...La tormenta umbría
en los aires revuelve un océano
que todo lo sepulta...
HEREDIA.
La noche más profunda enlutaba ya el suelo. Aun no caía una gota de
lluvia, ni la más ligera corriente de aire refrigeraba a la tierra
abrasada. Reinaba un silencio temeroso en la naturaleza, que parecía
contemplar con profundo desaliento la cólera del cielo y esperar con
triste resignación el cumplimiento de sus amenazas.
Sin embargo, en tan horrible noche dos hombres atrevidos atravesaban a
galope aquellas sabanas abrasadas, sin el menor indicio de temor. Estos
dos hombres ya los conoce el lector: eran Enrique y Sab, montado el uno
en su fogoso alazán, y el otro en un jaco negro como el ébano, más
ligero que vigoroso. El inglés llevaba ceñido un sable corto de puño de
plata cincelada, y dos pistolas en el arzón delantero de su silla; el
mulato no llevaba más arma que su machete.
Ni uno ni otro proferían una palabra, ni parecía que echasen de ver los
relámpagos, más frecuentes por momentos, porque cada uno de ellos estaba
dominado por un pensamiento que absorbía cualquier otro. Es indudable
que Enrique Otway amaba a Carlota de B... y ¿cómo no amar a una criatura
tan bella y apasionada? Cualesquiera que fuesen las facultades del alma
del inglés, la altura o bajeza de sus sentimientos, y el mayor o menor
grado de su sensibilidad, no cabe duda en que su amor a la hija de don
Carlos era una de las pasiones más fuertes que había experimentado en su
vida. Pero esta pasión, no siendo única, era contrastada evidentemente
por otra pasión rival y a veces victoriosa: la codicia.
Pensaba, pues, alejándose de su querida, en la felicidad de poseerla, y
pesaba esta dicha con la de ser más rico, casándose con una mujer menos
bella acaso, menos tierna, pero cuya dote pudiera restablecer el crédito
de su casa decaída y satisfacer la codicia de su padre. Agitado e
indeciso en esta elección, se reconvenía a sí mismo de no ser bastante
codicioso para sacrificar su amor a su interés, o bastante generoso para
posponer su conveniencia a su amor.
Diversos pensamientos más sombríos, más terribles, eran sin duda los que
ocupaban el alma del esclavo. ¿Pero quién se atrevería a querer
penetrarlos? A la luz repercutida de los relámpagos veíanse sus ojos
fijos, siempre fijos en su compañero, como si quisiera registrar con
ellos los senos más recónditos de su corazón; y por un inconcebible
prodigio pareció por fin haberlo conseguido, pues desvió de repente su
mirada, y una sonrisa amarga, desdeñosa, inexplicable, contrajo
momentáneamente sus labios.--¡Miserable!--murmuró con voz inteligible;
pero esta exclamación fué sofocada por la detonación del rayo.
La tempestad estalla por fin súbitamente. Al soplo impetuoso de los
vientos desencadenados el polvo de los campos se levanta en sofocantes
torbellinos; el cielo se abre vomitando fuego por innumerables bocas; el
relámpago describe mil ángulos encendidos; el rayo troncha los más
corpulentos árboles y la atmósfera encendida semeja una vasta hoguera.
El joven inglés se vuelve con un movimiento de terror hacia su
compañero.
--Es imposible continuar,--le dice,--absolutamente imposible.
--No lejos de aquí,--responde tranquilamente el esclavo,--está la
estancia de un conocido mío.
--Vamos a ella al momento,--dijo Enrique que conocía la imposibilidad de
tomar otro partido.
Pero apenas había pronunciado estas palabras una nube se rasgó sobre su
cabeza: el árbol bajo el cual se hallaba cayó abrasado por el rayo, y su
caballo lanzándose por entre los árboles, que el viento secudía y
desgajaba, rompió el freno con que el aturdido jinete se esforzaba en
vano en contenerle. Chocando su cabeza contra las ramas y vigorosamente
secudido por el espantado animal, Enrique perdió la silla y fué a caer
ensangrentado y sin sentido en lo más espeso del bosque.
Un gemido doliente y largo designó al mulato el paraje en que había
caído, y bajándose de su caballo se adelantó presuroso y con admirable
tino, a pesar de la profunda oscuridad. Encontró al pobre Otway pálido,
sin sentido, magullado el rostro y cubierto de sangre, y quedóse de pie
delante de él, inmóvil y como petrificado. Sin embargo, sombrío y
siniestro, como los fuegos de la tempestad, era el brillo que despedían
en aquel momento sus pupilas de azabache, y sin el ruido de los vientos
y de los truenos hubiéranse oído los latidos de su corazón.
--¡Aquí está!--exclamó por fin con horrible sonrisa.--¡Aquí
está!--repitió con acento sordo y profundo, que armonizaba de un modo
horrendo con los bramidos del huracán.--¡Sin sentido! ¡Moribundo!...
mañana llorarían a Enrique Otway muerto de una caída, víctima de su
imprudencia..., nadie podría decir si esta cabeza había sido despedazada
por el golpe o si una mano enemiga había terminado la obra. Nadie
adivinaría si el decreto del cielo había sido auxiliado por la mano de
un mortal..., la oscuridad es profunda y estamos solos..., solos él y yo
en medio de la noche y de la tempestad!... Helo aquí a mis pies, sin
voz, sin conocimiento, a este hombre aborrecido. Una voluntad le
reduciría a la nada, y esa voluntad es la mía...; la mía ¡pobre esclavo
de quien él no sospecha que tenga un alma superior a la suya... capaz de
amar, capaz de aborrecer..., un alma que supiera ser grande y virtuosa y
que ahora puede ser criminal! ¡He aquí tendido a ese hombre que no debe
levantarse más!
Crujieron sus dientes y con brazo vigoroso levantó en el aire, como a
una ligera paja, el cuerpo esbelto y delicado del joven inglés.
Pero una súbita e incomprensible mudanza se verifica en aquel momento en
su alma, pues se queda inmóvil y sin respiración cual si lo subyugase el
poder de algún misterioso conjuro. Sin duda un genio invisible,
protector de Enrique, acaba de murmurar en sus oídos las últimas
palabras de Carlota:
--Sab, yo te recomiendo mi Enrique.
--¡Su Enrique!--exclamó con triste y sardónica sonrisa:--¡El! ¡Este
hombre sin corazón! ¡Y ella llorará su muerte! ¡Y él se llevará al
sepulcro sus amores y sus ilusiones!... Porque muriendo él, no conocerá
nunca Carlota cuán indigno era de su amor entusiasta, de su amor de
mujer y de virgen... muriendo vivirá por más tiempo en su memoria,
porque le animará el alma de Carlota, aquella alma que el miserable no
podrá comprender jamás. Pero ¿debo yo dejarle la vida? ¿Le permitiré que
profane a ese ángel de inocencia y de amor? ¿Le arrancaré de los brazos
de la muerte para ponerle en los suyos?
Un débil gemido que exhaló Otway hizo estremecer al esclavo. Dejó caer
su cabeza que sostenía, retrocedió algunos pasos, cruzó los brazos sobre
su pecho, agitado de una tempestad más horrible que la de la naturaleza;
miró al cielo que semejaba un mar de fuego, miró a Otway en silencio y
sacudió con violencia su cabeza empapada por la lluvia, rechinando unos
contra otros sus dientes de marfil. Luego se acercó precipitadamente al
herido, y era evidente que terminaban sus vacilaciones y que había
tomado uno resolución decidida.
Al día siguiente hacía una mañana hermosa como lo es por lo regular en
las Antillas la que sucede a una noche de tormenta. La atmósfera
purificada, el cielo azul y espléndido, el sol vertiendo torrentes de
luz sobre la naturaleza regocijada. Solamente algunos árboles desgajados
atestiguaban todavía la reciente tempestad.
Carlota de B... veía comenzar aquel deseado día apoyada en la ventana de
su dormitorio, la misma en que la hemos presentado por primera vez a
nuestros lectores. El encarnado de sus ojos, y la palidez de sus
mejillas, revelaban las agitaciones y el llanto de la noche, y sus
miradas se tendían por el camino de la ciudad con una expresión de
melancolía y fatiga.
Repentinamente en su fisonomía se pintó un espanto indescribible y sus
ojos, sin variar de dirección, tomaron una expresión más notable de
zozobra y agonía. Lanzó un grito y hubiera caído en tierra si acudiendo
Teresa no la recibiera en sus brazos. Pero como si fuese tocada de una
conmoción eléctrica, Teresa, en el momento de llegar a la fatal ventana,
quedó tan pálida y demudada como la misma Carlota. Sus rodillas se
doblaron bajo el peso de su cuerpo, y un grito igual al que la había
atraído a aquel sitio se exhaló de su oprimido pecho.
Pero nadie acude a socorrerlas: la alarma es general en la casa, y el
señor de B... está demasiado aturdido para poder atender a su hija.
El objeto que causa tal consternación no es más que un caballo con silla
inglesa, y las bridas despedazadas, que acaba de llegar conducido por su
instinto al sitio de que partiera la noche anterior. ¡Es el caballo de
Enrique! Carlota, vuelta en su acuerdo, prorrumpe en gritos
desesperados. En vano Teresa la aprieta entre sus brazos con no usada
ternura, conjurándola a que se tranquilice y esforzándose a darle
esperanzas; en vano su excelente padre pone en movimiento a todos sus
esclavos para que salgan en busca de Enrique. Carlota a nada atiende,
nada oye, nada ve sino a aquel fatal caballo mensajero de la muerte de
su amante. A él interroga con agudos gritos y en un rapto de
desesperación precipítase fuera de la casa y corre desatinada hacia los
campos, diciendo con enajenamiento de dolor:
--Yo misma, yo le buscaré..., yo quiero descubrir su cadáver y expirar
sobre él.
Parte veloz como una flecha y al atravesar la taranquela se encuentra
frente a frente con el mulato. Sus vestidos y sus cabellos aun están
empapados por el agua de la noche, mientras que corren de su frente
ardientes gotas de sudor que prueban la fatiga de una marcha
precipitada.
Carlota al verle arroja un grito y tiene que apoyarse en la taranquela
para no caer. Sin fuerzas para interrogarle, fija en él los ojos con
indecible ansiedad, y el mulato la entiende, pues saca de su cinturón un
papel que le presenta. Igualmente tiemblan la mano que le da y la que le
recibe... Carlota devora ya aquel escrito con sus ansiosas miradas, pero
el exceso de su conmoción no le permite terminarlo, y alargándoselo a su
padre, que con Teresa llegaba a aquel sitio, cae en tierra desmayada.
Mientras don Carlos la toma en sus brazos cubriéndola de besos y
lágrimas, Teresa lee en alta voz la carta. Decía así:
«Amada Carlota: salgo para la ciudad en un carruaje que me envía mi
padre, y estoy libre al presente de todo riesgo. Una caída del caballo
me ha obligado a detenerme en la estancia de un labrador conocido de
Sab, de la cual te escribo para tranquilizarte y prevenir el susto que
podrá causarte el ver llegar mi caballo, si como Sab presume, lo hace
así. He debido a este joven los más activos cuidados. El es quien
andando cuatro leguas de ida y vuelta, en menos de dos horas acaba de
traerme el carruaje en el que pienso llegar con comodidad a Puerto
Príncipe. Adiós, etc.»
Carlota vuelta apenas en su conocimiento, hizo acercar al
esclavo y, en un exabrupto de alegría y agradecimiento, ciñó
su cuello con sus hermosos brazos.--¡Amigo mío! ¡Mi ángel de
consolación!--exclamaba:--¡bendígate el cielo!.... ya eres libre, yo lo
quiero.
Sab se inclinó profundamente a los pies de la doncella y besó la
delicada mano que se había colocado voluntariamente junto a sus labios.
Pero la mano huyó al momento y Carlota sintió un ligero estremecimiento,
porque los labios del esclavo habían caído en su mano como una ascua de
fuego.--Eres libre,--repitió ella, fijando en él su mirada sorprendida
como si quisiera leer en su rostro la causa de una emoción que no podía
atribuir al gozo de una libertad largo tiempo ofrecida y repetidas veces
rehusada; pero Sab se había dominado y su mirada era triste y tranquila,
y serio y melancólico su aspecto.
Interrogado por su amo, refirió en pocas palabras los pormenores de la
noche, y acabó asegurando a Carlota que no corría ningún peligro su
amante y que la herida que recibiera en la cabeza era tan leve que no
debía causar la menor inquietud. Quiso en seguida volver a marchar a la
ciudad a desempeñar los encargos de su amo, pero éste considerándole
fatigado le ordenó descansar aquel día y partir al siguiente con el
fresco de la madrugada. El esclavo obedeció retirándose inmediatamente.
Las diversas y vivas emociones que Carlota había experimentado en pocas
horas, agitáronla de tal modo que se sintió indispuesta y tuvo necesidad
de recogerse en su estancia. Teresa la hizo acostar y colocóse ella a la
cabecera del lecho mientras el señor de B... fumando cigarros y
columpiándose en su hamaca, pensaba en la extremada sensibilidad de su
hija, tratando de tranquilizar su corazón paternal de la inquietud que
esta sensibilidad tan viva le causaba, repitiéndose a sí mismo:--Pronto
será la esposa del hombre que ama; Enrique es bueno y cariñoso, y la
hará feliz. Feliz como yo hice a su madre cuya hermosura y ternura ha
heredado.
Mientras él discurría así, sus cuatro hijas pequeñas jugaban alrededor
de la hamaca. De rato en rato llegábanse a columpiarle, y don Carlos las
besaba reteniéndolas en sus brazos.
--Hechizos de mi vida,--las decía,--un sentimiento más vivo que el
afecto filial domina ya el corazón de Carlota, pero vosotras nada
conocéis todavía más dulce que las caricias paternales. Cuando un esposo
reclame toda su ternura y sus cuidados, vosotras consagraréis los
vuestros a hermosear los últimos días de vuestro anciano padre.
Carlota, reclinada su linda cabeza en el seno de Teresa, hablábale
también de los objetos de su cariño: de su excelente padre, de Enrique a
quien amaba más en aquel momento, porque ¿quién ignora cuanto más caro
se hace el objeto amado, cuando le recobramos después de haber temido
perderle?
Teresa la escuchaba en silencio; disipados los temores, había recobrado
su glacial continente, y en los cuidados que prodigaba a su amiga había
más bondad que ternura.
Rendida por último a tantas agitaciones como sufriera desde el día
anterior, durmióse Carlota sobre el pecho de Teresa, cerca del mediodía
y cuando el calor era más sensible. Teresa contempló largo rato aquella
cabeza tan hermosa, y aquellos soberbios ojos dulcemente cerrados, cuyas
largas pestañas sombreaban las más puras mejillas. Luego colocó
suavemente sobre la almohada la cabeza de la bella dormida y brotó de
sus párpados una lágrima largo tiempo comprimida.
--¡Cuán hermosa es!--murmuró entre dientes.--¿Cómo pudiera dejar de ser
amada? Luego miróse en un espejo que estaba al frente y una sonrisa
amarga osciló sobre sus labios.