habitación, dijo el guía, pero ya marchamos por las tierras de la
hacienda.
En fin, a eso del mediodía, Tom descubrió a lo lejos una casa blanca y
de aspecto gracioso, que se levantaba en medio de gigantescos árboles.
--¡Allí es! dijo el deportado.
Tom tuvo un momento de angustia y sus ojos se arrasaron en lágrimas.
--¿Querrá ahora volver a Europa? murmuró para sí.
Y vacilante y llorando como un niño, Tom continuó avanzando hacia
aquella casa que, de lejos, encerrada entre la espesura, parecía un nido
de tórtolas.
XXXVI
DIARIO DE UN LOCO DE BEDLAM.
XXII
Nada más gracioso ni más poético que aquella linda habitación perdida en
un océano de verdura.
La granja o casa de labor, las caballerizas y los establos, estaban
rodeados de altos muros, deslumbrantes de blancura.
La casa habitación ocupaba el centro, y un frondoso jardín,
esmeradamente cuidado, la cercaba por todas partes.
Tom y sus compañeros penetraron en el patio de la granja, y se
detuvieron mientras se adelantaba el guía.
Un mulato de pocos años se hallaba en la puerta de las caballerizas.
El antiguo deportado se dirigió a él y le dijo:
--Buenos días, Nathan.
--Buenos días, Toby, respondió el mulato.
--Aquí vengo con dos amigos, continuó el pastor, que desean ver a Mister
Bruce.
--Mister Bruce no está en la habitación, respondió el muchacho.
Tom palideció al oír esto.
--¿Dónde esta pues? preguntó Frantz Hauser.
--¡Oh! tranquilizaos, no está de viaje.
--¡Ah!
--Ha ido a ver uno de sus rebaños apriscado a una milla de aquí.
--¿Y volverá pronto?
--¡Ciertamente! No puede tardar mucho.
--Entonces lo esperaremos, dijo Tom.
--Pero mistress Bruce está en la casa, añadió el chicuelo; podéis
entrar.
Tom vacilaba en aceptar la oferta.
--Vaya, venid, dijo el antiguo deportado.
Y se adelantó hacia el interior siguiéndole los demás.
Algunos criados iban de un lado a otro por los patios y el jardín, y la
puerta de la habitación estaba de par en par abierta.
Tom vio a su frente un ancho vestíbulo adornado con jarrones de flores,
y en el fondo la elegante balaustrada de una espaciosa escalera.
Al ruido de sus pasos, se abrió una puerta a la derecha del vestíbulo, y
una graciosa joven apareció en ella, llevando en brazos a un niño, a
quien daba el seno.
Detrás de ella venía también una lindísima niña de cuatro años, que se
cogía al vestido de la joven, y fijaba en los recién venidos sus grandes
ojos admirados.
Mistress Bruce, pues era ella, conocía a Toby.
--Buenos días, Toby, le dijo.
--Buenos los tengáis, señora, respondió el pastor.
--¿Venís a ver a mister Bruce?
Y al hacer esta pregunta, fijaba con curiosidad sus miradas en Frantz
Hauser y en Tom.
--Señora, respondió Toby señalando a este último, aquí tenéis a una
persona que ha conocido mucho a vuestro marido.
La joven se estremeció y murmuró con una emoción mal contenida:
--¿Dónde?
--En Inglaterra, respondió Tom vivamente.
La emoción de la joven pareció ir en aumento.
--¿En Inglaterra? repitió.
--Sí, señora.
--Ya..... en Perth.....
--¡Oh! no... en Pembleton-castle.
Y Tom al decir esto tenía los ojos arrasados en lágrimas.
La joven se fijó en él con más atención.
--¿Quién sois pues? dijo en fin.
--Me llamo Tom, señora.
Mistress Bruce dejó escapar un grito:
--¡Tom! dijo, ¿os llamáis Tom?
--Sí, señora.
--¡Ah! Dios mío!
Y pareció vacilar y un temblor nervioso se apoderó de todo su cuerpo.
Tom prosiguió:
--Sí, señora, me llamo Tom, y comprendo por vuestra emoción que sir
Walter os ha hablado de mí con frecuencia.
--Y me habla aún todos los días, respondió la joven.
Apenas acababa de decir estas palabras, se oyó resonar en el patio de
entrada el ruido de los pasos de un caballo.
Tom se precipitó hacia aquel sitio.
El leal servidor no se había engañado: Walter Bruce era quien llegaba.
Tom se acercó a él temblando como un azogado, y tal era su conmoción,
que Toby tuvo que correr a él y sostenerlo.
Mister Bruce era un gallardo joven de veinte y siete a veinte y ocho
años, y su rostro, tostado por el sol, no presentaba ya la menor traza
de la horrible picadura de la víbora azul.
Miró fijamente a Tom y no lo reconoció al principio.
El pobre Tom tenía ahora la cabeza enteramente blanca.
--¿Quién es ese hombre? preguntó sir Walter echando pie a tierra.
--¡Amo mío!..... mi buen señor! exclamó Tom, ¿no me conocéis?.....
Walter Bruce arrojó un grito de sorpresa.
--¡Tom! exclamó.
--¡Ah! milord, dijo Tom con voz alterada, ya sabía yo que acabaría por
encontraros.....
Mr. Bruce estrechó a Tom en sus brazos, y lo tuvo largo tiempo abrazado.
Después, descubriendo a Frantz Hauser y a Toby, les alargó la mano y les
dijo con una triste sonrisa:
--Ya veis como yo no mentía cuando os revelé mi nombre y calidad.......
Y volviéndose a su mujer añadió:
--Querida Lucy, conduce a esos dos buenos amigos al comedor y haz que
les sirvan una colación. Por mi parte, excusadme, pues estoy impaciente
de hallarme a solas con mi querido Tom.
Y tomando al antiguo mayordomo por el brazo, entró con él en la casa.
Tom no había podido dominar aún su emoción ni contener sus lágrimas.
Apenas se hallaron solos, Walter Bruce le abrazó de nuevo y le dijo:
--¡Así, amigo mío, te has atrevido a venir hasta aquí a buscarme!...
--Hace seis años que salí de Inglaterra, respondió Tom, y sin esos
maldecidos salvajes.....
--¿Qué salvajes?
--¡Oh! milord, respondió Tom, no os ocupéis de eso..... Mis sufrimientos
no son nada en comparación de los vuestros.
--Tom, dijo Mr. Bruce, antes de contaros mi historia quiero saber la
vuestra.
Sir Walter hablaba con autoridad.
--Os obedeceré, milord, respondió Tom.
Y contó en seguida del modo que había dejado la Inglaterra con el
designio de buscar al infortunado lord William, y la sucesión de fatales
aventuras que habían contrariado e interrumpido su viaje.
--Pues yo, amigo Tom, dijo entonces Mr. Bruce, en todo lo que me ha
sucedido, hay una cosa que jamás he podido explicarme.
--¿Cuál, milord?
--He estado sin memoria durante más de un año, y aun loco, según me han
dicho.
--¡Ah! dijo Tom.
--El último acontecimiento de mi antigua existencia de que puedo
acordarme es el siguiente. Acababa de meterme en cama en mi cuarto de
New-Pembleton, y empezaba a conciliar el sueño, cuando sentí un cuerpo
viscoso y frío que me subía por el rostro, y casi al mismo tiempo
experimenté un dolor tan agudo, que no pude menos de arrojar un grito.
--¿Y después?
--No me ha sido posible acordarme de nada después de eso.
--¡Ah! exclamó Tom.
--Una mañana en fin, volví en mí como si despertara de un largo sueño,
y..... me encontré con un grillete al pie y trabajando en una mina.
Otros hombres de aspecto repugnante y cínico, encadenados y vestidos
como yo, trabajaban a mi lado, amenazados de continuo por el látigo de
un capataz. Yo no me di al pronto cuenta de la situación, y me puse a
llamaros.....
--¡Oh! Dios mío! exclamó Tom enternecido, levantado los ojos al cielo.
--Mis compañeros se echaron a reír.
--¿Ignoráis quién soy? exclamé indignado.
--Eres Walter Bruce, me respondieron.
--Os engañáis, les respondí, mi nombre es lord William Pembleton.
Mis compañeros de cadena soltaron otra vez la carcajada.
Y como yo manifestase mi indignación de una manera bastante enérgica, un
capataz se acercó a mí y me dijo:
--¿Volvemos a las andadas, Bruce?... ¿Os entra de nuevo la locura?
--¿Loco?... ¡yo! exclamé.
El capataz me volvió la espalda, y como había suspendido mi trabajo,
recibí aquella noche una corrección humillante.....
Durante ocho días, grité, me indigné, apelé a la justicia de los
hombres, a la de Dios.....
¡Esfuerzos inútiles!
A cuantos hablaba de mi nacimiento y de mi rango en la sociedad, sólo
conseguía que se encogieran de hombros y que me mirasen con lástima.
Todos me repetían que yo era Walter Bruce, natural de Perth, en Escocia,
y que había sido condenado por robo a cinco años de deportación y de
trabajos públicos.
Aquí Mr. Bruce se detuvo un momento, como abrumado bajo el peso de sus
recuerdos.
Tom le contemplaba en silencio, con los ojos anegados en lágrimas.....
XXXVII
DIARIO DE UN LOCO DE BEDLAM.
XXIII
En fin, después de una pausa de algunos instantes, Mr. Bruce prosiguió.
--Y sin embargo, yo estaba bien seguro de mi identidad.--Los recuerdos
de mi juventud venían en tropel a mi memoria, y llegó un momento en que
mi corazón latió con violencia y en que mis labios murmuraron un nombre:
«¡Miss Anna!»
Pocos días después, al cabo de mil esfuerzos, logré avistarme con el
comandante militar de nuestra colonia, y le supliqué que me oyese.
Al principio me rechazó con alguna dureza, pero al fin, movido de mis
ruegos, consintió en lo que le pedía.
Entonces le conté el caso en que me hallaba, y como debía de haber error
de personas, puesto que yo me llamaba lord William.
El comandante me escuchó fríamente, sin interrumpirme, y cuando hube
acabado, buscó la nota de mi deportación, la leyó, y me respondió:
--Vuestro nombre es en realidad Walter Bruce, y tenéis hoy poco más de
veinte años. La sala del crímen de Perth os ha condenado a la
deportación.
Después de vuestra condena, y mientras os hallabais aún en la cárcel de
Perth, os ha acometido una enfermedad extraña, y habéis presentado tales
síntomas, que os creyeron por un momento perdido.
Os cubrió una lepra horrible y perdisteis completamente la razón.
Vuestra locura ha durado muchos meses.
Fue necesario trasportaros de Perth a Liverpool en una mula, pues
vuestro triste estado no os permitía andar.
Embarcado luego en un trasporte de la marina real, vuestra enfermedad ha
continuado en toda la travesía, y solo al llegar aquí, es cuando ha
empezado a desprenderse la lepra que os cubría el rostro.
Desde entonces la calma se ha ido restableciendo en vuestro espíritu, y
se ha podido creer que vuestra locura había desaparecido.
Yo quedé aterrado al escuchar estas palabras.
Sin embargo, vuelto prontamente en mí, seguí hablándole con tal
franqueza, con tal acento de verdad, citándole con nombres propios y
detalles mis relaciones de otro tiempo, y supe coordinar tan
perfectamente mis recuerdos, que su convicción empezó a vacilar.
--Pues bien, me dijo, consiento en escribir a Inglaterra y pedir nuevos
informes.
Durante un año viví lleno de resignación y sobre todo de esperanza.
Algo me decía, Tom, que andabais en mi busca: y aun cuando jamás he
podido darme cuenta cómo, durante mi pasajera locura, he podido ser
confundido con un criminal y hallarme en una colonia lejana haciendo la
vida de un forzado; más de una vez pensaba que mi hermano debía
investigar cuál había sido mi suerte.
Tom bajó la cabeza y no respondió.
--En fin, al cabo de un año, el comandante me hizo llamar.
--¿Y bien? me dijo, ¿sois ya más razonable?
Esta pregunta me dejó helado.
--Ya sabéis, añadió, que escribí a Inglaterra.
--¿Y os han contestado?
--Sí.
Y diciendo esto me entregó una carta.
Aquella carta estaba firmada por _lord Evandale Pembleton_.
Y no podía dudar, pues era en efecto la firma de mi hermano.
Sir Evandale escribía al gobernador de la Nueva Zelanda:
«Señor Gobernador:
»He tenido en efecto un hermano mayor llamado lord William.
»Pero lord William ha muerto en New-Pembleton hace cosa de dos años.
»Su muerte fue ocasionada por la picadura de un reptil venenoso.
»Os incluyo el acta de defunción certificada por el Sheriff del condado
y firmada por tres testigos dignos de fe, para que no os quede duda
sobre la autenticidad de ese documento.
»Mi familia me aconseja presentar una queja a los tribunales, a fin de
que el miserable que ha osado tomar el nombre de mi desgraciado hermano,
reciba el condigno castigo.»
--¿Y bien? me dijo el comandante, ¿persistís aún en vuestras aserciones?
Yo bajé la cabeza y no respondí una palabra.
Lo había comprendido todo.
--¡Ah! exclamó Tom.
--Mi hermano se había apoderado de mi título y de mi fortuna.....
¿Por qué medios había logrado su objeto?
Esto es lo que ignoro y lo que no sabré quizá jamás, añadió suspirando
Mr. Bruce.
--Eso..... yo lo sé, dijo Tom.
--¿Tú lo sabes?
--Sí.
Y Tom, enjugando sus lágrimas, añadió:
--¿Os acordáis del mendigo Nizam?
--¿El Indio?
--Sí, aquel miserable.......
--Bien ¿y qué?
--Aquel miserable fue el cómplice de vuestro hermano.
--¿Pero qué había yo hecho a ese infeliz?
Tom se sonrió con amargura.
--¡Infeliz! repitió, ¿sabéis quién era ese hombre?
--No.
--Era sir Jorge Pembleton, el infame que había manchado el tálamo de
vuestro padre y deshonrado a vuestra madre.
--¡Ah! exclamó Mr. Bruce palideciendo.
--De casta le viene al galgo..... dice el refrán, añadió Tom, y aquí el
refrán no miente. Sir Evandale es digno hijo de tal padre.
Y aquí Tom refirió punto por punto a Mr. Bruce todo lo que había
sucedido, según ya sabemos por los capítulos precedentes.
--Pero, dijo Mr. Bruce, después que mataste a ese infame, ¿por qué no
dijiste nada a mi hermano?
--Quería encontraros antes.
--¿Y se ha casado con mis Anna?
--El mismo día que salí de New-Pembleton se celebraba la boda.
Y dicho esto, Tom refirió la triste odisea de su viaje y las aventuras
de su larga estancia entre los negros caníbales.
Mr. Bruce lo escuchó con interés, y cuando hubo concluido, le dijo:
--Ahora veo que en la época en que el gobernador de la Nueva Zelanda
escribió a Inglaterra, tú habías salido ya de ella.
--Sí.
Mr. Bruce permaneció un momento silencioso.
Después añadió:
--Ya comprendes por lo que acabo de decirte, que todas mis esperanzas
habían quedado destruidas. A partir del día en que el gobernador me
comunicó la carta de sir Evandale, ya no esperé en nada y me resigné.
Mis compañeros de infamia seguían llamándome _milord_ por burla; pero yo
no volví a decir más que pertenecía a la alta aristocracia inglesa.
Así se pasaron los años.
Yo no los contaba y hasta me era indiferente la vida, cuando un día me
hicieron saber que había cumplido mi condena y que estaba libre.
--Bruce, me dijo el gobernador al entregarme una pequeña cantidad, fruto
de mi dura labor de cinco años, podéis escoger punto de residencia, sea
volviendo a Inglaterra o permaneciendo aquí, sea pasando a Australia
donde encontraréis fácilmente trabajo.
Yo opté por este último partido y me embarqué para Melbourne.
Por fortuna, llegué a aquella ciudad en un día de feria.
Un colono del noroeste me tomó a su servicio como pastor, y me condujo a
su hacienda aquel mismo día.
Aquel colono era el padre de miss Lucy.
Mis sufrimientos, la ruda vida que había llevado, y el contacto durante
cinco años con los seres depravados y envilecidos que me rodeaban; no
habían podido degradar mi carácter ni destruir mi distinción natural.
Aquí entra, amigo mío, una historia novelesca de amor, que sería muy
largo contarte.
Yo había olvidado a miss Anna.
Pero mi corazón no se había cerrado a toda emoción dulce, pues empecé a
suspirar al ver a miss Lucy.
--Y llegasteis a amarla.......
--Como ella me amó y me ama todavía.
Al cabo de dos años, yo había conquistado la amistad y la entera
confianza del colono.
Un día, al fin, me llamó aparte y me dijo:
--He comprendido, mi pobre Walter, que amáis a mi hija y que ella os
corresponde. Lo he pensado todo, y no encuentro inconveniente en vuestra
unión. En Inglaterra, un enlace semejante sería monstruoso, pero en
Australia somos indulgentes. Además me habéis contado vuestra historia,
y creo firmemente en cuanto me habéis dicho.
--Y así es, dijo terminando Mr. Bruce, como llegué a casarme con miss
Lucy, como heredé a su padre, y como en fin he conseguido ser dichoso.
--Sin embargo, milord, exclamó Tom, no creo por eso que tengáis decidido
el permanecer aquí.
--Sí, amigo mío, esa es mi intención.
--¡Cómo!... ¿renunciaríais a reivindicar vuestros derechos?
--¿Para qué? respondió con indiferencia lord William, el hombre que
existía en mí ha muerto para todos: ya no soy ni quiero ser otra cosa
que el colono Walter Bruce.
--¡Pero es imposible!
--Soy dichoso, amigo mío.
A tiempo que decía esto, entró en la habitación su joven esposa,
llevando uno de sus niños por la mano, y el otro en brazos recostado
sobre el hombro.
--Mira..... dijo Mr. Bruce a Tom, ¿qué crees que me falte para ser
feliz?
XXXVIII
DIARIO DE UN LOCO DE BEDLAM.
XXIV
Tom pasó muchos meses en la hacienda, insistiendo en sus ruegos cada día
y suplicando a Mr. Bruce que no olvidase lo que debía a su nombre y a la
satisfacción de la justicia.
--Volved a Inglaterra, milord, le decía, es necesario que recobréis
vuestro nombre y que entréis como dueño en el solar de vuestros mayores.
Pero Mr. Bruce le respondía invariablemente:
--No, amigo mío, aquí soy dichoso y aquí permaneceré.
El pobre Tom se desesperaba al ver la inutilidad de sus esfuerzos.
--Escribe a tu mujer que venga a reunirse contigo, le decía además Mr.
Bruce.
Pero Tom no renunciaba a la esperanza de convencer a su antiguo amo.
--Es necesario que volváis a Inglaterra, le repetía, es necesario.
A veces Mr. Bruce, cansado de su obstinación, le dejaba sin respuesta,
hasta que al fin le dijo un día:
--Escúchame, mi pobre Tom, y no insistas en un empeño inútil.
--Decid, mi querido amo.
--Supongo por un momento que me decido y sigo tus consejos.
--¡Ah! ¿los seguiréis?
--Que nos volvemos a Inglaterra.
--Bien.
--Y que me presento a mi hermano.
--Será fuerza que os reconozca.
--No solamente se negará a ello, sino que me acusará de ser un impostor.
--¡Oh! en cuanto a eso, ya le probaremos!....
--¿Qué quieres tú que yo le pruebe? Mi identidad está perfectamente
establecida: soy Walter Bruce, antiguo deportado, y no otra cosa. Lord
William ha muerto, y está enterrado con todas las ceremonias legales en
el panteón de Pembleton.
--¡Ah! respondía Tom negándose a aceptar este razonamiento, si sir
Evandale se niega a reconoceros, hay otra persona que os reconocerá de
seguro.
--¿Quién?
--Miss Anna.
La frente de lord William se nublaba al oír esto, y solía responder:
--No, yo no amo a miss Anna, ni ella me ha amado jamás. Estoy en la
convicción de que también sería inútil esa prueba.
Tom parecía darse por vencido y no añadía una palabra.
Pero al día siguiente volvía a la carga, aunque siempre con el mismo
resultado que la víspera.
En fin, un acontecimiento inesperado vino a darle la victoria.
En Australia, las fortunas se hacen rápidamente, y se deshacen a veces
con más rapidez aún.
El antiguo mundo ha creado allí un pueblo enteramente nuevo: un pueblo
compuesto de aventureros y de criminales arrepentidos que han sufrido ya
su condena.
Todos ellos buscan con ansia su camino, tienen prisa de crearse una
posición, y así la actividad humana no tiene allí límites.
Primero presidiario, luego deportado y al fin libre, el hombre trabaja
allí en las minas y hace una rápida fortuna; o bien toma el oficio de
pastor, y por poco activo e inteligente que sea, salva bien pronto la
línea de demarcación que separa al trabajador del propietario, o el
pastor asalariado del rico ganadero.
Pero la fortuna de este último es excesivamente incierta y se halla
sometida a súbitos y terribles trastornos.
El día menos pensado, el ganadero se ha acostado rico y tranquilo. Posee
en sus pastos cien mil cabezas de ganado, y tiene diez y ocho leguas
cuadradas de país que ha escogido por dominio, pues la Inglaterra
concede la posesión del suelo a todo aquel que ha sabido conquistarlo.
Al día siguiente se despierta arruinado.
¿Cómo se ha operado este fenómeno?
La Australia está infestada de negros fugitivos que han huido de las
colonias, donde eran esclavos, y que viven del robo, del pillaje y del
incendio en esta isla que es grande como un continente.
La autoridad ha debido tomar medidas contra ellos y hasta se han creado
varios regimientos de negros sometidos, que llaman la _milicia negra_.
Esta tropa se ha hecho muy temible y presta grandes servicios sin duda,
pero es impotente sin embargo para proteger a los colonos del interior.
Los negros cimarrones, como llaman a los fugitivos, se contentan por lo
general con robar algunos ganados.
Pero si creen tener queja grave o gran perjuicio de un colono o
ganadero, entonces organizan contra él una verdadera expedición.
Una noche la habitación se encuentra cercada.
Estas están defendidas en general por altos muros que rodea un foso
profundo: contienen una guarnición de ciento cincuenta o doscientos
servidores, entre criados, gañanes y pastores, todos ellos adictos a su
amo; y hay además una jauría de perros enormes y medio salvajes, que
guardan los patios y las puertas de los establos y caballerizas.
Pero los negros llegan en multitud tan crecida, que a veces se cuentan
por miles.
Y si la hacienda se encuentra aislada, lejos de toda habitación, y no
llegan prontos socorros, el colono está perdido.
Los negros le harán a veces gracia de la vida, pero pegarán fuego a su
habitación y dependencias, arrasarán los árboles, y matarán todo el
ganado que no puedan llevarse.
Entonces el desgraciado colono tendrá que empezar a construir de nuevo
el edificio de su precaria fortuna.
La tierra, en Australia, no tiene valor sino por los brazos que la
cultivan y los rebaños que pastan su yerba salada.
Una vez dispersos los cultivadores y ganaderos, el colono queda reducido
a la indigencia.
Tales desgracias son harto frecuentes hacia el interior, y Walter Bruce
no debía verse libre de ella.
Y sin embargo, siempre había vivido en buena inteligencia con los negros
cimarrones.
Cuando rondaban alrededor de su hacienda, solía enviarles pan, carne y
aguardiente; y los negros respetaban sus ganados, y hasta le llamaban el
_buen blanco_.
Pero una aventura amorosa vino a destruir en un momento todas estas
buenas disposiciones.
Sucedió, pues, que el jefe de una de las hordas más temibles de esos
bandidos, llamado Kukuren, se enamoró de una joven mulata que servía
como criada en la hacienda.
La solicitó subrepticiamente por algún tiempo, y al cabo se atrevió a
venir a pedirla en matrimonio a Mr. Bruce.
El joven colono le escuchó con su natural bondad y le respondió:
--Dirígete a ella. Si quiere seguirte, no me opondré a su voluntad.
El jefe lo hizo así, pero la mulata, que tenía horror de los negros
cimarrones, le negó resueltamente su mano.
Kukuren juró vengarse.
Pocos días después, en medio de una noche oscura, penetró en la
habitación escalando los muros, y llegando hasta el cuarto de la criada,
la arrebató de su lecho y trató de huir con ella.
Pero la mulata se defendió arrojando gritos desesperados.
Uno de los pastores del colono cogió una escopeta, se asomó a una
ventana, y viendo a un negro que huía, le apuntó e hizo fuego.
El negro cayó mortalmente herido.
Y como aquel negro era Kukuren, el jefe poderoso de una horda numerosa y
temible, Mr. Bruce comprendió que estaba perdido.
En efecto, a la noche siguiente, la habitación fue atacada por una
innumerable multitud de aquellos forajidos, a quienes los colonos de
Australia han apellidado los demonios negros.
Aquello fue un sitio y una batalla.
Mr. Bruce resistió el ataque y se defendió valerosamente.
Pero sus servidores cayeron uno a uno, heridos por las flechas
emponzoñadas de los negros.
Al mismo tiempo, muchos de ellos pusieron fuego a la habitación.
Atrincherado con su mujer, sus hijos y algunos de sus criados, Mr. Bruce
se defendía aún con el heroísmo de la desesperación, cuando llegó la
_milicia negra_.
La horda de Kukuren tomó entonces la fuga, y Mr. Bruce pudo así salvarse
con toda su familia.
Pero en cambio estaba completamente arruinado.
Tom había conservado el famoso cinturón que los caníbales no pensaron en
quitarle, y gracias a esta feliz casualidad, poseía aún setecientas u
ochocientas libras esterlinas.
Esto era más de lo que necesitaban para volver a Europa.
Tom creyó entonces llegado el momento de dar el último golpe, y mirando
a su amo, le dijo con acento de triunfo:
--¡Ah! lo que es ahora no dudo que consentiréis en volver a vuestro
rango y reconquistar vuestro nombre!
--¡Ay! respondió suspirando Mr. Bruce, si yo fuera solo, puedes estar
seguro de que permanecería aquí y que trataría de reconstituir mi
fortuna; pero tengo mujer e hijos, y me espanta por ellos la miseria.
--¡En fin! exclamó Tom.
* * *
Un mes después, Walter Bruce, su esposa, sus dos hijos y Tom, se
embarcaban en Melbourne, aprovechando la salida de un buque que hacía
vela para Inglaterra.
Ocho días antes, Tom había escrito a Betzy: