--Al fin lo he decidido a partir. Dentro de seis meses, lord William

llegará conmigo a Londres.

Y Tom dejó la Australia con el corazón henchido de esperanza, mientras

que Walter Bruce vertía lágrimas en silencio, pensando en aquella

habitación perdida en las praderas del noroeste, bajo cuyo techo había

vivido tanto tiempo feliz.

XXXIX

DIARIO DE UN LOCO DE BEDLAM.

XXV

Dejemos ahora trascurrir algún tiempo, y volvamos a nuestra vez a

Londres.

Nos hallamos en medio del verano.

Es decir durante el estío, que es lo que llaman los Ingleses la

_estación_.

La ciudad de Londres, tan triste y brumosa en invierno, tiene también

sus días de esplendor, que la inundan de sol y de aire puro.

Entonces las cúpulas de sus iglesias y la cima de sus edificios

reverberan la luz en mil cambiantes; sus calles ostentan una animación y

alegría insólitas, y sus parques y sus squares se ven llenos de una

compacta multitud que parece dichosa y contenta de la vida.

Hyde-Park, sobre todo, presenta en semejantes días un espectáculo

soberbio.

Los coches, los jinetes y las personas de todas clases que recorren a

pie sus frondosas alamedas, se cruzan, mezclan y confunden en todos

sentidos.

Mucho después de ponerse el sol, Hyde-Park está aún lleno de gente. Acá

y allá, tiernos amantes recitando por lo bajo la eterna cantinela del

primer amor; niños revoltosos jugando a orillas de la Serpentina;

ancianos rejuvenecidos por el sol, y jóvenes lánguidas y novelescas

soñando con el cielo de Italia y con las lontananzas azules que baña el

Mediterráneo.

Y toda esa variada multitud va y viene, circula, y aspira con placer la

brisa de la tarde que reemplaza el ardiente calor del día. Todos parecen

dichosos.

Son las ocho de la noche: empieza la hora del crepúsculo, y un rayo de

luz se desliza aún por entre el sombrío follaje de los añosos árboles.

Una joven bella y elegante, llevando a un niño por la mano, y seguida de

dos lacayos, se pasea por la margen izquierda del riachuelo.

Esta joven es la que hemos conocido en otro tiempo con el nombre de miss

Anna, y que se llama hoy lady Evandale Pembleton.

El niño que lleva por la mano es su hijo.

Erguida y majestuosa, sigue lentamente su paseo, pero hace algunos

instantes parece recelosa e inquieta.

Y es que ha notado que hace algunos instantes un hombre la sigue a

cierta distancia.

¿Quién era aquel hombre?

Lady Pembleton lo ignora.

O al menos no ha podido verlo bastante cerca para poder fijar su

opinión.

Sin embargo su aspecto y su traje son los de un gentleman.

Además, ha observado que su cabeza es enteramente cana.

Pero su obstinación en seguir a la joven, ha acabado por inspirarla

temor.

Iba a tomar pues por una alameda más concurrida, cuando el gentleman

pareció de repente adoptar una resolución, y adelantándose a los dos

lacayos, se aproximó a lady Pembleton con el sombrero en la mano.

Lady Pembleton hizo al principio un gesto de temor; pero el gentleman se

apresuró a decirla:

--Milady, ¿no me reconocéis?

Lady Pembleton dejó escapar una exclamación de sorpresa.

--¡Tom! dijo, ¿es posible?

--Sí, milady.

--Yo os creía muerto.

--Pues ya lo veis, milady, estoy vivo, y bien vivo, repuso Tom.

Lady Pembleton lo contemplaba con una especie de estupor.

Tom continuó:

--Milady, acabo de llegar de Australia.

--¡Ah! ¿de veras? exclamó la joven.

--Y he venido expresamente para veros.

--¿A mí?

--A vos, milady.

--Así, no es la casualidad la que nos hace encontrarnos.....

--No, milady; hace ocho días que ando vagando por los alrededores de

vuestro palacio.

--¿Y por qué no habéis entrado?

--Porque quería veros a solas, milady.

--¡Ah!

Y lady Pembleton pareció de nuevo inquieta.

--Milady, prosiguió Tom, nadie debe oír lo que tengo que deciros.

--Me espantáis con vuestro tono misterioso, amigo Tom.

--Es absolutamente necesario que os hable por algunos minutos, milady.

--Pues bien, Tom, seguid a mi lado y hablad. Estamos casi solos en este

momento y nadie puede oírnos.

--Tengo un secreto que confiaros, milady.

--¡Un secreto!

--Un secreto que hace algunos años os hubiera colmado de alegría.

--¡Ah!

--Y que ahora va a llenar vuestro corazón de una dolorosa tristeza.

--¡Me espantáis, Tom!

--Milady, prosiguió este, ya os lo he dicho, llego de Australia.

--¿Y qué?

--Allí he encontrado a un hombre que se acordaba de vos... que pensaba

en vos con frecuencia.

--No os comprendo. ¿Quién puede pensar en mí en Australia?... preguntó

lady Pembleton impasible.

--Un hombre que se llama Walter Bruce.

--Ese nombre me es desconocido, Tom.

--Es posible, milady; pero antes de llevar ese nombre, tenía otro.

--¿Cuál?

--Se llamaba lord William Pembleton.

Lady Pembleton dejó escapar un grito.

Luego, mirando a Tom con estupor:

--¿Estáis loco? le dijo.

--No, milady, gozo de toda mi razón.

--Sin embargo, sabéis muy bien que lord William ha muerto.

--Lo he creído como vos, milady.

--Y yo lo he visto sin vida, Tom.

--No es a lord William a quien habéis visto muerto, milady.

--¿A quién pues?

--A un presidiario llamado Walter Bruce.

--¡Ah! mi pobre Tom! dijo entonces lady Pembleton, veo claramente que el

dolor que habéis sentido por la muerte de vuestro noble amo os ha

trastornado el cerebro.

--No, milady, yo no tengo trastornado el cerebro; no, no estoy loco.

--Sin embargo.....

--Os lo suplico, milady; dignaos escucharme hasta el fin.

Lady Pembleton pudo apenas reprimir un gesto de impaciencia.

En seguida echó una mirada en su rededor y vio que estaban solos.

Los dos lacayos, viendo que su noble señora hablaba familiarmente con

aquel gentleman, se mantenían a respetuosa distancia.

--Sea, dijo en fin, hablad.

--Milady, os lo repito, dijo el antiguo mayordomo, lord William no ha

muerto.

Lady Pembleton no respondió.

--¡Oh! prosiguió Tom, ya me creeréis cuando lo sepáis todo.

Y en seguida contó a lady Pembleton todo lo que sabía, todo lo que había

visto y todo lo que había hecho.

Sin embargo, lady Pembleton le escuchaba con aire de incredulidad.

--¡Ah! exclamó Tom al concluir con acento de triunfo, cuando lo hayáis

visto, será fuerza que me creáis.

--¿Cuándo lo haya visto, decís?

--Sí, milady.

--Pues qué, ¿no está en Australia?

--Ha venido conmigo a Londres.

Lady Pembleton palideció y no pudo ocultar su turbación.

--¡En Londres! exclamó, ¿ese hombre está en Londres?

--Ese hombre que habéis amado.... y que habéis llorado.

--¿Y llegaré a verlo?

--Sí, llegaréis a verlo, milady.

Hablando así, se aproximaban en este momento a una vuelta de la alameda,

donde forma un codo el riachuelo, dando origen a otra avenida.

En aquella vuelta había un banco colocado contra un sauce que lo cubría

con su sombra; y en aquel banco estaba sentado un hombre, joven aún,

pero cuyo rostro conservaba las huellas de largos sufrimientos.

Al ver aproximarse a lady Pembleton, aquel hombre se levantó vivamente.

--¡Miss Anna! exclamó.

Lady Pembleton se estremeció y fijó en él la vista.

--¡Ahí le tenéis! dijo Tom.

La joven lady dio algunos pasos más y contempló fríamente a Walter

Bruce.

Y después, volviéndose a Tom, dijo con acento glacial:

--En efecto, amigo mío, este hombre se parece vagamente a lord William,

pero no es él. Lord William ha muerto.

Walter Bruce exhaló un grito de dolor y huyó como un insensato.

--¡Oh! ¿por qué he vivido hasta hoy? decía al alejarse, ¡Ya sabía yo que

no me reconocería!

XL

DIARIO DE UN LOCO DE BEDLAM.

XXVI

En la _City_, cerca de San Pablo, hay una calle que llaman _Pater-Noster

street_.

Esta calle es la de los libreros.

Pero estos útiles industriales no forman sin embargo, como podría

creerse, la totalidad de sus habitantes.

Hay allí un poco de todo: muchos libreros, es verdad, pero avecinando

con artesanos y negociantes, con propietarios de poca monta, y con

humildes empleados de comercio.

Hasta se encuentra en Pater-Noster, y por más señas en el número 17, lo

que se llama en Inglaterra un _solícitor_.

El _solícitor_, en Londres, es lo que podríamos llamar un

procurador-abogado.

Como procurador judicial, hace las diligencias de un pleito, y como

abogado lo defiende.

Así el solícitor gana mucho dinero.

En primer lugar se hace pagar muy caro,--y en segundo eterniza los

pleitos.

De este modo el litigante que entra rico en su gabinete, sale al fin las

más veces arruinado.

Pero en cambio tiene la ventaja de haber ganado su pleito.

Como decíamos pues, existía en Londres por esta época, y en el número 17

de la calle de Pater-Noster, un solícitor famoso.

Este solícitor era conocido con el nombre de Mister Simouns.

Era un hombre de gran talento y toda la curia inglesa le rendía pleito

homenaje.

Cada una de sus palabras valía por lo menos una guinea, pero tenía el

raro mérito, en su cualidad de solícitor, de conducir los negocios al

paso de carga. Los pleitos no se eternizaban en sus manos.

Mister Simouns era un hombre joven aún.

Alto, un poco obeso, con algunos raros cabellos sobre las sienes, y el

cráneo enteramente desnudo, el rostro adornado con dos magníficas

patillas, los labios delgados, ojos claros y azules, tez rosada, y un

gracioso hoyuelo en la barba.....

Tal era mister Simouns.

Su aspecto era majestuoso, pero reflejaba a la vez una bondad natural y

una franqueza, que no dejaba de atraerle partidarios.

En una ocasión se había atraído sin quererlo el sufragio de sus

conciudadanos, que intentaron enviarlo a la Cámara de los comunes; pero

mister Simouns rehusó este honor.

--No soy bastante rico aún, había dicho, para consagrar mi tiempo a los

negocios públicos.

Mr. Simouns, como hemos indicado, conducía a veces un pleito con una

rapidez extraordinaria. Los ecos del tribunal de Drury-Lane conservaban

por largo tiempo los sonidos armoniosos de su elocuencia, a la vez

patética y violenta.

Este célebre solícitor acababa de defender a un Irlandés comprometido en

las últimas intentonas del fenianismo, y lo había hecho absolver.

Y lo que había conmovido sobre todo y encantado al pueblo de Londres,

era que el pobre Irlandés no tenía una blanca en el bolsillo, y que Mr.

Simouns lo había defendido de balde.

Es verdad también que Mr. Simouns, como buen inglés, sabía lo que se

hacía llamando la atención sobre su persona.

Ahora bien, una mañana, Mr. Simouns llegaba como de costumbre a

Pater-Noster.

En Londres, todo hombre de negocios, comerciante, notario o abogado, que

ha adquirido una regular fortuna, tiene su despacho o gabinete en una

calle populosa y central, pero vive con su familia en el campo.

A alguna distancia de la capital o al menos a dos o tres leguas del

centro, habita por lo común en una linda casita rodeada de jardines,

lejos de la mortífera atmósfera de Londres.

Mr. Simouns llegaba pues a su gabinete de Pater-Noster a las once de la

mañana, y se volvía al campo a la hora de comer.

En la mañana de que hablamos, acababa de llegar como de costumbre,

bajaba de su coche e iba a penetrar en el portal estrecho, oscuro y

húmedo que conducía a su oficina, cuando un hombre, que parecía estarlo

esperando hacía ya tiempo, dio un paso hacia él y le dijo con cortesía:

--Dispensadme, mister Simouns.

Aquel hombre estaba decentemente vestido.

Mr. Simouns se volvió, lo miró atentamente, y se quedó como dudando por

un instante.

Su mirada parecía decir:

--Me parece que conozco a este prójimo. ¿Dónde diablos lo he visto?

--Veo que no os acordáis de mí, mister Simouns, dijo aquel hombre.

--En efecto..... y sin embargo..... me parece...

--Hace cerca de diez años que no nos hemos visto.

--¡Oh! entonces.......

El desconocido no le dejó acabar y prosiguió:

--Yo era ya un cliente de vuestro gabinete, cuando erais aún oficial

mayor.

--¿De veras? exclamó Mr. Simouns.

--Yo era mayordomo de lord Pembleton y me llamo Tom. Venía aquí con

frecuencia cuando os ocupabais de los negocios de mi noble amo.

--¡Ah! muy bien, dijo Mr. Simouns, me acuerdo ahora perfectamente. Sí,

sí, ahora recuerdo vuestra fisonomía.

--Pues bien, Mr. Simouns, vengo a veros, y desearía hablaros de un

negocio de gravísima importancia.

--En ese caso, subid a mi gabinete.

Y Mr. Simouns entró delante de Tom que le siguió de cerca.

El antiguo mayordomo de Pembleton no volvió a pronunciar una palabra,

hasta que se halló instalado en el gabinete particular del solícitor.

--¿Seguís sirviendo siempre a la noble familia Pembleton? le preguntó

entonces Mr. Simouns.

--Sí y no, respondió Tom.

Mr. Simouns se quedó mirándolo.

--He dejado el servicio de sir Evandale, pero continúo al lado de lord

William.

Como era tan notorio en el Reino Unido que lord William había muerto y

que sir Evandale había sucedido a su hermano, Mr. Simouns se quedó

mirando fijamente a Tom, creyendo que se hallaba con un loco.

Pero Tom hablaba con convicción, y no había el menor indicio de locura

ni en su mirada, ni en su actitud ni en la inflexión de su voz.

--Dispensadme, dijo Mr. Simouns, es necesario que os expliquéis con más

claridad, amigo mío.

--Eso es lo que voy a hacer, si es que os dignáis escucharme.

--Bien, hablad.

El solícitor es un hombre paciente por costumbre y por deber de

profesión. Positivo ante todo, sabe que en el relato más desordenado y

más oscuro de un cliente, hay siempre un punto claro que puede ser útil

a la defensa, y que las mejores causas no son muchas veces las más

fáciles de explicar.

--Mr. Simouns, dijo entonces Tom, el honorable Mr. Goldery, vuestro

predecesor, era muy adicto a lord Evandale Pembleton, el padre de lord

William. Era sobre todo un hombre muy honrado, Mr. Goldery.

--Y yo me jacto de ser tan honrado como él, repuso Mr. Simouns con

calma.

--Estoy persuadido de ello, prosiguió Tom, y por eso he venido a

consultaros.

--Está muy bien, os escucho, repitió Mr. Simouns.

Un jurisperito es una especie de confesor; debe decírsele todo y él debe

saber oírlo todo.

Tom no pasó nada en silencio.

Contó detalladamente la historia de sir Jorge Pembleton, y el crímen

abominable de que se había hecho culpable.

Ese crímen, como ya sabemos, había dado por consecuencia el nacimiento

de sir Evandale.

Tom refirió pues todo lo que había pasado: los temores de lady Evelina,

la infancia de lord William y de su hermano sir Evandale, en fin el

drama misterioso y terrible que había tenido lugar en New-Pembleton, y

que había dado por resultado la sustitución del cadáver del presidiario

Walter Bruce a lord William aletargado.

Y luego que hubo concluido, se quedó mirando en silencio a Mr. Simouns.

Este no tardó en contestarle.

--Todo lo que acabáis de decirme, repuso, es verdad sin duda, pero al

mismo tiempo extremadamente inverosímil. Ahora, admitiendo que yo doy

entera fe a ese relato, ¿en qué puedo serviros?

--Podéis sostener las pretensiones de lord William.

--¿Qué pretensiones?

Y Mr. Simouns se sonrió de modo que hizo estremecerse a Tom.

--Paréceme sin embargo, dijo el pobre mayordomo, que es cosa muy

sencilla. Lord William no ha muerto, y de consiguiente pretende entrar

en posesión de su nombre, de sus títulos y de su inmensa fortuna.

--Eso es lo que es imposible.

--¿Por qué causa?

--Porque a los ojos de la ley lord William ha muerto y que su acta de

defunción está en regla.

--Pero, ¿y probando la sustitución?.......

--¿Cómo podéis hacerlo?

--¡Toma! contando lo que ha pasado.

Mr. Simouns se encogió de hombros.

--Nadie os creerá, dijo.

--Sin embargo.....

--Una sola persona podría presentar un testimonio de algún valor en este

negocio, prosiguió Mr. Simouns.

--¿Quién es esa persona?

--El teniente de presidio que se hizo cómplice de sir Jorge Pembleton.

--¡Oh! exclamó Tom, yo encontraré a ese hombre.

--Pero dado caso que lo encontréis, no dará ese testimonio.

--¡Fuerza será que lo haga!

Mr. Simouns se encogió de nuevo de hombros.

En fin, después de un momento de reflexión, añadió:

--Ante todo seamos positivos. Escuchadme a vuestra vez, Mr. Tom.

--Decid, decid, repuso Tom, que parecía lleno de fe en la justicia de su

causa.

XLI

DIARIO DE UN LOCO DE BEDLAM.

XXVII

Mr. Simouns prosiguió de este modo:

--La persona a quien llamáis vuestro amo, y que en rigor, puede muy bien

ser lord William, ha sido deportado, según decís.....

--Sí, señor, respondió Tom.

--Y hace unos diez años que dejó la Inglaterra, ¿no es así?

--Sobre poco más o menos.

--De consiguiente, puede estar desconocido para todo aquel que no tenga

interés en conocerle.

--¡Ay! así es.

--En ese caso, ya veis que si vuestro amo se presenta a lord Evandale,

este le volverá la espalda, y que no será recibido mejor sin duda por su

noble esposa.

--Si debo decíroslo todo, exclamó Tom vivamente, sabed que mi amo ha

visto ya a lady Pembleton.

--¡Ah!

--Y no lo ha reconocido.

--Razón de más, repuso Mr. Simouns, para que aceptéis mis proposiciones.

--Veamos, os escucho.

--Sin que os sea necesario decírmelo, me es fácil adivinar que tanto

vuestro amo como vos, habéis vuelto de Australia casi sin recursos.

Tom bajó la cabeza y no respondió.

--Lord Evandale es fabulosamente rico. No sería difícil, estoy seguro,

de hacerle entrar en una transacción.

--¿De qué transacción queréis hablar? preguntó Tom con cierta violencia.

--De una transacción, replicó Mr. Simouns, como esta por ejemplo: Lord

William consentiría en conservar el nombre de Walter Bruce y en volver a

Australia.....

--Pero.....

--Y lord Evandale le daría treinta, cuarenta o cincuenta mil libras.....

--¿Estáis loco, Mr. Simouns? dijo Tom fríamente.

--¡Ah! ¿creéis?.....

--Mi amo no renunciará a ninguno de sus derechos.

--¿Quiere ser lord?

--Sí.

--¿Y entrar en la posesión plena y entera de su fortuna?

--Ciertamente.

--Entonces sois vos quien estáis loco, Mr. Tom, y vuestro amo más que

vos, dijo el solícitor.

--¡Oh! caballero!...

--Y voy a probároslo, prosiguió Mr. Simouns. Un hombre solamente, ya os

lo he dicho, el teniente de presidio Percy, podría dar un testimonio

digno de fe.

--Yo encontraré a ese hombre, ¡os lo juro! dijo Tom.

--Pero, me obligáis a repetirlo, ese hombre se guardará muy bien de

decir la verdad.

--¡Oh! se le obligará....

--Y aun cuando lo hiciese, continuó Mr. Simouns, eso no nos haría

adelantar gran cosa.

--¿Por qué?

--Por la sencilla razón de que el testimonio de un guarda de la chusma,

es decir, de un hombre que ocupa una posición tan baja en la escala

social, no inspira sino una mediana confianza; y os lo repito, añadió

Mr. Simouns, ese hombre es el único que podría en rigor alguna cosa.

--Yo lo encontraré, dijo de nuevo Tom.

--Ahora, prosiguió diciendo el solícitor, suponiendo que logréis

encontrar al teniente Percy y que este consienta en hablar, creéis

buenamente que todo está hecho, ¿no es verdad?

--¡Toma! se me figura.......

--Estáis en un error.

--¿Cómo? exclamó Tom.

--El procurador general no se mezclará en el negocio. Lord Evandale es

par del reino, tiene asiento en la Cámara alta, y es necesario, para

perseguirlo, obtener una autorización del Parlamento. ¿Consentirá en

ello la Cámara? Es poco probable.

En ese caso, no os quedará otra acción contra lord Evandale que el

recurso de un pleito.

Y ya lo sabéis, Mr. Tom, los pleitos cuestan mucho en Inglaterra. Por

lo que a mí hace, añadió Mr. Simouns, no me encargaría de emprender ese,

sin que se me depositase al menos una caución de diez mil libras.

--¡Diez mil libras! exclamó Tom.

--Lo menos.

--¡Es exagerado!

--No lo creáis, repuso Mr. Simouns: y aun así, no sabré deciros si

entraré en mis desembolsos.

--Pero... ¡es inconcebible, que se necesite tanto dinero para obtener

justicia y adquirir uno lo que le pertenece! exclamó Tom.

--No digo que no, pero así es.

--Pero entonces....

--Entonces vuestro amo hará bien en resignarse y en adoptar el partido

que le queda.

--¿Qué partido?

--El de una transacción.

--¡Jamás! repuso el leal servidor de lord William.

--Como os plazca, dijo Mr. Simouns. Solamente, no echéis en saco roto

mis consejos..... tomad vuestras precauciones.......

Tom se quedó mirándolo.

--Lord Evandale, prosiguió Mr. Simouns, se halla en una situación que

considero como inexpugnable.

--¿Y qué? preguntó Tom.

--Si todo lo que me habéis dicho es verdad, es un hombre poco

escrupuloso.

--Así es.

--Y si tratáis de dar un escándalo, no creo que retroceda ante un nuevo

crímen.....

--¡Oh! hay justicia en Inglaterra! exclamó Tom.

Mr. Simouns se encogió de hombros.

Tom dijo entonces levantándose:

--Veo con dolor que me había hecho una ilusión al contar con vuestro

apoyo.

--No me juzguéis a la ligera, Mr. Tom, respondió el solícitor; siempre y

cuando queráis, me encontraréis a vuestra disposición y a la de lord

William, para obligar a lord Evandale a una transacción.

--No queremos transacción de ninguna especie, dijo Tom con altivez. A

Dios, Mr. Simouns.

--Hasta la vista, Mr. Tom.

Y el solícitor se levantó a su vez y acompañó a Tom hasta la puerta del

gabinete.

--Ya nos volveremos a ver, le dijo.

--No lo creo, caballero.

--Y yo estoy seguro.

Tom tomó la puerta precipitadamente, bajó por Pater-Noster, luego por

Sermon-Lane, y llegó a orillas del Támesis.

Ya allí, se embarcó en el _penny-boat_ de Sprinfields, y pasó a la

opuesta márgen, a la entrada del Borough.

Y en fin, al desembarcar en la orilla derecha del río, se dirigió a pie

hacia una calle que conocen muy bien nuestros lectores, esto es, a

Adam-street.

En esta calle era donde vivía Betzy, la mujer de Tom, y en la misma casa

donde este había aposentado a lord William, con su esposa y sus hijos, a

su vuelta de Australia.

Tom llegó allí desesperado.

En vez de entrar primero en el cuarto de lord William, se fue derecho a

la habitación de su mujer.

--¿Y bien? le preguntó esta.

Tom movió la cabeza con desaliento.

--Esas gentes del foro no tienen entrañas, dijo.

Y le contó el resultado de su entrevista con Mr. Simouns.

--Ese hombre tiene razón hasta cierto punto, dijo Betzy; pero yo he

concebido otras esperanzas.

--¡Veamos! exclamó Tom con ansiedad.

--Hace poco, prosiguió Betzy con cierto misterio, he salido un instante

para ir al mercado.

--Bien, dijo Tom.

--Y al volver, me he cruzado en la calle con una mujer que venía a pie,

cubierta con un velo espeso, y que parecía buscar alguna cosa.

--¿Y esa mujer?.....

--Tiene el aspecto y el modo de andar de miss Anna.

--¿De lady Pembleton?

--Sí.

Tom se estremeció de pies a cabeza.

--Y no estoy lejos de creer, añadió Betzy, que lo que busca es el medio

de ver a lord William.

Y diciendo esto, Betzy se aproximó a la ventana y miró a la calle.

Pero casi al mismo tiempo se volvió de repente y exclamó:

--¡Calla!... por aquí vuelve..... ¡mira!

Tom se acercó vivamente a la ventana y miró a su vez a la calle.

XLII

DIARIO DE UN LOCO DE BEDLAM.

XXVIII

Tom dirigió la vista hacia el punto que le indicaba Betzy.

Veíase allí en efecto una mujer que parecía errar a la ventura, y que

con la cabeza levantada iba examinando todas las casas.

--Sí, dijo Tom, ella es: no te habías engañado.

De pronto aquella mujer pareció decidirse, atravesó la calle, y entró

resueltamente en el estrecho portal de la casa.

Entonces Tom dijo a su mujer:

--Espérame, voy a salir a su encuentro.

Y se precipitó por la escalera.

La mujer que subía con paso ligero y Tom que bajaba precipitadamente la

escalera, se encontraron en el descanso del segundo piso.

--¿Milady? dijo Tom en voz baja.

Lady Pembleton,--pues era en efecto ella,--se levantó vivamente el velo.

--Os buscaba, dijo.

Y echó temblando una mirada a su rededor, como avergonzada de haber

penetrado en aquel casucho miserable.

Pero sobreponiéndose y haciendo un esfuerzo, se asió al brazo de Tom y

le dijo por lo bajo:

--He venido sin que lo sepa lord Evandale.

--¡Ah! exclamó Tom.

--Quisiera ver de nuevo a... la persona que decís ser lord William.

--Aquí vive, repuso Tom.

--¿En esta casa?...

--Mirad, esa es la puerta de su cuarto.

--¿Y..... está..... solo?

--No, señora, dijo Tom; está con su mujer y con sus hijos.

--¿Sus hijos?..... ¿su mujer?.....

Lady Pembleton dijo estas palabras con un acento extraño.

Pero en fin, la emoción que se había apoderado de ella, pareció calmarse

súbitamente.

--Deseo verlo a solas, dijo.

--En ese caso, respondió Tom, podéis subir a mi cuarto, que está en el

piso superior. Betzy y yo saldremos, y en seguida os enviaré a milord.

Lady Pembleton se arrepentía ya seguramente del paso que daba, y hubiera

dado algo por poderse alejar de allí.

Pero era demasiado tarde.

Tom la ofreció el brazo y la ayudó a subir, y en seguida corrió a avisar

a lord William.

Este se conmovió en extremo al saber que lady Pembleton venía a verlo, y

una idea consoladora pasó por su imaginación.

La cuerda del ahorcado Últimas aventuras de Rocambole: I El Loco de Bedlam · 第 13 / 18 段