Sir Archibaldo tenía decidido empeño en que su hija se casase con un

lord, y ella que había amado tanto y tan desinteresadamente a lord

William y que en nada tenía la fortuna..... no titubeó un momento en

pasar a ser lady Evandale Pembleton, dando su mano al nuevo heredero de

aquella poderosa familia.

El día mismo de aquel casamiento, un hombre que había llegado demasiado

tarde para asistir a los funerales de su amo, declaró a lord Evandale

que dejaba su servicio.

Aquel hombre era Tom.

El fiel Tom que lloraba siempre a lord William y que no quería servir

al hijo del crímen.

La noche del mismo día, y después de la brillante recepción que siguió a

la ceremonia nupcial, mientras que conducían a la joven esposa a su

cuarto; lord Evandale halló medio de desaparecer por un momento, y bajó

furtivamente al parque.

Nizam, el supuesto Indio, Nizam que se había llamado en su juventud sir

Jorge Pembleton, había dado cita aquella noche a su hijo para

felicitarlo.

El lugar de la cita era junto a aquel árbol donde Nizam había esperado

tantas veces a sir Evandale.

Y sir Evandale, hoy ya lord y en el colmo de todas las dichas que

ambicionaba, se había apresurado a acudir al llamamiento de su padre.

El cielo estaba despejado y diáfano, y la luna iluminaba con su

argentada luz el parque y los jardines.

Lord Evandale salió cautelosamente de la casa, y dando la vuelta hasta

llegar bajo las ventanas de su habitación, no tardó en descubrir a Nizam

que le esperaba bajo el árbol.

Pero el supuesto Indio no se hallaba en pie como de costumbre.

Nizam estaba acostado en tierra y parecía dormir tranquilamente.

Lord Evandale lo llamó en voz baja, después con mayor fuerza, y esto

repetidas veces.

Pero Nizam no respondió.

Entonces el joven se aproximo a él, lo examinó con cuidado, y retrocedió

de pronto, lanzando un grito de horror.

Nizam estaba muerto.

El brillante oficial de marina que se llamara un tiempo sir Jorge Arturo

Pembleton, y cuya miserable vida fue un horrible tejido de crímenes,

hasta aquel día testigo de su triunfo; había dejado de existir, y

todavía llevaba clavado en el corazón el cuchillo que había ocasionado

su muerte.

Lord Evandale volvió a acercarse a aquel cuerpo ensangrentado, y

arrancando de él el arma homicida, la examinó y la reconoció al punto.

Aquella arma era el cuchillo de caza de Tom, el marido de Betzy.

XXXIII

DIARIO DE UN LOCO DE BEDLAM.

XIX

¿Qué había sido de Tom?

En la misma mañana del día en que lord Evandale debía enlazarse con miss

Anna, la hija de sir Archibaldo, fue, como sabemos, cuando Tom anunció a

su joven amo que dejaba inmediatamente su servicio.

Ya hemos visto que Tom estaba en Londres cuando tuvo lugar el fatal

acontecimiento que acabamos de contar.

Tom volvió, lloró a su amo y lo creyó realmente muerto.

Y como lord Evandale parecía sentir tan vivamente la desgracia de su

hermano, el fiel criado no sospechó ni un solo instante la verdad.

Sin embargo una noche, algún tiempo después de su vuelta, Tom fue

testigo invisible de una escena extraña.

Hallábase asomado a una ventana de su cuarto, que daba al parque,

respirando por algunos momentos el aire de la noche, cuando vio

deslizarse a un hombre por entre los árboles, y acercarse cautelosamente

a la casa.

Aquel hombre era Nizam el Indio.

Tom se preparaba a bajar para echar fuera a aquel mendigo, cuando se

abrió una puerta excusada de la quinta, y otro hombre salió de ella

furtivamente.

La luna inundaba de luz los jardines y se veía como en medio del día.

Tom examinó a la persona que acababa de salir y reconoció con sorpresa

al joven lord Evandale.

Siguolo con la vista, y lo vio reunirse con el Indio.

Pero su sorpresa fue mayor aún, al ver que este se cogió familiarmente a

su brazo.

Esto fue una revelación para el antiguo servidor de la familia.

No adivinó enteramente la verdad, pero comprendió una parte de ella.

Nizam era Indio: de consiguiente él debía haber procurado la víbora

azul.

Nizam era pues cómplice de lord Evandale.

Y lord Evandale había asesinado a su hermano.

Tom, entonces, se propuso espiar incesantemente al Indio, a fin de

adquirir de una manera cierta la prueba del crímen.

Obtenida esta prueba, Tom vengaría la muerte del desgraciado lord

William.

Sin embargo el hermano de leche de lady Evelina no sospechaba aún la

verdadera identidad de Nizam.

Por otra parte, hasta entonces no se había ocupado del mendigo, ni había

fijado en él mucho la atención; pero a partir de la noche en que le fue

evidente la existencia de un crímen y la complicidad entre el Indio y

lord Evandale, Tom redobló sin descanso su vigilancia.

Ocho días después, encontró una noche la ocasión que esperaba, y siguió

a lord Evandale que tenía una nueva cita con Nizam.

Escondido a su vez entre la maleza, Tom oyó toda la conversación de

Nizam con lord Evandale.

Y cuando al fin se alejaron, el honrado mayordomo se levantó temblando

de emoción y bañada en sudor la frente.

Acababa de saber quién era Nizam.

El supuesto Indio era el padre de lord Evandale, es decir sir Jorge

Pembleton.

Sir Jorge que había muerto para todos en Calcuta hacía más de quince

años.

Tom no podía pues dudar del crímen y de la complicidad de lord

Evandale, pero había una cosa sin embargo que no sabía aún.

Y era que lord William no había muerto.

Ahora pues, como ya sabemos, el día en que lord Evandale debía casarse

con miss Anna, Tom y Betzy dejaban su servicio.

Partieron en medio del día, en un break de caza, para ir a la estación

vecina, y tomar allí el tren del ferrocarril que pasaba para Londres.

Uno de los criados de la quinta que los condujo a la estación, los vio

entrar en un vagón de segunda clase, y partir a los pocos minutos.

De consiguiente lord Evandale estaba bien persuadido de que habían

dejado el país.

Y sin embargo Tom no había ido muy lejos.

Al llegar a la estación vecina, descendió del tren y, dejando a Betzy

continuar su camino hasta Londres, volvió a campo travieso hacia

Pembleton, y cerca de él, permaneció el resto del día escondido en una

zanja.

La víspera había sorprendido una cita dada por Nizam a sir Evandale.

Tom saltó las tapias del parque cuando llegó la noche, y fue a

esconderse entre las breñas, cerca del árbol donde el supuesto Indio

solía esperar a lord Evandale.

Las horas fueron trascurriendo lentamente.

La quinta estaba llena aún de luz y de ruido, y los numerosos

convidados a la boda no habían partido todavía.

Sin embargo Nizam no tardó en llegar.

Estaba sin duda impaciente de ver a su hijo, pues habiéndose sentado

entre la espesura al pie del árbol, no apartaba los ojos de la casa, y

sus miradas manifestaban una ansiedad creciente.

Embebido en sus pensamientos, no oyó un ligero ruido que hacían detrás

de él entre las hojas, y no pudo prevenirse contra el ataque de un

hombre que cayó sobre él de improviso.

Volviose bruscamente y reconoció a Tom.

El antiguo mayordomo venía armado con un cuchillo de monte.

Nizam estaba sin armas.

Así su primer movimiento fue huir, pero Tom lo cogió vigorosamente por

el cuello.

Entonces quiso gritar.

--Si levantas la voz eres muerto, le dijo Tom.

El Indio luchaba sin embargo por desasirse, mas su enemigo lo sujetaba

sólidamente y al mismo tiempo añadía:

--¡No escaparás de mis manos, miserable!... Sé quién eres.--Tú no te

llamas Nizam, tu verdadero nombre es sir Jorge Pembleton.

El Indio soltó una carcajada feroz.

--¡Ah! me has reconocido! exclamó.

--Sí, y sé también que has asesinado a lord William.

--No es cierto, dijo sir Jorge.

--¡Miserable! ¿osas negar tu crímen?

--No lo niego, respondió Nizam; digo la verdad. Yo no he asesinado a

lord William.

--¿No eres tú quien ha traído la víbora?

--Sí.

--Y no la has introducido en el lecho de lord William.

--Sí, repitió Nizam.

--¿Y te atreves a defenderte?

--Yo no he asesinado a lord William.

--¡Infame!

--Lord William no ha muerto.

Tom lanzó un grito, y su emoción fue tal, que faltó poco para que dejase

escapar a sir Jorge.

--Lord William no ha muerto, repitió este. Pero cuando sepas lo que ha

sido de él, sentirás que se halle aún en el número de los vivientes.

Tom había echado a Nizam en tierra y lo tenía sujeto por el cuello.

Al oír su respuesta, le apoyó la rodilla sobre el pecho y el cuchillo a

la garganta, y le dijo con furor:

--¿Acabarás de hablar, miserable?

--¡Ah!... ¿quieres saberlo todo?

--Sí.

--¿Y si te digo donde se halla lord William, me harás gracia de la vida?

--No.

--Pues bien, dijo Nizam, te diré lo que ha sido de él, y esa será mi

venganza.

Y riendo como un condenado y con voz ahogada por la presión que sufría,

refirió a Tom de qué manera el cadáver del forzado había sustituido al

noble lord, y como este, perdida la razón, se hallaba ahora en el puesto

de aquel miserable.

Y cuando hubo acabado su relato, añadió con una carcajada diabólica:

--Pero de nada te sirve el saber que tu noble amo vive aún, pues no

lograrás encontrarlo.

Arrastrando una cadena entre otros deportados que van a morir al nuevo

mundo, lleva entre ellos una vida miserable, bajo el nombre fatal del

forzado de quien ha tomado el puesto.......

--¿Y cuál es ese hombre? preguntó Tom.

--Eso es lo que no sabrás nunca.

--¡Habla!... ¡o te mato!

--No, dijo Nizam que procuraba ganar tiempo, y que alimentaba la

esperanza de que lord Evandale llegaría de un instante a otro.

--¡Habla! repitió Tom.

--No, no..... jamás.

--¡Pues bien, muere! dijo Tom.

Y le hundió el cuchillo en el pecho.

Nizam murió sin exhalar un grito.

Entonces Tom se levantó e irguió con resolución la cabeza.

--No sé qué nombre es el que lleva mi desgraciado amo, murmuró, pero no

importa. Por grande que sea la tierra, yo lo encontraré con ayuda de

Dios.

Y dejando plantado su cuchillo en el pecho de Nizam, corrió a la cerca

del parque, y saltando por ella, tomó precipitadamente la fuga.

XXXIV

DIARIO DE UN LOCO DE BEDLAM.

XX

Tom emprendió pues la heroica empresa que se había propuesto, y sin

pérdida de tiempo, se puso en busca del desgraciado lord William.

Pero el mundo es grande, como él mismo había dicho, y buscar a un

hombre por él, cuando no se sabe bajo qué nombre se oculta, es cosa bien

difícil, sino imposible.

Tom se puso sin embargo a la obra.

Empezó por ir a Londres a reunirse con su mujer, y la dio parte de las

revelaciones supremas de Nizam.

Betzy era una mujer inteligente y sobre todo de buen sentido.

Oyó a Tom hasta el fin, y cuando este hubo terminado su relato, le dijo

con la mayor sencillez:

--Antes de todo, amigo mío, hay dos cosas que sería necesario saber.

--¿Cuáles? preguntó Tom.

--Primero, el nombre del teniente que conducía la cuerda de

presidiarios.

--¿Y después?

--Y después de qué ciudad de Escocia venía el infeliz que se halla hoy

enterrado en el panteón de la familia Pembleton, bajo el nombre de lord

William.

--Tienes razón, dijo Tom.

El antiguo mayordomo tenía muchas relaciones en Londres.

Entre otras personas de todas clases, conocía a un famoso _detective_ a

quien Scotland yard, es decir la prefectura de Policía de Londres,

había confiado siempre los encargos más delicados.

Tom fue a verse con él, y bajo la mayor reserva le confió el secreto de

la existencia de lord William.

Y al depositar en él este secreto, le puso en la mano un billete de

trescientas libras.

El _detective_ pidió ocho días para practicar sus diligencias.

Al cabo de ese tiempo, el fiel Tom que aguardaba con impaciencia,

recibió la nota siguiente:

«Un teniente de presidio ha pasado, hace siete meses, por la aldea de

Pembleton.

»Se llama Percy, y se dirigía a Liverpool, adonde conducía una cuerda de

presidiarios.

»Es muy probable que se haya embarcado con ellos.»

Tom tomó en seguida el ferrocarril y se fue a Liverpool.

Allí, compulsando los registros de la marina, encontró en efecto el

nombre de Percy, seguido de la calificación de teniente.

Percy se había embarcado para la Nueva Zelanda, con los forzados que

conducía.

Tom vaciló entonces sobre el partido que debería tomar.

¿Se embarcaría también desde luego, o no haría mejor en averiguar antes

el nombre del presidiario que habían sustituido a lord William?

Este último partido le pareció más acertado, y tomó en seguida el camino

de Escocia.

Fue primero a Edimburgo, después a Glascow, y en fin a otras ciudades

menos importantes, tomando informes en todas ellas con una prudencia y

una habilidad consumadas.

Así llegó hasta la pequeña ciudad de Perth.

Apenas empezó en ella sus investigaciones, cuando creyó haber encontrado

las huellas de lo que buscaba.

Allí le hablaron de un acontecimiento misterioso e inexplicable, que

había tenido lugar hacia la época a que él se refería.

Un joven del país, llamado Walter Bruce, había sido condenado, por robo

con fractura, a cinco años de deportación.

Aquel joven se hallaba encerrado en la cárcel de Perth, esperando salir

de un momento a otro para su destino, cuando por una singularidad

inexplicable, había sido víctima de un accidente que no tenía ejemplo en

el país.

Una noche se había acostado en perfecto estado de salud, y se había

despertado al día siguiente dando gritos espantosos.

Acudieron a él, y lo hallaron completamente loco y con el rostro

amoratado y cubierto de una lepra asquerosa.

Tom creyó reconocer en este retrato al desgraciado cuyo nombre buscaba;

pero su esperanza se convirtió en certidumbre, cuando le añadieron que

una cadena que pasó a los dos días, le tomó consigo a pesar de su

horrible estado. Y como no podía marchar, lo habían atravesado sobre una

mula donde conducían el bagaje.

Tom comparó las fechas y adquirió la convicción de que la salida de

Walter Bruce de la ciudad de Perth, había tenido lugar cinco días antes

de la pretendida muerte de lord William.

Conocido esto, no faltaba más que encontrar a Walter Bruce.

Tom volvió inmediatamente a Londres.

El antiguo y fiel servidor de la familia Pembleton no era rico, pues

todo su haber consistía en dos o tres mil libras esterlinas, penosamente

ahorradas durante su servicio.

Esta era una dificultad bastante grave, pero Betzy halló el modo de

resolverla.

--Yo soy joven aún y bastante fuerte: de consiguiente puedo trabajar y

ganar mi vida. Llévate el dinero.

Ocho días después, Tom se embarcaba para la Nueva Zelanda, llevando unas

dos mil libras en letras y billetes, guardados en un cinturón de cuero.

Los primeros meses de la travesía fueron dichosos.

El buque que conducía a Tom dobló la punta meridional de América y entró

en las aguas del Pacífico.

Pero un mes después de haber pasado el cabo de Hornos, naufragó cerca de

la isla Tabor, yendo a encallar sobre un bajío, en una noche oscura y

brumosa.

Inmediatamente se declaró una vía de agua, y las bombas fueron

impotentes para apurarla.

El buque se iba a pique, y en vista de esto, el capitán echó al agua las

chalupas, y en ellas se amontonaron pasajeros y marineros del modo que

les fue posible.

Entonces empezó para el pobre Tom una desgraciada serie de espantosas

aventuras.

Durante diez y siete días, el frágil barco que lo llevaba erró sin

dirección y sin brújula por la inmensidad de los mares.

Las provisiones se agotaron, el hambre llegó con todos sus horrores, y

aquellos infelices empezaron a asesinarse unos a otros para alimentarse.

A los dos días de esta horrible situación apareció en fin la tierra.

Los desgraciados náufragos hicieron esfuerzos increíbles, y abordaron

por último a una isla salvaje.

Pero su situación no hizo más que cambiar de faz, para ser todavía más

horrible.

Los habitantes de aquella isla eran negros antropófagos.

El pobre Tom y aquellos de sus compañeros de infortunio que habían

sobrevivido, fueron llevados por los caníbales al interior de las

tierras.

Tom había sufrido tanto durante la navegación, que se había quedado

extremadamente flaco.

Este triste privilegio le salvó la vida.

Todos sus compañeros fueron devorados por los salvajes.

En cuanto a él, intentaron al principio engordarlo, pero no habiendo

podido conseguirlo, se cansaron al cabo y lo dejaron vivir.

En cambio lo condenaron a los más duros trabajos, y así pasó cinco años

en medio de aquellos negros, tratado con una crueldad inaudita.

En fin, un día, un navío inglés hizo escala en aquella isla maldita.

Los negros que vinieron a bordo a vender frutas, pescado y aceite de

foca, contaron a la tripulación que había un blanco entre ellos.

El capitán envió a algunos hombres a tierra, y estos le trajeron al

pobre Tom.

Aquel buque hacía vela para Australia y debía tocar en la Nueva Zelanda.

Tom cobró ánimo y creyó tocar al fin el término de sus esperanzas.

Los negros le habían dejado su cinturón, no encontrando en él más que

papeles que no podían excitar su codicia; y de consiguiente tenía aún su

dinero.

Un mes después, Tom, que había caído enfermo en esta nueva travesía y

que, más que un hombre, parecía un fantasma, llegó extenuado a Aukland.

Allí descansó unos días y trató de reponerse, y después de escribir a su

mujer, que sin duda le creía muerto, emprendió de nuevo sus pesquisas en

busca de lord William, o más bien, del deportado Walter Bruce.

Después de muchos días de investigaciones inútiles, supo al fin que una

centena de deportados que habían cumplido su condena, se habían

trasladado a Australia en vez de volver a Europa.

Walter Bruce había también cumplido su condena tiempo hacía, pero ¿se

hallaba por ventura entre ellos?

Esto es lo que Tom no sabía.

Sin embargo resolvió ponerse en camino para aquel punto, y se embarcó

con dirección a Melbourne.

Ya allí, empezó de nuevo sus pesquisas.

Recorrió todas las tabernas, interrogó a los marineros y preguntó a

cuantos deportados encontrara.

Ninguno de ellos pudo darle noticias de Walter Bruce.

Pero Tom no se desalentó por esto.

Había dejado a Melbourne, trasladándose a Sidney, y estaba alojado en

una miserable posada, cuando hizo conocimiento con un Alemán que se

llamaba Frantz Hauser.

Frantz se hallaba en la más completa desnudez.

Sospechando que Tom tenía algún dinero, le confió su situación

desesperada, y le pidió algún socorro, añadiendo que había sido

condenado injustamente hacía siete u ocho años, y deportado a la Nueva

Zelanda.

--¿Habéis conocido a otro deportado que llamaban Walter Bruce? le

preguntó Tom.

--¡Ya lo creo! respondió Frantz, fue un tiempo mi compañero, y me

acuerdo que lo apellidábamos _Milord_.

Tom dejó escapar una exclamación de alegría, y tomando vivamente las

manos de Frantz, le dijo:

--¡Hablad!... ¡hablad! decidme todo lo que sabéis de él!

XXXV

DIARIO DE UN LOCO DE BEDLAM.

XXI

El Alemán Frantz Hauser se quedó mirando a Tom con extrañeza.

--Sí, respondió, he conocido en efecto a un deportado que se llamaba, o

más bien, que llamaban Walter Bruce.

--Y él repudiaba ese nombre, ¿no es verdad?

--Sí, y decía que era lord: así, todos le llamábamos milord, pero de

burlas, se entiende, pues sabíamos muy bien...

--No, no sabíais nada, dijo Tom bruscamente.

Frantz se quedó mirándolo de nuevo.

--La persona a quien dabais el nombre de Walter Bruce era un lord en

efecto, prosiguió Tom; pero esto no hace ahora al caso. ¿Adónde lo

encontrasteis?

--Hemos trabajado juntos en la misma cadena cerca de cuatro años.

--Pero, ¿dónde?

--En la Nueva Zelanda, ya os lo he dicho.

--¿Y os separasteis después?

--Sí.

--¿Por qué?

--Yo había cumplido mi tiempo. Me volvieron la libertad, y al hacerlo,

me dieron a escoger entre volver a Europa o establecerme aquí.

--¿Y Walter Bruce?

--Debe también haber concluido su tiempo.

--Entonces... ¿habrá vuelto a Europa?

--No lo creo.

--¡Ah! exclamó Tom temblando de emoción.

--No respondo, prosiguió Frantz, de la exactitud absoluta de los

informes que voy a daros: sin embargo, nada perdéis en escucharme.

--¡Veamos! dijo Tom con creciente ansiedad.

--Hay pocos deportados que vuelvan a Europa, después de cumplir su

condena: la mayor parte solicitan quedarse en Australia.

Unos se ponen a servir como pastores; otros trabajan en las minas; y

algunos acaban por hacer fortuna.

--¿Y bien? dijo Tom.

--Hace seis meses, prosiguió Frantz, me hallaba yo en Melbourne, donde

se celebra una gran feria de ganado.

Los bueyes y los carneros llegaban por centenas, y toda la ciudad

estaba llena de labradores y ganaderos.

Aquel día, si no me equivoco, me pareció ver en medio de la feria a un

hombre que se parecía a Walter Bruce: hasta recuerdo que intenté

reunirme con él, pero la multitud era tan compacta, que bien pronto lo

perdí de vista.

--Bien, repuso Tom, pero admitiendo que fuese efectivamente Walter Bruce

el que habéis visto, ¿qué deducís de ello?

--Lo más lógico: que Walter Bruce es pastor en las tierras de algún

ganadero.

--¿En Australia?

--Sin duda.

--Pero, ¿en qué parte de ella?--La Australia es grande como un

continente.

--Sí, dijo Frantz, pero bueno es que sepáis que no vienen ordinariamente

a Melbourne otros ganados que los del oeste.

--Está bien, repuso Tom, lo buscaré en esa comarca.

--¿Ese Walter Bruce era acaso vuestro amigo? preguntó Frantz.

--Era mi amo.

--¿Eh? dijo Frantz.

--Mi amo, un noble lord de la libre Inglaterra, añadió Tom.

--¿Cómo un lord ha podido ser deportado?

--¡Oh! replicó Tom, esa es una larga y tenebrosa historia que no puedo

contaros hoy.

--¡Ah!

--Pero voy a haceros una proposición.

--Decid.

--Según he visto, sois muy pobre.

--Me muero de hambre.

--Pues bien, ¿queréis ganar diez libras por mes?

Los ojos del antiguo deportado brillaron de codicia.

--¡Diez libras! exclamó.

--Sí.

--¿Y que es necesario hacer para eso?

--Acompañarme y buscar conmigo a Walter Bruce.

--¡Oh! acepto desde luego, dijo el Alemán.

--Y si lo encontramos, prosiguió Tom, tendréis además una gratificación

de cincuenta libras.

--Siendo así, exclamó Frantz, estoy pronto a seguiros hasta el cabo del

mundo.

* * *

Al día siguiente, Tom y Frantz Hauser se embarcaron en Sidney para

Melbourne.

Justamente iba a haber una feria de ganado, y Tom y su compañero

permanecieron en la ciudad.

Esperaron el primer día de feria, que debía prolongarse toda la semana,

y entre tanto Tom recorrió todas las posadas y establecimientos

públicos, y no cesó de pasear por las calles.

Pero por parte alguna encontró a Walter Bruce.

Sin embargo Frantz encontró por su parte a un antiguo deportado, que era

pastor a la sazón y que había conocido a Walter Bruce; y naturalmente le

pidió noticias suyas.

--¡Oh! dijo el deportado, hay hombres que han nacido de pie; todo les

sale a medida de su deseo.

--¿Qué quieres decir?

--¡Toma! que Walter Bruce es uno de esos hombres.

Tom asistía a esta conversación, pero no decía una palabra. Su corazón

latía con tal violencia, que parecía iba a salírsele del pecho.

--¿Conque Walter Bruce es tan dichoso? preguntó Frantz.

--Más de lo que podía apetecer.

--¿Dónde se halla?

--A cien leguas de aquí, hacia el noroeste.

--¿Lo has visto?

--Hace unos seis meses.

--¿Y en qué se ocupa?

--Era pastor como yo cuando vino de la Nueva Zelanda.

--¿Y ahora?

--¡Oh! ahora es ganadero, y tiene una bella hacienda y muchas cabezas de

ganado.

--¿Y cómo se ha arreglado para adquirir todo eso? preguntó de nuevo el

Alemán.

--Ha sabido hacerse amar de la hija de un rico labrador y se ha casado

con ella. El labrador ha muerto poco tiempo después, y Walter Bruce es

hoy rico, pues su mujer era hija única.

--¿Y puedes indicarnos con certeza el sitio donde se halla? preguntó aún

el Alemán.

--Haré más todavía, respondió el pastor.

--¿Qué?

--Yo sirvo en una hacienda que está solo a algunas millas de la suya.

--¡Ah!

--Mañana me vuelvo, pues ya he vendido mi ganado. Si queréis venios

conmigo.

--¿Y nos conducirás a la hacienda de Walter Bruce?

--Sí.

Tom no podía contener su alegría.

Instó para que se apresurase lo más posible el viaje, y al día

siguiente, muy de mañana, emprendió el camino con Frantz y el antiguo

deportado convertido en pastor.

En Australia se viaja aún lentamente y de una manera enteramente

primitiva.

Los caminos se hallan apenas abiertos, y no se transitan sino a caballo

o en carretas de bueyes.

Necesitaron pues nuestros viajeros diez o doce días, para recorrer las

cien leguas que separaban Melbourne de los pastos donde Walter Bruce

había establecido su habitación.

Al llegar a algunas millas de distancia, el pastor condujo a Tom a la

hacienda de su amo.

--Mañana, le dijo, os conduciré a casa de Walter Bruce, pues lo que es

hoy no podríamos llegar de día, y está el país infestado de ladrones.

Tom esperó pues hasta el día siguiente.

Pero apenas empezó a apuntar el día, se pusieron de nuevo en camino.

Tom estaba devorado de impaciencia, y preguntaba a cada paso si se

hallaban aun distantes.

La cuerda del ahorcado Últimas aventuras de Rocambole: I El Loco de Bedlam · 第 11 / 18 段