No hay mal para el amor correspondido,
no hay bien que no sea mal para el ausente.
LISTA.
A la conclusión de una larga calle de naranjos y tamarindos, sentados
muellemente en un tronco de palma estaban Carlota y su amante la tarde
siguiente a aquella en que llegó éste a Bellavista, y se entretenían en
una conversación al parecer muy viva.
--Te repito,--decía el joven,--que negocios indispensables de mi
comercio me precisan a dejarte tan pronto, bien a pesar mío.
--¿Conque veinticuatro horas solamente has querido permanecer en
Bellavista?--contestó la doncella con cierto aire de impaciencia.--Yo
esperaba que fuesen más largas tus visitas: de otro modo no hubiera
consentido en venir. Pero no te marcharás hoy, eso no puede ser. Cuatro
días más, dos por lo menos.
--Ya sabes que te dejé hace ocho para ir al puerto de Guanaja, al cual
acababa de llegar un buque consignado a mi casa. El cargamento debe ser
transportado a Puerto Príncipe y es indispensable hallarme yo allí; mi
padre con su edad y sus dolencias es ya poco a propósito para atender a
tantos negocios con la actividad necesaria. Pero escucha, Carlota, te
ofrezco volver dentro de quince días.
--¡Quince días!--exclamó Carlota con infantil impaciencia.--¡Ah! no;
papá tiene proyectado un paseo a Cubitas, con el doble objeto de visitar
las estancias[9] que tiene allí, y que veamos Teresa y yo las famosas
cuevas[10] que tú tampoco has visto. Este viaje está señalado para
dentro de ocho días y es preciso que vengas para acompañarnos.
Iba Enrique a contestar cuando vieron venir hacia ellos al mulato que
hemos presentado al lector en el primer capítulo de esta historia.
--Es hora de la merienda,--dijo Carlota,--y sin duda papá envía a Sab
para advertírnoslo.
--¿Sabes que me agrada ese esclavo?--repuso Enrique, aprovechando con
gusto la ocasión que se le presentaba de dar otro giro a la
conversación.--No tiene nada de la abyección y grosería que es común en
gentes de su especie; por el contrario, tiene aire y modales muy finos y
aun me atrevería a decir nobles.
--Sab no ha estado nunca confundido con los otros esclavos,--contestó
Carlota,--se ha criado conmigo como un hermano, tiene suma afición a la
lectura y su talento natural es admirable.
--Todo eso no es un bien para él,--repuso el inglés,--porque ¿para qué
necesita del talento y la educación un hombre destinado a ser esclavo?
--Sab no lo será largo tiempo, Enrique: creo que mi padre espera
solamente a que cumpla veinticinco años para darle libertad.
--Según cierta relación que me hizo de su nacimiento,--añadió el joven
sonriéndose,--sospecho que tiene ese mozo, con algún fundamento, la
lisonjera presunción de ser de la misma sangre que sus amos.
--Así lo pienso yo también porque mi padre le ha tratado siempre con
particular distinción, y aun ha dejado traslucir a la familia que tiene
motivos poderosos para creerle hijo de su difunto hermano don Luis. Pero
¡silencio!... ya llega.
El mulato se inclinó profundamente delante de su joven señora y avisó
que la aguardaban para la merienda.--Además,--añadió,--el cielo se va
oscureciendo demasiado y parece amenazar una tempestad.
Carlota levantó los ojos y viendo la exactitud de esta observación,
mandó retirarse al esclavo diciéndole que no tardarían en volver a la
casa. Mientras Sab regresaba a ella, internándose entre los árboles que
formaban el paseo, volvióse hacia su amante y fijando en él una mirada
suplicatoria:--Y bien,--le dijo,--¿vendrás pues a acompañarme a Cubitas?
--Vendré dentro de quince días: ¿no son lo mismo quince que ocho?
--¡Lo mismo!--repitió ella dando a sus bellos ojos una notable expresión
de sorpresa.--¡Pues qué! ¿no hay siete días de diferencia? ¡Siete días,
Enrique! Otros tantos he estado sin verte en esta primera separación y
me han parecido una eternidad. ¿No has experimentado tú cuán triste cosa
es ver salir el sol, un día y otro... sin que pueda disipar las
tinieblas del corazón, sin traernos un rayo de esperanza... porque
sabemos que no veremos con su luz el semblante adorado? Y luego, cuando
llega la noche, cuando la naturaleza se adormece en medio de las sombras
y las brisas, ¿no has sentido tu corazón inundarse de una ternura dulce,
indefinible como el aroma de las flores?... ¿No has experimentado una
necesidad de oir la voz querida en el silencio de la noche? ¿No te ha
agobiado la ausencia, ese malestar continuo, ese vacío inmenso, esa
agonía de un dolor que se reproduce bajo mil formas diversas, pero
siempre punzante, inagotable, insufrible?
Una lágrima empañó los ojos de la apasionada criolla, y levantándose del
tronco en que se hallaba sentada, entróse por entre los naranjos que
formaban un bosquecillo hacia la derecha, como si sintiese la necesidad
de dominar un exceso de sensibilidad que tanto le hacía sufrir.
Siguióla Enrique paso a paso, como si temiese dejar de verla, sin desear
alcanzarla, y pintábase en su blanca frente y en sus ojos azules una
expresión particular de duda e indecisión. Hubiérase dicho que dos
opuestos sentimientos, dos poderes enemigos dividían su corazón. De
repente detúvose, quedóse inmóvil mirando de lejos a Carlota, y escapóse
de sus labios una palabra... pero una palabra que revelaba un
pensamiento cuidadosamente disimulado hasta entonces. Espantado de su
imprudencia, tendió la vista en derredor para cerciorarse de que estaba
solo, y agitó al mismo tiempo su cuerpo un ligero estremecimiento. Era
que dos ojos, como ascuas de fuego, habían brillado entre el verde
oscuro de las hojas, flechando en él una mirada espantosa. Precipitóse
hacia aquel paraje porque le importaba conocer al espía misterioso que
acababa de sorprender su secreto, y era preciso castigarle u obligarle
al silencio. Pero nada encontró. El espía sin duda se deslizó por entre
los árboles, aprovechando el primer momento de sorpresa y turbación que
su vista produjera.
Enrique se apresuró entonces, y logró reunirse a su querida, a tiempo
que ésta atravesaba el umbral de la casa, en donde les esperaba don
Carlos servida ya la merienda.
La noche se acercaba mientras tanto, pero no serena y hermosa como la
anterior, sino que todo anunciaba ser una de aquellas noches de
tempestad, que en el clima de Cuba ofrecen un carácter tan terrible.
Hacía un calor sofocante que ninguna brisa temperaba; la atmósfera
cargada de electricidad pesaba sobre los cuerpos, como una capa de
plomo; las nubes, tan bajas que se confundían con las sombras de los
bosques, eran de un pardo oscuro con anchas bandas de color de fuego.
Ninguna hoja se estremecía, ningún sonido interrumpía el silencio
pavoroso de la naturaleza. Bandadas de auras[11] poblaban el aire,
oscureciendo la luz rojiza del sol poniente; y los perros, baja y
espeluznada la cola, abierta la boca y la lengua seca y encendida, se
pegaban contra la tierra; adivinando por instinto el sacudimiento
espantoso que iba a sufrir la naturaleza.
Estos síntomas de tempestad, conocidos de todos los cubanos, fueron un
motivo más para instar a Otway dilatase su partida hasta el día
siguiente por lo menos. Pero todo fué inútil y se manifestó resuelto a
partir en el momento, antes que se declarase la tempestad. Dos esclavos
recibieron la orden de traer su caballo, y don Carlos le ofreció a Sab
para que le acompañase.
Estaba determinado con anterioridad que el mulato partiese al día
siguiente a la ciudad a ciertos asuntos de su amo, y haciéndole
anticipar algunas horas su salida, proporcionaba éste a su futuro yerno
un compañero práctico en aquellos caminos. Agradeció Enrique esta
atención y levantándose de la mesa, en la que acababan de servirles la
merienda, según costumbre del país en aquella época, se acercó a Carlota
que con los ojos fijos en el cielo parecía examinar con inquietud desde
una ventana los anuncios de la tempestad, cada vez más próxima.
--Adiós, Carlota,--le dijo tomando con cariño una de sus manos,--no
serán quince los días de nuestra separación, vendré para acompañarte a
Cubitas.
--Sí,--contestó ella,--te espero, Enrique... pero, ¡Dios mío!--añadió
estremeciéndose y volviendo a dirigir al cielo los hermosos ojos, que
por un momento fijara en su amante.--Enrique, la noche será horrorosa...
la tempestad no tardará en estallar... ¿por qué te obstinas en partir?
Si tú no temes, hazlo por mí, por compasión de tu Carlota... Enrique, no
te vayas.
El inglés observó un instante el firmamento y repitió la orden de
traerle su caballo. No dejaba de conocer la proximidad de la tormenta,
pero convenía a sus intereses comerciales hallarse aquella noche en
Puerto Príncipe, y cuando mediaban consideraciones de esta clase, ni
los rayos del cielo ni los ruegos de su amada podían hacerle vacilar;
porque educado según las reglas de codicia y especulación, rodeado desde
su infancia por una atmósfera mercantil, por decirlo así, era exacto y
rígido en el cumplimiento de aquellos deberes que el interés de su
comercio le imponía.
Dos relámpagos brillaron con cortísimo intervalo seguidos por la
detonación de dos truenos espantosos, y una palidez mortal se extendió
sobre el rostro de Carlota, que miró a su amante con indecible ansiedad.
Don Carlos se acercó a ellos haciendo al joven mayores instancias para
que difiriese su partida, y aun las niñas hermanas de Carlota se
agruparon en torno suyo y abrazaban cariñosamente sus rodillas rogándole
que no partiese. Un solo individuo de los que en aquel momento encerraba
la sala permanecía indiferente a la tempestad, y a cuanto la rodeaba.
Este individuo era Teresa que apoyada en el antepecho de una ventana,
inmóvil e impasible, parecía sumergida en profunda distracción.
Cuando Enrique sustrayéndose a las instancias del dueño de la casa, a
las importunidades de las niñas y a las mudas súplicas de su querida, se
acercó a Teresa para decirla adiós, volvióse con un movimiento
convulsivo hacia él, asustada con el sonido de su voz.
Enrique al tomarla la mano notó que estaba fría y temblorosa, y aun
creyó percibir un leve suspiro ahogado con esfuerzo entre sus labios.
Fijó en ella los ojos con alguna sorpresa, pero había vuelto a colocarse
en su primera postura, y su rostro frío, y su mirada fija y seca, como
la de un cadáver, no revelaban nada de cuanto entonces ocupaba su
pensamiento y agitaba su alma.
Enrique montó a caballo; sólo aguardaba a Sab para partir, pero Sab
estaba detenido por Carlota que llena de inquietud le recomendaba su
amante.
--Sab,--le decía con penetrante acento,--si la tempestad es tan terrible
como presagian estas negras nubes y esta calma espantosa, tú, que
conoces a palmo este país, sabrás en donde refugiarte con Enrique.
Porque, por solitarios que sean estos campos, no faltará un bohío[12] en
que poneros al abrigo de la tormenta. ¡Sab!, yo te recomiendo mi
Enrique.
Un relámpago más vivo que los anteriores, y casi al mismo tiempo el
estampido de un trueno, arrancaron un débil grito a la tímida doncella,
que por un movimiento involuntario cubrió sus ojos con ambas manos.
Cuando los descubrió y tendió una mirada en derredor vió cerca de sí a
sus hermanitas, agrupadas en silencio unas contra otras y temblando de
miedo, mientras que Teresa permanecía de pie, tranquila y silenciosa, en
la misma ventana en que había recibido la despedida de Enrique. Sab no
estaba ya en la sala. Carlota se levantó de la butaca en que se había
arrojado casi desmayada al estampido del trueno, e intentó correr al
patio en que había visto a Enrique montar a caballo un momento antes, y
en el cual le suponía aún, pero en el mismo instante oyó la voz de su
padre que deseaba a los que partían un buen viaje, y el galope
acompasado de dos caballos que se alejaban. Entonces volvió a sentarse
lentamente y exclamó con dolorido acento.--¡Dios mío! ¿se padece tanto
siempre que se ama? ¿Aman y padecen del mismo modo todos los corazones,
o has depositado en el mío un germen más fecundo de afectos y
dolores?... ¡Ah! ¡si no es general esta terrible facultad de amar y
padecer, cuán cruel privilegio me has concedido!... porque es una
desgracia, es una gran desgracia sentir de esta manera.
Cubrió sus ojos llenos de lágrimas y gimió; porque levantándose de
improviso allá en lo más íntimo de su corazón no sé qué instinto
revelador y terrible, acababa de declararle una verdad, que hasta
entonces no había claramente comprendido: que hay almas superiores sobre
la tierra, privilegiadas para el sentimiento y desconocidas de las almas
vulgares; almas ricas de afectos, ricas de emociones... para las cuales
están reservadas las pasiones terribles, las grandes virtudes, los
inmensos pesares... y que el alma de Enrique no era una de ellas.