--¡Pues bien! Ya que no hay que contar con la justicia..... yo la tomaré

por mi mano.

Y partió precipitadamente para Londres.

* * *

La misma noche en que Tom se hallaba de vuelta en la capital, lord

Evandale, que había asistido a la sesión de la Cámara alta, salió bien

tarde del Parlamento.

Era cerca de media noche.

En vez de entrar en el carruaje y de retirarse a su casa, lord Evandale

despidió a sus lacayos, y se dirigió a pie a Pall-Mall, donde estaba su

club.

El noble personaje pasó allí una parte de la noche jugando al faraón.

Las alternativas de ese juego violento, en el que se puede perder en

pocas horas una fortuna, parecieron interesarle bastante, pues eran más

de las tres de la mañana cuando se decidió al fin a retirarse.

--¡Cómo! milord, le dijo el baronet sir Carlos M...... ¿os vais a pie a

estas horas?

--Sí por cierto, respondió lord Evandale.

--¿No teméis a los _estranguladores_?

--¡Bah! jamás ha habido estranguladores en Londres.

--¡Oh! ¿Os burláis?

--No temo nada, ni a nadie, querido, añadió lord Evandale.

Y partió riéndose con fatuidad.

Alejose del club con paso rápido, y cuando se hallaba ya a cierta

distancia, le pareció oír andar detrás de él.

Volviose y vio un hombre que le seguía.

Entonces lord Evandale apresuró el paso.

El hombre que iba tras él hizo lo mismo, y así llegaron ambos en pocos

momentos a Trafalgar-square.

Al pie de la estatua de Nelson, lord Evandale, que se vio perseguido de

cerca, se detuvo y se volvió bruscamente.

Entonces el desconocido llegó a él.

--Dos palabras, milord, dijo aquel hombre.

Lord Evandale, al oír aquella voz, sintió un terror vago apoderarse de

su espíritu.

--¿Qué me queréis? preguntó.

El desconocido dio un paso más hacia él.

--¿No me reconocéis, milord?

--No, dijo secamente lord Evandale.

--Me llamo Tom.

--¡Ah! ¿y qué?

--Vengo a preguntaros si estáis dispuesto a devolver en fin la libertad

a lord William.

Lord Evandale se echó a reír.

--¿Estáis loco? dijo.

--¡Milord! repuso Tom temblando de furor, cuidado con lo que decís!

--¡Atrás! dijo lord Evandale.

Y viendo a dos policemen a cierta distancia, los llamó en su ayuda.

--El socorro llegará tarde, dijo Tom.

Y sacando un largo puñal del bolsillo, lo hundió hasta la guarda en el

pecho de lord Evandale, que cayó arrojando un grito.

Los agentes de policía llegaron en aquel punto y se apoderaron de Tom.

Pero lord Evandale se agitaba con las convulsiones de la agonía, y lord

William estaba vengado.

LII

DIARIO DE UN LOCO DE BEDLAM.

XXXVIII

Betzy estaba sin duda en el secreto de los proyectos de su marido y no

se había opuesto en ningún modo a su resolución, puesto que no manifestó

la menor inquietud al no verlo volver aquella noche.

Al día siguiente se fue a rondar por los alrededores del palacio

Pembleton.

El patio de entrada estaba lleno de gente.

Betzy se metió poco a poco entre la multitud y escuchó lo que decían.

Allí contaban, con interminables comentarios, que el noble lord había

sido asesinado al atravesar Trafalgar-square, a las cuatro de la mañana.

¿Por quién?

Según algunos, el asesino era un fenian.

Lord Evandale había pronunciado dos días antes en la Cámara alta un

discurso muy violento contra la Irlanda.

Según otros, el crímen había tenido por móvil el robo.

Y nadie pronunciaba el nombre de Tom.

Pero como todos estaban de acuerdo sobre la prisión del asesino, Betzy

supo a qué atenerse sobre la suerte de Tom.

Betzy era una mujer animosa.

--Tom está preso, se dijo, pero, ¿qué importa? Suceda lo que quiera, yo

continuaré su obra.

La pobre mujer basaba su resolución en engañosas ilusiones.

Pensaba que, una vez lord Evandale muerto, lady Pembleton se acordaría

de que había amado a lord William, y que se apresuraría a consentir en

la transacción.

Con esta esperanza, aguardó pacientemente algunos días.

Los funerales del difunto tuvieron lugar con gran pompa. Los periódicos

se ocuparon de ellos, así como se habían ocupado de la muerte del noble

personaje, cuyas virtudes y cualidades ensalzaron hasta las nubes. Pero

ninguno de ellos habló de las antiguas relaciones del asesino con la

víctima.

Al cabo de ocho días, Betzy se presentó en el palacio Pembleton

solicitando una audiencia de la viuda.

Lady Anna consintió en recibirla.

Betzy abordó la cuestión desde luego, y, sin otros preámbulos ni rodeos,

la dijo:

--El miserable que había abusado de vuestra confianza, milady, ha

expiado su crímen. ¿Rehusaréis ahora reconocer a lord William?

Lady Pembleton no desplegó los labios y, por toda respuesta, se fue a

tirar del cordón de una campanilla.

Dos hombres entraron inmediatamente, sir Archibaldo y un desconocido.

Es decir, un desconocido para la pobre Betzy, pues el individuo en

cuestión no era otro que el reverendo Patterson.

--Padre, dijo lady Pembleton, haced arrojar a la calle a esa miserable

loca.

Betzy tuvo un arrebato de indignación.

--¡Ah! milady, exclamó, hasta hoy os había creído la esclava de lord

Evandale, pero ya estoy convencida de que erais su cómplice.

Sir Archibaldo llamó a sus lacayos, y estos se apoderaron de Betzy y la

pusieron a la puerta.

Betzy gritaba como una desesperada.

Dos policemen del barrio la cogieron entonces a su vez, y la condujeron

al puesto de policía más cercano.

Allí, Betzy quiso contarlo todo al comisario que la interrogó; pero

este la cerró la boca y dio órden de que la condujeran a la cárcel.

Entonces la pobre mujer comprendió que estaba perdida.

Pero esta ruda escocesa estaba dotada de la indómita y salvaje energía

de su marido.

--Pues que debo estar presa, se dijo, tanto vale aprovechar la ocasión

para ver a lord William.

Betzy pasó tres días en el puesto de policía del West-End.

Y durante estos tres días dio tales pruebas de insensatez y falta de

razón, ya riéndose a carcajadas sin motivo, ya cantando y llorando al

mismo tiempo, y ya dando voces descompuestas en las altas horas de la

noche; que el comisario declaró que estaba loca y la hizo conducir a

Bedlam.

Esto es lo que Betzy quería.

Lord William, bajo el nombre de Walter Bruce, seguía siempre en el

famoso hospital.

El director de Bedlam sabía muy bien que debía guardar al supuesto loco

hasta su muerte, y cumplía con todo rigor las misteriosas órdenes que

había recibido.

Pero respecto a Betzy, juzgaron sin duda inútil el comunicarle los

motivos que la habían hecho conducir allí, y de consiguiente no fue

vigilada de cerca, y pudo ver a lord William.

Este no había perdido en ningún modo la razón, pero el pesar iba

minando lentamente su existencia.

Y no es que pensase ya en reconquistar su nombre y su perdida fortuna,

¡oh! no! su idea fija ahora era recobrar la libertad, reunirse con su

esposa y sus hijos, y volver con ellos a Australia.

Durante las largas y tristes horas de su prisión, había empleado el

tiempo en redactar un extenso diario, en donde contaba todo lo que sabía

de su lamentable historia.

Las revelaciones de Betzy completaron este relato.

Ahora bien, la casualidad, que se burla con tanta frecuencia de los

hombres y que parece complacerse a veces en destruir las mejores

combinaciones humanas, la casualidad, decimos, vino de pronto en ayuda a

lord William y a la fiel y desgraciada Betzy.

Un día trajeron un nuevo loco a Bedlam.

Betzy, al verlo pasar a larga distancia, creyó haber visto ya en alguna

parte a aquel hombre; pero al día siguiente, cuando a la hora de recreo,

se encontró con él en los patios del hospital, ya no le quedó la menor

duda y llegó a reconocerlo.

Era aquel individuo de edad provecta y maneras ambiguas, que se había

presentado en la casa de Tom, hacía algunos meses, bajo el nombre de

Edward Cokeries, anunciándose como un pasante del solícitor Mr.

Simouns.

Aquel hombre, según el lector recuerda sin duda, había sido el

instrumento de lord Evandale, o más bien del reverendo Patterson,

y--como se habrá adivinado también,--el que había imitado con tal

perfección la letra de lord William, y trasmitido a Tom el falso

despacho de John Murphy, datado de Perth, en Escocia.

Edward Cokeries estaba loco, realmente loco, y su locura tenía un origen

singular.

Al día siguiente del asesinato de lord Evandale, el miserable falsario

se había presentado en el palacio Pembleton, ignorando absolutamente la

catástrofe que había tenido lugar la noche anterior.

Allí supo de improviso la muerte de lord Evandale.

Y de improviso también, Edward Cokeries, que no esperaba aquel golpe,

perdió por completo la razón.

Este exceso de sensibilidad, que parecerá extraño, tenía sin embargo su

fundamento.

Aquel mismo día debía entregar el noble lord a su agente, la suma de dos

mil libras esterlinas, como precio de su traición.

Y la muerte violenta del lord había anulado naturalmente este contrato

verbal.

Los criados del palacio hicieron venir algunos agentes de policía que

condujeron a Cokeries a su casa.

El pobre loco tenía mujer e hijos.

Durante algunos días había permanecido encerrado en su cuarto, guardado

y cuidado afectuosamente por su familia; pero al cabo presentó tales

síntomas de locura furiosa y dio un escándalo tal, que los vecinos

aterrados, pidieron que se le encerrase en sitio más seguro.

Entonces intervino la policía, y lo condujeron a Bedlam.

Ahora bien, así como una conmoción violenta había sido la causa de la

locura de Edward Cokeries; otra emoción de distinta naturaleza, aunque

no menos fuerte, tuvo el poder de volverlo a la razón.

A la vista de Betzy y de lord William, Edward Cokeries lanzó un grito

terrible.

Su locura había desaparecido.

Y con la razón, le volvió también la memoria, y con ella el

arrepentimiento.

Una tarde, hallándose con lord William en sitio apartado y fuera de la

vista de todos, se echó a sus pies y le pidió perdón, acusándose de

todos sus crímenes, y confesando que había sido el instrumento de lord

Evandale y del reverendo Patterson.

Él era quien había hecho arrebatar a Tom del camino de hierro.

Él quien había hecho desaparecer al teniente Percy.

Él también quien había robado en el gabinete de Mr. Simouns, mientras se

fijaban los sellos, aquella importante declaración de Percy y consortes,

legalizada por la embajada de Inglaterra.

Pero aquel documento no lo había entregado a lord Evandale.

Lo conservaba como fianza del pago de ocho mil libras, que el noble lord

debía entregarle en varias fracciones, según había sido estipulado entre

ellos.

Así, al saber de pronto la muerte del lord, había comprendido que no

sería pagado, y la desesperación lo había vuelto loco.

Y cuando hubo confesado todo esto, Edward Cokeries añadió:

--Ahora, milord, os juro por la salvación de mi alma, que si un día

salgo de aquí, trabajaré sin descanso en reparar todo el mal que he

hecho.

Lord William movió tristemente la cabeza.

--No se sale de Bedlam, dijo.

Pero Betzy, que se hallaba presente, respondió:

--¿Quién sabe?

La animosa escocesa había encontrado un medio de evasión, y pensaba

emplearlo de seguida, de la manera que va a verse.

LIII

DIARIO DE UN LOCO DE BEDLAM.

XXXIX

Lord William y Edward Cokeries se quedaron mirando a Betzy con curiosa

ansiedad.

Esta, después de echar una ojeada en rededor, les dijo en voz baja:

--He encontrado el medio de salir de aquí.

--¿Cómo? preguntó lord William con aire de duda.

--¡Oh! no hablo de vos, contestó, sino de mí..... Y si lo consigo, todo

irá bien, os lo aseguro.

--¿Qué haríais pues? preguntó lord William.

--En primer lugar, el señor me dirá dónde ha ocultado ese documento

importante.....

--Así lo haré, interrumpió Edward Cokeries.

--Cuando salga de aquí, iré desde luego a buscar ese papel.

--¿Y después?

--Después, lo llevaré al sucesor de Mr. Simouns.

--Todo eso está muy bien, Betzy, pero, ¿cómo lograréis salir?

--¡Oh! muy fácilmente, como vais a ver.

--Explicaos.

--Ya sabéis que hay en Londres una sociedad de Señoras piadosas y

caritativas, que han tomado el nombre de Damas de las prisiones.

--Sí, dijo lord William con un signo de cabeza.

--No solamente asisten a los reos de muerte, sino que también visitan a

los presos que caen enfermos.

--Todos los días vienen aquí, dijo lord William.

--Y van siempre, como sabéis, encubiertas; es decir que llevan sobre la

cabeza una especie de capuchón, que les oculta casi todo el rostro.

--En efecto: pero veamos en fin.....

--Una de esas Damas vino ayer a ver a un pobre loco que está muy

enfermo. Al atravesar la galería adonde da mi celda, esa señora pasó por

mi lado y, mirándome fijamente, me dijo:

--Buenos días, Betzy.

Yo hice un gesto de sorpresa.

--¿Me conocéis pues, señora? la pregunté.

--Sí, vos sois la mujer de Tom.

Y como viese que mi sorpresa aumentaba, añadió:

--Y estáis tan loca como yo.

--Pero, repuse con voz balbuciente, ¿cómo sabéis?......

--Yo he asistido a vuestro marido en Newgate, y me lo ha contado todo.

--¡Ah!

--Desgraciadamente no puedo hacer gran cosa por vos, pero lo que puedo

hacer, no titubearé en ejecutarlo.

Yo seguía mirándola con asombro.

--Escuchad, me dijo, supongo que deseáis salir de aquí, ¿no es verdad?

--¡Oh! ya lo creo!... sí, señora.

--Pues bien, yo puedo haceros salir.

--¿Cómo?

--¿No ocupáis sola una celda?

--En efecto.

--Pues bien, a partir de esta noche misma, fingíos enferma: meteos en la

cama y rehusad todo alimento.

--Así lo haré, señora.

--Dentro de dos días vendré a veros. Os advierto que no vendré sola;

otra de mis hermanas me acompañará. No temáis nada, pues yo me encargo

de todo.

Y se alejó en seguida.

--Todo eso, observó lord William, no me explica cómo saldréis de aquí.

--Yo lo adivino, milord.

--¡Ah!

--Una de las dos hermanas me prestará su hábito.

--Pero entonces, ella quedará en vuestro lugar.

--Sin duda.

--¿Y cómo saldrá ella a su vez?

--Dándose a conocer probablemente.

--Pero de ese modo va a comprometer gravemente a la sociedad de Damas a

que pertenece.

Betzy se encogió de hombros, como si quisiese indicar que, en el fondo,

lo que le importaba era verse libre; y volviéndose a Edward Cokeries, le

preguntó:

--Y ahora, decidme, ¿dónde está ese papel?

--Escuchad, respondió el curial, yo vivo en Old-Grand-Lane.

--Muy bien, dijo Betzy.

--En el cuarto tercero de la casa señalada con el número 7.--Diréis a mi

mujer que vais de mi parte, y si no quiere creeros le entregaréis este

anillo.

Y Edward Cokeries se sacó del dedo un anillo de oro y lo dio a Betzy.

--¿Y qué la diré después? preguntó esta.

--Que vais a buscar unos papeles y que sabéis dónde se hallan.

--¡Cómo!

--Ya veréis. Nuestra reducida habitación es bien miserable, prosiguió

Edward Cokeries; los muebles son en ella raros; y sin embargo, hay sobre

la chimenea de nuestro dormitorio un busto de yeso del duque de

Wellington.....

--Bueno.

--Ese busto está hueco, como podéis imaginar.

--¡Ah! ya!... ¿encontraré dentro de él los papeles?

--Sí.

--Está bien, prosiguió Betzy. Vuestra mujer me creerá, y más sobre todo

cuando sepa que habéis recobrado la razón.

Después de este conciliábulo, y tan luego como se separó de lord William

y de Cokeries, Betzy ejecutó a la letra la primera parte de su programa.

Fingió estar enferma y rehusó la cena aquella noche.

En seguida se acostó muy temprano, y al día siguiente se negó a tomar

todo alimento.

Lord William le había entregado su manuscrito,--este diario donde se

refiere su lamentable historia,--y ella lo había ocultado bajo su

almohada.

Durante dos días Betzy no quiso tomar más que algunas cucharadas de

caldo y una poción calmante que el médico le había ordenado, por recetar

alguna cosa.

Al tercer día, las Damas de las prisiones llegaron hacia la tarde.

Una de ellas traía un paquete bajo el brazo.

Tan luego como se hallaron solas con Betzy, cerraron la puerta de la

celda, echando el cerrojo, y la primera, que era la que había hablado ya

con la mujer de Tom, deshizo precipitadamente el paquete.

Este contenía un hábito y un capuchón en todo semejantes a los que

llevaba ella misma.

--¡Pronto! pronto! dijo, levantaos y vestios.

Betzy obedeció a toda prisa.

Bedlam es una verdadera Babilonia. Los locos, los vigilantes, los

enfermeros y los médicos, van, vienen y se cruzan en el dédalo de

corredores de aquel vasto edificio.

Dos Damas de las prisiones habían entrado sin llamar apenas la atención

en la celda de Betzy, y salieron tres de ella sin que nadie lo

advirtiese.

--Seguídme, dijo entonces la misteriosa libertadora de Betzy.

La otra Dama se separó de ellas en los corredores, y se fue sola por

otro camino.

Betzy y su protectora tomaron por una estrecha galería, descendieron al

primer piso y de allí al piso bajo, atravesaron veinte salas diferentes

y llegaron en fin a la puerta.

El portero principal les abrió y las saludó respetuosamente al paso.

Tan luego como se hallaron en la calle, la Dama de las prisiones se

detuvo y puso un bolsillo en manos de Betzy.

--Ahora, ya estáis libre, la dijo. A Dios.......

Betzy la tomó la mano y la suplicó encarecidamente que la dijera su

nombre.

La Dama se negó a ello.

--A Dios, repitió.

Y se alejó rápidamente.

Betzy no perdió un solo minuto.

Antes de buscar un lugar oculto donde alojarse, ni tomar otras medidas

de seguridad personal, revestida como estaba con el hábito de Dama de

las prisiones, se dirigió en seguida a la casa indicada por el curial en

Old-Grand-Lane.

Allí encontró en efecto a la mujer de Edward Cokeries, la cual, apenas

vio el anillo de su marido, se apresuró a entregarle los papeles

escondidos en el interior del busto.

Entonces Betzy se volvió a Adam street y tomó su traje ordinario.

Allí esperó el día siguiente con impaciencia, y tan luego como oyó las

nueve de la mañana, corrió a la calle de Pater-Noster, al gabinete del

sucesor de Mr. Simouns.

La pobre mujer esperaba ser recibida cordialmente.

Pero no fue así.

--Mistress Betzy, la dijo el joven solícitor, desde la última vez que

nos hemos visto han cambiado las circunstancias.

--¿Qué queréis decir? preguntó Betzy con extrañeza.

--En primer lugar, vuestro marido ha asesinado a lord Evandale.

--Un infame de menos, dijo Betzy.

--De acuerdo. Pero ahora tendríamos que luchar con enemigos mucho más

temibles que lord Evandale.

--¿Quiénes son esos enemigos?

--La Sociedad de las Misiones extranjeras.

--¿Y qué?

--No hay que chocar con semejantes gentes.

--¿Por qué razón?

--Porque nos romperían como vidrio.

Y el joven solícitor, bajando la voz añadió:

--Voy a daros un buen consejo. Si queréis salvar a vuestro marido de la

suerte que le aguarda, id a entregar esos papeles a lady Pembleton. Tal

vez, al veros desarmada, solicitará la gracia de Tom.

Y con esto el joven solícitor despidió a Betzy.

Esta salió de allí con la muerte en el alma.

--¡Oh! murmuraba para sí, esos miserables podrán hacer morir a mi pobre

Tom, pero no me arrancarán las pruebas de la infamia de lord Evandale.

Tal vez un día se encontrará un hombre fuerte y animoso que tomará a su

cargo la causa de los oprimidos y declarará una guerra sin tregua a los

opresores.

Y Betzy pensó entonces en ocultar aquellos papeles de tal modo, que los

amigos y secuaces de lady Pembleton no pudiesen encontrarlos.

* * *

LIV

DIARIO DE UN LOCO DE BEDLAM.

XL

En Londres, como ya hemos visto, se vive mucho de noche.

Así no es de extrañar que Betzy se retirase con frecuencia después de

las doce, a su humilde morada de Adam street.

Muchas veces también, al pasar a hora desusada por delante de

Rothnite-Church, le había parecido ver agitarse algunas sombras en el

cementerio que rodea la capilla.

Betzy no era supersticiosa, y no creía en fantasmas ni aparecidos: por

lo tanto adivinó desde luego que, si había algún misterio, no era

sobrenatural, y que las sombras que allí se deslizaban entre las tumbas,

no eran duendes ni trasgos, ni almas en pena saliendo de sus sepulcros.

Aquellos espíritus errantes eran pues hombres de carne y hueso,--y

hombres que llevaban un objeto misterioso al introducirse furtivamente

en el cementerio.

Una noche Betzy se había acostado al pie de la verja, y había

permanecido allí silenciosa e inmóvil.

La noche era oscura y la niebla muy espesa.

Dos hombres pasaron a su lado sin verla.

Aquellos dos hombres iban hablando en voz baja, pero Betzy oyó parte de

su conversación.

--¿Crees no haberte engañado de sepultura? decía uno de ellos.

--No, no, respondió el otro.

--Es que, la verdad, replicó el primero, no sería justo el que nuestro

heroico amigo, que durante toda su vida fue un verdadero y ferviente

católico, se quedase reposando por más tiempo en una tumba protestante,

entre condenados y herejes.

--No hay cuidado, dijo el segundo: ven conmigo, voy a enseñarte su

sepultura.

Betzy comprendió que se trataba de una exhumación ilegal; y supo así al

mismo tiempo quiénes eran los hombres que se reunían algunas veces a

deshora en el cementerio de Rothnite.

Aquellos hombres eran fenians.

Uno de ellos había muerto en el barrio, y lo enterraron de consiguiente

en aquel sitio.

Pero sus amigos y correligionarios querían sacar de allí furtivamente

sus despojos, para trasportarlos sin duda al cementerio de San Jorge,

que es una iglesia católica como todos saben.

Betzy era escocesa, y anglicana por consiguiente.

Y sin embargo, un sentimiento extraño la hacía interesarse en aquella

exhumación.

Inmóvil detrás de la reja, y penetrando la niebla con su mirada

ardiente, vio abrir la fosa y extraer el cuerpo del fenian:--y solamente

cuando aquellos dos hombres se alejaron en fin con su fúnebre fardo, fue

cuando Betzy salió de su inmovilidad, y se dirigió lentamente hacia su

triste habitación de Adam street.

Pero no pudo dormir en toda la noche, y esperó el día con impaciencia.

Apenas apuntó el alba, Betzy abandonó su buhardilla, se dirigió hacia el

templo protestante, y entró en el cementerio.

Los alrededores estaban desiertos aún.

Betzy iba vestida de negro, y cualquiera que la hubiese visto allí a

aquella hora, hubiera podido creer que iba a rezar sobre la tumba de

alguna persona amada.

Y sin embargo, no era este el motivo que conducía a la Escocesa al

cementerio.

Betzy quería ver a la luz del día aquella tumba que no encerraba ya

ningún cadáver.

Siguió pues la huella de los pasos que los dos fenians habían dejado

sobre la yerba, bastante alta en aquel sitio; y, llegando a la

sepultura, que cubría una losa dominada por una cruz de hierro, se

arrodilló cerca de ella.

Después, echando a su rededor una rápida y furtiva mirada, se aseguro de

que estaba sola y de que nadie podía verla.

Entonces tanteó la losa que cubría la sepultura, y reconoció que podía

levantarse fácilmente.

--No vendrán a buscarlos aquí, murmuró.

Betzy, al decir esto, hacía alusión al manuscrito de lord William, y a

la declaración del teniente Percy.

* * *

Las últimas páginas del manuscrito estaban escritas por una mano

diferente.

Lord William, con ayuda de los datos que le suministrara Tom en los

últimos tiempos, había relatado detalladamente su historia; y después de

su entrevista con Betzy, había añadido la relación de los sucesos que

habían tenido lugar después de su encarcelamiento en Bedlam.

Pero luego que tuvo el diario en su posesión, Betzy lo había completado,

escribiendo en él los acontecimientos posteriores.

Aquí se detenía el _Diario de un loco de Bedlam_.

La declaración del teniente Percy y de sus cómplices, se hallaba unida

al legajo del manuscrito.

Concluida la lectura, Vanda y Marmouset se consultaron con la mirada.

--¿Y bien? dijo Vanda.

--No sabemos mucho más, pero sabemos bastante, repuso Marmouset.

--Tom ha muerto..... Betzy, muerta también.....

--Sí, pero lord William vive y su familia igualmente.

El abate Samuel no había dicho hasta entonces una palabra.

--Lo que el manuscrito no completa, dijo, vais a saberlo de mi boca.

--¡Ah! exclamó Marmouset volviéndose hacia el abate.

--Hará como cosa de seis meses que Betzy ocultó esos papeles en la tumba

vacía donde los habéis encontrado. La existencia miserable de esa

desgraciada durante esos seis meses, los últimos ¡ay! de su vida, es la

que os voy a referir en breves palabras.

--Decid, decid, exclamó Vanda.

Y así ella, como Marmouset y Shoking se agruparon alrededor del abate

Samuel.

Este prosiguió diciendo:

--Betzy había vivido cuidadosamente oculta todo el tiempo que conservó

esos papeles en su poder.

La cuerda del ahorcado Últimas aventuras de Rocambole: I El Loco de Bedlam · 第 17 / 18 段