--Pero entonces, dijo en fin, ¿de qué sirven las declaraciones del

teniente Percy y de sus cómplices?

--Servirán al menos, respondió el solícitor, para obtener una

transacción.

--¿Cuál?

--La misma que nuestros adversarios proponían en la carta apócrifa

atribuida a lord William.

--¿Doscientas cincuenta mil libras esterlinas?

--Sí, y el palacio Pembleton del faubourg Saint-Honoré en París.

--Pero, ¿cómo conseguiremos eso?

--Armados con esas declaraciones legalizadas en regla, iremos a ver a

lord Evandale, vos y yo.

--Bueno, ¿y después?

--Lord Evandale vacilará ante el temor de un pleito escandaloso, y

comprenderá que le conviene una transacción. Una palabra suya basta para

que pongan a lord William en libertad.

--¿Y luego?

--Lord William dejará la Inglaterra, irá a París, y allí tendrá lugar el

cambio.

--¿Qué cambio?

--El de las doscientas cincuenta mil libras y los títulos de propiedad

del palacio Pembleton, contra la declaración del teniente Percy y de sus

cómplices, legalizada por la embajada inglesa.

Tom movió la cabeza con desaliento. No estaba enteramente convencido, y

le parecía demasiado duro el que lord William abandonase así sus

derechos por un interés material, por considerable que fuese.

Además, su responsabilidad como mediador, le pesaba sobre la conciencia.

Mr. Simouns, viendo su indecisión, añadió:

--Reflexionad en todas las dificultades y retardos de un pleito

semejante. No conocéis, amigo mío, todas las imperfecciones de nuestra

legislación.

--Es verdad.

--Los trámites de ese pleito pueden hacerse durar muchísimos años.

--Y bien, ¿qué importa, si conseguimos el objeto?

--Y durante ese tiempo, continuó Mr. Simouns, la esposa y los hijos de

lord William vivirán en la más profunda miseria, y él, encerrado en una

casa de locos, acabará por perder la razón.

Este último argumento triunfó en fin de los escrúpulos del honrado

escocés.

--Y en fin, dijo para terminar Mr. Simouns, no os ocultaré que si no

tengo inconveniente en adelantar siete u ocho mil libras para este

negocio, no será lo mismo si se trata de una suma más considerable, y

para sostener el pleito, se necesitan al menos veinte y cinco mil

libras.

--Pues bien, dijo Tom, sea como queráis.

--¡Perfectamente! respondió Mr. Simouns.

En este momento se abrió la puerta del gabinete y se presentó el

teniente Percy.

Tom lo examinó con curiosidad.

Era un hombre joven aún y vigoroso, y que parecía dotado de una gran

energía.

--El señor y yo hemos quedado de acuerdo sobre lo convenido ayer con

vos, le dijo Mr. Simouns señalando al antiguo mayordomo de Pembleton.

El teniente se inclinó volviéndose a Tom.

--Esta noche saldréis para París, prosiguió el solícitor.

--Como gustéis, Mr. Simouns.

--He aquí quinientas libras esterlinas para vos y vuestros compañeros.

El resto os será entregado en París, tan luego como firméis en la

embajada.

Y diciendo esto le dio un cupón del Banco, de quinientas libras, que el

teniente Percy se metió tranquilamente en el bolsillo.

XLIX

DIARIO DE UN LOCO DE BEDLAM.

XXXV

--Id inmediatamente a hacer vuestros preparativos de partida, dijo aun

Mr. Simouns al teniente Percy. Tan luego como lleguéis a París, me

enviaréis un despacho indicándome las señas de la posada que hayáis

tomado, vos y vuestros compañeros.

--¿Debemos presentarnos de seguida en la embajada?

--No; permaneceréis allí sin dar el menor paso, hasta la llegada del

señor a París, repuso el solícitor señalando a Tom. Él vos indicará lo

que debéis hacer.

El teniente se levantó y salió del gabinete.

Entonces, apenas quedaron solos, Tom dijo a Mr. Simouns:

--¿Y mi pobre mujer que está en la cárcel?

--La haremos salir antes de ocho días.

--¿Cómo?

--Yo la haré poner en libertad bajo caución.

--¡Ah! bien, dijo Tom, pero si después deja la Inglaterra, como hemos

convenido, se perderá la fianza.

--Añadiremos esa suma a los gastos generales que deberá reembolsarme

lord William.

Tom quedó pensativo por algunos instantes, y después de un corto

silencio añadió:

--Pero, ¿no me habéis también dicho que la señora y los hijos de lord

William habían desaparecido?

--Sí.

--¿Les habrá sucedido acaso alguna desgracia?

--Mucho lo temo; y sin embargo.....

--¿Qué? preguntó vivamente Tom.

--Hoy estoy casi tranquilo sobre el particular.

--¿Cómo pues?

--He enviado en su busca al detective de que os he hablado.

--¡Ah!

--Y esta mañana precisamente me ha enviado un telegrama desde Brighton.

--¿Y qué dice?

--Ved por vos mismo.

Y Mr. Simouns tomó un papel de su bufete y lo presentó a Tom.

Este leyó:

* * *

«A Mr. Simouns, Pater-Noster street, London.

Esperad con confianza. Creo haber hallado

la huella de lo que buscamos.

ROGERS.»

* * *

--Así, creéis que logrará encontrarlos.....

--Estoy seguro.

--Muy bien, dijo Tom levantándose. Volveré mañana.

--¡Oh! no, repuso Mr. Simouns, no conviene que volváis aquí.

--¿Por qué?

--Porque nuestros adversarios os creen muerto, y no deben saber que

vivís hasta el día en que estéis armado con el testimonio escrito de los

cómplices de lord Evandale. Ahora bien, si venís aquí con frecuencia,

podéis ser visto y reconocido.

¿Dónde os habéis alojado?

--En ninguna parte aún.

--Pues bien es necesario buscar un barrio extraviado; por ejemplo en el

East-End, por el lado de Mail en Road.

--¿Bueno; pero ¿cuándo saldré para París?

--Tan pronto como tengamos noticias positivas de mistress Bruce y de sus

hijos.

--¿Y a lord William, no lo volveré a ver antes de partir?

--Es imposible. En primer lugar no se penetra fácilmente en Bedlam.

--¡Oh! el rigor no es tan grande, puesto que se puede obtener un

permiso.

--Sí, pero cuando llegue a saberse que una persona ha visitado a Walter

Bruce, las sospechas recaerán inmediatamente sobre vos, y, os lo repito,

debéis estar muerto para lord Evandale hasta que llegue el momento

decisivo.

Tom se inclinó no encontrando qué responder.

--Pero, a vos... ¿os veré? dijo.

--Mañana, entre diez y once, respondió el solícitor, pasaré en carruaje

por Mail en Road. A la altura del work-house, me detendré y echaré pie a

tierra. Hallaos por allí.

--Muy bien, dijo Tom.

Y partió de seguida, teniendo buen cuidado de salir de la casa

furtivamente, y de encubrirse lo mejor que pudo hasta estar fuera de la

City.

Inmediatamente, siguiendo el consejo de Mr. Simouns, fue a buscar

habitación cerca de Mail en Road.

No le fue difícil hallar posada por aquel sitio, y a la mañana

siguiente, a la hora convenida, se hallaba delante del work-house,

paseándose por la acera y espiando todos los carruajes que pasaban.

En fin, uno de ellos se detuvo, y un hombre bajó de él.

Aquel hombre era el solícitor.

--¡Albricias! amigo Tom, dijo acercándose a este. Se ha encontrado a

mistress Bruce.

Tom dejó escapar una exclamación de alegría.

--Tomad, dijo Mr. Simouns, leed.

Y le entregó una carta abierta.

Esta carta era del detective Rogers.

* * *

«Muy señor mío;--escribía el agente de policía:--he preferido haceros

esperar algunas horas y confiar mi misiva el correo, en vez de emplear

el medio lacónico y poco reservado del telégrafo.

»Os escribo esta carta en la casa misma de mistress Bruce.

»La pobre señora no sabe absolutamente nada. A estas horas cree todavía

que su esposo se halla en París.

»Voy a referiros en pocas palabras todo lo que le ha sucedido.

»Ya sabéis que salió de Londres, hace tres meses, para ir a reunirse con

su marido en Folkestone.

»En la supuesta carta de Mr. Bruce, que motivó esta partida, habían

imitado tan maravillosamente su letra, que ella no pudo sospechar lo más

mínimo.

»Un hombre la esperaba en la estación de Folkestone.

»Pero, como podéis muy bien imaginar, aquel hombre no era Mr. Bruce,

sino un gentleman que decía venir de su parte.

»Como prueba de ello, la presentó otra carta, firmada también Walter

Bruce, que su señora creyó igualmente auténtica.

»En ella decía Mr. Bruce que a causa del cambio de ciertas

combinaciones, se veía obligado a partir solo para París, donde ella

iría a reunírsele, previo aviso, dentro de algunas semanas. De

consiguiente la rogaba que aceptase sin reserva alguna los servicios de

aquel gentleman, que gozaba de toda su confianza, y a quien había dado

sus instrucciones.

»Mistress Bruce dio crédito a esta segunda carta, como lo había dado a

la primera, y no titubeó en seguir al gentleman, que la condujo a

Brighton, y la instaló en la casita de campo donde la he encontrado esta

mañana.

»Cada quince días recibe una supuesta carta de su marido, el cual

retarda siempre su ida a París, bajo diferentes pretextos.

»En cada una de esas cartas viene además adjunta una suma de dinero.

»Yo no he creído deber desengañar a mistress Bruce. Me he limitado a

decirla que venía de vuesta parte, pues ella sabe que os ocupáis de una

transacción entre su esposo y lord Evandale.

»Creo, salvo vuestro parecer, que sería bueno no decirla nada, hasta que

esa transacción se lleve a cabo y que Mr. Bruce haya sido puesto en

libertad.

»De todos modos, espera vuestras órdenes

»Vuestro seguro servidor

ROGERS.»

* * *

Tom devolvió esta carta al solícitor, y le dijo:

--¿Y qué habéis resuelto?

--He enviado un telegrama a Rogers, diciéndole solamente:

«Habéis hecho bien. No digáis nada.»

--Bien. ¿Y qué vamos a hacer ahora?

--Vos, saldréis para París hoy mismo. Aquí tenéis una carta de crédito

sobre la casa Shamphry y Compª., calle de la Victoria.

--Permitidme aún una pregunta, Mr. Simouns, dijo Tom tomando la carta.

--¿Qué es ello? preguntó el solícitor.

--¿Sabe algo lord William de todas nuestras negociaciones?

--Absolutamente nada.

--Debe hallarse en estado de completa desesperación.

--Sin duda. Pero más vale no decirle nada aún.

--¿Por qué?

--Porque podríamos despertar las sospechas de lord Evandale.

--Tenéis razón. Pero obremos con la mayor celeridad a fin de abreviar su

martirio.

--Eso es, repuso Mr. Simouns. Así, ¿vais a partir hoy mismo?

--Sí, señor.

--De ese modo llegaréis a París mañana por la mañana: sin perder un

minuto, os pondréis en seguida en relación con el teniente Percy.

--¿Dónde lo hallaré?

--Acaba de enviarme un despacho noticiándome que se ha alojado con sus

compañeros en el hotel de Champaña, calle Montmartre.

--Bien.

--Al punto los llevaréis a la embajada. Y tan luego como hayan prestado

declaración, y esta se halle legalizada en regla, me escribiréis cuatro

líneas.

--¿Y después?

--¡Toma! después, iré a ver a lord Evandale.

Tom se inclinó y saludó a Mr. Simouns, que se volvió a su carruaje.

Una hora después, tomaba Tom el tren correo del Sud-Railway y estaba en

camino para París.

Cuarenta y ocho horas más tarde, Mr. Simouns recibía el despacho

telegráfico siguiente:

* * *

«Declaración prestada. Embajador convencido. Pieza legalizada.

»Salida de París esta noche. Mañana en Londres.

TOM.»

* * *

--¡Eh!... eh! murmuró Mr. Simouns, empiezo a creer que lord Evandale

hará bien en transigir.

L

DIARIO DE UN LOCO DE BEDLAM.

XXXVI

Ocho días habían trascurrido después de la salida de Tom para Francia, y

en la mañana del octavo se hallaba de vuelta en Londres.

Dos personas le esperaban en la estación, Mr. Simouns y Betzy.

Betzy, puesta en libertad bajo caución, había vuelto también a la

capital, y esperaba con ansiedad a su marido.

Este venía radiante de alegría.

Traía una declaración en regla, firmada por el teniente Percy y los dos

capataces o cabos de presidio; y este documento, legalizado por el

cónsul inglés, estaba visado por la embajada.

--Ahora, dijo Mr. Simouns, podemos entrar en campaña. Voy a escribir a

Mr. Evandale pidiéndole una entrevista.

Tom, que había pasado la noche en camino de hierro, tomó algunas horas

de reposo, y a las dos de la tarde, según habían convenido, fue a buscar

a Mr. Simouns en un cab.

Apenas reunidos, ambos se dirigieron al West-End.

--Me parece, dijo Mr. Simouns cuando llegaron a la puerta de lord

Evandale, que es inútil, al menos por el momento, el que entréis

conmigo.

--¿Por qué? preguntó Tom.

--Porque temo que se os escape un movimiento de indignación, a vista de

lord Evandale, y que esto comprometa el éxito de nuestra negociación. Si

tengo necesidad de vos, os haré llamar.

--Sea como queráis, respondió Tom.

Mr. Simouns entró pues solo en casa de lord Evandale.

El noble personaje le esperaba en su gabinete. No había podido adivinar

lo que el solícitor podía tener que decirle; pero como este se había

ocupado largo tiempo de los negocios de la familia Pembleton, supuso que

lo traía alguna cuestión de interés.

Lo recibió pues cordialmente y aun le invitó a tomar asiento, pero el

solícitor permaneció de pie.

--¿De qué se trata pues, mister Simouns? preguntó lord Evandale.

--Milord, respondió aquel, me presento como procurador del hermano de

Vuestra Señoría.

--¿Qué hermano? dijo lord Evandale riéndose.

--Vuestro hermano mayor, lord William Pembleton, repuso Mr. Simouns

gravemente.

--Señor procurador, dijo lord Evandale, mi hermano ha muerto hace cerca

de diez años.

--Eso es lo que cree todo el mundo.

--Y esa es la verdad, señor mío.

--Milord, dijo fríamente Mr. Simouns, hay otros dos hombres que todo el

mundo cree también muertos, y que viven sin embargo.

--¡Ah!

--El primero se llama Tom.

Lord Evandale no pudo ocultar un ligero estremecimiento.

--¿Y..... el segundo? dijo.

--El segundo es Percy, el teniente de presidio.

--Yo no conozco a ese hombre.

--Sin embargo, añadió Mr. Simouns, siempre impasible, él fue quien ayudó

a sir Jorge Pembleton, vuestro padre, a sustituir el cadáver del forzado

Walter Bruce al cuerpo de lord William aletargado.

--¡Ah! muy bien! dijo lord Evandale, puesto que os creéis tan al

corriente en todos esos supuestos misterios de familia, voy a poneros en

la verdadera vía, para que salgáis de vuestro error.

--Veamos pues, milord.

--Hay un astuto bandido, prosiguió lord Evandale, que se llama en efecto

Walter Bruce, el cual ha imaginado, para sacarme algún dinero, hacerse

pasar por lord William, mi desgraciado hermano, que ha muerto de la

picadura de un reptil.

--¿Y..... ese bandido?.....

--Me he contentado con denunciarlo a la justicia.

--Conozco ese detalle.

--Y creo que la justicia, dando prueba de una indulgencia sin igual, se

ha contentado con encerrarlo en Bedlam.

--¿Estáis seguro de ello, milord?

--¡Oh! no diré que esté absolutamente seguro!.....

--Pero ese hombre tiene mujer..... hijos.....

--Es posible.

--¿Y es por órden vuestra?.....

--¡Ah! ¿qué es esto? exclamó lord Evandale con altivez; ¡se me figura

que os permitís interrogarme!

--No es mi intención, milord, repuso Mr. Simouns con firmeza, el faltar

a la consideración debida a vuestra clase, pero me es necesario probaros

que estoy más al corriente de este negocio de lo que creéis.

--En hora buena, hablad.....

--Un día, hará de esto tres meses, la esposa de Walter

Bruce,--llamémosle así por la forma,--recibió una carta de su marido...

es decir una carta apócrifa en la que se trataba de una transacción.

--¿Con quién?

--Con vos, milord.

--¡Ah! veamos.

--Lord William consentía a no reclamar en justicia su nombre ni su

título, y a dejar la Inglaterra; en cambio de la oferta que se le había

hecho de una suma de doscientas cincuenta mil libras y el palacio

Pembleton de París.

--Muy bien, ¿y qué?

--Esa transacción era razonable,--bajo el punto de vista del honor y

consideración de la familia,--y yo vengo, milord, a proponerla a mi vez.

Y diciendo esto, Mr. Simouns sacó del bolsillo un papel, lo extendió

sobre la mesa y añadió:

--Cuando Vuestra Señoría haya tomado conocimiento de esta declaración

jurídica, creo que no vacilará......

Lord Evandale tomó el papel y lo leyó.

Mr. Simouns, que lo observaba a hurtadillas, lo vio palidecer a medida

que leía.

En fin el noble lord, al acabar la lectura, tuvo un movimiento de cólera

y estrujó el papel entre las manos.

--¡Oh! dijo tranquilamente Mr. Simouns, podéis desgarrar ese documento y

hasta echarlo al fuego, si así os place, milord. No es más que una

copia. La pieza auténtica, legalizada por la embajada británica, se

halla bajo llave en mi gabinete.

Lord Evandale pareció reflexionar algunos instantes.

--Pues bien, dijo en fin, si yo consiento en lo que me pedís, ¿cuál será

mi garantía?

--Se os entregará el original de la copia que acabáis de leer, y que es

la sola pieza importante del pleito que intentamos sostener.

--Muy bien. Pero Walter Bruce está en Bedlam.....

--¡Oh! es tan fácil para Vuestra Señoría el hacerlo salir!

--¿Lo creéis así?

--Vuestra Señoría no tiene más que escribir dos líneas al lord

presidente, y Walter Bruce será puesto en libertad.

--¿Y partirá de Londres?

--Inmediatamente.

--¿Y en cambio de mi casa de París y de las doscientas cincuenta mil

libras, se me entregará esa declaración?

--Milord, dijo Mr. Simouns, soy un hombre conocido en Londres por mi

probidad. Jamás he dado mi palabra sin cumplirla.

--Está bien, dijo lord Evandale. Mañana a esta hora, pasaré por vuestra

casa, y concluiremos este negocio tal como lo deseáis.

Mr. Simouns saludó a lord Evandale y se retiró sin más palabra.

Tom había permanecido en el carruaje.

--En fin, amigo mío, dijo al incorporarse con él Mr. Simouns, la causa

está ganada.

--¿Consiente en todo?

--En todo absolutamente.

--¿Y lord William saldrá de Bedlam?

--Mañana será puesto en libertad. Por lo demás, venid mañana a las dos a

mi gabinete. A esa hora todo estará concluido.

Tom y Mr. Simouns se separaron en Leicester-square.

El solícitor se volvió a su oficina, y el buen escocés fue a reunirse

con Betzy, que había tomado un modesto cuarto amueblado en Drury-Lane.

Todo Inglés de pura raza que tiene un motivo fundado de alegría,

acostumbra a dar gracias a la Providencia con el vaso en la mano.

Tom veía al fin coronados sus esfuerzos; así pasó todo el resto del día

con Betzy, y corrieron de taberna en taberna hasta la media noche,

bebiendo porter, sherry, gin y aguardiente, anegando por completo su

regocijo.

A media noche se acostaron completamente borrachos.

Sin embargo, la mañana siguiente, Tom se levantó como de costumbre,

enteramente despejado y con toda su lucidez de espíritu.

Toda la mañana la pasó lleno de impaciencia.

En fin, cuando dieron las dos, salió a toda prisa, tomó un cab, y se

hizo conducir a Pater-Noster Street.

Pero en el momento en que entraba en esta calle, ordinariamente

tranquila, vio una multitud compacta que obstruía el paso a la casa de

Mr. Simouns.

Tom bajó del carruaje y se aproximó vivamente.

La multitud estaba silenciosa y parecía consternada.

Tom quiso penetrar por medio de ella y abrirse paso hasta la puerta

gritando: ¡Plaza! plaza!; pero no lo pudo conseguir a pesar de todos sus

esfuerzos.

--¿Qué es esto? dijo entonces encarándose con un rough que se hallaba a

su paso, ¿qué sucede aquí?

--Ha sucedido una gran desgracia, respondió aquel hombre del pueblo.

Tom se estremeció de pies a cabeza y sintió un sudor frío inundar de

pronto su frente.

LI

DIARIO DE UN LOCO DE BEDLAM.

XXXVII

--Pero, ¿qué ha sucedido? preguntó Tom con ansiedad.

--Una gran desgracia, caballero.

--¿Qué desgracia?

--Mr. Simouns ha muerto.

Tom dejó escapar un grito.

En aquel momento un joven se abrió paso entre la multitud y se acercó a

Tom.

Este lo reconoció al punto.

Era aquel mismo pasante de Mr. Simouns, que el solícitor había enviado a

buscar al teniente Percy algunos días antes.

--¡Ah! señor Tom! exclamó el joven con los ojos arrasados en lágrimas,

¡qué desgracia! señor Tom, que desgracia!

Tom se había quedado como estúpido.

--Pero... ¡es imposible! dijo en fin.

--¡Oh! eso es lo mismo que yo decía, señor Tom; yo no quería creerlo

hace una hora..... Pero lo he visto muerto, bien muerto.

Y entonces el pasante contó a Tom que Mr. Simouns había vuelto a su casa

la noche anterior, como de costumbre, en perfecta salud y de muy buen

humor.

Que había cenado como todas las noches, y se había metido en la cama un

poco antes de las doce.

La mañana siguiente, a eso de las ocho, viendo que tardaba en llamar a

su ayuda de cámara, mistress Simouns se inquietó un poco y fue a tocar a

su puerta.

Pero, como nadie le respondiese, abrió y entró.

Mr. Simouns se hallaba extendido en la cama, y estaba muerto.

Un médico, llamado a toda prisa, había declarado que el solícitor

acababa de sucumbir a una congestión cerebral, determinada por una causa

desconocida.

Durante este relato del pasante, Tom hizo grandes esfuerzos para

conservar su serenidad y recobrar toda su energía.

--Pero, dijo en fin, ¿es aquí donde ha muerto?

--No, señor; ha muerto en su domicilio, fuera de Londres.

Entonces, ¿por qué hay aquí esa aglomeración de gente?

--Porque la justicia está arriba.

--¡La justicia!... ¿Qué viene a hacer aquí?

--Viene a sellar y poner en secuestro los papeles de Mr. Simouns.

Esta respuesta fue un nuevo golpe para el pobre Tom.

Entre los papeles de Mr. Simouns se encontraba seguramente la famosa

declaración del teniente Percy y consortes, visada por la embajada de

París, único documento por cuyo medio podía obligarse a transigir a lord

Evandale.

Y Tom conocía la marcha lenta y tortuosa de la justicia inglesa. Sabía

que una vez puesto un secuestro, había para un tiempo indefinido.

Después de penosos esfuerzos, acabó por abrirse paso y entró en la casa

siguiendo de cerca al pasante.

El gabinete del solícitor estaba ya cerrado y habían puesto los sellos

en la puerta.

En tanto, las dos de la tarde habían pasado hacía tiempo, y lord

Evandale no parecía.

Tom permaneció toda la tarde errando de un lado a otro por la calle de

Pater-Noster.

Esperaba ver llegar a lord Evandale según había prometido el día

anterior, puesto que no debía conocer todavía la muerte del solícitor;

pero lord Evandale no pareció por aquellos parajes.

De entonces Tom supo ya a qué atenerse.

Mr. Simouns no había muerto de muerte natural.

Lo había herido la misma mano misteriosa que dirigía la infernal intriga

en que se hallaban envueltos lord William y todos los suyos.

¡Y Tom se encontraba solo en adelante para combatir con semejantes

adversarios!.....

Pero ya lo hemos visto, el honrado escocés estaba dotado de una energía

a toda prueba. Jamás se desalentaba completamente, y tenía la paciencia

y la tenacidad de los cazadores americanos.

Esperó quince días, prudentemente escondido con Betzy, en uno de los

barrios extremos de Londres, y de allí espiaba sin embargo todo lo que

convenía a los planes de su conducta futura.

Al cabo de ese tiempo, el gabinete de Mr. Simouns volvió a emprender sus

trabajos.

El mismo pasante que había noticiado a Tom la muerte de su principal, y

que era su oficial mayor, fue nombrado solícitor, por providencia

ministerial, en el oficio vacante de Mr. Simouns.

Tom fue a verlo de seguida.

El nuevo procurador estaba al corriente del negocio y sabía la marcha

que había seguido hasta el día.

--Mr. Simouns ha muerto, dijo; pero yo ocupo su lugar y continuaré su

obra. Estoy próximo a obtener que se levante el secuestro, y tan luego

como hayamos encontrado la famosa declaración que nos sirve de base en

este negocio, obligaremos a lord Evandale a que termine la transacción.

Al cabo de ocho días, el nuevo solícitor obtuvo que se levantaran los

sellos.

Pero ¡ay! aquí esperaba a Tom un nuevo desengaño, más cruel, más

terrible que todos los que ya había sufrido.

Levantado el secuestro, se procedió a un minucioso examen, pero fue en

vano el registrar todos los papeles de Mr. Simouns; la famosa pieza

había desaparecido.

Una mano criminal la había sustraído sin duda, el día de la visita

judicial en el gabinete de Pater-Noster street.

El nuevo solícitor no se desalentó sin embargo.

Cuando estuvo bien convencido de la desaparición de aquel documento,

tomó inmediatamente su partido, y dijo a Tom:

--El teniente Percy continúa en París, ¿no es verdad?

--Así lo creo.

--Pues bien, es necesario ir a París, y obtener de ese hombre una nueva

declaración, aun cuando sea a fuerza de dinero.

El honrado Tom, siempre animoso e infatigable, partió de seguida.

Al día siguiente llegaba a París y corría al domicilio del teniente.

Aquí nuevo golpe y nuevo desengaño.

El teniente había desaparecido de París hacía ocho días, sin que nadie

supiese su paradero.

Tom buscó entonces a los dos antiguos cabos de presidio, pero también

los buscó en vano.

Ni la policía de París, ni la embajada inglesa pudieron averiguar el

paradero de aquellos individuos.

Entonces Tom, fuera de sí de cólera y de dolor, exclamó:

La cuerda del ahorcado Últimas aventuras de Rocambole: I El Loco de Bedlam · 第 16 / 18 段