CAPITULO IX

¿Do fué la raza candorosa y pura

que las Antillas habitó?--La hiere

del vencedor el hierro furibundo,

tiembla, gime, perece,

y como niebla al sol desaparece.

HEREDIA.

Un viaje es a la infancia origen del más inquieto placer y de la más

exaltada alegría. El movimiento y la variedad son necesidades imperiosas

en aquella edad en la que libre todavía el alma de pasiones agitadoras,

pero sintiendo el desarrollo de su actividad naciente sin un objeto en

que emplearla, lánzale, por decirlo así, a lo exterior; buscando en la

novedad y en el bullicio un desahogo a la febril vivacidad que le agita.

Las cuatro hermosas niñas, hermanas de Carlota, apenas apareció Sab con

los carruajes y caballerías dispuestos para la partida, lo rodearon

haciéndole mil caricias con las que manifestaban su regocijo. El mulato

correspondía a sus infantiles halagos con melancólica sonrisa.

--Así,--pensaba él,--así saltaba a mi cuello Carlota hace diez años

cuando me veía después de una corta ausencia. Así sus labios de rosa

estampaban alguna vez en mi frente un beso fraternal, y su lindo rostro

de alabastro se inclinaba sobre mi rostro moreno; como la blanca

cavellina que se dobla sobre la parda peña del arroyo.

Y abrazaba Sab a las niñas, y una lágrima, deslizándose lentamente por

su mejilla, cayó sobre la cabeza de ángel de la más joven y más linda de

las cuatro hermanas.

Carlota se presentó en aquel momento. Un traje de montar, a la inglesa,

daba cierta majestad a su airoso talle, y se escapaban del sombrerillo

de castor que cubría su cabeza algunos rizos ligeros, que sombreaban su

rostro, embellecido con la expresión de una apacible alegría. Subió al

semblante de Sab un fuego que secó en su mejilla la huella reciente de

su llanto, y presentó temblando a Carlota el hermoso caballo blanco

dispuesto para ella.

Todos los viajeros se reunieron en torno de la linda criolla, y Sab les

manifestó entonces su plan de marcha. Iba,--dijo,--a conducirlos a

Cubitas, no por el camino real, sino por una senda poco conocida, que

aunque algo más dilatada, les ofrecería puntos de vista más agradables.

Aprobada por unanimidad la proposición, sólo se trató de partir.

Había dos volantes (nombre que se daba a la especie de carruajes más

usados en Cuba en aquella época), y el señor de B... ocupó una de ellas

con las dos niñas mayores, tomando la otra Teresa con las más pequeñas.

Carlota, Enrique y Sab montaron a caballo. Así partió la caravana entre

los alegres gritos de las niñas y el relincho de los caballos.

Sin reglas de equitación, las damas principeñas son generalmente

admirables jinetes; pero Carlota sobresalía entre todas por la gracia y

nobleza de su aire cuando montaba. Galopaba aquella tarde junto a su

amante con notable seguridad y elegancia, y la brisa naciente, hinchando

y batiendo alternativamente el blanco velo que pendía del sombrero en

torno de su esbelto talle, presentábala como una de aquellas sílfides

misteriosas, hijas del aire y soberanas de la tierra.

Eran hermosos los campos que atravesaban. Enrique se acercó al estribo

del carruaje en que iba don Carlos y entabló conversación con éste

respecto a la prodigiosa fertilidad de aquella tierra privilegiada, y el

grado de utilidad que podía sacarse de ella. Sab seguía de cerca a

Carlota y contemplaba alternativamente al campo y a la doncella, como si

los comparase; había en efecto cierta armonía entre aquella naturaleza y

aquella mujer, ambas tan jóvenes y tan hermosas.

En tanto costaba esfuerzos a Teresa contener a sus dos tiernas

compañeras. Una campanilla[17], un pájaro que revolotease sobre ella,

cualquier objeto excitaba sus infantiles deseos y querían bajar del

carruaje para posesionarse de él.

La noche se acercaba mientras tanto, y sus pardas sombras robaban

progresivamente a los viajeros los paisajes campestres que les rodeaban.

La rica vegetación no ofrecía ya sus variadas tintas de verdura, y las

colinas lejanas presentábanse a la vista como grandes masas de sombras.

A medida que se aproximaban a Cubitas, el aspecto de la naturaleza era

más sombrío; bien pronto desapareció casi del todo la vigorosa y variada

vegetación de la tierra prieta, y la roja no ofreció más que

esparramados yuraguanos[18], y algún ingrato jagüey[19] que parecían en

la noche figuras caprichosas de un mundo fantástico. El cielo empero era

más hermoso en estos lugares: tachonábase por grados de innumerables

estrellas, y cual otro ejército de estrellas errantes, poblábase el aire

de fúlgidos cocuyos, admirables luciérnagas de los climas

tropicales.[20]

Carlota detuvo de repente su caballo e hizo observar el mulato una luz

vacilante y pálida que oscilaba a lo lejos en lo más alto de una

empinada loma.

--¿Está allí Cubitas?--preguntó.--¿Será esa luz, que a distancia parece

tan pequeña, algún fanal que se coloque en esa altura para que sirva de

dirección a los viajeros?

Antes que Sab hubiese podido contestar, el señor de B... cuyo carruaje

emparejaba ya con el caballo de Carlota, dejó oir una estrepitosa

carcajada, mas Enrique, que no había andado nunca de noche aquel camino,

participaba de la admiración y curiosidad de su amada y preguntó como

ella el origen de aquella luz singular. Pero la luz desapareció en el

mismo instante y la vista no pudo ya distinguir sino la gran masa de

aquella eminencia, que como un gigante del aire proyectaba su enorme

sombra en el lejano horizonte.

--Parece,--dijo riendo don Carlos,--que os deja mohinos la ausencia de

la linda lucecita, pero esperad... voy a evocar el genio de estos campos

y volverá a lucir el misterioso fanal.

Apenas había concluído estas palabras, la luz apareció con un resplandor

más vivo, y Enrique y las dos señoritas manifestaron una sorpresa igual

a la de las niñas. El señor de B..., testigo ya muchas veces de este

fenómeno[21], se divertía con la admiración de sus jóvenes compañeros.

Los naturalistas,--les dijo,--os darían del fenómeno que estáis mirando

una explicación menos divertida que la que os puede dar Sab, que

frecuenta este camino y trata a todos los cubiteros. El sin duda les

habrá oído relaciones muy curiosas respecto a la luz que tanto os ha

llamado la atención.

Las niñas gritaron de alegría regocijadas con la esperanza de oir un

cuento maravilloso, y Enrique y Carlota colocaron sus caballos a los dos

lados del de Sab para oirle mejor. El mulato volvió la cabeza hacia el

carruaje de su amo y le dijo:

--Su merced no habrá olvidado a la vieja Martina, madre de uno de sus

mayorales de Cubitas, que murió dejándola el legado de su mujer y tres

hijos en extrema pobreza. La generosa compasión de su merced la socorrió

entonces por mi mano, hace cuatro años, pues habiéndole informado de la

miserable situación en que se encontraba esta pobre familia, me dió una

bolsa llena de plata con la que fué socorrida.

--Me acuerdo de la vieja Martina,--respondió el caballero,--su difunto

hijo era un excelente sujeto, ella, si mal no recuerdo, tiene sus puntos

de loca: ¿no pretende ser descendiente de la raza india y aparenta un

aire ridículamente majestuoso?

--Sí, señor,--repuso Sab,--y ha logrado inspirar cierta consideración a

los estancieros de Cubitas, ya porque la crean realmente descendiente de

aquella raza desventurada, casi extinguida en esta isla, ya porque su

grande experiencia, sus conocimientos en medicina de los que sacan tanta

utilidad, y el placer que gozan oyéndola referir sus sempiternos cuentos

de vampiros y aparecidos, le den entre estas gentes una importancia

real. A esa vieja, pues, a Martina es a quien he oído, repetidas veces,

referir misteriosamente e interrumpiéndose por momentos con exclamación

de dolor y pronósticos siniestros de venganza divina, la muerte horrible

y bárbara que, según ella, dieron los españoles al cacique Camagüey,

señor de esta provincia; y del cual pretende descender nuestra pobre

Martina. Camagüey, tratado indignamente por los advenedizos, a quienes

acogiera con generosa y franca hospitalidad, fué arrojado de la cumbre

de esa gran loma y su cuerpo despedazado quedó insepulto sobre la tierra

regada con su sangre. Desde entonces, esta tierra tornóse roja en muchas

leguas a la redonda, y el alma del desventurado cacique viene todas las

noches a la loma fatal, en forma de una luz, a anunciar a los

descendientes de sus bárbaros asesinos la venganza del cielo que tarde o

temprano caerá sobre ellos. Arrebatada Martina en ciertos momentos por

este furor de venganza, delira de un modo espantoso y osa pronunciar

terribles vaticinios.

--¿Y cuáles son?--preguntó don Carlos con cierta curiosidad inquieta,

que mostraba haber sospechado ya lo que preguntaba. Sab se turbó algún

tanto, pero dijo al fin con voz baja y trémula:

--En sus momentos de exaltación, señor, he oído gritar a la vieja

india:--La tierra que fué regada con sangre una vez, lo será aún otra;

los descendientes de los opresores serán oprimidos, y los hombres negros

serán los terribles vengadores de los hombres cobrizos.

--Basta, Sab, basta,--interrumpió don Carlos con cierto disgusto; porque

siempre alarmados los cubanos, después del espantoso y reciente ejemplo

de una isla vecina, no oían sin terror en la boca de un hombre del

desgraciado color cualquiera palabra que manifestase el sentimiento de

sus degradados derechos y la posibilidad de reconquistarlos. Pero

Carlota, que había atendido menos a los pronósticos de la vieja que a la

relación lamentable de la muerte del cacique, volvió hacia Enrique sus

bellos ojos llenos de lágrimas.

--Jamás he podido,--dijo,--leer tranquilamente la historia sangrienta de

la conquista de América. ¡Dios mío, cuántos horrores! Paréceme empero

increíble que puedan los hombres llegar a tales extremos de barbarie.

Sin duda se exagera porque la naturaleza humana no puede, es imposible,

ser tan monstruosa.

El mulato la miraba con indescribible expresión. Enrique se burló de sus

lágrimas.

--Eres una niña, querida mía,--la dijo,--¿lloras ahora, por la relación

de una vieja loca, la muerte de un sér que acaso no existió nunca sino

en la imaginación de Martina?

--No; Enrique,--respondió con tristeza la doncella,--no lloro por

Camagüey, que ni sé si existió realmente; lloro sí al recordar una raza

desventurada que habitó la tierra que habitamos, que vió por primera vez

el mismo sol que alumbró nuestra cuna, y que ha desaparecido de esta

tierra de la que fué pacífica poseedora. Aquí vivían felices e inocentes

aquellos hijos de la naturaleza; este suelo virgen no necesitaba ser

regado con el sudor de los esclavos para producirles: ofrecíales por

todas partes sombras y frutos, aguas y flores, y sus entrañas no habían

sido despedazadas para arrancarle con mano avara sus escondidos tesoros.

¡Oh Enrique! lloro no haber nacido entonces y que tú, indio como yo, me

hicieses una cabaña de palmas en donde gozásemos una vida de amor, de

inocencia y de libertad.

Enrique se sonrió del entusiasmo de su querida haciéndola una caricia;

el mulato apartó de ella sus ojos preñados de lágrimas.

--¡Ah! ¡sí! pensó él:--no serías menos hermosa si tuvieras la tez negra

o cobriza. ¿Por qué no lo ha querido el cielo, Carlota? Tú, que

comprendes la vida y la felicidad de los salvajes, ¿por qué no naciste

conmigo en los abrasados desiertos del Africa o en un confín desconocido

de la América?

El señor de B... le arrancó de estos pensamientos dirigiéndole algunas

preguntas respecto a Martina.--¿Vive todavía?--le dijo.

--Sí, señor, vive a pesar de haber experimentado en estos últimos años

dolorosos infortunios.

--¿Qué le ha sucedido, pues?--replicó con interés el caballero.

--Su nuera murió hace tres años, y diez meses después dos de sus

nietecitos. Un incendio consumió su casa, hace un año, y la dejó

reducida a mayor miseria que aquella de que la sacara la bondad de su

merced. Hoy día vive en una pequeña choza, cerca de las cuevas, con el

único nieto que le queda, que es un niño de seis años al cual ama tanto

más cuanto que el pobre chico está enfermo, y no promete una larga vida.

--La veremos,--dijo don Carlos,--y la dejaremos instalada en una de mis

estancias. ¡Pobre mujer! aunque extravagante es muy buena.

--¡Ah! ¡sí.... muy buena!--exclamó con emoción el mulato, y animando con

un grito a su caballo, se adelantó a prevenir la llegada de sus amos al

mayoral de la estancia donde iban a desmontar.

Eran las nueve de la noche cuando los viajeros entraron en Cubitas. La

casa elegida para su domicilio, si bien de mezquina apariencia, era

grande en lo interior, y el mayoral y su mujer procuraron a los recién

llegados todas las comodidades posibles. La cena que se les sirvió fué

parca y frugal, pero la alegría y el apetito la hicieron parecer

deliciosa. Nunca don Carlos había estado tan jovial, ni Carlota tan

risueña ni amable. La misma Teresa parecía menos displicente que de

costumbre, y Enrique estaba encantado.

Cuando llegó la hora de recogerse a descansar,--Amigo mío,--le dijo

Carlota deteniéndose en el umbral del cuartito señalado para su

dormitorio, y al cual él la conducía por la mano:--¡cuán fácilmente

pueden ser dichosos dos amantes tiernos y apasionados! En esta pobre

aldea, en esta miserable casa, con una hamaca por lecho, y un plantío

de yucas por riqueza, yo sería dichosa contigo, y nada vería digno de mi

ambición en lo restante del universo. Y tú ¿pudieras tampoco desear más?

Enrique por única contestación besó con ardor su hermosa mano, y ella

atravesó el umbral sonriéndole con ternura. Dióle las buenas noches y

cerró lentamente la puerta, que tornó a abrir para repetirle:--Buenas

noches,--con una mirada inefable. Por fin la puerta se cerró enteramente

y Enrique, inmóvil y pensativo, quedó un momento como si aguardase que

volviese a abrirse aún otra vez. Luego sacudió la cabeza y murmuró en

voz baja:--¡No hay remedio! esta mujer será capaz de volverme loco y

hacerme creer que no son necesarias las riquezas para ser feliz.

--Señor, aguardo a su merced para conducirle a su dormitorio,--dijo una

voz conocida, a la espalda de Enrique. Volvióse éste y vió a Sab.

--¿Cuál es pues mi cuarto?--preguntó con cierta turbación.

--Ese de la izquierda.

Enrique se entró en él precipitadamente y Sab le siguió hasta la puerta,

a la cual se detuvo dándole las buenas noches.

Una hora después todos dormían en la casa; sólo se veía un bulto inmóvil

junto a la puerta de la habitación de la señorita de B..., pero al menor

ruido que en el silencio de la noche se percibía en la casa, aquel bulto

se movía, se elevaba y salía de él una respiración agitada y fuerte;

entonces podía conocerse que aquel bulto era un hombre.

Una vez, hacia la madrugada, oyóse un ligero rumor acompasado, que

parecía producido por las pisadas cautelosas de alguno que se acercaba.

El bulto se estremeció profundamente y brilló en la oscuridad la hoja de

un ancho machete. Los pasos parecían cada vez más próximos. El bulto

habló en voz baja pero terrible:--¡Miserable! no lograrás tus inicuos

deseos.--Un prolongado ladrido respondió a esta amenaza. Los pasos que

se habían oído eran los de un perro de la casa.

El machete cesó de brillar y el bulto volvió a quedar inmóvil en su

sitio; solamente el perro repitió por dos veces su ladrido, pero como

acercándose más hubo de conocer olfateando a aquel cuya voz le había

alarmado, calló también luego y todo quedó sumergido en profundo

silencio.

Sab (novela original) · 第 17 / 30 题