¿Cuál es vuestro designio? ¿Qué
significa ese lenguaje misterioso?
SHAKESPEARE.
Macbeth.
En efecto, aquel brazalete tejido con cabellos de la hermosa hija de don
Carlos, y cuyo broche era retrato de ésta, fué regalado a Teresa por su
amiga hacía algunos años y desde entonces pocas veces dejaba de
llevarlo, pues si su carácter, seco y huraño, la hacía poco afectuosa
con Carlota, su corazón, noble y agradecido, sabía apreciar dignamente
la preciosa prenda de una amistad tan sincera como aquella que debía a
su interesante compañera.
Sab, poseedor de tan inestimable joya, apretábala a su seno mil y mil
veces, bendecía a Teresa y buscaba sus miradas deseoso de que leyera en
las suyas la inmensa gratitud de su corazón. Pero eran vanos sus
esfuerzos. Durante el camino Teresa, sepultada en el fondo del carruaje,
no levantó los ojos de un libro que al parecer leía, y llegaron de noche
a la estancia sin que Sab hubiese podido dirigirla ni una mirada de
agradecimiento.
Inútilmente buscó después proporción de hablarla un momento. Teresa lo
evitó con tanto cuidado que le fué imposible conseguirlo.
Dos días más pasaron en Cubitas nuestros viajeros, empleados por don
Carlos en hacer conocer a su futuro yerno todas las tierras que le
pertenecían, y en mostrar a las señoritas otras curiosidades naturales
del país. Entre ellas el río Máximo, llamado de los Cangilones, cuyas
límpidas aguas corren mansamente por medio de dos simétricas paredes de
hermosas piedras, y en cuyas márgenes pintorescas florecen las
clavellinas, y una infinidad de plantas raras y preciosas. Sab les hizo
ver también los Paredones, cerros elevados y pedregosos por medio de los
cuales se extiende un camino de doce o catorce varas de ancho. El
viajero que transita por dicho camino no puede levantar la vista hacia
la altura sin sentir vértigos y cierto espanto, al aspecto imponente de
aquellas grandes moles, paralelas y de admirable igualdad, que no ha
levantado ninguna mano mortal.
Carlota hubiera deseado aguardar en Cubitas la vuelta de su amante, que
se veía obligado a ir por algunos días a Guanaja; pero el señor de B....
había determinado de antemano regresar a Bellavista el mismo día que
Otway partiese a Guanaja. Estaba impaciente el buen caballero por enviar
a Sab a Puerto Príncipe y acercarse él mismo a aquella ciudad, a fin de
tener más presto las noticias que deseaba. En el último correo de la
Habana no había tenido carta de su hijo ni de sus preceptores. Sab, que
había ido a la ciudad, como sabe el lector, llevando entre otros el
encargo de sacar las cartas del Correo, había declarado al llegar (el
día en que partieron para Cubitas), que no había carta ninguna para el
señor de B.... Extraño era este silencio de su hijo que no dejaba de
escribirle un solo correo, y extraño también que su corresponsal de
negocios no le mandase, como acostumbraba, los periódicos de la Habana,
mayormente cuando debían contener la noticia del sorteo de la gran
lotería; que ya sabía don Carlos por Enrique haber caído el premio mayor
en Puerto Príncipe. Deseaba, pues, con toda la impaciencia de que era
susceptible su carácter, tener noticias de su hijo, cuyo silencio le
inquietaba, y saber cuál era el número premiado. Aunque, como ya hemos
dicho, no era don Carlos codicioso, ni diese demasiada importancia a las
riquezas, no dejaba de conocer con dolor cuánto las suyas estaban
desmembradas, y cuán bello golpe de fortuna sería, para él sacar 40,000
duros a la lotería. Por tanto, al saber que este premio cayera en Puerto
Príncipe, latió su corazón de esperanza y acordándose que tenía dos
billetes, y Teresa y Carlota cada una otro;--¿Quién sabe,--dijo,--si uno
de estos cuatro billetes será el premiado? ¡Oh! ¡Si fuese el de Carlota!
¡Qué felicidad!--Pero, no,--añadió prontamente el generoso
caballero;--más bien deseo que sea el de Teresa; ella lo necesita más.
¡Pobre huérfana, que no ha heredado más que un mezquino patrimonio!
Carlota será sin la lotería bastante rica, mayormente casándose con
Enrique Otway.
Enrique partió para Guanaja pasados tres días en Cubitas y la familia de
B.... para Bellavista, después de dejar instalada a Martina en su nuevo
domicilio, colmándola de regalos y recibiendo en cambio sus bendiciones.
¡Cómo pierden su hermosura los objetos mirados por los ojos de la
tristeza! Carlota al restituirse a Bellavista miraba con indiferencia
aquellos mismos campos, fértiles y hermosos, que tan grata impresión le
causaran tres días antes, admirándolos con Enrique.
Iba a estar ocho días separada de aquel objeto de toda su ternura, y su
tristeza era tanto mayor cuanto que una vaga inquietud, un indefinible
temor atormentaban por primera vez su imaginación.
En los tres días pasados en Cubitas habíale parecido su amante
frecuentemente triste y caviloso, y sus adioses fueron fríos. Cuando
Carlota le hablaba de su próxima unión, Enrique callaba o contestaba con
cierta confusión; cuando Carlota le reprochaba su displicencia, Enrique
se disculpaba con pueriles pretextos. Una desconfianza indeterminada,
pero cruel, oprimió por primera vez aquel cándido y confiado
corazón.--No me ama tanto como yo le amo, se atrevió Carlota a
confesarse a sí misma; alguna cosa le aflige que no se atreve a
confiarme.
¡Enrique tiene secretos para mí! ¡Para mí que le he entregado mi alma
toda entera! ¡Para mí que seré en breve su esposa!
Trataba en vano de adivinar la causa secreta de las cavilaciones de
Enrique, y preguntábasela a su propio corazón. ¡Ah! ¿Cómo había de
responderle aquel noble y desinteresado corazón? Carlota oyó decir a su
padre que Otway se había sorprendido al saber el poco valor y escasos
productos de las tierras que poseía en Cubitas; pero, ¿podía ella
sospechar remotamente que aquel descubrimiento influyese en la tristeza
y frialdad de su amante?... Si un desgraciado instinto se lo hubiese
revelado, Carlota no hubiera podido amar ya, pero acaso tampoco hubiera
podido vivir.
Melancólica y preocupada, llegó al anochecer a aquel ingenio del cual
saliera tres días antes con tan risueñas disposiciones, y sabiendo que
Sab debía partir al día siguiente para la ciudad pretextó tener que
escribir varias cartas a algunas de sus conocidas y se encerró en su
cuarto, para entregarse toda a su tristeza e inquietud; don Carlos
siguió su ejemplo retirándose a su escritorio, con el verdadero objeto
de escribir muchas cartas que debía Sab llevar al Correo, y las niñas,
fatigadas, no tardaron en dormirse. Así únicamente Teresa permanecía en
la sala al cuarto de hora de llegar al ingenio. Todos, al parecer, la
habían olvidado y hallóse sola enteramente. Levantóse entonces de la
butaca en que se había sentado, y acercándose con cautela a la puerta
del cuarto que servía de dormitorio a las dos, y en el cual se hallaba
entonces encerrada Carlota, aplicó el oído a la cerraja y escuchó
atentamente por espacio de algunos minutos. Luego volvióse muy despacio
a su silla.--¡No hay duda!--dijo en voz baja:--¡He oído sus sollozos!
¡Carlota! ¿Qué puede afligirte? ¡Eres tan dichosa! ¡Todos te aman!
¡Todos desean tu amor!... ¡Deja lágrimas para la pobre huérfana sin
riquezas, sin hermosura, a la que nadie pide amor, ni ofrece felicidad!
Inclinó lánguidamente la cabeza, y quedó sumida en tan larga y profunda
meditación, que durante más de dos horas no hizo el menor movimiento, ni
apenas podría percibirse que respiraba. La vela de sebo, que ardía a su
lado sobre una mesa, habíase gastado sin que ella lo advirtiese y estaba
ya próxima a extinguirse. Por fin, volviendo progresivamente de aquella
especie de letargo, exhaló primero un hondo suspiro; levantó luego con
lentitud la cabeza y echó una ojeada al reloj de mesa que estaba junto a
ella. ¡Las diez!--exclamó:--¡las diez! ¡Hace pues dos horas que estoy
aquí sola!--Miró luego la puerta del cuarto en que se hallaba Carlota, y
que permanecía cerrada todavía, y por último fijó los ojos en la vela
expirante, que ya apenas iluminaba débilmente los objetos, si bien
arrojaba por intervalos ráfagas de vivísima luz.--Así un corazón gastado
por los pesares,--dijo tristemente,--arroja aún de tiempo en tiempo
destellos de entusiasmo, antes de apagarse para siempre: así mi pobre
corazón cansado de amargura, despedazado de dolores, vierte todavía
sobre mis últimos años de juventud el resplandor siniestro de una llama
criminal y terrible!
La luz arrojó en aquel momento una ráfaga más viva que las anteriores;
pero fué la última: Teresa quedó en profunda oscuridad, y oyóse entonces
su voz proferir con acento más triste:
--Así te extinguirás, desgraciado fuego de mi corazón, así te
extinguirás también por falta de pábulo y de esperanza.
--¡No, Teresa! ¡Aún hay para vuestro amor una esperanza! Aún podéis
ser dichosa,--respondió otra voz no menos sombría, que Teresa
escuchó casi en su mismo oído. Lanzó ella un ligero grito, que al
parecer fué sofocado por una mano colocada oportunamente sobre su
boca.--¡Silencio!--repitió la misma voz,--silencio si no queréis
perdernos a ambos. Teresa, yo os debo mucho y acaso puedo pagaros; vos
habéis adivinado mi secreto y yo en cambio poseo el vuestro. Es preciso
que haya una explicación entre nosotros: es preciso que me oigáis. ¿Lo
entendéis, Teresa? Esta noche, cuando el reloj que hace un momento
mirabais, haya sonado las doce, os aguardo en las orillas del río a
espaldas de los cañaverales del Sur. Mañana debo partir y es forzoso
que me oigáis antes, porque esta conferencia, yo os lo juro, decidirá
de mi suerte y la vuestra. ¡Acaso también de la suerte de otros! ¿Juráis
acudir a la cita, que os pido en nombre de todo lo que más amáis?
--Sab,--respondió Teresa con voz trémula y asustada:--¿qué quieres
decir? soy una desgraciada a quien debes compadecer.
--Y a la que quiero y puedo hacer dichosa,--repuso con vivacidad su
interlocutor.--¡Yo os lo suplico por la memoria de vuestra madre,
Teresa! dignaos otorgarme lo que os pido. Mi vida, la vuestra acaso
depende de esta condescendencia.
--¡A las doce! ¡Sola! ¡Tan distante!--observó en voz baja la doncella.
--¡Y qué! ¿Tendréis miedo del pobre mulato, a quien creisteis digno de
recibir de vos el retrato de Carlota? ¿Me tendréis miedo, Teresa?
--No,--respondió ella con voz más segura:--¡Sab! yo te lo prometo,
acudiré a la cita.
--¡Bendita seas mujer! ¡Y bien! a las doce, a orillas del río, a
espaldas de los cañaverales del Sur.
--Allí me hallarás.
--¿Lo juras, Teresa?
--¡Lo juro!
A este diálogo habido en las tinieblas sucedió en la sala un silencio
profundo, y cuando tres minutos después salió don Carlos de su
escritorio llamando a Sab, para entregarle las cartas que debía llevar a
la ciudad, encontró a Teresa en la misma butaca en la que la había visto
al dejar la sala y al parecer profundamente dormida. A las voces del
señor de B...., y al ruido de la puerta del cuarto de Carlota, que se
abrió casi al mismo tiempo, despertó de su sueño, y oyó esperezándose la
dulce voz de su amiga que la decía abrazándola.
--Teresa mía, perdona el que te haya dejado sola por tanto tiempo.!Tenía
tanto que escribir!--Y al momento, como si se arrepintiese de ser poco
sincera con su amiga, añadió más bajo:--¡Tenía tanta necesidad de estar
sola!
Teresa, sin prestar atención a esta excusa, miró alrededor de sí, como
si después de un tan largo sueño apenas recordase el sitio en que se
hallaba.--¿Qué hora es?--preguntó seguidamente.
--Mira el reloj,--respondió Carlota,--son las diez dadas y creo justo
nos recojamos, tanto más cuanto parece estás muy dispuesta a volver a
dormirte. Pero he aquí a Sab que recibe órdenes y cartas; mañana al
amanecer marcha a la ciudad; voy a darle dos cartas que he escrito para
nuestras amigas. ¿No tienes tú nada que encargar a Puerto Príncipe?
--Nada,--contestó Teresa, levantándose y dirigiéndose hacia el
dormitorio, al cual la siguió Carlota después de poner en manos del
mulato sus dos cartas, y de recibir un beso y una bendición de su padre.
--Te habrás fastidiado mucho, mi buena Teresa,--dijo cariñosamente a su
compañera, después de cerrar la puerta y mientras se desnudaba para
acostarse:--¡tan sola como estabas! ¿Qué has hecho?
--Dormir, ya lo has visto,--respondió Teresa, que ya estaba en la cama y
al parecer muy próxima a volver a dormirse.
--He sentido mucho dejarte sola,--repuso Carlota;--pero mira: ¡tenía
tanta necesidad de soledad y silencio! ¡Estaba tan triste! ¡Tan agitada!
--Estabas triste, ¿qué tenías, pues?--dijo Teresa incorporándose un poco
en la almohada.
--Tenía... ¿qué sé yo? ¡Una opresión del corazón!... Necesitaba llorar,
lloré mucho y ya me siento aliviada.
--¿Has llorado?--repitió Teresa alargándola una mano, con más ternura en
su voz y en sus miradas que la que Carlota estaba acostumbrada a ver en
ella. Conmovida en aquel momento, a vista de este inesperado interés,
arrojóse la pobre niña en los brazos de su amiga y renovó su llanto.
Poco tuvo que insistir Teresa para arrancarla una entera confesión de
los motivos de su tristeza. No acostumbrada al dolor, pero dotada de un
alma capaz de recibirlo en toda su plenitud, Carlota había padecido
tanto aquella noche con sus cavilaciones e inquietudes, que sentía una
necesidad de pedir consuelo y compasión. Por otra parte, aunque Teresa
con su sequedad genial recibiese sus confianzas por lo común con
muestras de poco interés, Carlota había adquirido el hábito de
hacérselas, y reprochábala su corazón, como una falta, la reserva que en
aquella ocasión había tenido con su amiga. Así pues, abrazada de su
cuello y llenos los ojos de lágrimas, refirióle con candor y exactitud
todas las quejas que formaba de Enrique. Teresa la escuchaba con
atención, y luego que hubo concluído:
--¡Pobre Carlota!--la dijo:--¡Cómo te forjas tú misma motivos de
inquietud!
--¡Pues qué!--exclamó con ansiedad de temor y de esperanza,--¿piensas tú
que soy injusta?
--Lo eres indudablemente,--repuso Teresa.
--¿Piensas que me ama lo mismo que antes?
--Y ¿por qué no te amaría más cada día, querida Carlota? ¡Eres tan
buena, tan hermosa!
--¿Me adulas, Teresa?--preguntó Carlota, que a las primeras palabras de
su amiga había levantado su linda cabeza, enjugando sus lágrimas y
conteniendo sus sollozos, para oirla mejor.
--No ciertamente, eres amada y mereces serlo. ¿Por qué interpretas en tu
daño lo que puede ser, y es indudablemente, efecto de ese mismo amor del
cual dudas? ¿Es acaso extraño que Enrique esté triste y de mal humor,
cuando, acostumbrado a verte diariamente por espacio de tres meses, y
con la esperanza de verte en breve sin cesar, se halla sin embargo al
presente forzado por enojosos asuntos de comercio a dejarte con
frecuencia y a pasar semanas enteras lejos de ti? Esa frialdad de que te
quejas es una aprensión tuya, y además, ¿quieres que un hombre abrumado
de negocios esté tan entregado como tú a su ternura? ¿Quieres que no
haga otra cosa que suspirar de amor a tus pies? ¡Oh! eres injusta, no lo
dudes Carlota: Enrique no merece las sospechas de tu suspicaz ternura.
Escuchaba estas palabras Carlota con inexpresable alegría. Es tan fácil
persuadirnos de aquello que deseamos, y tan dulce esta persuasión, que
la apasionada joven no necesitó más que aquellas pocas palabras de
Teresa, para disipar todas sus inquietudes; y si aun no se mostró
convencida fué por el placer de que su amiga le repitiese que era
injusta y que Enrique la amaba. ¡Cuánto bien hacían a su corazón
aquellas palabras! ¡Cómo se aplaudía de haber confiado a Teresa sus
penas, reconviniéndose de no haberlo hecho antes! Teresa la parecía
aquella noche adorable, elocuente, sublime. Persuadíase con placer que
era mil veces más justa, más sensata que ella, y lloró entonces haber
ofendido a su amante con infundados recelos.
--He sido ciertamente muy injusta,--dijo entre sonrisas y
lágrimas;--pero merezco perdón. ¡Le amo tánto! Una palabra, una mirada
de Enrique es para mi corazón la vida o la muerte, la felicidad o la
desesperación. Tú no comprendes esto, Teresa, porque nunca has amado.
Teresa se sonrió tristemente.
--Estás tan poco acostumbrada a padecer,--la dijo después,--que el menor
contratiempo, hallando indefenso tu corazón, se posesiona y le oprime.
¡Oh Carlota! aun cuando la desgracia que sin razón has temido llegase a
realizarse, ¿deberías abandonarte así cobardemente al dolor? Si Enrique
fuese mudable, pérfido, ¿no tendrías bastante orgullo y fortaleza para
despreciarle, juzgando poco digna de tus lágrimas la pérdida de un
corazón inconstante?
Carlota desenlazó sus brazos de los de Teresa con un movimiento
convulsivo, y pintóse en sus ojos un triste sobresalto.
--¡Qué! ¿Intentas acaso prepararme? ¿Me has engañado al asegurarme que
me amaba? ¿Has conocido tú también su mudanza? ¿La sabes? dímelo ¡oh! en
nombre del cielo, dímelo, cruel!
--No, pobre niña,--exclamó Teresa,--¡no! no he conocido otra cosa sino
que serás desgraciada, no obstante tu hermosura y tus gracias, no
obstante el amor de tu esposo y de cuantos te conocen. Serás desgraciada
si no moderas esa sensibilidad pronta siempre a alarmarse.
--Sí,--respondió Carlota, con un hondo suspiro, mientras se sentaba
tristemente y con aire pensativo sobre su cama:--Sí, seré desgraciada;
no sé qué voz secreta me lo dice sin cesar; pero al menos la desgracia
contra la cual quieres prepararme, no será la que yo llore más largo
tiempo. Si Enrique fuese pérfido, ingrato...., entonces todo habría
concluído....; yo no sería ya desgraciada. No son los más temibles
aquellos males a los que hay la certeza de no poder sobrevivir.
Concluyendo estas palabras dejóse caer con abatimiento sobre la
almohada, y Teresa fijó los ojos en ella con profunda emoción.
Miraba con cierta sorpresa, y con la más tierna piedad, impreso
el dolor en aquella frente tan joven y tan pura, en la que ni el
tiempo ni las pasiones habían grabado hasta entonces su dolorosa
huella, y reconveníase por haber turbado un momento su deliciosa
serenidad.--Desgracia para aquellos, decía interiormente, que derraman
la primera gota de hiel en un alma dichosa. ¿Quiénes son los que,
surcado el rostro por las arrugas, que les han impreso los años o los
dolores, se acercan atrevidos a la juventud confiada y feliz, para
arrebatarle sus ilusiones inocentes y brillantes? Seres fríos y duros,
almas sin compasión que pretenden hacer un bien cuando anticipan el
momento fatal del desengaño: cuando ofrecen una triste realidad al que
despojan de sus dulces quimeras. Hombres crueles, que hielan la sonrisa
en los labios inocentes, que rasgan el velo brillante que cubre a los
ojos inexpertos, y que al decir: esta es la verdad, destruyen en un
momento la felicidad de toda una existencia.
¡Oh vosotros, los que ya lo habéis visto todo, los que todo lo habéis
comprendido y juzgado, vosotros los que ya conocéis la vida y os
adelantáis a su último término, guiados por la desconfianza! Respetad
esas frentes puras, en las que el desengaño no ha estampado su sello;
respetad esas almas ricas de esperanzas y poderosas por su juventud....;
dejadles sus errores...., menos mal les harán que esa fatal previsión
que queréis darles.
Teresa, haciendo estas reflexiones, se había inclinado hacia su prima y
la apretaba en sus brazos con no usada ternura. Carlota recibía sus
caricias sin devolverlas--tan preocupada estaba--hasta que Teresa
renovando la conversación procuró tranquilizarla repitiéndola, con
acento de convicción, que Enrique la amaba, que la amaría siempre y que
le ultrajaba en dudar un momento de su sinceridad y constancia.
Luego que la vió menos agitada, rogóla procurase dormir y ella misma
aparentó necesidad de reposo. Imposible fué sin embargo a Carlota
dormirse en algún tiempo; bien que sosegada de sus temores, sentíase
sobradamente conmovida, y ya Teresa dormía al parecer profundamente,
hacía más de media hora, cuando ella aun daba vueltas en su cama sin
poder sosegar. Por fin, después de esta agitación, el deseado sueño
descendió a sus ojos, y Carlota se quedó dormida al mismo tiempo que el
reloj sonaba distintamente las doce.