la esposa de un extranjero. ¡El destino quiso que recibiese el

golpe de la mano aborrecida!

Sab refirió entonces su primer encuentro con Enrique y, como si el

recuerdo de aquella tarde fatal fuese de un peso mayor que todos sus

otros dolores, quedó después de dicha relación sumido en un profundo

abatimiento.

--¡Sab,--díjole Teresa con acento conmovido--yo te compadezco, tú lo

conoces, pero ¡ah! ¿qué puedo hacer por ti?....

--Mucho,--respondió levantando su frente, animada súbitamente de una

expresión enérgica;--mucho, Teresa: vos podéis impedir que caiga Carlota

en los brazos de ese inglés, y supuesto que vos le amáis sed su esposa.

--¡Yo! ¿Qué estás diciendo, pobre joven? ¡Yo puedo ser la esposa del

amante de Carlota.

--¡Su amante!--repitió él con sardónica sonrisa--os engañáis, señora,

Enrique Otway no ama Carlota.

--¡No la ama! ¿Y por qué pues ha solicitado su mano?

--Porque entonces la señorita de B.... era rica;--respondió el mulato

con acento de íntima convicción--porque todavía no había perdido su

padre el pleito que le despoja de una gran parte de su fortuna; porque

aun no había sido desheredada por su tío. ¿Me entendéis ahora, Teresa?

--Te entiendo,--dijo ella,--y te creo injusto.

--No,--repuso Sab,--no escucho ni a mis celos ni a mi aborrecimiento al

juzgar a ese extranjero. Yo he sido la sombra que por espacio de muchos

días ha seguido constantemente sus pasos; yo el que ha estudiado a todas

horas su conducta, sus miradas, sus pensamientos....; yo quien ha

sorprendido las palabras que se le escapaban cuando se creía solo y aun

las que profería en sus ensueños, cuando dormía; yo quien ha ganado a

sus esclavos para saber de ellos las conversaciones que se suscitaban

entre padre e hijo, conversaciones que rara vez se escapan a un

doméstico interior, cuando quiere oirlas. ¡No era preciso tanto, sin

embargo! Desde la primera vez que examiné a ese extranjero, conocí que

el alma que se encerraba en tan hermoso cuerpo era huésped mezquino de

un soberbio alojamiento.

--Sab,--dijo Teresa,--me dejas atónita; luego tú crees....

El mulato no la dejó concluir. Creo,--respondió,--que Enrique está

arrepentido del compromiso que lo liga a una mujer que no es ya más que

un partido adocenado; creo que el padre no consentirá gustoso en esa

unión, sobre todo si se presenta a su hijo una boda más ventajosa; creo,

Teresa, que vos sois ese partido que el joven y el viejo aceptarán sin

vacilar.

Teresa creyó que soñaba.--¡Yo!--repitió por tres veces.

--Vos misma,--respondió el mulato.--Jorge Otway preferirá una dote en

dinero contante (yo mismo se lo he oído decir), a todas las tierras que

puede llevar a su hijo la señorita de B.... y vos podéis ofrecer a

Enrique con vuestra mano una dote de cuarenta mil duros en onzas de oro.

--¡Sab!--exclamó con amargura la doncella,--no te está bien ciertamente

burlarte de una infeliz que te ha compadecido, llorando tus desgracias

aunque no llora las suyas.

--No me burlo de vos, señora,--respondió él con solemnidad.--Decidme ¿no

tenéis un billete de la lotería? le tenéis, yo lo sé: he visto en

vuestro escritorio dos billetes que guardáis; el uno tiene vuestro

nombre y el otro el de Carlota, ambos escritos por vuestra mano. Ella,

demasiado ocupada de su amor, apenas se acuerda de esos billetes, pero

vos los conserváis cuidadosamente, porque sin duda pensáis, siendo rica,

sería hermosa, sería feliz.... siendo rica, ninguna mujer deja de ser

amada.

--¡Y bien!--exclamó Teresa con ansiedad,--es verdad.... tengo un billete

de la lotería....

--Yo tengo otro.

--¡Y bien!

--La fortuna puede dar a uno de los dos cuarenta mil duros.

--Y esperas....

--Que ellos sean la dote que llevéis a Enrique. Ved aquí mi

billete,--añadió sacando de su cinturón un papel,--es el número 8014, y

el 8014 ha obtenido cuarenta mil duros. Tomad este billete y rasgad el

vuestro. Cuando dentro de algunas horas venga yo de Puerto Príncipe, el

señor de B.... recibirá la lista de los números premiados, y Enrique

sabrá que ya sois más rica que Carlota. Ya veis que no os he engañado

cuando os dije que había para vuestro amor una esperanza, ya veis que

aun podéis ser dichosa; ¿consentís en ello, Teresa?

Teresa no respondió; una sola palabra, no salió de sus labios. Pero no

eran necesarias las palabras. Sus ojos habían tomado súbitamente

aquella enérgica expresión que tan rara vez los animaba. Sab la miró y

no exigió otra contestación; bajó la cabeza avergonzado y un largo

intervalo de silencio reinó entre los dos. Sab lo rompió por fin con voz

turbada.

--Perdonadme, Teresa,--la dijo,--ya lo sé... nunca compraréis con oro un

corazón envilecido, ni legaréis la posesión del vuestro a un hombre

mezquino. Enrique es tan indigno de vos como de ella. ¡Lo conozco! Pero,

Teresa, no podéis aparentar algunos días que os halláis dispuesta a

otorgarle vuestra dote y vuestra mano?, y cuando vencido por el

atractivo del oro, que es su Dios, caiga el miserable a vuestros pies,

cuando conozca Carlota la bajeza del hombre a quien ha entregado su

alma, entonces abrúmenle vuestros desprecios y los suyos, entonces

alejad de vosotras a ese hombre indigno de miraros. ¿Consentís Teresa?

Yo os lo pido de rodillas, en nombre de vuestra amiga, de la hija de

vuestros bienhechores.... ¡De esa Carlota fascinada que merece vuestra

compasión! No consintáis en que caiga en los brazos de un miserable ese

ángel de inocencia y de ternura... no lo consintáis Teresa.

--En este corazón alimentado de amargura por tantos años,--respondió

ella,--no se ha sofocado, sin embargo, el sentimiento sagrado de la

gratitud; no, Sab, no he olvidado a la angélica mujer que protegió a la

desvalida huérfana, ni soy ingrata a las bondades de mi digno

bienhechor, que es padre de Carlota. ¡De Carlota, a quien yo he

envidiado en la amargura de mi corazón, y cuya felicidad que me hace

padecer, sería un deber mío comprar a costa de toda mi sangre. Pero

¡ay!... ¿Es la felicidad la que quieres darla?... Triste felicidad la

que se funde sobre las ruinas de todas las ilusiones! Tú te engañas,

pobre joven, o yo conozco mejor que tú el alma de Carlota. Aquella alma

tierna y apasionada se ha entregado toda entera; su amor es su

existencia, quitarle el uno es quitarle la otra. Enrique, vil,

interesado, no sería ya, es verdad, el ídolo de un corazón tan puro y

tan generoso; pero ¿cómo arrancar ese ídolo indigno sin despedazar aquel

noble corazón?

Sab cayó a sus pies como herido de un rayo.--¡Pues qué!--gritó con voz

ahogada,--¿ama tanto Carlota a ese hombre?

--Tanto,--respondió Teresa,--que acaso no sobrevivirá a la pérdida de su

amor. ¡Sab!--prosiguió con voz llena y firme,--si es cierto que amas a

Carlota con ese amor santo, inmenso, que me has pintado; si tu corazón

es verdaderamente capaz de sentirlo, desecha para siempre un pensamiento

inspirado únicamente por los celos y el egoísmo. ¡Bárbaro!... ¿Quién te

da el derecho de arrancarla sus ilusiones, de privarla de los momentos

de felicidad que ellas pueden proporcionarla? ¿Qué habrás logrado cuando

la despiertes de ese sueño de amor, que es su única existencia? ¿Qué le

darás en cambio de las esperanzas que le robes? ¡Oh! ¡desgraciado el

hombre que anticipa a otro el terrible día del desengaño!

Detúvose un momento y viendo que Sab la escuchaba inmóvil, añadió con

más dulzura: Tu corazón es noble y generoso, si las pasiones le

extravían un momento, él debe volverse más recto y grande. Al presente

eres libre y rico; la suerte, justa esta vez, te ha dado los medios de

elevar tu destino a la altura de tu alma. El bienhechor de Martina tiene

oro para repartir entre los desgraciados, y la dicha de la virtud le

aguarda a él mismo, al término de la senda que le abre la Providencia.

Sab miró a Teresa con ojos extraviados y como si saliese de un penoso

sueño.

--¡Dónde estoy!--exclamó.--¿Qué hacéis aquí? ¿A qué habéis venido?

--A consolarte,--respondió conmovida la doncella.--¡Sab! querido Sab...

vuelve en ti.

--¡Querido!--repitió él con despedazante sonrisa:--¡Querido!... no,

nunca lo he sido, nunca podré serlo.... ¿Veis esta frente, señora? ¿Qué

os dice ella? ¿No notáis este color opaco y siniestro?... Es la marca de

mi raza maldecida.... Es el sello del oprobio y del infortunio. Y sin

embargo,--añadió apretando convulsivamente contra su pecho las manos de

Teresa,--sin embargo, había en este corazón un germen fecundo de grandes

sentimientos. Si mi destino no lo hubiera sofocado, si la abyección del

hombre físico no se hubiera opuesto constantemente al desarrollo del

hombre moral, acaso hubiera yo sido grande y virtuoso. Esclavo, he

debido pensar como esclavo, porque el hombre sin dignidad ni derechos,

no puede conservar sentimientos nobles. ¡Teresa! debéis despreciarme....

¿Por qué estáis aquí todavía?... Huid, señora y....

--¡No!--exclamó ella inclinando su cabeza sobre la del mulato,

arrodillado a sus pies:--no me apartaré de ti sin que me jures respetar

tu vida.

Un sudor frío corría por la frente de Sab, y la opresión de su corazón

embargaba su voz; sin embargo, a los dulces acentos de Teresa levantó a

ella sus ojos, llenos de gratitud.

--¡Cuán buena sois,--la dijo;--pero ¿quién soy yo para que os intereséis

por mi vida?... ¡Mi vida! ¿Sabéis vos lo que es mi vida?... ¿A quién es

necesaria?... Yo no tengo padre ni madre... soy solo en el mundo: nadie

llorará mi muerte. No tengo tampoco una patria que defender, porque los

esclavos no tienen patria; no tengo deberes que cumplir, porque los

deberes del esclavo son los deberes de la bestia de carga, que anda

mientras puede y se echa en tierra cuando ya no puede más. Si al menos

los hombres blancos, que desechan de sus sociedades al que nació teñida

la tez de un color diferente, le dejasen tranquilo en sus bosques, allá

tendría patria y amores... porque amaría a una mujer de su color,

salvaje como él, y que como él no hubiera visto jamás otros climas ni

otros hombres, ni conocido la ambición, ni admirado los talentos. Pero

¡ah! al negro se rehusa lo que es concedido a las bestias feroces, a

quienes le igualan; porque a ellas se les deja vivir entre los montes

donde nacieron, y al negro se le arranca de los suyos. Esclavo

envilecido, legará por herencia a sus hijos esclavitud y envilecimiento,

y esos hijos desgraciados pedirán en vano la vida selvática de sus

padres. Para mayor tormento serán condenados a ver hombres como ellos,

para los cuales la fortuna y la ambición abren mil caminos de gloria y

de poder; mientras que ellos no pueden tener ambición, no pueden esperar

un porvenir. En vano sentirán en su cabeza una fuerza pensadora, en vano

en su pecho un corazón que palpite. ¡El poder y la voluntad! En vano un

instinto, una convicción que les grite: levantaos y marchad; porque para

ellos todos los caminos están cerrados, todas las esperanzas destruídas.

¡Teresa! esa es mi suerte. Superior a mi clase por mi naturaleza,

inferior a las otras por mi destino, estoy solo en el mundo.

--Deja estos países, déjalos,--exclamó con energía Teresa.--¡Pobre

joven! busca otro cielo, otro clima, otra existencia..., busca también

otro amor...; una esposa digna de tu corazón.

--¡Amor! ¡Esposa!--repitió tristemente Sab:--no, señora, no hay tampoco

amor ni esposa para mí; ¿no os lo he dicho ya? Una maldición terrible

pesa sobre mi existencia y está impresa en mi frente. Ninguna mujer

puede amarme, ninguna querrá unir su suerte a la del pobre mulato,

seguir sus pasos y consolar sus dolores.

Teresa se puso en pie. A la trémula luz de las estrellas pudo Sab ver

brillar su frente altiva y pálida. El fuego del entusiasmo centelleaba

en sus ojos y toda su figura tenía algo de inspirado. Estaba hermosa

en aquel momento: hermosa con aquella hermosura que proviene del alma,

y que el alma conoce mejor que los ojos. Sab la miraba asombrado.

Tendió ella sus dos manos hacia él y levantando los ojos al

cielo.--Yo--exclamó--yo soy esa mujer que me confío a ti; ambos somos

huérfanos y desgraciados... aislados estamos los dos sobre la tierra

y necesitamos igualmente compasión, amor y felicidad. Déjame pues,

seguirte a remotos climas, al seno de los desiertos... ¡Yo seré tu

amiga, tu compañera, tu hermana!

Ella cesó de hablar y aun parecía escucharla el mulato. Asombrado e

inmóvil fijaba en ella los ojos, y parecía preguntarle si no le engañaba

y era capaz de cumplir lo que prometía. Pero ¿debía dudarlo? Las miradas

de Teresa y la mano que apretaba la suya eran bastante a convencerle.

Sab besó sus pies, y en el exceso de su emoción sólo pudo exclamar:

¡Sois un ángel, Teresa!

Un torrente de lágrimas brotó en seguida de sus ojos; y sentado junto a

Teresa, estrechando sus manos contra su pecho, sintióse aliviado del

peso enorme que le oprimía, y sus miradas se levantaron al cielo, para

darle gracias de aquel momento de calma y consuelo que le había

concedido. Luego besó con efusión las manos de Teresa.

--¡Sublime e incomparable mujer!--la dijo:--Dios sabrá premiarte el bien

que me has hecho. Tu compasión me da un momento de dulzura que casi se

asemeja a la felicidad. ¡Yo te bendigo, Teresa!

Y tornando a besar sus manos, añadió:

--El mundo no te ha conocido, pero yo que te conozco debo adorarte y

bendecirte. ¡Tú me seguirías...! ¡Tú me prodigarías consuelos cuando

ella suspirase de placer en brazos de un amante!... ¡Oh! ¡Eres una

mujer sublime, Teresa! No, no legaré a un corazón como el tuyo mi

corazón destrozado... toda mi alma no bastaría a pagar un suspiro de

compasión que la tuya me consagrase. ¡Yo soy indigno de ti! Mi amor,

este amor insensato que me devora, principió con mi vida y sólo con ella

puede terminar; los tormentos que me causa forman mi existencia; nada

tengo fuera de él, nada sería si dejase de amar. Y tú, mujer generosa,

no conoces tú misma a lo que te obligas, no prevés los tormentos que te

preparas. El entusiasmo dicta y ejecuta grandes sacrificios, pero pesan

después con toda su gravedad sobre el alma destrozada. Yo te absuelvo

del complimiento de tu generosa e imprudente promesa. ¡Dios, sólo Dios

es digno de tu grande alma! En cuanto a mí ¡ya he amado, ya he

vivido...! ¡Cuántos mueren sin poder decir otro tanto! ¡Cuántas almas

salen de este mundo sin haber hallado un objeto en el cual pudiesen

emplear sus facultades de amar! El cielo puso a Carlota sobre la tierra,

para que yo gozase en su plenitud la ventura suprema de amar con

entusiasmo; no importa que haya amado solo. ¡Mi llama ha sido pura,

inmensa, inextinguible! No importa que haya padecido, pues he amado a

Carlota; a Carlota que es un ángel! ¡A Carlota digno objeto de todo mi

culto! Ella ha sido más desventurada que yo; mi amor engrandece mi

corazón y ella... ¡ah! ella ha profanado el suyo! Pero vos tenéis razón,

Teresa, sería una barbarie decirle: ese ídolo de tu amor es un miserable

incapaz de comprenderte y amarte. ¡No! ¡nunca! Quédese con sus

ilusiones que yo respetaré con religiosa veneración... ¡Cásese con

Enrique, y sea feliz!

Calló por un momento, luego volviendo a agarrar convulsivamente las

manos de Teresa, que permanecía trémula y conmovida a su lado, exclamó

con nueva y más dolorosa agitación:

--Pero ¿lo será?... ¿Podrá serlo cuando después de algunos días de error

y entusiasmo vea rasgarse el velo de sus ilusiones, y se halle unida a

un hombre que habrá de despreciar?... ¿Concebís todo lo que hay de

horrible en la unión del alma de Carlota y el alma de Enrique? Tanto

valdría ligar al águila con la serpiente, o a un vivo con un cadáver.

¡Y ella habrá de jurar a ese hombre amor y obediencia! ¡Le entregará su

corazón, su porvenir, su destino entero!... ¡Ella se hará un deber de

respetarle! ¡Y él... él la tomará por mujer, como a un género de

mercancía, por cálculo, por conveniencia... haciendo una especulación

vergonzosa del lazo más santo, del empeño más solemne! ¡A ella que le

dará su alma! ¡Y él será su marido, el poseedor de Carlota, el padre de

sus hijos!... ¡Oh! ¡no! ¡no, Teresa! Hay un infierno en este

pensamiento... lo véis, no puedo soportarlo... ¡Imposible!

Y era así, pues corría de su frente un helado sudor, y sus ojos

desencajados expresaban el extravío de su razón. Teresa le hablaba con

ternura ¡pero en vano! Un vértigo se había apoderado de él.

Parecíale que temblaba la tierra bajo sus pies y que en torno suyo

giraban en desorden el río, los árboles y las rocas. Sofocábale la

atmósfera y sentía un dolor violento, un dolor material como si le

despedazasen el corazón con dos garras de hierro, y descargasen sobre su

cabeza una enorme mole de plomo.

¡Carlota esposa de Enrique! ¡Ella prodigándole sus caricias! ¡Ella

envileciendo su puro corazón, sus castos atractivos con el grosero amor

de un miserable! Este era su único pensamiento, y este pensamiento

pesaba sobre su alma y sobre cada uno de sus miembros. No sabía dónde

estaba, ni oía a Teresa, ni se acordaba de nada de cuanto había pasado,

excepto de aquella idea clavada en su mente y en su corazón. Hubo un

momento en que, espantado él mismo de lo que sufría, dudó resistiese a

tanto la organización humana, y pasó por su imaginación un pensamiento

confuso y extravagante. Ocurrióle que había muerto, y que su alma sufría

aquellos tormentos inconcebibles que la ira de Dios ha preparador los

réprobos. Porque hay dolores cuya espantosa profundidad no puede medir

la vista del hombre; el cuerpo se aniquila delante de ellos y sólo el

alma, porque es infinita, puede sufrirlos y comprenderlos.

El desventurado Sab en aquel momento quiso levantarse, acaso para huir

del pensamiento horrible que le volvía loco; pero sus tentativas fueron

vanas. Su cuerpo parecía de plomo y, como sucede en una pesadilla, sus

esfuerzos agotando sus fuerzas, no acertaban a moverle de aquella peña

infernal en que parecía clavado. Gritos inarticulados, que nada tenían

del humano acento, salieron entonces de su pecho, y Teresa le vió girar

en torno suyo miradas dementes, y fijarlas por fin en ella con espantosa

inmovilidad. El corazón de Teresa se partía también de dolor al aspecto

de aquel desventurado, y ella lloraba sobre su cabeza atormentada,

dirigiéndole palabras de consuelo. Sab pareció por fin escucharla,

porque buscó con su mano trémula la de la doncella y asiéndola la apretó

sobre su seno, alzando hacia ella sus ojos encendidos; luego haciendo un

último y violento esfuerzo para levantarse, cayó a los pies de Teresa,

como si todos los músculos de su cuerpo se hubiesen quebrantado.

Inclinada sobre él y sosteniéndole la cabeza sobre sus rodillas,

mirábale la pobre mujer y sentía agitarse su corazón. ¡Desventurado

joven!--pensaba ella--¿quién se acordará de tu color al verte amar tanto

y sufrir tanto? Luego pasó rápidamente por su mente un pensamiento, y se

preguntó a sí misma ¿qué hubiera podido ser el hombre dotado de pasiones

tan ardientes y profundas, si bárbaras preocupaciones no le hubiesen

cerrado todos los caminos de una noble ambición? Pero aquella alma

poderosa obligada a devorar sus inmensos tesoros, se había entregado a

la única pasión que hasta entonces había probado, y aquella pasión única

la había subyugado.--No, pensaba Teresa, no debías haber nacido

esclavo... el corazón que sabe amar así, no es un corazón vulgar.

Al volver en sí el mulato miróla y la reconoció.

--Señora,--la dijo con desfallecida voz,--¿estáis aquí todavía? ¿No me

habéis abandonado como a un alma cobarde, que se aniquila delante la

desventura a que debiera estar tan preparada?

--No,--respondió ella con emoción,--estoy aquí para compadecerte y

consolarte. ¡Sab! has sufrido mucho esta noche.

--¡Esta noche! ¡ah! no...., no ha sido solamente esta noche; lo que he

padecido a vuestra vista una vez, eso he padecido otras mil, sin que una

palabra de consuelo cayese, como una gota de rocío, sobre mi corazón

abrasado; y ahora vos lloráis, Teresa ¡Bendígate Dios! ¡No, no es esta

noche la más desgraciada para mí. Teresa!.... acercaos, que sienta yo

otra vez caer en mi frente vuestro llanto. A no ser por vos, yo hubiera

pasado por la senda de la vida, como por un desierto, solo con mi amor y

mi desventura, sin encontrar una mirada de simpatía, ni una palabra de

compasión.

Guardaron ambos un momento de silencio, durante el cual Teresa lloraba,

y Sab sentado a sus pies parecía sumergido en profundo desaliento. Por

fin, Teresa enjugó sus lágrimas, y reuniendo todas sus fuerzas, señaló

con la mano al mulato el punto del horizonte en que aparecían ya las

nubes ligeramente iluminadas.

--¡Es preciso separarnos!--le dijo--¡Sab toma tu billete, él te da

riquezas...., puedas también encontrar algún día reposo y felicidad!

--Cuando tomé ese billete,--respondió él,--y quise probar la suerte,

Martina, la pobre vieja que me llama su hijo, estaba en la miseria; al

presente goza comodidades y el oro me es inútil.

--¡Y qué! ¿no hay otros infelices?

--No hay en la tierra mayor infeliz que yo, Teresa, no puedo compadecer

sino a mí mismo..... Sí, yo me compadezco, porque, lo conozco, no hay ya

en mi corazón sino un solo deseo, una sola esperanza.... ¡la muerte!

--Sab, no te abandones así a la desesperación; acaso el cielo se dispone

a ahorrarte el tormento de ver a Carlota esposa de Enrique. Si el viejo

Otway es tan codicioso como crees, si su hijo no ama sino débilmente a

Carlota, ya saben que no es tan rica como suponían, y ese enlace no se

verificará.

--Pero vos me habéis dicho,--exclamó con tristeza Sab,--que ella no

sobrevivirá a su amor... vos lo habéis dicho, vos lo sabéis.... pero lo

que no sabéis es que yo que os ofrezco el oro, para comprar la mano de

ese hombre, no os perdonaría nunca si lo hubieseis aceptado; ni a él ni

a mí mismo me perdonaría. Vos no sabéis que la sangre sacada de sus

venas, gota a gota, y mi propia sangre no me parecería suficiente

venganza, ni mil vidas inmoladas por mi mano pagarían una sola lágrima

de Carlota. ¡Carlota despreciada! ¡Despreciada por esos viles

mercaderes! ¡Carlota que haría el orgullo de un rey!.... No, Teresa, no

me lo digáis otra vez... vos no podéis comprender las contradicciones de

un corazón tan atormentado.

Teresa se puso en pie y escuchó por un momento.

--Adiós, Sab....,--dijo luego,--paréceme que los esclavos están ya

levantados y que se aproximan a los cañaverales; adiós, no dudes nunca

que tienes en Teresa una amiga, una hermana.

Ella aguardó en vano algunos minutos una contestación del mulato.

Apoyada la frente sobre una peña, inmóvil y silencioso, parecía sumido

en profunda y tétrica meditación. Luego de repente brillaron sus ojos

con la expresión que revela una determinación violenta y decidida, y

alzóse del suelo, grande, resignado, heroico.

Los negros se acercaban; Sab sólo tuvo tiempo de decir en voz baja

algunas palabras a Teresa, palabras que debieron sorprenderla, pues

exclamó al momento:

--¡Es posible!... ¿Y tú?

--¡Moriré!--contestó él haciéndole con la mano un ademán para que se

alejase. En efecto, Teresa se ocultó entre los cañaverales al mismo

tiempo que los esclavos llegaban al trabajo. Uno solamente, más perezoso

que los otros, o sintiéndose con sed, dejó su azada y se adelantó hacia

el río. Un fuerte tropezón que dió por poco le hace caer en tierra.

--Es un castigo de Dios, José,--le gritaron sus compañeros,--por lo

holgazán que eres.

José no respondía sino que estaba estático en el sitio en que acababa de

levantarse, los ojos fijos en el suelo con aire de pasmo.

--¿Qué es eso, José?--gritó uno de los negros--¿te habrás clavado en el

suelo?

José los llamó hacia él, no con la voz sino con aquellos gestos llenos

de expresión que se notan en la fisonomía de los negros.

Los más curiosos corrieron a su lado y al momento los que quedaron

oyeron una sola palabra repetida a la vez por muchas voces:--¡El

mayoral!

Sab estaba sin sentido junto al río; los esclavos le levantaron y le

condujeron en hombros al ingenio.

Cuando dos horas después se levantó don Carlos de B... oyó galopar un

caballo que se alejaba.

--¿Quién se marcha ahora?--preguntó a uno de los esclavos.

--Es el mayoral, mi amo, que se va a la ciudad.

--¡Cómo tan tarde! son las siete y yo le había encargado marcharse al

amanecer.

--Es verdad, mi amo,--respondió el esclavo,--pero el mayoral estaba tan

malo....

--¡Estaba malo!.... ¿qué tenía, pues?

--¿El mayoral, mi amo?... yo no lo sé, pero tenía la cara caliente como

un tizón de fuego, y luego echó sangre, mucha sangre por la boca.

--¡Sangre por la boca! ¡Cómo! ¡Sangre por la boca y se ha marchado

así!--exclamó don Carlos.

José, que pasaba cargado con un haz de caña, se detuvo al oirle y echó

una mirada de reconvención sobre el otro negro. José era el esclavo más

adicto a Sab, y Sab le quería porque era congo, como su madre.

--No haga caso su merced de lo que dice ese mentecato. El mayoral está

bueno, sólo que echó un poco de sangre por la nariz, y me dijo que a

las tres de la tarde tendría su merced las cartas del correo.

--Vaya, eso es otra cosa,--dijo el señor de B....,--este bruto me había

asustado.

El negro se alejó murmurando:--¡Bruto! yo soy bruto porque digo la

verdad.

Sab (novela original) · 第 22 / 30 题