--El otro día no ha podido conocerme, se dijo, pero hoy es seguro que me

reconocerá.

Sus fuerzas flaqueaban cuando penetró en el aposento donde le esperaba

su antigua prometida.

Tom hizo una seña a su mujer y ambos salieron del cuarto.

Lady Pembleton había permanecido en pie y con el velo echado sobre el

rostro; pero apenas salieron Tom y Betzy, lo levantó y dio un paso hacia

lord William.

Ambos se quedaron fijos y se contemplaron un momento en silencio.

Ni uno ni otro se atrevían a hablar.

En fin lady Pembleton hizo un supremo esfuerzo y dijo a media voz:

--He querido, caballero, volver a veros, por razones que comprenderéis

bien pronto.

--¡Ah! veo que me reconocéis, milady, dijo lord William.

Ella no respondió a esta aserción y añadió:

--Estamos solos aquí, ¿no es verdad, caballero?

--Absolutamente solos.

--¿Nadie puede oírnos?

--Nadie.

--He querido volveros a ver, prosiguió la joven lady, para ponerme

enteramente a vuestro servicio.

--¡Ah! exclamó lord William estremeciéndose.

--Caballero, continuó lady Pembleton, yo he visto a lord William muerto,

sin que quedara en mi espíritu la menor duda; y sin embargo vos me decís

que existe.

--Soy yo, milady; y al verme, habéis debido convenceros.

--Sea, admitamos que es así.

--¿Qué queréis decir, milady?

--Perdonad, dijo esta humildemente, os suplico que me escuchéis hasta el

fin.

--Hablad.

--Os he creído muerto, y Dios sabe cuánto he sufrido y cuánto os he

llorado.

Y al decir esto, sus ojos se arrasaron en lágrimas.

--Os he llorado, prosiguió, y durante muchos meses, he rehusado hasta

oír hablar de otra unión, pues quería vivir y morir llevando el duelo de

mi primer amor. Pero mi padre me perseguía sin descanso, lord Evandale

me amaba...... y al fin fatigada, vencida..... bajé la cabeza y obedecí

a mi padre.

--¿Y luego? dijo lord William.

--Después, acabé por amar al hombre con quien me había casado sólo por

sumisión....... fui madre, y era ya la más dichosa de las mujeres.....

cuando os habéis aparecido a mis ojos..... ¡vos, a quien creía

muerto!--Vuestra aparición ha trastornado completamente mi dicha, y.....

aquí me tenéis completamente a vuestra merced, caballero. Vengo pues a

suplicaros rendidamente que no causéis escándalo, que no turbéis la paz

de que gozo y, en una palabra, que no empeñéis una lucha inútil e

insensata.

--Pero, milady, dijo lord William, vuestro esposo me ha despojado

infamemente.

--Ambos estamos dispuestos a hacer un sacrificio.

--¿Qué decís? preguntó lord William con altivez.

--Os será muy difícil, si no imposible, el probar que lord William no ha

muerto.

--¡Oh! yo lo probaré, dijo lord William.

--Entonces, a vuestra vez despojaréis a vuestro hermano, y cubriréis de

oprobio el nombre de Pembleton.

--Si tales son vuestras ideas, milady, dijo lord William con amargura,

¿a qué habéis venido aquí?

--A proponeros una transacción.

--Veamos.

--Dejaréis inmediatamente a Londres, volveréis a Australia, conservaréis

el nombre de Walter Bruce, que es ahora fatal e inflexiblemente el

vuestro.....

--¿Y qué me daréis en cambio? preguntó lord William con ironía.

--Todo el oro que queráis.

Lord William se sonrió amargamente.

--Lo que me pedís es imposible, dijo.

Esta respuesta glacial no desconcertó a lady Pembleton.

--¿Qué exigís pues? preguntó.

--Oídme a vuestra vez, milady.

La joven esperó con ansiedad.

--Tanto como vos, tengo empeño en conservar intacto el nombre de mi

familia..... el honor de la casa Pembleton. Por eso, por eso solo,

desciendo también a proponer una transacción, pero que difiere

esencialmente de la vuestra.

--Veamos, dijo lady Evandale.

--Un hombre cuya identidad no ha quedado establecida, sir Jorge, mi tío,

conocido en otro tiempo bajo el nombre de Nizam, ha sido, como ya debéis

saber, la causa primera de todas mis desgracias. ¿Por qué no haríamos de

él el único culpable?

--No os comprendo, dijo la joven lady.

--¿Por qué sir Evandale, mi hermano, no reconocería públicamente que ha

sido engañado por ese hombre, autor de la sustitución?

--¿Y después?

--¿Por qué no me reconocería en fin, en vez de negar pérfidamente que

soy su hermano. Dividiríamos entre ambos la fortuna, y él conservaría el

título de lord: ¿qué me importa? Lo único que quiero es mi nombre de

Pembleton.

--Lo que pedís es absolutamente imposible, caballero.

--¡Ah! ¿lo creéis así?

--Sí, dijo lady Pembleton sordamente. El derecho de primogenitura existe

en Inglaterra.

Lord William hizo un gesto de cólera.

--¡Basta, milady! dijo: no podemos entendernos.

--¿No decís, caballero, repuso lady Pembleton con acento glacial, que

sois lord William?

--Demasiado lo sabéis, dijo este con indignación.

--Pues bien, es necesario probarlo.

--Lo probaré, milady.

--Entonces, dijo ella, ese día, lord Evandale os devolverá vuestros

títulos y vuestra fortuna.

Y dio un paso para retirarse.

Lord William hizo un gesto para detenerla.

Pero ella abrió la puerta y volviéndose, le dijo:

--Si fuerais verdaderamente William, el noble y digno joven que me

amaba, y a quien yo he amado tanto, hubierais tenido conmigo otro

lenguaje.--A Dios, caballero, no nos volveremos a ver sino delante de la

justicia.

Y salió con la frente erguida y con paso majestuoso.

Lord William lanzó un gemido y se dejó caer anonadado en una silla.

--¡Oh! miserable corazón humano! exclamó. ¡He ahí la mujer que me amaba

por mí solo....... y que despreciaba las riquezas!

XLIII

DIARIO DE UN LOCO DE BEDLAM.

XXIX

En la tarde de aquel mismo día, tres personas se hallaban reunidas en el

palacio Pembleton, y celebraban un consejo de familia.

Aquellas tres personas eran lord Evandale, lady Pembleton su esposa, y

sir Archibaldo, padre de esta.

Sir Archibaldo no era ya el magnífico personaje, afectuoso y cortés que

hemos conocido al principio de esta historia.

Hay hombres favorecidos por la fortuna, a quienes la prosperidad hace

mejores, y otros, por el contrario, en quienes despierta todos los malos

instintos.

Sir Archibaldo era de estos últimos.

De origen oscuro, y pobre en sus primeros años, había hecho, como

sabemos, una gran fortuna en la India.

Satisfecha por esta parte su ambición, se volvió a Inglaterra; pero

desde que instaló en ella sus penates, no tuvo ya otra idea ni otro

objeto, que el de entroncar en una gran familia, casando a su hija con

un alto personaje.

Lord William había sido el primer blanco de sus intrigas.

Luego, muerto para él lord William, había pensado en lord Evandale.

El relato que lady Pembleton hiciera a su antiguo prometido, era

verdadero en todos sus puntos.

Lo había llorado en efecto largo tiempo, y resistido cuanto pudo a las

observaciones y órdenes de su padre.

Pero al fin había sido necesario ceder, y se había casado con lord

Pembleton.

Después, poco a poco llegó a amar a su marido, y el nacimiento de sus

hijos la había hecho olvidar al infortunado lord William, al que, por

otra parte, creía efectivamente muerto.

Tres años después, el deportado Walter Bruce, logró,--como sin duda el

lector lo recuerda,--interesar en su suerte al gobernador de la colonia

de Aukland.

Este había escrito a Inglaterra.

Lord Evandale se hallaba a la sazón ausente de Londres, y fue de

consiguiente lady Pembleton quien recibió la famosa carta que le

revelaba la existencia de lord William.

Este fue un golpe terrible para ella.

Se echó en brazos de su padre, consultándole en el extraño caso en que

se hallaba, y sir Archibaldo, a quien no parecía impresionar en extremo

esta noticia, la dijo con una completa calma:

--Lord William ha muerto, hija mía, y el hombre que ha hecho escribir

esa misiva es un impostor. Pero de todos modos, reflexionad en lo que

voy a deciros: aun dado el caso de que lord William viva, debe haber

muerto para vos.

--Pero.....

--Nada, no hay que vacilar en este punto. Sois lady Evandale Pembleton,

y el hermano mayor de vuestro esposo no puede, no debe existir.

Lord Evandale, al volver a Londres y al tomar conocimiento de la carta,

empezó por gritar y por indignarse.

Sin embargo lady Pembleton acabó por arrancarle la confesión de su

crímen.

Lord Evandale lo confesó todo, pero añadiendo que si había suprimido a

su hermano, no había tenido parte en ello la ambición, sino su ardiente

amor hacia miss Anna.

Esto bastó para que lady Pembleton perdonase a su esposo, y la joven

amante y cándida de otros días, se convirtió, bajo el doble influjo de

su padre y de su marido, en la altiva y fría gran señora que acabamos de

ver entrar furtivamente en la miserable casa de lord William.

Aquella tarde, pues, sir Archibaldo y lord Evandale, que esperaban a

lady Pembleton con impaciencia, la salieron al encuentro al verla

llegar, y, antes de que hablase, la abrumaron de preguntas.

--¿Está verdaderamente desconocido? dijo sir Archibaldo.

--Tanto, respondió lady Pembleton, que hubiera pasado mil veces junto a

él sin conocerlo.

--¿Y acepta nuestras proposiciones? preguntó lord Evandale.

--No; no hay con él transacción posible.

Sir Archibaldo se sonrió con desdén.

--¡Bah! exclamó, será un pleito escandaloso, pero saldremos de él con

honor.

--Empezando, añadió lord Evandale, porque, para sostener un pleito

semejante, se necesita mucho dinero.

--Y no solamente no lo tiene, dijo lady Pembleton, sino que me ha

parecido hallarse en la más profunda miseria.

--Sin embargo es necesario tomar un partido, dijo sir Archibaldo.

--¿Y cuál?

--Es necesario que ese hombre salga de Londres.

--¿Cómo obligarlo?

--No lo sé; pero ya encontraremos un medio.......

Aquí fue interrumpido sir Archibaldo por la entrada de un lacayo que

presentó, en una bandejilla de plata, una tarjeta de visita a lord

Evandale.

El joven lord tomó la tarjeta y leyó:

EL REVERENDO PATTERSON.

--¿A qué vendrá a verme ese sacerdote?

--Milord, respondió el lacayo, esa persona insiste mucho en ver a

Vuestra Señoría.

--Hacedle entrar, dijo lord Evandale.

Pocos minutos después, el reverendo Patterson se presentó en el

gabinete.

Era en efecto el mismo pastor evangélico que ya conocemos: el hombre

flemático y frío, el sacerdote fanático e implacable con quien el Hombre

gris había sostenido una lucha tenaz y sin tregua, y que perseguía tan

cruelmente al clero católico de Londres.

El reverendo Patterson entró, saludó a lord Evandale, y viendo que sir

Archibaldo y su hija iban a retirarse, se interpuso cortésmente y les

dijo:

--¡Oh! podéis permanecer, milady, y vos también, caballero. Es hasta

necesario que asistáis a la conferencia que se digna acordarme milord.

Lord Evandale contemplaba al reverendo Patterson con curiosidad.

--Hablad, caballero, le dijo.

--Milord, prosiguió el pastor protestante, soy el jefe de la Misión

evangélica de la Nueva Inglaterra.......

--¡Ah! exclamó lord Evandale.

--Los apóstoles que van a llevar la luz de la fe a los salvajes de la

Nueva Caledonia y de la Nueva Zelanda.

--Muy bien, dijo lord Evandale, conozco esa digna institución.

--Entonces, ya sabéis, milord, prosiguió el reverendo Patterson, que una

obra semejante no podría llevarse a cabo sin hacer inmensos sacrificios;

y por rica que sea hoy la asociación que presido, tiene sin embargo

necesidad del concurso de los fieles.

Lord Evandale se engañó sobre el sentido de estas palabras.

--Comprendo perfectamente, mi reverendo, le respondió; venís a pedirme

que contribuya para vuestra obra. Nada más agradable para mí: podéis

inscribirme por quinientas libras esterlinas.

El reverendo se sonrió con cierta afectación.

--Quinientas libras, dijo, sería mucho para otro que vos, milord.

--Entonces, inscribidme por mil.

--¡Oh! milord, cuando sepáis el servicio que vengo a prestaros.....

Lord Evandale sintió apoderarse de su espíritu una aprehensión extraña.

--¿Qué queréis decir? preguntó.

--Ya sabéis, milord, repuso el reverendo, que la obra que presido tiene

misioneros en todas partes.

--Bien, pero.....

--Tenemos en Aukland.

--¿Y qué?

--Y uno de ellos se halla de vuelta en Inglaterra.

--Pero permitidme, ¿en qué puede eso interesarme?

--En que ese misionero ha conocido mucho a un antiguo deportado que se

llama Walter Bruce.

Lord Evandale palideció y guardó silencio por algunos instantes.

Lady Pembleton y su padre se miraron con inquietud.

--¿De veras? dijo en fin lord Evandale.

--Y aun puedo añadir que ese Walter Bruce se halla hoy en Londres.

--¡Ah!

--Y que según parece...... pretende llamarse lord William Pembleton.

--¡Ese hombre es un impostor! exclamó lord Evandale.

--Tal es mi opinión, dijo fríamente el reverendo Patterson.

Y mirando fijamente a lord Evandale, acompañó estas palabras con cierta

sonrisa, que hubiera podido traducirse así:

--Sé perfectamente a qué atenerme sobre el particular, y haríais bien,

por vuestro propio interés, en jugar conmigo a cartas descubiertas.

Lord Evandale comprendió aquella sonrisa y esperó.

El reverendo hizo una breve pausa, y añadió con gravedad:

--Que sea ese hombre lord William o no, la verdad es que puede

ocasionaros grandes embarazos.

--¡Bah! exclamó con desprecio lord Evandale.

--Sí, milord, puede ocasionaros embarazos, y yo puedo evitároslos.

--¡Ah! ¿de veras?

--Si es que llegamos a entendernos.

--Hablad, dijo lord Evandale.

XLIV

DIARIO DE UN LOCO DE BEDLAM.

XXX

¿Qué se habló en este conciliábulo entre el reverendo Patterson, sir

Archibaldo, y lord y lady Pembleton?

Nadie ha podido saberlo de positivo.

Pero en la mañana que se sucedió a este día, Tom recibió un billete

singular.

Un billete sin firma, concebido en estos términos:

* * *

«Una persona que no puede darse a conocer, pero que conoce la

adhesión sin límites que le une a lord W...... previene a Tom que

el antiguo teniente de presidio Percy se halla retirado en Escocia,

y habita Perth, su ciudad natal.

»Percy vive miserablemente de una corta pensión de retiro, que le

ha concedido el gobierno de S. M. la reina.

»Hoy se halla casi ciego, y vive con su hija que lo sostiene con su

trabajo.

»No será necesario mucho dinero para decidirlo a hablar.»

* * *

Tom llevó este billete a lord William.

El joven lord lo leyó y frunció el entrecejo.

--Amigo mío, dijo, temo una asechanza. No vayas a Perth.

--¿Una asechanza? exclamó Tom admirado.

--Yo he observado con atención a miss Anna durante nuestra entrevista,

prosiguió lord William, me ha reconocido perfectamente.....

--¡Ah!

--Y no solamente esa mujer no me ama ya, sino que lo sabe todo y se ha

hecho cómplice de su marido. Ha venido a verme con el solo objeto de

hacerme partir de Londres. Me he resistido a ello, y... las hostilidades

comienzan.

--Pero, ¿con qué objeto pretenden hacerme ir a Perth, sino debo hallar

allí al teniente Percy?

--Con el objeto de separarnos.

--Tal vez tenéis razón, dijo Tom. En vez de ir allá, voy a escribir.

Tom tenía algunas relaciones en Perth: entre otras personas, conocía a

un antiguo chalán, con quien había andado en tratos en otro tiempo para

renovar las caballerizas de Pembleton.

Pensó pues en él, y se fue en seguida a una oficina de telégrafos y le

envió el despacho siguiente:

«Mi antiguo amigo:

»Perth es una ciudad tan pequeña, que todo el mundo debe conocerse en

ella.

»Así, no os será difícil averiguar si se encuentra un teniente de

presidio retirado, llamado Percy.

»Me haréis en ello un gran favor.

»Respuesta pagada.

»TOM,

»_Antiguo mayordomo de lord Pembleton_.

»17. Adam street, Spithfields, Londres.»

Hecho esto, Tom esperó.

Hacia la tarde, llegó la respuesta, que decía lacónicamente:

«Mi querido Mr. Tom:

»El teniente Percy vive efectivamente en Perth, pero está gravemente

enfermo.

»Vuestro afectísimo servidor,

»John MURPHY, esq.»

Tom fue a enseñar este despacho a lord William.

Este reflexionó algunos instantes, y al fin le dijo:

--Por poco dinero que se necesite para decidir a Percy a decir la

verdad, es preciso tenerlo sin embargo, y nuestros recursos.....

--Me quedan cien libras, repuso Tom.

--No es bastante.

--Iré a Perth sin embargo, milord; tengo allí algunos amigos, y no me

será difícil encontrar dinero, respondió el fiel escocés.

Y fue inmediatamente a hacer sus preparativos de viaje.

Pero no había pasado una hora, cuando se presentó un desconocido en Adam

street, y solicitó hablarle.

Este hombre era pequeño de cuerpo, ya viejo, rigurosamente vestido de

negro, y toda su persona respiraba el perfume desagradable de las gentes

de curia.

Saludó a Tom profundamente y le dijo con tono melifluo:

--Debo empezar por deciros, caballero, que me llamo Edward Cokeries,

vuestro humilde y rendido servidor.

--Yo lo soy vuestro, señor mío, respondió Tom, pero debo confesaros

ingenuamente que no tengo el honor de conoceros.

--Soy uno de los oficiales de mister Simouns, el solícitor de

Pater-Noster street.

--¡Ah! eso es diferente, dijo Tom.

Y pensó para sí que Mr. Simouns habría reflexionado acaso, y encontrado

tal vez el medio de volver a lord William su nombre y su fortuna.

Edward Cokeries prosiguió:

--Yo trabajo en un cuartito pequeño que da al gabinete de Mr. Simouns.

--¡Ah!

--Y cuando la puerta está entreabierta..... naturalmente, y sin que yo

ponga nada de mi parte, oigo todo lo que allí se habla.

--¡Ah! ya! repuso Tom.

--Ayer habéis venido a consultar a Mr. Simouns.

--En efecto.

--Y... ¿qué queréis? he oído toda vuestra conversación.

Tom sintió despertarse en su espíritu un sentimiento de desconfianza.

--¿No es pues Mr. Simouns quien os envía? preguntó.

--Esperad, dijo Cokeries, dejadme ir hasta el fin, Mr. Tom.

--Bien, veamos.....

--Hace veinte años que trabajo, prosiguió Edward Cokeries, veinte años

que me ocupo de materias contenciosas y, aunque simple pasante de

procurador, he hecho algunas economías. Mi sueño dorado sería comprar el

oficio de Mr. Simouns, que es muy rico y desea retirarse: pero me

faltan 3,000 libras esterlinas, lo que no es una pequeña suma.

--Pues si habéis contado conmigo, dijo Tom sonriéndose tristemente, os

habéis engañado de medio a medio.

--No tanto como lo suponéis, Mr. Tom.

El pasante había tomado, al hablar así, un aire tan misterioso, que Tom

lo miró con más atención.

--Ya os he dicho, prosiguió Edward Cokeries, que tengo algunas

economías.

--Muy bien, ¿y qué?

--Poseo hoy algo así... como de 10 a 12,000 libras esterlinas, y no

tendría inconveniente en ponerlas a disposición de Lord William.

--¿De veras? exclamó Tom.

--Tanto más, prosiguió el pasante, que conociendo profundamente, como

conozco, las leyes del país, me comprometo a encargarme de ese pleito y

estoy seguro de antemano de ganarlo.

--¿Es posible?

--Ayer mismo, dudaba aún en venir a veros, pero he tomado mi partido, y

aquí me tenéis.

Tom no cabía en sí de gozo.

--Yo soy quien os ha escrito.......

--¿La carta anónima?

--Sí.

--Entonces, ¿es bien cierto que el teniente Percy está en Perth?

--Ciertísimo. Y en todo caso, no tenéis más que preguntarlo.

--Es cosa hecha. Me han contestado de Perth en ese sentido.

--¿Y vais a partir?

--En este instante.

--Pero, ¿qué dinero lleváis con vos?

--Doscientas libras.

--No es bastante.

--¿Qué queréis? dijo Tom cándidamente, llevo todo lo que poseo.

--Pues bien, dijo el pasante sacando una cartera, es necesario hacer

bien las cosas y no dar golpes en vago. Voy a daros un billete de mil

libras. Solamente..... al hacer este adelanto, pongo una condición.

--Decid.

--Ganado el pleito, quiero cincuenta mil libras.

--Las tendréis, dijo Tom.

Y tomó el billete, que el otro había extraído de su cartera.

--Ahora, Mr. Tom, dijo Edward Cokeries, id a Perth y traed al teniente

Percy, yo respondo de todo.

Lord William, mudo de sorpresa, había asistido al fin de esta

conversación.

--Y decidme, preguntó Tom al pasante, ¿debo escribiros al llegar a

Perth?

--Es absolutamente inútil.

Y dicho esto, el extraño personaje saludó profundamente y tomó en

seguida la puerta.

--¡Ah! mi querido amo! dijo Tom enternecido, ya veis que la hora del

triunfo no está lejos!

--¿Quién sabe? dijo lord William con aire de duda.

Tom corrió inmediatamente al ferrocarril, y tomó el tren de Edimburgo.

Serían a la sazón las ocho de la noche.

Entró en un vagón de primera clase,--pues no había otros, siendo aquel

el tren correo,--y a poco vino a sentarse a su lado un gentleman que

llegaba en el momento de partir.

Aquel gentleman tenía un aire de franqueza y honradez que cautivaba a

primera vista.

Entraron pues en conversación, y no habían andado muchas millas, cuando

ya reinaba entre ellos cierta confianza.

El gentleman se puso a fumar, y ofreció un cigarro a su compañero de

viaje.

Tom lo aceptó sin inconveniente.

Fumó algunos minutos, y no tardó en caer en un sueño profundo.

XLV

DIARIO DE UN LOCO DE BEDLAM.

XXXI

El cigarro que aquel gentleman había dado a Tom estaba sin duda

impregnado de un narcótico muy activo, pues el pobre escocés durmió con

un sueño de plomo durante muchas horas.

Cuando volvió en sí, se encontró en una oscuridad completa.

Quiso moverse, y se sintió agarrotado.

Le habían atado fuertemente las piernas y ligado las manos a la espalda.

Como no oía ningún ruido, dedujo de ello que el tren había cesado de

marchar.

Pero bien pronto, como sus ojos empezaban a acostumbrarse a la

oscuridad, reconoció que no se hallaba en el vagón del ferrocarril donde

se había quedado dormido.

¿Dónde estaba pues?

Deseando darse cuenta de su situación y salir de ella a toda costa, se

puso a gritar con todas sus fuerzas.

Pero nadie le respondió.

Entonces hizo un esfuerzo para levantarse, pero impedido por sus

ligaduras, volvió a caer por tierra.

Se hallaba sobre un suelo húmedo y resbaladizo, el de un calabozo sin

duda; pero lo que le parecía singular es que aquel suelo era de tablas.

Tom reflexionó algunos momentos, y acabó por adivinar una parte de la

verdad.

Había caído en un lazo hábilmente tramado, y las personas que se habían

apoderado de él no tenían otro objeto que separarlo de lord William.

Tom era un hombre enérgico.

En los momentos más críticos de su existencia jamás había perdido su

presencia de ánimo, y sabía considerar fríamente el peligro sin

arredrarse ante él.

Cesó pues de gritar, y cayó en una meditación profunda.

A poco, a fuerza de mirar en el espacio tenebroso que le rodeaba, le

pareció descubrir una débil vislumbre, que aparecía y desaparecía por

intervalos desiguales.

Aquella dudosa claridad, pasaba probablemente por una estrecha

hendedura.

Pero de pronto, la luz se extinguió por completo, y en el mismo

instante le pareció sentir una oscilación ligera.

Tom se volvió, acostándose sobre la espalda, y procuró palpar con sus

manos ligadas el suelo donde estaba extendido; y poco tardó en

convencerse de que se hallaba, como lo había creído al principio, sobre

un suelo de madera, o al menos sobre un entarimado.

Al mismo tiempo sintió un fuerte olor de brea, y volvió a experimentar

las mismas oscilaciones con mucha más violencia.

No había pues lugar a la duda. Tom comprendió entonces que se hallaba

encerrado en la sentina de un buque, y no en un calabozo, como lo había

creído antes.

Así se pasaron algunos minutos.

Poco después se dejaron oír algunos pasos en el piso superior, la luz

apareció de nuevo, numerosas pisadas se sucedieron a las primeras, luego

ruido de voces, y las oscilaciones continuaron con más fuerza.

En fin otro ruido más caracterizado, vino a revelarle del todo su

situación: el ruido de la respiración jadeante de una máquina de vapor

que se pone en movimiento.

A él se mezcló bien pronto el de la rotación de una hélice, y el fragor

del agua agitada con esfuerzo.

Tom se hallaba, pues, a bordo de un buque de vapor.

¿Cómo se había operado este cambio, y de que manera habían podido

trasportarlo desde el ferrocarril donde en mal hora se quedara dormido?

¿Adónde se dirigía aquel buque?

Esto es lo que Tom no podía adivinar.

Tampoco podía comprender en qué manos había caído, y sin embargo el

nombre de lord Evandale le vino instintivamente a los labios.

Entonces se puso a gritar de nuevo y con más fuerza; pero fue inútil,

pues nadie acudió a este llamamiento.

El buque acababa sin duda de levar el ancla, y los marineros y toda la

tripulación se hallaban ocupados en la maniobra de partida, y no

pensaban en él en aquel momento.

La máquina hacía un ruido infernal y la hélice precipitaba sus

rotaciones.

Pero Tom seguía gritando sin desalentarse.

En fin, los pasos que ya había oído, resonaron de nuevo sobre su cabeza.

La cuerda del ahorcado Últimas aventuras de Rocambole: I El Loco de Bedlam · 第 14 / 18 段