Y mirando enternecido
al generoso animal,
le repite:--mientras viva
mi fiel amigo serás.
_Romance anónimo._
Habiendo descansado una gran parte del día y toda la noche, despertóse
Carlota al amanecer del siguiente, y observando que aun todos dormían,
echóse fuera del lecho queriendo salir a respirar en el campo el aire
puro de la madrugada. Su indisposición, producida únicamente por la
fatiga de una noche de insomnio, y las agitaciones que experimentara en
las primeras horas del otro día, había desaparecido enteramente después
de un sueño largo y tranquilo, y encontrábase contenta y dichosa cuando
al despertar, a la primera lumbre del sol, se dijo a si misma: Enrique
vive y está libre de todo riesgo; dentro de ocho días le veré junto a
mí, apasionado y feliz; dentro de algunos meses estaré unida a él con
lazos indisolubles.
Vistióse ligeramente y salió sin hacer ruido para no despertar a Teresa.
La madrugada era fresca y hermosa, y el campo no había parecido nunca a
Carlota tan pintoresco y florido.
Al salir de casa llevando en su pañuelo muchos granos de maíz,
rodeáronla innumerables aves domésticas. Las palomas berberiscas sus
favoritas, y las gallinas americanas, pequeñas y pintadas, llegaban a
coger el maíz a su falda y posaban aleteando sobre sus hombros.
Más lejos el pavo real rizaba las cinéreas y azuladas plumas de su
cuello, presentando con orgullo a los primeros rayos del sol su
tornasolada y magnífica cola; mientras el pacífico ganso se acercaba
pausadamente a recibir su ración. La joven sentíase en aquel momento
feliz como un niño que encuentra sus juguetes al levantarse del seno de
su madre, saliendo de su sueño de inocencia.
El temor de una desgracia superior hace menos sensible a los pesares
ligeros. Carlota después de haber creído perder a su amante sentía mucho
menos su ausencia. Su alma fatigada de sentimientos vehementes reposaba
con delicia sobre los objetos que la rodeaban, y aquel día naciente, tan
puro, asemejábase a los ojos de la doncella a los días apacibles de su
primera edad.
No había en Puerto Príncipe, en la época de nuestra historia, grande
afición a los jardines; apenas se conocían; acaso por ser todo el país
un vasto y magnífico vergel formado por la naturaleza y al que no osaba
el arte competir. Sin embargo, Sab, que sabía cuánto amaba las flores su
joven señora, había cultivado vecino a la casa de Bellavista un pequeño
y gracioso jardín hacia el cual se dirigió la doncella, luego que dió de
comer a sus aves favoritas.
No dominaba el gusto inglés ni el francés en aquel lindo jardinillo: Sab
no había consultado sino sus caprichos al formarle.
Era un recinto de poca extensión defendido del ardiente viento del sur
por triples hileras de altas cañas de hermoso verde oscuro, conocidas en
el país con el nombre de pitos, que batidas ligeramente por la brisa
formaban un murmullo dulce y melancólico, como el de la ligera corriente
de un arroyo. Era el jardín un cuadro perfecto, y los otros tres frentes
los formaban arcos de juncos cubiertos por vistosos festones de
cambustera y balsamina, cuyas flores carmíneas y doradas libaban
zumbando los colibríes[13] brillantes como esmeraldas y topacios. Sab
había reunido en aquel pequeño recinto todas las flores que más amaba
Carlota. Allí lucían la astronomía, de pomposos ramilletes morados, la
azucena y la rosa, la clavellina[14] y el jazmín, la modesta violeta y
el orgulloso girasol enamorado del rey de los astros, la variable
malvarrosa[15], la aleluya con sus flores nacaradas, y la pasionaria[16]
ofreciendo en su cáliz maravilloso las sagradas insignias de la pasión
del Redentor. En medio del jardín había un pequeño estanque en el que
Sab había reunido varios pecesitos de vistosos colores, rodeándole de un
banco de verdura sombreado por las anchas hojas de los plátanos.
Carlota recorría el jardín llenando de flores su blanco pañuelo de
batista; de rato en rato interrumpía esta ocupación para perseguir las
mariposas pintadas que revoloteaban sobre las flores. Luego sentábase
fatigada a orillas del estanque; sus bellos ojos tomaban gradualmente
una expresión pensativa, y distraídamente deshojaba las flores que con
tanto placer había escogido, y las iba arrojando en el estanque.
Una vez sacóla de su distracción un leve rumor que le pareció producido
por las pisadas de alguno que se acercaba. Creyó que despertando Teresa
y advirtiendo su ausencia vendría buscándola, y la llamó repetidas
veces. Nadie respondió y Carlota volvió a caer insensiblemente en su
distracción. No fué larga sin embargo; la más linda y blanca de las
mariposas que había visto hasta entonces llegó atrevidamente a posarse
en su falda, alejándose después con provocativo vuelo. Carlota sacudió
la cabeza como para lanzar de ella un pensamiento importuno, siguió con
la vista la mariposa y vióla posar sobre un jazmín cuya blancura
superaba. Entonces se levantó la joven y se precipitó sobre ella, pero
el ligero insecto burló su diestro ataque, saliéndose por entre sus
hermosos dedos, y alejándose veloz y parándose a trechos provocó largo
tiempo a su perseguidora cuyos deseos burlaba en el momento de creerlos
realizados. Sintiéndose fatigada, redobla Carlota sus esfuerzos, acosa a
su ligera enemiga, persíguela con tenacidad, y arrojando sobre ella su
pañuelo logra por fin cogerla. Su rostro se embellece con la expresión
del triunfo, y mira a la prisionera por una abertura del pañuelo con la
alegría de un niño; pero inconstante como él, cesa de repente de
complacerse en la desgracia de su cautiva: abre el pañuelo y se regocija
con verla volar libre, tanto como un minuto antes se gozara en
aprisionarla.
Al verla tan joven, tan pueril, tan hermosa, no sospecharían los hombres
inflexivos que el corazón que palpitaba de placer en aquel pecho por la
prisión y la libertad de una mariposa, fuese capaz de pasiones tan
vehementes como profundas. ¡Ah! ignoran ellos que conviene a las almas
superiores descender de tiempo en tiempo de su elevada región: que
necesitan pequeñeces aquellos espíritus inmensos a quienes no satisface
todo lo más grande que el mundo y la vida pueden presentarles. Si se
hacen frívolos y ligeros por intervalos, es porque sienten la necesidad
de respetar sus grandes facultades y temen ser devorados por ellas.
Así el torrente tiende mansamente sus aguas sobre las yerbas del prado,
y acaricia las flores que en su impetuosa creciente puede destruir y
arrasar en un momento.
Carlota fué interrumpida en sus inocentes distracciones por el bullicio
de los esclavos que iban a sus trabajos. Llamóles a todos,
preguntándoles sus nombres uno por uno, e informándose con hechicera
bondad de su situación particular, oficio y estado. Encantados los
negros respondían colmándola de bendiciones y celebrando la humanidad de
don Carlos y el celo y benignidad de su mayoral Sab. Carlota se
complacía escuchándoles, y repartió entre ellos todo el dinero que
llevaba en sus bolsillos con expresiones de compasión y afecto. Los
esclavos se alejaron bendiciéndola y ella les siguió algún tiempo con
los ojos llenos de lágrimas.
--¡Pobres infelices!--exclamó.--Se juzgan afortunados porque no se les
prodigan palos e injurias, y comen tranquilamente el pan de la
esclavitud. Se juzgan afortunados y son esclavos sus hijos antes de
salir del vientre de sus madres, y los ven vender luego como a bestias
irracionales... ¡A sus hijos, carne y sangre suya! Cuando yo sea la
esposa de Enrique,--añadió después de un momento de silencio,--ningún
infeliz respirará a mi lado el aire emponzoñado de la esclavitud.
Daremos libertad a todos nuestros negros. ¿Qué importa ser menos ricos?
¿Seremos por eso menos dichosos? Una choza con Enrique es bastante para
mí, y para él no habrá riqueza preferible a mi gratitud y mi amor.
Al concluir estas palabras estremeciéronse los pitos, como si una mano
robusta los hubiese sacudido y Carlota asustada salió del jardín y se
encaminó precipitadamente hacia la casa.
Tocaba ya en el umbral de ella cuando oyó a su espalda una voz conocida
que la daba los buenos días; volvióse y vió a Sab.--Te suponía ya
andando para la ciudad,--le dijo ella.
--Me ha parecido,--respondió el joven con alguna turbación,--que debía
aguardar que se levantase su merced para preguntarla si tenía algo que
ordenarme.
--Yo te lo agradezco Sab, y voy ahora mismo a escribir a Enrique; vendré
a darte mi carta dentro de un instante.
Entróse Carlota en la casa, en la que dormían profundamente su padre,
sus hermanitas y Teresa, y Sab la vió ocultarse a su vista exclamando
con hondo y melancólico acento:
--¡Por qué no puedes realizar tus sueños de inocencia y de entusiasmo
ángel del cielo!... ¿Por qué el que te puso sobre esta tierra de miseria
y crimen no dió a ese hermoso extranjero el alma del mulato?
Inclinóse su frente con profundo dolor y permaneció un rato abismado en
triste meditación. Luego se dirigió a la cuadra en que estaban su jaco
negro y el hermoso alazán de Enrique. Puso su mano sobre el lomo del
primero mirándole con ojos enternecidos.
--Leal y pacífico animal,--le dijo,--tú soportas con mansedumbre el peso
de este cuerpo miserable. Ni las tempestades del cielo te asustan y te
impulsan a sacudirle contra las peñas. Tú respetas tu inútil carga
mientras ese hermoso animal sacude la suya, y arroja y pisotea al hombre
feliz, cuya vida es querida, cuya muerte sería llorada, ¡Pobre jaco mío!
si fueses capaz de comprensión como lo eres de afecto, conocerías cuánto
bien me hubieras hecho estrellándome contra las peñas al bramido de la
tempestad. Mi muerte no costaría lágrimas..., ningún vacío dejaría en la
tierra el pobre mulato, y correrías libre por los campos o llevarías una
carga más noble.
El caballo levantaba la cabeza y le miraba como si quisiera
comprenderle. Luego le lamía las manos y parecía decirle con aquellas
caricias:--Te amo mucho para poder complacerte: de ninguna otra mano que
la tuya recibo con gusto el sustento.
Sab recibía sus caricias con visible conmoción y comenzó a enjaezarlo
diciéndole con voz por instantes más triste:
--Tú eres el único sér en la tierra que quiera acariciar estas manos
tostadas y ásperas; tú el único que no se avergüenza de amarme; lo mismo
que yo naciste condenado a la servidumbre..., pero, ¡ay! ¡tu suerte es
más dichosa que la mía!, pobre animal; menos cruel contigo el destino,
no te ha dado el funesto privilegio del pensamiento. Nada te grita en tu
interior que merecías más noble suerte, y sufres la tuya con
resignación.
La dulce voz de Carlota le arrancó de sus sombrías ideas. Recibió la
carta que le presentó la doncella, despidióse de ella respetuosamente y
partió en su jaco llevando del cabestro el alazán de Enrique.
Ya se había levantado toda la familia y Carlota se presentó para el
desayuno. Nunca había estado tan hermosa y amable; su alegría puso de
buen humor a todos, y la misma Teresa parecía menos fría y displicente
que de costumbre. Así se pasó aquel día en agradables conversaciones y
cortos paseos, y así transcurrieron otros que duró la ausencia de
Enrique.
Carlota empleaba una gran parte de ellos gozando anticipadamente con el
pensamiento la satisfacción de hacer una divertida viajata con su
amante. ¡Tal es el amor! anhela un ilimitado porvenir, pero no desprecia
ni el momento más corto. Esperaba Carlota toda una vida de amor, y se
embelesaba a la proximidad de algunos días, como si fuesen los únicos en
que debiera gozar la presencia de su amante.
Presentía el placer de viajar por un país pintoresco y magnífico con el
objeto de su elección, y a la verdad nada es más grato a un corazón que
sabe amar que el viajar de este modo. La naturaleza se embellece con la
presencia del objeto que se ama y éste se embellece con la naturaleza.
Hay no sé qué mágica armonía entre la voz querida, el susurro de los
árboles, la corriente de los arroyos y el murmullo de la brisa. En la
agitación del viaje todo pasa por delante de nuestra vista como los
paisajes de un panorama, pero el objeto amado está siempre allí, y en
sus miradas y en su sonrisa volvemos a hallar las emociones deliciosas
que produjeran en nuestro corazón los cuadros variados que van
desapareciendo.
Aquel que quiera experimentar en toda su plenitud estas emociones
indescribibles, viaje por los campos de Cuba con la persona querida.
Atraviese con ella sus montes gigantescos, sus inmensas sabanas, sus
pintorescas praderías; suba en sus empinados cerros, cubiertos de rica e
inmarchitable verdura; escuche en la soledad de sus bosques el ruido de
sus arroyos y el canto de sus sinsontes. Entonces sentirá aquella vida
poderosa, inmensa, que no conocieron jamás los que habitan bajo el
nebuloso cielo del Norte; entonces habrá gozado en algunas horas toda
una existencia de emociones... pero que no intente encontrarla después
en el cielo y en la tierra de otros países. No serán ya para él ni cielo
ni tierra.