CAPITULO VII

...Lo que quiere

son talegos y no trastos.

lo primero los doblones.

CAÑIZARES.

Ocho días después de aquel en que partió Enrique de Bellavista, a las

diez de la mañana de un día caluroso se desayunaban amigablemente en un

aposento bajo de una gran casa, situada en una de las mejores calles de

Puerto Príncipe, Enrique Otway y su padre.

El joven tenía aún en el rostro varias manchas moradas de las

contusiones que recibiera en la caída, y en la frente la señal reciente

de una herida apenas cerrada. Sin embargo, en la negligencia y desaliño

a que le obligaba el calor, su figura parecía más bella e interesante.

Una camisa de transparente batista velaba apenas su blanquísima espalda,

y dejaba enteramente descubierta una garganta que parecía vaciada en un

bello molde griego, en torno de la cual flotaban los bucles de sus

cabellos, rubios como el oro.

Frente por frente de tan graciosa figura veíase la grosera y repugnante

del viejo buhonero; la cabeza calva sembrada a trechos hacia atrás por

algunos mechones de cabellos rojos matizados de blanco, las mejillas de

un encarnado subido, los ojos hundidos, la frente surcada de arrugas,

los labios sutiles y apretados, la barba puntiaguda y envuelto su cuerpo

alto y enjuto en una bata blanca y almidonada.

Mientras Enrique desocupaba con buen apetito un ancho pocillo de

chocolate, el viejo tenía fijos en él los cavernosos ojos, y con voz

hueca y cascarrona le decía:

--No me queda duda, Carlota de B... aun después de heredar a su padre,

no poseerá más que una módica fortuna; y luego en fincas deterioradas,

perdidas!... Bah, bah, estos malditos isleños saben mejor aparentar

riquezas que adquirirlas o conservarlas. Pero en fin, no faltan en el

país buenos caudales; y no, no te casarás con Carlota de B... mientras

haya otras varias en que escoger, tan buenas y más ricas que ella.

¿Dudas tú que cualquiera de estas criollas, la más encopetada, se dará

por muy contenta contigo? Ja, ja, de eso respondo yo. Gracias al cielo y

a mi prudencia, nuestro mal estado no es generalmente conocido, y en

este país nuevo la llamada nobleza no conoce todavía las rancias

preocupaciones de nuestra vieja aristocracia europea. Si don Carlos de

B... hizo algunos melindres, ya ves que tuvo a bien tomar luego otra

marcha. Yo te fío que te casarás con quien se te antoje.

El viejo hizo una mueca que parodiaba una sonrisa, y añadió en seguida

frotándose las manos y abriendo cuanto le era posible sus ojos

brillantes con la avaricia.--¡Oh! ¡y si se realizase mi sueño de

anoche!... Tú, Enrique, te burlas de los sueños, pero el mío es notable,

verosímil, profético... ¡Soñar que era mía la gran lotería! ¡Cuarenta

mil duros en oro y plata! ¿Sabes tú que es una fortuna? ¡Cuarenta mil

duros a un comerciante decaído!... Es un bocado sin hueso, como dicen en

el país. El correo de la Habana debía llegar anoche, pero ese maldito

correo parece que se retarda de intento para prolongar la agonía de esta

espectativa.

Y, en efecto, pintábase en el semblante del viejo una extremada

ansiedad.

--Si habéis de ver burlada vuestra esperanza,--dijo el joven,--cuanto

más tarde será mejor. Pero en fin, si sacabais el lote bastaría a

restablecer nuestra casa y yo podría casarme con Carlota.

--¡Casarte con Carlota!--exclamó Jorge poniendo sobre la mesa un pocillo

de chocolate que acercaba a sus labios, y que dejara sin probarle al oir

la conclusión desagradable del discurso de su hijo.--¡Casarte con

Carlota cuando tuvieras cuarenta mil duros más! ¡Cuando fueras partido

para la más rica del país! ¿Has podido pensarlo, insensato? ¿Qué

hechizos te ha dado esa mujer para trastornar así tu juicio?

--¡Es tan bella!--repuso el joven, no sin alguna timidez.--¡Es tan

buena! ¡Su corazón tan tierno! ¡Su talento tan seductor!...

--¡Bah! ¡Bah!--interrumpió Jorge con impaciencia,--¿y qué hace de todo

eso un marido? Un comerciante, Enrique, ya te lo he dicho cien veces, se

casa con una mujer lo mismo que se asocia con un compañero, por

especulación, por conveniencia. La hermosura, el talento que un hombre

de nuestra clase busca en la mujer con quien ha de casarse, son la

riqueza y la economía. ¡Qué linda adquisición ibas a hacer en tu bella

melindrosa, arruinada y acostumbrada al lujo de la opulencia! El

matrimonio, Enrique, es...

El viejo iba a continuar desenvolviendo sus teorías mercantiles sobre el

matrimonio cuando fué interrumpido por un fuerte golpe dado con el

aldabón de la puerta; y la voz conocida de uno de sus esclavos gritó por

dos veces:--El correo; están aquí las cartas del correo.--Jorge Otway se

levantó con tal ímpetu, que vertió el chocolate sobre la mesa y echó a

rodar la silla, corriendo a abrir la puerta y arrebatando con mano

trémula las cartas que el negro le presentaba haciendo reverencias. Tres

abrió sucesivamente y las arrojó con enfado diciendo entre dientes:--Son

de negocios.--Por último rompe un sobre y ve lo que busca: el diario de

la Habana que contiene la relación de los números premiados. Pero el

exceso de su agitación no le permite leer aquellas líneas que deben

realizar o destruir sus esperanzas, y alargando el papel a su

hijo.--Toma,--le dice,--léelo tú; mis billetes son tres: números 1,750,

3,908 et 8,004. Lee pronto, el premio mayor es el que quiero saber; los

cuarenta mil duros; acaba.

--El premio mayor ha caído en Puerto Príncipe,--exclamó el joven con

alegría.

--¡En Puerto Príncipe! ¡Veamos!... ¡El número, Enrique, el número!--Y el

viejo apenas respiraba.

Pero la puerta, que había dejado abierta, da paso en el mismo momento a

la figura de un mulato, harto conocido ya de nuestros lectores, y Sab,

que no sospecha lo intempestivo de su llegada, se adelanta con el

sombrero en la mano.

--¡Maldición sobre ti!--grita furioso Jorge Otway.--¿Qué diablos quieres

aquí, pícaro mulato, y cómo te atreves a entrar sin mi permiso? ¿Y ese

imbécil de negro qué hace? ¿Dónde está que no te ha echado a palos?

Sab se detiene atónito a tan brusco recibimiento, fijando en el inglés

los ojos mientras se cubría su frente de ligeras arrugas, y temblaban

convulsivamente sus labios, como acontece con el frío que precede a una

calentura. Diríase que estaba intimidado al aspecto colérico de Jorge

si el encarnado que matizó en un momento el blanco amarillento de sus

ojos, y el fuego que despedían sus pupilas de azabache, no diesen a su

silencio el aire de la amenaza más bien que el del respeto.

Enrique, vivamente sentido del grosero lenguaje empleado por su padre

con un mozo al cual miraba con afecto desde la noche de su caída,

procuró hacerle menos sensible con su amabilidad la desagradable acogida

de Jorge, al cual manifestó que siendo aquella su habitación particular,

y habiendo concedido a Sab el permiso de entrar en ella a cualquiera

hora, sin preceder aviso, no era culpable del atrevimiento que se le

reprendía.

Pero el viejo no atendía a estas disculpas, porque habiendo arrancado de

manos de Enrique el pliego deseado, lo devoraba con sus ojos; y Sab,

satisfecho al parecer con la benevolencia del joven y repuesto de la

primera impresión que la brutalidad de Jorge le causara, abría ya los

labios para manifestar el objeto de su visita, cuando un nuevo arrebato

de éste fijó en él la atención de los dos jóvenes. Jorge acababa de

despedazar entre sus manos el pliego impreso que leía, en un ímpetu de

rabia y desesperación.

--¡Maldición!--repitió por dos veces.--¡El 8014! ¡El 8014 y yo tengo el

8004!... ¡Por la diferencia de un guarismo! ¡Por sólo un guarismo!...

¡Maldición!...--Y se dejó caer con furor sobre una silla.

Enrique no pudo menos que participar del disgusto de su padre,

pronunciando entre dientes las palabras fatalidad y mala suerte, y

volviéndose a Sab le ordenó seguirle a un gabinete inmediato, deseando

dejar a Jorge desahogar con libertad el mal humor que siempre produce

una esperanza burlada.

Pero quedó admirado y resentido cuando al mirar al mulato vió brillar

sus ojos con la expresión de una viva alegría, creyendo desde luego que

Sab se gozaba en el disgusto de su padre. Echóle en consecuencia una

mirada de reproche, que el mulato no notó, o fingió no notar, pues sin

pretender justificarse dijo en el momento:

--Vengo a avisar a su merced, que me marcho dentro de una hora a

Bellavista.

--¡Dentro de un hora! El calor es grande y la hora incómoda,--dijo

Enrique,--de otro modo iría contigo, pues tengo ofrecido a Carlota

acompañarla en el paseo que piensa hacer tu amo por Cubitas.

--A buen paso,--repuso Sab,--dentro de dos horas estaríamos en el

ingenio y esta tarde podríamos partir para Cubitas.

Enrique reflexionó un momento.

--Pues bien,--dijo luego,--da orden a un esclavo de que disponga mi

caballo y espérame en el patio: partiremos.

Sab se inclinó en señal de obediencia y salióse a ejecutar las órdenes

de Enrique, mientras éste volvía al lado de su padre, al que encontró

echado en un sofá con semblante de profundo desaliento.

--Padre mío,--dijo el joven dando a su voz una inflexión afectuosa, que

armonizaba perfectamente con su dulce fisonomía,--si lo permitís partiré

ahora mismo para Guanaja. Anoche me dijisteis que debía llegar de un

momento a otro a aquel puerto otro buque que os está consignado, y mi

presencia allá puede ser necesaria. De paso veré a Cubitas y procuraré

informarme de las tierras que don Carlos posee allí, de su valor y

productos; en fin, a mi regreso podré daros una noticia exacta de todo.

--Así,--añadió bajando la voz,--podréis pesar con pleno conocimiento las

ventajas, o desventajas, que resultarían a nuestra casa de mi unión con

Carlota, si llegara a verificarse.

Jorge guardó silencio como si consultase la respuesta consigo mismo y

volviéndose luego a su hijo.--Está bien,--le dijo,--ve con Dios, pero no

olvides que necesitamos oro, oro o plata más que tierras, ya sean rojas

o negras: y que si Carlota de B... no te trae una dote de cuarenta o

cincuenta mil duros, por lo menos, en dinero contante, tu unión con ella

no puede realizarse.

Enrique saludó a su padre sin contestar y salió a reunirse con Sab, que

le aguardaba.

El viejo al verle salir exhaló un triste suspiro y murmuró en voz

baja:--¡Insensata juventud! Tan sereno está ese loco como si no hubiera

visto deshacérsele entre las manos una esperanza de cuarenta mil duros!

Sab (novela original) · 第 15 / 30 题