CAPITULO X

...La mezcla de extravagancia y de

entusiasmo que reinaba en sus discursos

rara vez dejaba de producir la más

viva impresión en aquellos que la

escuchaban. Sus palabras, con frecuencia

entrecortadas, eran empero demasiado

claras e inteligibles para que

pudiese sospechársele en un verdadero

estado de locura.

WALTER SCOTT.

Guy Maunering.

Las cuevas de Cubitas son ciertamente una obra admirable de la

naturaleza, que muchos viajeros han visitado con curiosidad e interés, y

que los naturales del país admiran con una especie de fanatismo. Tres

son las principales, conocidas con los nombres de _Cueva grande o de los

negros cimarrones, María Teresa, y Cayetano_. La primera está bajo la

gran loma de Toabaquei y consta de varias salas, cada una de las cuales

se distingue con su denominación particular, y comunicadas todas entre

sí por pasadizos estrechos y escabrosos. Son notables entre estas salas

la de _La Bóveda_ por su capacidad, y la del _Horno_ cuya entrada es una

tronera a flor de tierra por la que no se puede pasar sino muy

trabajosamente y casi arrastrándose contra el suelo. Sin embargo, es de

las más notables salas de aquel vasto subterráneo y las incomodidades

que se experimentan, al penetrar en ella, son ventajosamente compensadas

con el placer de admirar las bellezas que contiene. Deslúmbrase el

viajero que al levantar los ojos, en aquel reducido y tenebroso recinto,

ve brillar sobre su cabeza un rico dosel de plata sembrado de zafiros y

brillantes, que tal parece en la oscuridad de la gruta el techo singular

que la cubre. Empero, pocos minutos pueden gozarse impunemente de aquel

bello capricho de la naturaleza, pues la falta de aire obliga a los

visitadores de la gruta a arrojarse fuera, temiendo ser sofocados por el

calor excesivo que hay en ella. El alabastro no supera en blancura y

belleza a las piedras admírales de que aquellas grutas, por decirlo así,

se hallan entapizadas. El agua, filtrando por innumerables e

imperceptibles grietas, ha formado bellísimas figuras al petrificarse.

Aquí una larga hilera de columnas parecen decorar el peristilo de algún

palacio subterráneo; allá una hermosa cabeza atrae y fija las miradas;

en otra parte se ven infinitas petrificaciones sin formas determinadas,

que presentan masas de deslumbrante blancura y figuras raras y

caprichosas.

Los naturales hacen notar en la cueva llamada de _María Teresa_ pinturas

bizarras designadas en las paredes con tintas de vivísimos e imborrables

colores, que aseguran ser obra de los indios, y mil tradiciones

maravillosas prestan cierto encanto aquellos subterráneos desconocidos;

que realizando las fabulosas descripciones de los poetas, recuerdan los

misteriosos placeres de las hadas.

Nadie ha osado todavía penetrar más allá de la undécima sala; se dice

empero vulgarmente que un río de sangre demarca su término visible, y

que los abismos que le siguen son las enormes bocas del infierno. La

ardiente imaginación de aquel pueblo ha adoptado con tal convicción esta

extravagante opinión que, por cuanto hay en el mundo, no se atreverían a

penetrar más allá de los límites a que se han concretado hasta el

presente los visitadores de las cuevas, y lo estrecha y peligrosa que se

va haciendo la senda subterránea, a medida que se interna, parece

justificar sus temores.

Don Carlos de B... y su familia, llevando a Sab por Cicerone,

emprendieron, al día siguiente de su llegada a Cubitas, la visita de

estas grutas. En la bajada, que es peligrosa, Carlota tuvo miedo, y el

mulato, más diestro y vigoroso que Otway, fué esta vez también más

dichoso, pues bajó casi en sus brazos a la doncella.

Teresa apenas necesitó ayuda; ágil y valiente descendió sin palidecer un

momento, y con aquella fría serenidad que formaba su carácter. Sab bajó

luego una a una con el mayor esmero a las niñas, y ayudó al señor de

B.... siendo Enrique el último que verificó aquel descenso, con más

animosidad que destreza. A pesar del auxilio de una gruesa cuerda, y de

la robusta mano de un negro, fallóle un pie en la mitad del declive y

hubiera indudablemente y caído, arrastrando consigo al esclavo, si Sab,

que bajaba detrás de él, conduciendo una gran tea de madera resinosa,

que en el país llaman cuaba, no le hubiese socorrido con tanta

oportunidad como osadía.

--Sab,--díjole el inglés cuando todos juntos empezaban a recorrer las

salas subterráneas,--te soy segunda vez deudor de la vida y casi me

persuado que eres en la tierra mi ángel protector.

Sab no respondió nada, pero sus ojos se fijaron en Carlota, cuyas

miradas le expresaban con mayor elocuencia cuánto sabía agradecer aquel

nuevo servicio prestado a su amante.

Sab, que buscaba aquella gratitud, no pudo sin embargo soportarla;

apartó la vista de ella, suspiró profundamente y se dirigió hacia su amo

al cual entretuvo con la relación de algunas tradiciones populares

relativas a los sitios que recorrían.

Las paredes estaban llenas con los nombres de los visitadores de las

grutas, pero la compañía no pudo dejar de manifestar la mayor sorpresa

al ver el nombre de Carlota entre ellos, no habiendo ésta visitado hasta

entonces aquellos sitios. En fin, después de emplear una gran parte del

día en recorrer diferentes salas, las señoritas fatigadas mostraron

deseos de descansar, y ya declinaba la tarde cuando a instancias suyas

salieron de las grutas.

Sab les tenía dispuesta la comida, de antemano, en la choza de Martina,

de la que ya nuestros lectores han oído hablar en el capítulo

precedente, y toda la compañía se preparó con placer a ver a la vieja

india.

Distaba poco de las cuevas la habitación de ésta, y los viajeros se

vieron al umbral de su humilde morada a los seis minutos de marcha.

Prevenida la vieja por Sab, salió a recibir a sus huéspedes con cierto

aire ridículamente majestuoso, y que podía llamarse una parodia de

hospitalidad. Rayaba Martina en los sesenta años, que se echaban de ver

en las arrugas que surcaban en todas direcciones su rostro enjuto y su

cuello largo y nervioso, pero que no habían impreso su sello en los

cabellos, que si bien no cubrían sino la parte posterior del cráneo,

dejando descubierta la frente que se prolongaba hasta la mitad de la

cabeza, eran no obstante de un negro perfecto. Colgaba este mechón de

pelo sobre la espalda descarnada de Martina, y la parte calva de su

cabeza contrastaba de una manera singular, por su lustre y blancura, con

el color casi cetrino de su rostro. Este color empero era todo lo que

podía alegar a favor de sus pretensiones de india, pues ninguno de los

rasgos de su fisonomía parecía corresponder a su pretendido origen.

Sus ojos eran extremadamente grandes y algo saltones, de un blanco

vidriado sobre el cual resaltaban sus pequeñas pupilas de azabache; la

nariz larga y delgada parecía haber sido aprensada, y la boca era tan

pequeña y hundida que apenas se le veía, enterrada, por decirlo así,

entre la prominencia de la nariz y la de la barba, que se avanzaba hacia

afuera hasta casi nivelarse a ella.

La estatura de esta mujer era colosal en su sexo, y a pesar de sus años

y enflaquecimiento manteníase derecha y erguida, como una palma,

presentando con una especie de orgullo el semblante superlativamente feo

que hemos procurado describir.

Al encontrarse con dos Carlos inclinó ligeramente la cabeza, diciendo

con parsimonia:

--Bien venido sea, tres veces bien venido el señor de B.... a esta su

casa.

--Buena Martina--respondió el caballero entrando sin cumplimiento en una

pequeña sala cuadrada, y sentándose en una silla, (si tal nombre merecía

un pedazo de madera mal labrado),--tengo el mayor gusto en volver a ver

a una tan antigua conocida como sois vos, pero me pesa hallaros en tan

extremada pobreza. Sin embargo, Martina, los años no pasan por vos, lo

mismo estáis que cuando os vi hace diez años. No diréis otro tanto de

mí: leo en vuestros ojos que me halláis muy viejo.

--Es verdad, señor,--repuso ella,--que estáis muy diferente de

como os vi la última vez. Es natural,--añadió con cierto aire

melancólico,--porque aun no habéis llegado a ser lo que yo soy y los

años hallan todavía algo que quitaros. El árbol viejo del monte, cuando

ya seco y sin jugo sólo alimenta curujeyes,[22] ve pasar años tras años

sin que ellos le traigan mudanza. El resiste a los huracanes y a las

lluvias, a los rigores del sol y a la aridez de la seca; mientras que

el árbol todavía verde sufre los ataques del tiempo y pierde poco a

poco sus flores, sus hojas y sus ramas. Pero he aquí,--añadió echando

una ojeada sobre Enrique y las dos señoritas y luego en las cuatro

niñas que la rodeaban,--he aquí tres hermosos árboles en todo el vigor

de su juventud, con todos los verdores de la primavera, y cuatro

tiernos arbolitos que van creciendo llenos de lozanía. ¿Son todos hijos

vuestros? Pensaba que no teníais tantos.

Don Carlos tomó de la mano a Enrique.--No es mi hijo este mancebo,--la

dijo,--pero lo será en breve. Os presento en él, querida Martina, al

esposo de mi Carlota.

--¡Al esposo de vuestra Carlota!--repitió la vieja con tono de sorpresa

e inquietud y echando en torno suyo una mirada cuidadosa, que pareció

detenerse en el mulato que se mantenía respetuosamente detrás de sus

amos. Luego volviéndose hacia las dos señoritas, examinólas

alternativamente.--Una de ellas es mi hija y otra mi pupila,--dijo don

Carlos notando aquel examen,--vamos a ver si adivináis cuál es Carlota.

No he olvidado, Martina, que os preciáis de fisonomista.

La vieja miró fijamente a Teresa, cuyos ojos distraídos recorrían el

reducido recinto de la pequeña sala en que se hallaba, y luego desviando

lentamente su mirada la detuvo en Carlota, que se sonreía encendida como

la grana. Los ojos de la india (pues no pretendemos disputarla este

nombre) se encontraron con los de linda criolla.

--Esta es,--exclamó al momento Martina,--esta es Carlota de B..., he

conocido esa mirada... sólo esos ojos podrían....--y se detuvo como

turbada, añadiendo luego con viveza:--Solamente ella puede ser tan

hermosa.

Carlota se mortificó de un elogio que le pareció poco atento en

presencia de su amiga, mas Teresa no atendía a la conversación y tenía

fijos los ojos en aquel momento en un objeto extraño y lastimoso, en

cual aun no había reparado nadie sino ella.

En una especie de tarima de cedro, sobre una estera de guano yacía

acurrucada en un rincón oscuro de la sala una criatura humana, que al

pronto apenas podía reconocerse por tal. Mirándole con más detención,

notábase que era niño, pero la horrible enfermedad que le consumía había

casi del todo contrahecho su figura. Su cabeza voluminosa, cubierta por

cabellos pobres y ásperos, se sostenía con trabajo sobre un cuello tan

delgado, que parecía quebrantado por su peso, y sus ojos pequeños y

hundidos aparecían rodeados de una aureola cárdena, que se extendía

hasta sus pálidas mejillas. Sonreía el infeliz y se entretenía con un

perrillo que estaba tendido entre sus dos flacas piernecitas, reclinada

su cabeza en el abultado vientre del niño.

Las miradas de Teresa habían dirigido hacia aquel sitio las de todos los

individuos de la compañía, y Martina, observándolo, exclamó con

tristeza:

--¡Es mi nieto, mi único nieto!... Nada más me queda en el mundo... Mi

hijo, mi nuera, mis dos nietecitos, tan lindos y tan robustos...., todos

han muerto! Esta pobre criatura raquítica es lo único que me queda....,

es la última hoja marchita que se desprenderá de este viejo tronco.

Don Carlos y sus hijos conmovidos se aproximaron al pequeño enfermo,

pero divisando a Sab en aquel momento, arrojó el niño un grito

penetrante de alegría, y el perro saltó, ahullando también. Arrastrábase

el niño fuera de la tarima para acercarse al mulato, brillando en sus

apagados ojos una vislumbre de felicidad, y el perro saltaba moviendo la

cola y ahullando, y mirando alternativamente al niño y al mulato, como

si quisiera indicar a éste que debía aproximarse a aquél. Hízolo Sab y

al momento la pobre criatura se colgó de su cuello y el animal

redoblando sus ahullidos, como si celebrase tan tierna escena, corría

en torno de los dos, y se levantaba ora poniendo sus manos sobre los

muslos del mulato, ora sobre la espalda del niño.

Martina contemplaba aquel cuadro con visible emoción; la ridícula

gravedad con que se presentara a sus huéspedes había desaparecido y

volviendo a don Carlos sus negros ojos, en los que temblaba una lágrima:

--Ya lo véis,--le dijo,--su cuerpo está casi muerto, pero aun hay vida

en su corazón. ¡Pobre desgraciado!, vive todavía para amar: ama a Sab, a

su perro y a mí, a las únicas criaturas que pueden apreciar y

corresponder su cariño. ¡Pobre desgraciado! Y enjugó con su delantal la

lágrima que ya había resbalado por su mejilla.

--Martina,--le dijo don Carlos,--habéis sido muy desgraciada, lo sé.

--Aun pude serlo más,--respondió ella,--vi expirar en mis brazos, uno

tras otro, mis hijos y mis nietos; quedábame uno solo.... ¡Este! un

incendio consumió mi casa y hubiera perecido entre las llamas mi pobre

único nieto sin el valor, la humanidad....

Martina se detuvo repentinamente. El mulato, que acababa de desprenderse

del niño y del perro, habíase puesto de pie frente a ella y su mirada

imperiosa ahogó en sus labios las palabras que iba a proferir. Don

Carlos y sus hijos la invitaron en vano a continuar su comenzada

relación. Martina varió de objeto y preguntó a don Carlos si quería que

se les sirviese la comida. Luego que Sab se alejó para prepararla,

volvióse la anciana a sus huéspedes y con voz baja y cautelosa, y acento

más conmovido, prosiguió:

--Sí, él fué, él quien salvó a mi pobre Luis, pero no se puede hablar de

ello en su presencia: oféndele la expresión de mi gratitud. Mas ¡ah!

¿por qué había yo de ahogarla? ¿por qué?...., me es tan dulce repetir:

¡A él debo la vida de mi último nieto!

Carlota a estas palabras aproximó su silla a la de Martina, escuchándola

con vivísimo interés. El mismo Enrique le prestaba atención; sólo Teresa

manteníase algo desviada y como distraída. Martina prosiguió:

--Una feliz casualidad trajo a Sab a esta aldea algunos días antes del

fatal incendio que me redujo a la indigencia. Visitábame a menudo y yo

le amaba, porque él había asistido en sus últimos momentos a mi hijo,

porque él fué nuestro consolador cuando había otros séres que

participasen mis dolores. Luego que los perdí, todavía estuvo él junto a

mí y lloramos juntos. El acompañó a su última morada a mis dos

nietecitos, y el día en que enterró al último de ellos, volviendo a casa

traía los ojos llenos de lágrimas y me abrazó gimiendo. Sab,--le dije en

mi dolor señalando a mi pobre Luis,--ya no tengo más que a él en el

mundo...., no me queda otro hijo.--Aun tenéis otro, madre mía,--exclamó

uniendo sus lágrimas a las mías y con un acento que me parece estar

oyendo todavía;--yo soy también un pobre huérfano: nunca di a ningún

hombre el dulce y santo título de padre, y mi desgraciada madre murió en

mis brazos: soy también huérfano como Luis, sed mi madre, admitidme por

vuestro hijo.

--Sí, yo te admito,--le respondí levantando al cielo mis trémulas

manos.--El se arrodilló a mis pies y en presencia del cielo le adopté

desde aquel momento por mi hijo.

Martina se detuvo para enjugar las lágrimas que hilo a hilo caían de sus

ojos; Carlota lloraba también; don Carlos tosía para disimular su

conmoción, y aun Enrique se mostraba enternecido. Teresa verosímilmente

no atendía a lo que se hablaba, entretenida al parecer en limpiar con su

pañuelo un pedazo de piedra muy hermosa, que había cogido en las grutas.

--Sab estaba en Cubitas cuando el incendio de mi casa,--prosiguió

Martina,--de aquella casa que yo debía a vuestra bondad, señor don

Carlos, y a la eficacia de mi hijo adoptivo. El incendio consumía mi

morada y yo medio desmayada en brazos de algunos vecinos atraídos por la

compasión, o la curiosidad, veía los rápidos progresos del fuego y

gritaba en vano con todas mis fuerzas:--¡Mi nieto! ¡Mi Luis!--Porque el

niño, abandonado por mí en el primer instante de susto y sorpresa, iba

a ser devorado por las llamas, que ya veía yo avanzar hacia el lado en

que se encontraba el infeliz. Dejadme ir,--gritaba yo,--dejadme salvarle

o morir con él. Pero me agarraban estorbando mi desesperado intento, y

aunque penetrados de compasión todos, ninguno se atrevía a exponer su

vida por salvar la de un pobre niño enfermo.

--¡Y Sab le salvó!--exclamó con viveza y emoción la señorita de

B...--¿No lo habéis dicho así, buena Martina?

--¡Sab le salvó, sí!--respondió la anciana olvidando su cautela y

levantando la voz en el exceso de su entusiasta gratitud.--¡Sab le

salvó! Por entre las llamas y quemados los pies y ensangrentadas las

manos, sofocado por el humo y el calor cayó exánime a mis pies, al poner

en mis brazos a Luis y a Leal..., a este perro que entonces era

pequeñito y dormía en la cama de mi nieto. ¡Sab los salvó a ambos! Sí,

su humanidad se extendió hasta el pobre animalito.

Y Martina acariciaba con mano trémula al perrillo, que al oir su nombre

había corrido a echarse a sus pies.

Carlota lloraba todavía y todavía tosía don Carlos, pero Enrique se

había distraído de la relación de la anciana con la piedra que limpiaba

Teresa y de la cual ambos admiraban el brillo extraordinario.

--¡Es hermosa!--decía Enrique.

--¡Oh! sí, ¡es hermosa!--repetía Martina que no echara de ver la

distracción de dos de sus oyentes.--¡Es hermosa el alma de ese pobre

Sab, muy hermosa! Luego que quedé sin casa, sin más bienes que mi nieto

enfermo y su perro, no hallé otro asilo que esas cuevas, morada algunas

veces de los negros cimarrones y siempre de los cernícalos y

murciélagos.

Allí hubiera acabado miserablemente mis tristes días sin el ángel

protector de mi vida. Sab, el mismo Sab ha levantado para su vieja madre

adoptiva esta choza, en que tengo el honor de recibiros; él ha trabajado

con sus manos los toscos muebles que me eran necesarios; él me ha dado

todos sus ahorros de muchos años para aliviar mi miseria; él con su

cariño, con su bondad, ha hecho renacer en este viejo y lacerado corazón

las emociones deliciosas del placer y la gratitud. Sí, todavía palpita

este pecho cuando le veo atravesar el umbral de mi humilde morada;

todavía vierten estos ojos lágrimas de enternecimiento y alegría cuando

le oigo llamarme su madre, su querida madre. ¡Oh Dios mío, Dios

mío!--añadió elevando al cielo sus manos descarnadas:--¿Por qué ha de

ser desgraciado siendo tan bueno?

En aquel momento Sab se presentó trayendo una mesita de cedro, que

estaba destinada a la comida, y su presencia aumentó la conmoción que el

relato de Martina había producido. Don Carlos, olvidando que se le había

confiado a escondidas del mulato la historia de sus buenas acciones,

alargóle la mano y haciéndole aproximar a su silla: Sab,--le

dijo,--Sab,--repitió cada vez con más viva expresión,--¡eres un

excelente mozo!

El mulato pareció adivinar de lo que se trataba y arrojó a Martina una

mirada de reconvención.

--Sí, hijo mío,--exclamó la vieja,--sí, puedes reconvenirme porque he

faltado a la promesa que me exigiste; pero ¿por qué quieres Sab, querido

Sab, por qué quieres privar a tu vieja madre del placer de bendecirte, y

de decir a todos los corazones buenos y generosos: mi hijo se os parece?

Sab, amigo mío, perdóname, pero yo no puedo, no puedo complacerte.

Carlota redobló su llanto, y cubrió su lindo rostro con sus manos, como

para ocultar el exceso de su emoción; pero Sab había ya visto correr sus

lágrimas y cayó de rodillas.

--Madre mía,--prorrumpió con trémula y enternecida voz;--sí, yo os

perdono y os doy gracias; yo os debo las lágrimas de Carlota, añadió,

pero estas últimas palabras fueron proferidas tan débilmente que nadie,

excepto Martina, pudo percibirlas.

--Sab,--dijo el señor de B...., levantándole y abrazándole con extrema

bondad:--yo me envanezco de tu bello corazón; sabes que eres libre y

desde hoy te ofrezco proporcionarte los medios de seguir los generosos

impulsos de tu caritativo corazón. Sab, continuarás siendo mayoral de

Bellavista, y yo te señalaré gajes proporcionados a tus trabajos, con

los cuales puedas tú mismo irte formando una existencia independiente.

Respecto a Martina corren de mi cuenta ella, su nieto y su buen Leal.

Quiero que al marcharme de Cubitas quede instalada en la mejor de mis

estancias y la señalaré una pensión vitalicia, que recibirá anualmente

por tu mano.

Sab volvió a arrojarse a los pies de su amo, cuya mano cubrió de besos y

lágrimas. Carlota se colgó de su cuello besando también la frente y los

cabellos del buen papá, y su vestido rozando en aquel momento con el

rostro del mulato fué asido tímidamente, y también recibió un beso y una

lágrima. ¿Y quién no lloraría con tan tierna escena? ¡Teresa, únicamente

Teresa! Aquella criatura singular se había alejado fríamente del cuadro

patético que se presentaba a sus miradas, y parecía entonces ocupada en

examinar de cerca la figura deforme del pobre niño. Enrique, menos frío

que ella, miraba conmovido ora a don Carlos, ora a su querida, y luego

dando un golpecito en el hombro de Sab, que aun permanecía

arrodillado:--Levántate, buen muchacho,--le dijo,--levántate que has

procedido bien y quiero yo también recompensarte. Diciendo esto puso en

su mano una moneda de oro, pero la mano se quedó abierta y la moneda

cayó en tierra.

--Sab,--dijo Carlota con tierno acento,--Enrique quiere sin duda que des

esa moneda, en nombre suyo, al pequeño Luis.

El mulato levantó entonces la moneda y la llevó al niño que la tomó con

alegría. Teresa estaba sentada en la misma tarima de Luis, y Sab creyó

al mirarla que tenía los ojos humedecidos; pero sin duda era una ilusión

porque el rostro de Teresa no revelaba ninguna especie de emoción.

Martina quiso dar las gracias al señor de B.... por su caritativa

promesa, pero éste, que deseaba cortar una conversación que le había

causado ya demasiado enternecimiento, mandó traer la comida, rogando a

Martina no se ocupase por entonces sino en hacer dignamente los honores

de la casa. Servida la comida, el señor de B.... quiso absolutamente que

se sentasen con ellos no solamente Martina sino también Sab. La vieja

india, que pasado el primer momento del entusiasmo de su gratitud había

recobrado su aire ridículamente majestuoso, y tal cual ella creía

convenir a la descendiente de un cacique, ocupó sin hacerse de rogar una

cabecera de la mesa, y Sab se vió precisado por su amo a colocarse en un

frente, en medio a la mayor de sus niñas y de Teresa. Martina aprovechó

la ocasión que le dieron algunas preguntas de Carlota para repetir los

maravillosos cuentos que ya mil veces había contado, de la muerte de

Camagüey y las apariciones de su alma en aquellos alrededores. Las niñas

la escuchaban abriendo sus grandes ojos con muestras de vivo interés y

admiración, sin cuidarse ya de comer. Enrique no parecía tampoco con

gran apetito y se notaba en su aire cierto descontento, acaso por un

pueril sentimiento de vanidad, que le hacía no aprobar la excesiva

bondad de don Carlos, en sentar a su mesa a un mulato que quince días

antes aun era su esclavo. Ninguna vanidad tan ridículamente, susceptible

como la de aquellos hombres de la nada que se ven repentinamente, por un

capricho de la suerte, elevados a la fortuna.

Carlota, por el contrario, estaba radiante de placer y agradecía a su

padre la ligera distinción que concedía al libertador de Luis y

bienhechor de Martina. Ella era siempre la que se adelantaba a ofrecer

al confuso mulato, ya de este ya de aquel plato; ella la que le dirigía

la palabra con acento más dulce y afectuoso, y la que, con exquisita

delicadeza, evitaba que en la conversación general se escapase una sola

palabra que pudiese herir la sensibilidad o la modestia de aquel

excelente joven, cuyo corazón merecía tantos miramientos; hizo ella

misma el plato destinado a Luis, y no olvidó tampoco a Leal. Mirábala de

rato en rato Martina, aunque no cesase de relatar sus sempiternos

cuentos, y luego miraba también a Sab. Una vez después de estas miradas

suspiró profundamente y sus ojos se cargaron de lágrimas: era

precisamente cuando refería la triste historia del cacique Camagüey, y

nadie extrañó su conmoción.

Era necesario regresar a la estancia de don Carlos, pues se iba

haciendo tarde; al despedirse de Martina dejóle éste su bolsillo lleno

de dinero, y la vieja lo colmó de bendiciones. Enrique le dió cariñosos

adioses, y Carlota la abrazó con las lágrimas en los ojos, e igualmente

al pequeño Luis; luego acarició a Leal recomendándoselo al niño y salió

a juntarse con el resto de la compañía, que la aguardaba para partir.

La despedida de Sab fué más larga: tres veces le abrazó Martina y otras

tantas tornó a abrazarle con mayor afecto. Luego Luis, colgado de su

cuello, parecía reanimado por el cariño que su hermano adoptivo le

inspiraba. Sab iba por último a arrancarse de sus brazos, dándole con

paternal afecto el último beso, cuando el niño, reteniéndole con extraña

tenacidad,--escucha,--le dijo,--tengo que pedirte una cosa, una cosa muy

bonita que me han dado para ti; pero que tú, que eres tan bueno, querrás

dejarme. El mulato oyó la voz de su amo que le llamaba para partir, y

apartándose de Luis,--Sí,--le contestó, sin atender al objeto que

excitaba los deseos del niño y éste apretaba en su mano derecha, cerrada

con fuerza:--sí, yo te la regalo.

--Ya lo sabía yo,--exclamó con pueril regocijo el enfermo.--¡Ah! qué

bueno eres: ya lo sabía yo desde que me dió este regalo aquella señora,

que lloraba al dármelo para ti; pero tú no lloras porque se lo das a tu

hermano; tú eres mejor que ella.

--¡Cómo! ¿Una señora te dió ese regalo para mí?--exclamó el mulato

volviendo a arrodillarse sobre la tarima de Luis.

--Sí, una de esas que han estado hoy en casa, y me dijo que tú le

amarías mucho: ¡ya la creo! ¡es tan bonito! pero tú amas más a tu

hermano y por eso se lo has dado,--y el niño acariciaba la cabeza de

Sab, pero éste no atendía ya a sus halagos.

--¡Una de estas señoras te lo ha dado! ¡Para mí! ¡Oh! ¡dámelo,

dámelo!--y arrancó de la mano del niño, que defendía su tesoro con todas

sus fuerzas, aquel objeto que excitaba ya su más ardiente anhelo.

--¡No me lo quites; tú me lo has dado! ¡es mío, es mío!--gritaba

llorando Luis, y Sab precipitándose junto a la mesa, donde ardía una

bugía, devoraba con los ojos aquel presente misterioso. Era un brazalete

de cabellos castaños de singular hermosura, y el broche lo formaba, un

pequeño retrato en miniatura.

--¡Es mío! ¡Dámelo!--repetía el niño tendiendo sus descarnados brazos y

sus manitas transparentes.

--¡Es ella!--exclamaba sin oirlo el mulato.--¡Es su retrato! ¡Su pelo!

¡Dios mío, es ella!

Volvió a caer de rodillas junto a la tarima del enfermo y enajenado,

convulso, fuera de sí, apretaba el brazalete y al niño sobre su pecho,

gritando siempre:--¡Es ella! ¡Es ella!--El niño casi sofocado entre sus

brazos procuraba desasirse sin dejar de repetir:--¡Es mío! ¡Es mío!

--En nombre del cielo,--le dice Sab,--en nombre del cielo repíteme lo

que me has dicho. Luis, dímelo otra vez, dime que fué ella quien te ha

dado esto para mí.

--Sí, pero tú me lo has regalado,--decía la pobre criatura.

--¡Oh! yo te daré mi vida, mi alma, todo lo que quieras, Luis, pero

dímelo: ¿fué ella? Y oprimía entre las suyas las delicadas manos del

niño.

--¡Me haces mal!--gritó amedrentado de los arrebatos de su hermano

adoptivo:--¡Sab, déjame! No te pediré! No te pediré más esa cosa tan

bonita. ¡Suéltame! Ay! Me rompes las manos.--Lloraba el niño y Sab era

insensible a su llanto.

--¡Fué ella! ¡Fué ella!--repetía cada vez más enajenado.

--Sí, ella,--respondió balbuceando Luis,--esa señora, la más chica de

las dos grandes, esa de los ojos verdes, y....

--¡Oh! ¡Teresa! ¡Teresa!--le interrumpió tristemente Sab, soltando las

manos del niño:--¡Teresa ha sido!

--Mira, me le dió envuelto en este papelito y yo le saqué para mirarle.

Toma el papel, y dame eso, dámelo querido Sab, tú me lo ofreciste.

Sab tomó el papel en el cual escritas con lápiz leyó estas palabras:

«Luis ofrece al que ha salvado dos veces la vida de Enrique Otway esta

prenda, en compensación de los beneficios que le debe.»

--¡Teresa! ¡Teresa!--exclamó Sab;--tú has penetrado, pues, en este

corazón, tú conoces todos sus secretos, tú sabes cuánto aborrezco esa

vida que he salvado dos veces y comprendes todo el precio de mi

generosidad. ¡Oh Teresa! Este presente tuyo es lo más precioso que

podías darme; pero acaso pueda yo pagarte muy en breve: sí, lo haré, lo

haré y te bendeciré mientras palpite este corazón, del cual no se

apartará jamás el inestimable tesoro que me has creído digno de poseer.

La voz del señor de B...., impaciente ya con la tardanza del mulato, se

oyó en aquel momento, llamándole para partir. Sab ocultó en su pecho el

precioso brazalete y arrancándose de los brazos del niño, que aun le

repetía:--¡Dámelo!,--lanzóse fuera de la sala. Encontróse a Martina que

entraba a buscarle; todos los viajeros estaban ya a caballo y sólo por

él se aguardaba.

Sab, todo turbado, murmuró una excusa insignificante y tomando su jaco

se adelantó a paso largo sirviendo de guía a los viajeros.

Sab (novela original) · 第 18 / 30 题