salir de pronto de la oscuridad, y un hombre asomó en seguida la cabeza.
Aquel hombre llevaba un sombrero embreado y un chaquetón azul.
--¡Eh! individuo! ¿eres tú quien hace todo ese escándalo? dijo mirando
a Tom.
--¿Dónde estoy? preguntó este. ¿Por qué me han atado como a un
malhechor?
El marinero se echó a reír.
--Anda a preguntarlo al capitán, ¡mala ralea! dijo. Yo no sé más que una
cosa.....
--¿Qué? pregunto Tom con ansiedad.
--Nada; que si vuelves a gritar, vas a llevar la cuerda..... ¿Me
entiendes?--Ya estás avisado.
Tom supo dominarse, y no cedió a la cólera que le ahogaba.
--Amigo mío, respondió con dulzura, no hay necesidad de castigo: me
callaré, puesto que así me lo mandan.
--¡Así me gusta! eso es lo que se llama ser razonable! dijo el marinero
ablandándose a su vez.
--Pero, vamos, prosiguió Tom, ¿no podríais al menos decirme dónde estoy?
--¡Toma! en la sentina del barco.
--¿En qué barco?
--A bordo del _Regente_, steamer transatlántico.
--¿Y adónde vamos?
--A América.
--Pero en fin, añadió Tom, ¿por qué estoy aquí?
--Eso es lo que no sé.
Y al decir esto se retiró el marinero.
Algunas horas después volvió a aparecer, trayendo algún alimento para
Tom y un poco de vino; y bajando a la sentina, le desató las manos a
fin de que el desgraciado pudiera comer.
Tom estaba desesperado.
El buque marchaba a todo vapor y se alejaba velozmente de las costas
inglesas.
El día se pasó así, luego la noche, después otro día por entero.....
Dos veces en cada veinte y cuatro horas, el mismo marinero traía de
comer a Tom, le desataba las manos, y así que acababa su frugal comida,
volvía a atarlo de nuevo.
En fin, al cabo de tres días, el marinero, al llegar como de costumbre,
le dijo:
--Tengo nuevas órdenes del capitán.
--¡Ah! exclamó Tom.
--El capitán juzga inútil el dejarte por más tiempo en este sitio.
--¿De veras?
--Sí, y me ha dado órden de desatarte y de conducirte sobre cubierta.
Ya no hay riesgo en hacerlo.
--¿Qué queréis decir? preguntó Tom.
--¡Bah! es necesario ser un topo para no comprenderlo! dijo el
marinero. Estamos ya a cien leguas de las costas de Inglaterra, y no hay
miedo de que puedas escaparte a nado.
--¡Ah! repuso sencillamente Tom.
Y se dejó desatar de pies y manos sin añadir una palabra, recobrando al
fin la completa libertad de sus movimientos.
El marinero lo condujo sobre cubierta.
Tom reflexionaba en tanto y se decía para sí:
--Me hallo a bordo de un buque del Estado. El capitán es un oficial de
marina y debe ser un cumplido caballero. Voy a dirigirme a él. Es
imposible que no me escuche y que, al escucharme, no acabe por reconocer
que soy víctima de un error o más probablemente de una intriga criminal.
Y en ese caso me hará volver a Inglaterra con el primer buque que
encontremos.
Y Tom, firme ya en este propósito, esperó una ocasión propicia para
hablar con el capitán.
Los hombres de la tripulación lo miraban con extrañeza, y ninguno le
dirigía la palabra.
En fin, algunas horas después, y cuando empezaba a caer la tarde, el
capitán se presentó en el entrepuente.
Tom se fue derecho a él y le saludó con respeto.
Pero a las primeras palabras que dijo, el capitán le interrumpió y
repuso secamente:
--No tengo explicaciones que daros. He recibido órdenes terminantes
respecto a vos, y las ejecuto. Es cuanto tengo que deciros.
Y le volvió la espalda.
Tom no se desalentó con esta respuesta, e intentó un nuevo paso
dirigiéndose al segundo.
Pero este le recibió peor todavía.
Aquel oficial no se dignó escucharlo y le dijo con dureza:
--Si os quejáis, os hago poner un grillete y encerrar de nuevo.
Entonces el pobre Tom bajó la cabeza y se retiró diciendo para sus
adentros:
--Está bien: veo que no puedo contar sino conmigo mismo.
Y con la calma imperturbable que caracteriza a los Ingleses, no habló
más palabra con nadie, y esperó una ocasión para recobrar su libertad.
Esta ocasión se hizo esperar muchos días; pero al fin se presentó, como
va a verse, probando que el honrado escocés había tenido razón para no
desesperar de su estrella.
XLVI
DIARIO DE UN LOCO DE BEDLAM
XXXII
El _Regente_, gran steamer transatlántico de la marina real inglesa,
llevaba el derrotero de Buenos Ayres.
A los quince días de una travesía feliz, dando la vuelta por toda la
costa O. de España, entró en las aguas de África, y dio vista al elevado
pico de Tenerife.
El sol había bajado al horizonte envuelto en una aureola de púrpura, y
el cielo iba extendiendo su manto azul, oscureciendo la vasta extensión
del Océano.
Sin embargo hacia el S. O. corrían amontonándose algunas nubes
parduscas, y el viento había refrescado de pronto al ponerse el sol.
El capitán, que era un viejo marino, después de haber dirigido
sucesivamente su anteojo hacia los cuatro puntos cardinales, había
arrugado algún tanto el ceño; pero no dijo sin embargo una palabra.
Tom iba de un lado a otro con indiferencia: parecía enteramente
resignado con su suerte, y a esto había debido el que le permitieran a
bordo una completa libertad.
Podía pasearse a toda hora sobre cubierta, y hasta le toleraban el que
hablase con los marineros.
Tom no se quejaba ya, ni pedía que le dejasen desembarcar o pasar a otro
buque para volver a su país; pero observaba cuidadosamente todo lo que
ocurría a su rededor, y exploraba sin cesar el horizonte, esperando
siempre ver asomar alguna vela.
La actitud preocupada del capitán, no escapó pues aquel día a su mirada
investigadora.
Al mismo tiempo no apartaba la vista del elevado pico que se alzaba
majestuoso en el horizonte.
Al cerrar la noche, el capitán dio la órden de parar la máquina y poner
a la capa.
Tom se estremeció de alegría.
El viento fue cayendo poco a poco; el mar se levantaba por grados, las
olas se coronaban de espuma, y las nubes iban avanzando en grupos
cerrados y amenazadores.
--Vamos a tener un famoso chubasco, murmuraban los marineros.
En fin, la noche cerró por completo, y con la noche vino la tempestad.
Una tempestad terrible, espantosa.
El steamer iba de un lado a otro a la ventura, ya en la cima de las
encrespadas olas, ya en los hondos abismos que se abrían en el Océano.
Y al mismo tiempo aumentaba la oscuridad.
Tom sabía que la isla de Tenerife se hallaba a lo más a dos leguas de
distancia.
En fin, en el momento en que la tempestad estaba en su mayor fuerza, y
cuando toda la tripulación ocupada en la maniobra, obedecía como un solo
hombre a la voz tonante del capitán, y mientras que los mástiles se
plegaban y crujían a la fuerza del viento; una voz dominó todos estos
ruidos gritando:
--¡Un hombre al mar!
¿Aquel hombre había caído al agua por accidente, había sido arrebatado
por una ola, o es que voluntariamente se arrojara al mar?
Nadie hubiera podido decirlo en aquel momento.
Además, ¿quién era aquel hombre?
¿Era un marinero o un pasajero?
Ni siquiera pensaron en averiguarlo.
Sólo a la mañana siguiente, cuando apareció el día, se fue sosegando la
tempestad, y el capitán pudo hacerse cargo de las averías del buque; fue
cuando vinieron a decirle que el hombre que había caído al mar era Tom.
El capitán se encogió de hombros.
--El pobre diablo ha querido escaparse, dijo, pero estábamos muy lejos
de la costa, y se habrá ahogado.
Y yendo a su camarote, escribió en el libro de bordo:
«Esta noche pasada, en medio de una borrasca bastante fuerte, el
nombrado Tom, a quien yo conducía a América, de órden y por cuenta de la
Misión evangélica, cuya dirección reside en Londres, ha sido arrebatado
de cubierta por una ola, y se ha ahogado.»
Después de esto, el vapor continuó su camino.
El capitán se engañaba. Tom no se había ahogado: Tom era un diestro y
vigoroso nadador.
El intrépido Escocés fue por largo tiempo juguete de las olas. Tan
pronto levantado por ellas a considerable altura, tan pronto sumido en
abismos inconmensurables, había a pesar de ello nadado sin descanso,
hasta que tuvo la fortuna de encontrar un trozo de mastelero, procedente
de las averías del buque.
Aquel madero flotante fue su tabla de salvación.
Al tropezar con él lo asió fuertemente, y poniéndoselo bajo el pecho,
siguió nadando con más seguridad, sino con menos fatiga, y a fuerza de
constancia, logró al fin tocar tierra, cuando ya se abandonaba al mar
sin aliento.
El compañero de viaje que le había ofrecido un cigarro en el vagón a su
salida de Londres, y las personas que se habían apoderado de él
aletargado para trasportarlo a bordo del _Regente_, habían omitido un
ligero detalle.
Por olvido o indiferencia, le habían dejado el cinturón de cuero en
donde el Escocés guardaba su fortuna; aquel mismo cinturón que no
tentara tampoco la codicia de los salvajes de la Oceanía.
De consiguiente, Tom tenía dinero.
Al salir el sol, lo encontró desmayado en la playa, a un tiro de
ballesta de la pequeña ciudad de Laguna.
Un pescador que venía a retirar sus redes, destrozadas por la tempestad,
le prodigó sus cuidados y lo volvió a la vida.
Tom contó, al recobrar sus sentidos, que iba como pasajero en el vapor
británico el _Regente_, y que una ola le había arrastrado de la
cubierta, en la tempestad de la noche anterior.
El pescador lo condujo a Laguna y le dio hospitalidad.
Así como Santa Cruz, la capital de la isla, Laguna posee muchos
Ingleses.
Tom se hizo conducir a casa del Cónsul, refirió su pretendido accidente,
y pidió una autorización para ser trasportado a Inglaterra.
Para esto le fue necesario esperar que pasase un buque con este destino.
En fin, al cabo de ocho días, un bergantín dinamarqués hizo escala en
Santa Cruz.
Aquel bergantín se dirigía al mar del Norte y debía tocar en Newcastle,
lo que convenía perfectamente a Tom, pues quería ir a Escocia antes de
volver a Londres.
La travesía duró cerca de un mes.
Pero ya había escrito desde Tenerife dos cartas: una a su mujer Betzy, y
otra a lord William.
En ellas contaba todo lo que le había sucedido, y les aconsejaba que
dejasen la casa de Adam street, que se ocultasen en cualquier otro
barrio apartado de Londres, y que no determinasen ni hiciesen nada antes
de su vuelta.
Al mismo tiempo les rogaba que le contestasen a Perth, al apartado del
correo.
En toda su desastrosa aventura, Tom no había adivinado más que una parte
de la verdad.
Estaba en la convicción de que el pasante Edward Cokeries había obrado
de buena fe, y creía aún que el amigo que le había escrito de Perth,
confirmándole la existencia del teniente Percy era en efecto sir John
Murphy, a quien había tratado en otro tiempo.
La asechanza de que había sido víctima, la atribuía a lord Evandale.
Tom desembarcó pues en Escocia, y no se detuvo un momento hasta llegar a
Perth.
Su primer cuidado, antes de aposentarse, fue ir a la oficina de correos,
donde esperaba encontrar cartas de lord William o de Betzy.
Pero ni uno ni otro le habían escrito.
Entonces corrió en seguida al domicilio del antiguo chalán Murphy; y
allí supo, con un asombro difícil de definir, que aquel hombre había
dejado a Perth hacía muchos años.
De consiguiente no era él quien le había escrito.
Tom no se desalentó sin embargo.
Sin pensar siquiera en descansar, se puso en seguida en busca del
teniente Percy.
Pero todas sus diligencias fueron inútiles.
En ninguno de los barrios de Perth habían oído jamás hablar de aquel
hombre ni nadie le había visto.
Entonces recordó Tom, aunque tarde, la incredulidad que manifestara lord
William cuando le enseñó el billete anónimo que le indicaba la
residencia del teniente Percy en Perth; y reconoció en fin que había
obrado a la ligera.
El pobre servidor, humillado y confundido, tomó pues el camino de
Londres.
Al llegar a la capital, corrió en seguida a Adam street.
Pero allí lo esperaba una nueva y dolorosa sorpresa.
Lord William y su familia habían desaparecido hacía un mes.
Betzy había partido tras ellos.
¿Adónde habían ido?
Nadie pudo decírselo.
Tom calculó entonces el tiempo trascurrido, y vio que había cerca de
tres meses que saliera de Londres.
Pero ya hemos visto que nuestro digno escocés no se desalentaba nunca
completamente.
--¡Yo los encontraré! se dijo con resolución.
Y se puso en seguida a la obra.
XLVII
DIARIO DE UN LOCO DE BEDLAM.
XXXIII
Tom había llegado a Londres de noche.
A aquella hora, las casas de banca y los escritorios de comercio, así
como los gabinetes y oficinas de abogados y procuradores, estaban
cerrados.
Así el pobre Tom, aunque devorado de impaciencia, tuvo que esperar al
día siguiente.
Aquel día, apenas habían sonado las nueve de la mañana, se hallaba ya en
el gabinete de mister Simouns.
El solícitor abrió desmesuradamente los ojos al escucharlo.
--Jamás he tenido ningún pasante llamado Edward Cokeries, le dijo.
--¡Es posible! exclamó el cándido Tom.
--Y en cuanto a lord William y a vuestra mujer, ni siquiera he oído
hablar de ellos.
Por lo demás, todo lo que acabáis de contarme, es menos extraordinario
de lo que creéis.
Y como al oír estas palabras, se quedase Tom mirándolo estupefacto, Mr.
Simouns añadió:
--Debíais haber escuchado mi consejo. Estoy seguro que hubiéramos
llegado a una transacción con lord Evandale.
--Pero, ¿quién sabe, exclamó Tom, si a esta hora el miserable no habrá
hecho asesinar a su hermano?
--No es probable.
--Sin embargo.......
--¿No decís que lord William, su esposa y sus hijos han desaparecido?
--Sí, respondió Tom.
--¿Y vuestra mujer también?
--Igualmente.
--Pues bien, ya veis que no se asesinan así como quiera cinco personas.
--¿Qué ha sido de ellos entonces?
Mr. Simouns tuvo lástima de la desesperación del pobre escocés.
--Escuchad, le dijo; yo tengo por costumbre el no ocuparme sino de los
asuntos de mi profesión: sin embargo, hay tal acento de verdad en
vuestras palabras, y estoy ahora tan convencido de que lord William
vive, que me decido a tomar mano en vuestra causa y la suya.
No me explicaré más por el momento, pero venid esta tarde, y ya
veremos.......
Tom se fue más consolado, y pasó todo el día errando por las calles de
Londres, buscando a la ventura y gastando su tiempo inútilmente.
Buscar en Londres una persona que ha desaparecido, es, según el dicho
vulgar, como querer hallar una aguja en un montón de paja.
Así anduvo de un lado a otro hasta las seis de la tarde, hora en que
tomó la vuelta de la City y se dirigió a la calle de Pater-Noster.
Todos los escribientes se habían ya ido, pero Mr. Simouns esperaba a
Tom.
--¿No habéis encontrado nada? le dijo.
--¡Ay! no señor, respondió Tom.
--Entonces yo he sido más dichoso.
Tom lanzó una exclamación de alegría.
--¡Oh, no os alegréis tan pronto, mi pobre Tom! dijo el solícitor.
--¡Pues qué!..... por acaso..... ¿han muerto?
--No, pero han sido víctimas de una maquinación infernal. ¿Sabéis dónde
se halla lord William?
--¡Decid!... ¡decid! preguntó con ansiedad el pobre Tom.
--Está en Bedlam.
--¿En un hospital de locos?
--Sí, amigo mío.
Tom levantó las manos al cielo con aire desesperado.
Mr. Simouns añadió:
--Tenemos en Londres un _detective_ muy hábil que se llama Rogers.
Algunas veces he empleado a ese hombre con éxito, y estaba seguro de
antemano que dirigiéndome a él, llegaría a saber el paradero de lord
William y su familia, así como de vuestra mujer.
De consiguiente hice venir a Rogers esta mañana, apenas me dejasteis.
El agente de policía conocía perfectamente el asunto de que le hablaba,
y así no me dejó acabar.
--Ese negocio, me dijo, me ha pasado por las manos. No quise encargarme
de él, pero puedo deciros todo lo que ha ocurrido sobre el particular.
Y he aquí lo que Rogers me ha contado, prosiguió Mr. Simouns:
Al día siguiente de vuestra partida de Londres, lord William recibió un
telegrama firmado por vos.
--¿Por mí? exclamó Tom.
--Un despacho falso, ya lo comprendéis.
--¡Ah!
--En él decíais a lord William: «He encontrado a Percy.--Cokeries irá a
veros. Haced lo que os diga.»
Aquel mismo día, Cokeries se presentó a él.
Hizo redactar a lord William, bajo su dictado, un largo pedimento muy
difuso, sembrado acá y allá de frases incoherentes, simulando fórmulas
judiciales.
Y hecho esto, se comprometió a entregarlo él mismo al fiscal del
tribunal supremo.
Dos días después, lord William recibió una carta vuestra.
--¡Pero si yo no he escrito una palabra! exclamó Tom.
--Ya sé que no habéis escrito, pero han imitado vuestra letra de manera
a engañar al más experto.
--¿Y qué me hacían decir en esa carta?
--Decíais que Percy estaba enfermo, y que permanecíais a su lado hasta
que se restableciese para poder acompañaros a Londres.
--¿Y después? dijo Tom.
--Ocho días después, lord William recibió cita del tribunal mandándole
comparecer, bajo el nombre de Walter Bruce, se entiende, en el gabinete
del fiscal del Consejo.
Esto despertó en el joven lord alguna esperanza, y partió lleno de
alegría.
Llegada la noche, como no hubiese vuelto aún, su esposa y la vuestra
empezaron a concebir alguna inquietud, pero no tardaron en recibir una
carta, escrita y firmada por lord William.
Pero esta carta era obra de un hábil falsario como la vuestra.
Lord William escribía que el fiscal no había dudado un momento en
admitir las pruebas de su identidad, y que había hecho comparecer
inmediatamente a lord Evandale.
Que este último, al presentarse y ser confrontado con su hermano, no
pudiendo negarse a la evidencia, lo había confesado todo.
Sin embargo, el fiscal había retrocedido ante la enormidad del escándalo
y la dura necesidad de hacer comparecer en justicia y acusar a un par
del reino, y había instado vivamente para que interviniese una
transacción entre los dos hermanos.
Lord William recibiría como compensación una suma de doscientas
cincuenta mil libras esterlinas, y la propiedad de un palacio que la
familia Pembleton poseía en París, en el faubourg Saint-Honoré, y
consentiría en vivir en adelante en Francia.
A esta condición se añadía la de salir de Londres en el acto.
Lord William partía pues para Folkestone, donde iba a esperar a su mujer
y a sus hijos.
Al mismo tiempo rogaba a Betzy que fuera a Perth a reunirse con Tom, que
le noticiase la transacción que había tenido lugar, y que, volviendo con
él a Londres, arreglasen sus asuntos, y salieran después para Francia.
La esposa de lord William no dudó un momento de la autenticidad de esta
carta.
En ella venía adjunto un billete de cien libras, y así no le fue
difícil hacer al día siguiente sus preparativos, y partir por el tren
correo de las ocho de la noche, en el railway del Sur.
Desde ese momento no se la ha vuelto a ver, ni a ella, ni a sus hijos.
--Pero, ¿y lord William? dijo Tom, ¿qué ha sido de él?
--El extraño escrito presentado en su nombre al tribunal, sólo ha
servido para hacer dudar de su razón.
--¡Ah!
--Al mismo tiempo ha recibido una queja de lord Evandale, que reclamaba
la acción de la justicia contra un antiguo deportado, que tomaba el
nombre de su difunto hermano, y le perseguía con reclamaciones absurdas.
De consiguiente, mientras que mistress Bruce se dirigía a toda prisa a
Folkestone, donde creía encontrarlo, lord William se hallaba sometido al
examen de dos médicos, los cuales no titubearon en declarar de una
manera unánime que estaba loco.
--¿Y..... entonces? preguntó Tom temblando.
--Entonces, ya os lo he dicho, lo han encerrado en Bedlam, donde se
halla todavía.
--Pero, ¿y mi mujer?.....
--Vuestra mujer salió para Escocia el mismo día.
Iba en el vagón destinado para las señoras, y al llegar a la segunda
estación, una anciana de aspecto muy respetable, se quejó en alta voz
pretendiendo que la habían robado.
Todas las demás viajeras rechazaron indignadas esta imputación, pero los
empleados del ferrocarril, cumpliendo con su deber, hicieron venir a un
inspector de policía.
Registraron a todas las que ocupaban el vagón, y se encontró en la
faltriquera de Betzy el bolsillo de la señora robada.
Betzy protestó en vano: fue presa, y la condujeron a la cárcel de la
villa inmediata.
Tom, al oír esto, tuvo un acceso de desesperación.
--¡Oh! exclamó, estamos perdidos!
--No, todavía no, dijo Mr. Simouns con su flema británica.
Tom se quedó mirándolo con ansiedad.
XLVIII
DIARIO DE UN LOCO DE BEDLAM.
XXXIV
Mr. Simouns pareció recogerse algunos instantes.
Tom lo miraba con ansiedad y, por decirlo así, suspendido a sus labios.
En fin, el solícitor levantó la cabeza y fijándose en su interlocutor,
prosiguió:
--Según me dejáis dicho, amigo mío, habéis buscado al teniente Percy por
todas partes.
--¡Ay! sí, señor; y todo me hace creer que ha muerto.
--Os engañáis.
--¿Creéis que vive aún? exclamó Tom vivamente.
--Tengo la certeza.
--¡Ah!
--Y la prueba.
Tom sintió renacer en su corazón la esperanza.
--Escuchad, prosiguió Mr. Simouns; mientras que vos corríais de un lado
a otro en busca de ese hombre, yo lo buscaba también.
--¿Y lo habéis encontrado?
--El teniente Percy vive todavía, y no solamente no está ciego ni
enfermo, sino que goza de todas sus facultades.
--¿Y reside en Londres?
--Sí.
Y diciendo esto, Mr. Simouns tiró del cordón de una campanilla.
A los pocos instantes se presentó uno de sus escribientes.
--Tomad mi carruaje, le dijo Mr. Simouns, y corred a Dover-Hill. Ya
conocéis al hombre que vino con vos ayer. Conducidlo aquí al instante.
El pasante partió de seguida.
Entonces Mr. Simouns añadió:
--Hace poco, os abandonabais a la desesperación, amigo mío. El exceso en
todo, no es cosa razonable: así, no vayáis ahora a entregaros a una
inmoderada alegría.
--Sin embargo.....
--Escuchadme hasta el fin. El teniente Percy está en efecto en Londres:
hablará cuando sea requerido, mediante una suma de dinero que he
prometido entregarle. Hará más aún.
--¿Qué?
--Hará intervenir a los dos capataces que le acompañaban y que fueron
cómplices en la sustitución de lord William por el cadáver de un
forzado.
--¡Oh! pero entonces...... exclamó Tom gozoso.
--Esperad. Esos tres hombres han dejado el servicio y tienen hoy una
modesta posición. Pero luego que hayan declarado, no solamente perderán
su pensión de retiro, sino que caerán además en manos de la justicia.
--¡Ah! repuso Tom.
--Y serán, por lo menos, condenados a la deportación.
--Pero ante esa perspectiva, ¿cómo podéis creer que se atrevan a
declarar la verdad? observó Tom, que había recobrado poco a poco su
sangre fría.
--He encontrado el medio de hacerles hablar y de sustraerlos al rigor de
la ley.
--¿Qué medio es ese? preguntó Tom.
--En primer lugar daremos a cada uno de ellos mil quinientas libros
esterlinas; que es el precio que han puesto a sus revelaciones.
--Bien.
--En seguida dejarán la Inglaterra, pasarán el estrecho y se
establecerán en Francia. No tienen que temer la extradición, pues no se
halla establecida para esa clase de crímenes.
--Pero, en ese caso, no dirán nada.....
--Al contrario, declararán con entera libertad.
Tom no acertaba a comprender lo que oía.
--Una vez en París, prosiguió el solícitor, se presentarán al embajador
británico y le revelarán el misterioso crímen de Pembleton: añadirán
además ciertos detalles relativos al alcaide de la cárcel de Perth, que
ejerce aún hoy día sus funciones, y que ha sido el más culpable en todo
ese negocio.
Ese hombre, cogido de improviso, lo confesará todo.
--Pero entonces, dijo Tom, será condenado.
--¡Ya lo creo!... y con harta justicia. Ha sido el más culpable, os lo
repito, pues él fue quien sirvió de intermediario entre el teniente y
los capataces que conducían la cadena y el supuesto Indio Nizam.
--Entonces el pleito está ganado de antemano, dijo Tom gozoso.
--¡Oh! todavía no, repuso Mr. Simouns.
--Sin embargo.....
--Esperad, añadió el jurisperito. En Inglaterra, toda vez que un interés
privado está en juego, la justicia no persigue directamente.
--Pues bien, dijo Tom, nosotros perseguiremos.
--Sí, pero olvidáis que lord Evandale es hoy un hombre poderoso, y que
tendrá acaso más partidarios que enemigos, el día en que se le obligue a
comparecer en justicia.
--¿Qué importa, si podemos presentar las pruebas auténticas de su
infamia?
--Todo lo que queráis, respondió Mr. Simouns; pero así como hay abogados
dispuestos a defender el pro, se encuentran muchos para defender el
contra. ¿Y quién nos dice que el juez que ha hecho encerrar a lord
William como loco, querrá desmentir su opinión?--¿Quién nos asegura que
la justicia inglesa osará dar publicidad a semejante escándalo?
Tom bajó la cabeza y quedó un momento en silencio.