¿Do fué la raza candorosa y pura
que las Antillas habitó?--La hiere
del vencedor el hierro furibundo,
tiembla, gime, perece,
y como niebla al sol desaparece.
HEREDIA.
Un viaje es a la infancia origen del más inquieto placer y de la más
exaltada alegría. El movimiento y la variedad son necesidades imperiosas
en aquella edad en la que libre todavía el alma de pasiones agitadoras,
pero sintiendo el desarrollo de su actividad naciente sin un objeto en
que emplearla, lánzale, por decirlo así, a lo exterior; buscando en la
novedad y en el bullicio un desahogo a la febril vivacidad que le agita.
Las cuatro hermosas niñas, hermanas de Carlota, apenas apareció Sab con
los carruajes y caballerías dispuestos para la partida, lo rodearon
haciéndole mil caricias con las que manifestaban su regocijo. El mulato
correspondía a sus infantiles halagos con melancólica sonrisa.
--Así,--pensaba él,--así saltaba a mi cuello Carlota hace diez años
cuando me veía después de una corta ausencia. Así sus labios de rosa
estampaban alguna vez en mi frente un beso fraternal, y su lindo rostro
de alabastro se inclinaba sobre mi rostro moreno; como la blanca
cavellina que se dobla sobre la parda peña del arroyo.
Y abrazaba Sab a las niñas, y una lágrima, deslizándose lentamente por
su mejilla, cayó sobre la cabeza de ángel de la más joven y más linda de
las cuatro hermanas.
Carlota se presentó en aquel momento. Un traje de montar, a la inglesa,
daba cierta majestad a su airoso talle, y se escapaban del sombrerillo
de castor que cubría su cabeza algunos rizos ligeros, que sombreaban su
rostro, embellecido con la expresión de una apacible alegría. Subió al
semblante de Sab un fuego que secó en su mejilla la huella reciente de
su llanto, y presentó temblando a Carlota el hermoso caballo blanco
dispuesto para ella.
Todos los viajeros se reunieron en torno de la linda criolla, y Sab les
manifestó entonces su plan de marcha. Iba,--dijo,--a conducirlos a
Cubitas, no por el camino real, sino por una senda poco conocida, que
aunque algo más dilatada, les ofrecería puntos de vista más agradables.
Aprobada por unanimidad la proposición, sólo se trató de partir.
Había dos volantes (nombre que se daba a la especie de carruajes más
usados en Cuba en aquella época), y el señor de B... ocupó una de ellas
con las dos niñas mayores, tomando la otra Teresa con las más pequeñas.
Carlota, Enrique y Sab montaron a caballo. Así partió la caravana entre
los alegres gritos de las niñas y el relincho de los caballos.
Sin reglas de equitación, las damas principeñas son generalmente
admirables jinetes; pero Carlota sobresalía entre todas por la gracia y
nobleza de su aire cuando montaba. Galopaba aquella tarde junto a su
amante con notable seguridad y elegancia, y la brisa naciente, hinchando
y batiendo alternativamente el blanco velo que pendía del sombrero en
torno de su esbelto talle, presentábala como una de aquellas sílfides
misteriosas, hijas del aire y soberanas de la tierra.
Eran hermosos los campos que atravesaban. Enrique se acercó al estribo
del carruaje en que iba don Carlos y entabló conversación con éste
respecto a la prodigiosa fertilidad de aquella tierra privilegiada, y el
grado de utilidad que podía sacarse de ella. Sab seguía de cerca a
Carlota y contemplaba alternativamente al campo y a la doncella, como si
los comparase; había en efecto cierta armonía entre aquella naturaleza y
aquella mujer, ambas tan jóvenes y tan hermosas.
En tanto costaba esfuerzos a Teresa contener a sus dos tiernas
compañeras. Una campanilla[17], un pájaro que revolotease sobre ella,
cualquier objeto excitaba sus infantiles deseos y querían bajar del
carruaje para posesionarse de él.
La noche se acercaba mientras tanto, y sus pardas sombras robaban
progresivamente a los viajeros los paisajes campestres que les rodeaban.
La rica vegetación no ofrecía ya sus variadas tintas de verdura, y las
colinas lejanas presentábanse a la vista como grandes masas de sombras.
A medida que se aproximaban a Cubitas, el aspecto de la naturaleza era
más sombrío; bien pronto desapareció casi del todo la vigorosa y variada
vegetación de la tierra prieta, y la roja no ofreció más que
esparramados yuraguanos[18], y algún ingrato jagüey[19] que parecían en
la noche figuras caprichosas de un mundo fantástico. El cielo empero era
más hermoso en estos lugares: tachonábase por grados de innumerables
estrellas, y cual otro ejército de estrellas errantes, poblábase el aire
de fúlgidos cocuyos, admirables luciérnagas de los climas
tropicales.[20]
Carlota detuvo de repente su caballo e hizo observar el mulato una luz
vacilante y pálida que oscilaba a lo lejos en lo más alto de una
empinada loma.
--¿Está allí Cubitas?--preguntó.--¿Será esa luz, que a distancia parece
tan pequeña, algún fanal que se coloque en esa altura para que sirva de
dirección a los viajeros?
Antes que Sab hubiese podido contestar, el señor de B... cuyo carruaje
emparejaba ya con el caballo de Carlota, dejó oir una estrepitosa
carcajada, mas Enrique, que no había andado nunca de noche aquel camino,
participaba de la admiración y curiosidad de su amada y preguntó como
ella el origen de aquella luz singular. Pero la luz desapareció en el
mismo instante y la vista no pudo ya distinguir sino la gran masa de
aquella eminencia, que como un gigante del aire proyectaba su enorme
sombra en el lejano horizonte.
--Parece,--dijo riendo don Carlos,--que os deja mohinos la ausencia de
la linda lucecita, pero esperad... voy a evocar el genio de estos campos
y volverá a lucir el misterioso fanal.
Apenas había concluído estas palabras, la luz apareció con un resplandor
más vivo, y Enrique y las dos señoritas manifestaron una sorpresa igual
a la de las niñas. El señor de B..., testigo ya muchas veces de este
fenómeno[21], se divertía con la admiración de sus jóvenes compañeros.
Los naturalistas,--les dijo,--os darían del fenómeno que estáis mirando
una explicación menos divertida que la que os puede dar Sab, que
frecuenta este camino y trata a todos los cubiteros. El sin duda les
habrá oído relaciones muy curiosas respecto a la luz que tanto os ha
llamado la atención.
Las niñas gritaron de alegría regocijadas con la esperanza de oir un
cuento maravilloso, y Enrique y Carlota colocaron sus caballos a los dos
lados del de Sab para oirle mejor. El mulato volvió la cabeza hacia el
carruaje de su amo y le dijo:
--Su merced no habrá olvidado a la vieja Martina, madre de uno de sus
mayorales de Cubitas, que murió dejándola el legado de su mujer y tres
hijos en extrema pobreza. La generosa compasión de su merced la socorrió
entonces por mi mano, hace cuatro años, pues habiéndole informado de la
miserable situación en que se encontraba esta pobre familia, me dió una
bolsa llena de plata con la que fué socorrida.
--Me acuerdo de la vieja Martina,--respondió el caballero,--su difunto
hijo era un excelente sujeto, ella, si mal no recuerdo, tiene sus puntos
de loca: ¿no pretende ser descendiente de la raza india y aparenta un
aire ridículamente majestuoso?
--Sí, señor,--repuso Sab,--y ha logrado inspirar cierta consideración a
los estancieros de Cubitas, ya porque la crean realmente descendiente de
aquella raza desventurada, casi extinguida en esta isla, ya porque su
grande experiencia, sus conocimientos en medicina de los que sacan tanta
utilidad, y el placer que gozan oyéndola referir sus sempiternos cuentos
de vampiros y aparecidos, le den entre estas gentes una importancia
real. A esa vieja, pues, a Martina es a quien he oído, repetidas veces,
referir misteriosamente e interrumpiéndose por momentos con exclamación
de dolor y pronósticos siniestros de venganza divina, la muerte horrible
y bárbara que, según ella, dieron los españoles al cacique Camagüey,
señor de esta provincia; y del cual pretende descender nuestra pobre
Martina. Camagüey, tratado indignamente por los advenedizos, a quienes
acogiera con generosa y franca hospitalidad, fué arrojado de la cumbre
de esa gran loma y su cuerpo despedazado quedó insepulto sobre la tierra
regada con su sangre. Desde entonces, esta tierra tornóse roja en muchas
leguas a la redonda, y el alma del desventurado cacique viene todas las
noches a la loma fatal, en forma de una luz, a anunciar a los
descendientes de sus bárbaros asesinos la venganza del cielo que tarde o
temprano caerá sobre ellos. Arrebatada Martina en ciertos momentos por
este furor de venganza, delira de un modo espantoso y osa pronunciar
terribles vaticinios.
--¿Y cuáles son?--preguntó don Carlos con cierta curiosidad inquieta,
que mostraba haber sospechado ya lo que preguntaba. Sab se turbó algún
tanto, pero dijo al fin con voz baja y trémula:
--En sus momentos de exaltación, señor, he oído gritar a la vieja
india:--La tierra que fué regada con sangre una vez, lo será aún otra;
los descendientes de los opresores serán oprimidos, y los hombres negros
serán los terribles vengadores de los hombres cobrizos.
--Basta, Sab, basta,--interrumpió don Carlos con cierto disgusto; porque
siempre alarmados los cubanos, después del espantoso y reciente ejemplo
de una isla vecina, no oían sin terror en la boca de un hombre del
desgraciado color cualquiera palabra que manifestase el sentimiento de
sus degradados derechos y la posibilidad de reconquistarlos. Pero
Carlota, que había atendido menos a los pronósticos de la vieja que a la
relación lamentable de la muerte del cacique, volvió hacia Enrique sus
bellos ojos llenos de lágrimas.
--Jamás he podido,--dijo,--leer tranquilamente la historia sangrienta de
la conquista de América. ¡Dios mío, cuántos horrores! Paréceme empero
increíble que puedan los hombres llegar a tales extremos de barbarie.
Sin duda se exagera porque la naturaleza humana no puede, es imposible,
ser tan monstruosa.
El mulato la miraba con indescribible expresión. Enrique se burló de sus
lágrimas.
--Eres una niña, querida mía,--la dijo,--¿lloras ahora, por la relación
de una vieja loca, la muerte de un sér que acaso no existió nunca sino
en la imaginación de Martina?
--No; Enrique,--respondió con tristeza la doncella,--no lloro por
Camagüey, que ni sé si existió realmente; lloro sí al recordar una raza
desventurada que habitó la tierra que habitamos, que vió por primera vez
el mismo sol que alumbró nuestra cuna, y que ha desaparecido de esta
tierra de la que fué pacífica poseedora. Aquí vivían felices e inocentes
aquellos hijos de la naturaleza; este suelo virgen no necesitaba ser
regado con el sudor de los esclavos para producirles: ofrecíales por
todas partes sombras y frutos, aguas y flores, y sus entrañas no habían
sido despedazadas para arrancarle con mano avara sus escondidos tesoros.
¡Oh Enrique! lloro no haber nacido entonces y que tú, indio como yo, me
hicieses una cabaña de palmas en donde gozásemos una vida de amor, de
inocencia y de libertad.
Enrique se sonrió del entusiasmo de su querida haciéndola una caricia;
el mulato apartó de ella sus ojos preñados de lágrimas.
--¡Ah! ¡sí! pensó él:--no serías menos hermosa si tuvieras la tez negra
o cobriza. ¿Por qué no lo ha querido el cielo, Carlota? Tú, que
comprendes la vida y la felicidad de los salvajes, ¿por qué no naciste
conmigo en los abrasados desiertos del Africa o en un confín desconocido
de la América?
El señor de B... le arrancó de estos pensamientos dirigiéndole algunas
preguntas respecto a Martina.--¿Vive todavía?--le dijo.
--Sí, señor, vive a pesar de haber experimentado en estos últimos años
dolorosos infortunios.
--¿Qué le ha sucedido, pues?--replicó con interés el caballero.
--Su nuera murió hace tres años, y diez meses después dos de sus
nietecitos. Un incendio consumió su casa, hace un año, y la dejó
reducida a mayor miseria que aquella de que la sacara la bondad de su
merced. Hoy día vive en una pequeña choza, cerca de las cuevas, con el
único nieto que le queda, que es un niño de seis años al cual ama tanto
más cuanto que el pobre chico está enfermo, y no promete una larga vida.
--La veremos,--dijo don Carlos,--y la dejaremos instalada en una de mis
estancias. ¡Pobre mujer! aunque extravagante es muy buena.
--¡Ah! ¡sí.... muy buena!--exclamó con emoción el mulato, y animando con
un grito a su caballo, se adelantó a prevenir la llegada de sus amos al
mayoral de la estancia donde iban a desmontar.
Eran las nueve de la noche cuando los viajeros entraron en Cubitas. La
casa elegida para su domicilio, si bien de mezquina apariencia, era
grande en lo interior, y el mayoral y su mujer procuraron a los recién
llegados todas las comodidades posibles. La cena que se les sirvió fué
parca y frugal, pero la alegría y el apetito la hicieron parecer
deliciosa. Nunca don Carlos había estado tan jovial, ni Carlota tan
risueña ni amable. La misma Teresa parecía menos displicente que de
costumbre, y Enrique estaba encantado.
Cuando llegó la hora de recogerse a descansar,--Amigo mío,--le dijo
Carlota deteniéndose en el umbral del cuartito señalado para su
dormitorio, y al cual él la conducía por la mano:--¡cuán fácilmente
pueden ser dichosos dos amantes tiernos y apasionados! En esta pobre
aldea, en esta miserable casa, con una hamaca por lecho, y un plantío
de yucas por riqueza, yo sería dichosa contigo, y nada vería digno de mi
ambición en lo restante del universo. Y tú ¿pudieras tampoco desear más?
Enrique por única contestación besó con ardor su hermosa mano, y ella
atravesó el umbral sonriéndole con ternura. Dióle las buenas noches y
cerró lentamente la puerta, que tornó a abrir para repetirle:--Buenas
noches,--con una mirada inefable. Por fin la puerta se cerró enteramente
y Enrique, inmóvil y pensativo, quedó un momento como si aguardase que
volviese a abrirse aún otra vez. Luego sacudió la cabeza y murmuró en
voz baja:--¡No hay remedio! esta mujer será capaz de volverme loco y
hacerme creer que no son necesarias las riquezas para ser feliz.
--Señor, aguardo a su merced para conducirle a su dormitorio,--dijo una
voz conocida, a la espalda de Enrique. Volvióse éste y vió a Sab.
--¿Cuál es pues mi cuarto?--preguntó con cierta turbación.
--Ese de la izquierda.
Enrique se entró en él precipitadamente y Sab le siguió hasta la puerta,
a la cual se detuvo dándole las buenas noches.
Una hora después todos dormían en la casa; sólo se veía un bulto inmóvil
junto a la puerta de la habitación de la señorita de B..., pero al menor
ruido que en el silencio de la noche se percibía en la casa, aquel bulto
se movía, se elevaba y salía de él una respiración agitada y fuerte;
entonces podía conocerse que aquel bulto era un hombre.
Una vez, hacia la madrugada, oyóse un ligero rumor acompasado, que
parecía producido por las pisadas cautelosas de alguno que se acercaba.
El bulto se estremeció profundamente y brilló en la oscuridad la hoja de
un ancho machete. Los pasos parecían cada vez más próximos. El bulto
habló en voz baja pero terrible:--¡Miserable! no lograrás tus inicuos
deseos.--Un prolongado ladrido respondió a esta amenaza. Los pasos que
se habían oído eran los de un perro de la casa.
El machete cesó de brillar y el bulto volvió a quedar inmóvil en su
sitio; solamente el perro repitió por dos veces su ladrido, pero como
acercándose más hubo de conocer olfateando a aquel cuya voz le había
alarmado, calló también luego y todo quedó sumergido en profundo
silencio.