Ya descubría a través de los árboles las torrecillas blancas y los

ventanas ojivales, así como las blancas estatuas diseminadas en las

avenidas, destacándose sobre los cuadros de césped y el verde follaje

del fondo; cuando Nizam se detuvo otra vez y fijó cuidadosamente su

atención.

Un joven se hallaba sentado en un banco delante de la casa, y parecía

absorto en la lectura.

Nizam echó una mirada en su rededor y, en vez de emprender de nuevo su

carrera, avanzó arrastrándose penosamente, como un hombre abrumado de

fatiga.

De este modo, se dirigió hacia el joven que estaba sentado y leyendo

delante de la casa.

Sir Evandale, pues, era en efecto este, oyó sus pasos y levantó la

cabeza.

--Una limosna por el amor de Dios, dijo Nizam con voz doliente,

alargando la mano.

Sir Evandale le dio una corona.

Nizam echó una mirada furtiva en su rededor.

--Creo que estamos solos, dijo por lo bajo.

--Sí. Unos han partido y los demás duermen la siesta.

--Entonces podemos hablar.

Y el falso mendigo continuó en su posición respetuosa, permaneciendo de

pie delante del joven.

--¿Qué venís a decirme? le preguntó entonces sir Evandale.

--Que todo está pronto.

Sir Evandale se estremeció de pies a cabeza.

--Los presidiarios han llegado.....

--¡Ah!

--Y la víbora también.

Y diciendo esto, Nizam entreabrió la miserable hopalanda que le cubría,

y enseñó el canuto de hoja de lata que llevaba suspendido al cuello.

--Sir Jorge, dijo entonces con profunda emoción el joven Evandale,

requiero de vos de nuevo el solemne juramento que me habéis hecho.

--¿Cómo? exclamó Nizam.

--Juradme que la picadura de esa víbora no es mortal.

--¡Lo juro una y mil veces! dijo Nizam; pero si mi juramento no te

basta, baja mañana a la aldea de Pembleton.

--¿Para qué?

--Allí verás a los forzados y te enseñarán al pobre diablo a quien ha

picado esa víbora. Entonces podrás convencerte de que a pesar de la

máscara de lepra que le cubre, está lleno de salud y de vida.

--Está bien; os creo.

--Ahora, prosiguió Nizam, ha llegado el caso de que recordemos el

proverbio: _Ayúdate y el cielo te ayudará_.

--El infierno querréis decir, respondió Evandale con amarga sonrisa.

--Sea, no me opongo a ello, dijo Nizam.

--¿Y qué esperáis de mí? preguntó el joven.

--Díme, ¿tu hermano no ha ido a acompañar a sir Archibaldo y a miss

Anna?

--Sí.

--¿Cuándo volverá?

--Va a comer con ellos, y de consiguiente no volverá hasta muy tarde.

--¿Es posible ir de tu cuarto al suyo sin encontrar a nadie?

--Sí, pasando por la biblioteca.

--Entonces espérame esta noche en tu cuarto.

--¿A qué hora?

--A las ocho; cuando cierre completamente la noche.

--¿Vendréis por el mismo camino?

--Sí, por el árbol que me sirve de escala.

Sir Evandale hizo un signo de asentimiento, y el fingido mendigo,

respondiendo con un profundo saludo, se retiró por la avenida que

conducía a la verja.

* * *

Aquella noche en efecto, sir Evandale se retiró temprano a su cuarto, y

dejó abierta la ventana que daba al parque.

A la hora convenida, las ramas del árbol se entreabrieron, y Nizam saltó

vivamente al alféizar de la ventana y de allí al cuarto donde el joven

le esperaba.

--¿Lord William no ha vuelto aún? preguntó sir Jorge.

--No.

--Vamos pues.

Sir Evandale estaba pálido y temblando.

Al oír a Nizam, sintió una especie de desfallecimiento, y murmuró con

voz agitada:

--¡Ah! no... no quiero!

--¡Imbécil! respondió Nizam, ¿no amas a miss Anna?

Estas palabras penetraron como un dardo en el corazón de sir Evandale.

--¡Vamos! dijo con voz sorda.

Y abrió precipitadamente una puerta que daba a una galería convertida en

biblioteca.

Al fin de aquella galería había otra puerta que daba acceso al

dormitorio del joven lord.

Los dos miserables se deslizaron sin ruido en aquel cuarto, y en seguida

fueron a asegurarse de que nadie se hallaba en el gabinete contiguo.

Luego, sir Evandale se acercó al lecho de su hermano y levantó un poco

las cortinas.

Entonces Nizam introdujo la lata entre las sábanas y la abrió.

En aquel momento se dejó oír un silbido.

La víbora se deslizó en el lecho, y volvieron a caer las cortinas.

Sir Jorge y su hijo salieron corriendo del cuarto, y pocos instantes

después, el primero huía por donde había venido, diciendo:

--¡Hasta mañana!

Y sir Evandale, inundada en sudor la frente, caía en una silla

murmurando:

--¡Es horrible!.... ¡horrible!... pero seré lord!

XXX

DIARIO DE UN LOCO DE BEDLAM.

XVI

Dos horas después de haber desaparecido Nizam, lord William volvía a

New-Pembleton.

Sir Evandale le esperaba en el salón del piso bajo.

El joven lord venía radiante de alegría.

--¡Ah! querido hermano mío! dijo echándose en sus brazos, ¡no se cómo

expresarte mi dicha!.... soy el más feliz de los hombres!

--Me complace en extremo, hermano, repuso sir Evandale con una punta de

ironía.

--Miss Anna, me ama, prosiguió lord William.

Lord Evandale no respondió una palabra, y el joven lord prosiguió con

entusiasmo:

--Sí, me ama, amigo mío; esta noche me ha confiado el secreto de su

corazón.

--¡De veras! dijo sir Evandale.

--Sir Archibaldo nos había dejado solos, prosiguió lord William, y nos

hallábamos en un cenador del jardín cerca de la casa.....

Miss Anna, aprovechando aquella coyuntura, puso su lindísima mano entre

las mías, añadió con emoción el joven lord, y me dijo en voz baja:

--Deseaba hablaros a solas.

Y como yo la mirase con extrañeza, casi con inquietud:

--Milord, continuó, no quiero llegar a ser vuestra esposa, sin que

hayáis leído en el fondo de mi corazón.--Milord, yo os amo... os amo, no

porque sois un noble de elevada raza, no porque sois lord y par del

reino y formaréis parte de la Cámara alta..... os amo solamente por vos,

porque sois bueno, porque el sonido de vuestra voz llena mi alma de un

éxtasis delicioso.

Yo llevé su mano a mis labios y la cubrí de besos.

Miss Anna prosiguió:

--He querido que sepáis esto de mi boca, milord, y que os penetréis bien

de que yo no he hecho ninguno de los mezquinos cálculos de mi padre.

--¿Qué cálculos? pregunté yo admirado.

--Mi padre, prosiguió miss Anna, es, como sabéis, muy rico, pero es de

baja nobleza, apenas esquire.

--¡Oh! ¿y qué importa?.....

--Por eso tiene en mucho vuestra alianza; mientras que yo.....

Y se detuvo como avergonzada.

--Acabad, miss Anna, la dije.

--Mientras que yo, prosiguió, quisiera que fuerais pobre, de origen

oscuro......

--¡Querida Anna! exclamé.

Y la estreché en mis brazos.

--¡Ay! hermano mío! añadió lord William, ¡cuán largos me parecen los

quince días que me separan aún de la dicha!....

Sir Evandale había escuchado atentamente a su hermano y permanecía mudo

y sombrío.

--Perdonadme, añadió lord William. Los hombres dichosos son egoístas; no

saben hablar más que de sí mismos.--Pero descuidad, mi querido hermano,

vos seréis también dichoso y, si he de dar crédito a sir Archibaldo, la

mujer que os destina.....

--¡Oh! no hablemos más de eso, milord, dijo secamente sir Evandale; no

hay comparación posible entre vos y yo.

--¿Cómo pues? preguntó lord William.

--Sin duda. Vos amáis a miss Anna.....

--¡Oh! con toda mi alma!

--¿Y puedo yo saber, por hermosa que sea, si llegaré jamás a amar a la

hija del nabab?

Y sir Evandale dejó escapar un suspiro.

Lord William tuvo entonces como un remordimiento de haberle hablado de

su dicha.

--Querido hermano mío, le dijo, voy a acostarme. Las dulces emociones de

este día me han dejado sin fuerzas. Buena noche.... y os pido de nuevo

perdón.

--Voy a acompañaros hasta vuestro cuarto, dijo sir Evandale.

Y subió con él en efecto.

Las ventanas del dormitorio del joven lord estaban todas abiertas.

Sir Evandale quiso cerrarlas.

--¡Oh! dejadlas así, dijo lord William.

--¿No teméis el aire de la noche?

--No; al contrario, tengo mucho calor. Este verano es cruel, hermano

mío.

--Pues entonces, buena noche, dijo sir Evandale.

Y se retiró a su cuarto.

Pero antes de salir, había echado una mirada a hurtadillas hacia el

lecho.

Las cortinas estaban en órden y nada revelaba la presencia del reptil

que se había dormido sin duda entre algún pliegue de las sábanas.

* * *

Una hora después, el ayuda de cámara de lord William, que dormía en un

cuarto contiguo, oyó de repente un gran grito.

Un grito de dolor y de angustia.

Aquel grito partía del dormitorio de lord William.

El ayuda de cámara se levantó a toda prisa y corrió al cuarto de su amo.

El joven lord se hallaba de pie, en medio del dormitorio, oprimiendo

entre sus manos crispadas la víbora, a la que había ahogado.

Pero el reptil le había picado antes cruelmente en el rostro, y le

corrían algunas gotas de sangre a lo largo de la mejilla.

Lord William estaba como loco. La sorpresa, el dolor, la desesperación,

se pintaban en su semblante descompuesto por la cólera.

En fin, arrojó la víbora al suelo, y el criado la puso el pie encima

aplastándola por completo.

Al mismo tiempo gritaba pidiendo socorro, mientras que el joven lord

tiraba con fuerza del cordón de la campanilla.

A este ruido, todos los criados de la casa fueron acudiendo presurosos,

y tras ellos no tardó en aparecer sir Evandale.

Lord William seguía gritando y decía con desesperación:

--¡Soy un hombre perdido!

Pasado aquel primer tumulto, pudieron al fin concertarse y corrieron a

buscar al médico de la aldea.

Este llegó a toda prisa y declaró que la picadura era venenosa, pero no

mortal.

Lavó la herida, la cauterizó y después de recetar un calmante, hizo que

volviera a acostarse lord William.

Entre tanto, sir Evandale se lamentaba sin cesar, y atribuía aquel

accidente a la imprudencia de lord William, que se había acostado con

las ventanas abiertas.

Poco después se apoderó de este último una fiebre ardiente, y bien

pronto se declaró un espantoso delirio, una especie de locura, y ya no

pronunció el pobre joven más que palabras incoherentes.

Su rostro se hinchaba por momentos, y de encendido que antes estaba, se

ponía amoratado, casi negro.

Sin embargo, tuvo aún una ligera vislumbre de razón, y pronunció el

nombre de miss Anna.

--Que avisen a miss Anna y a sir Archibaldo, ordenó sir Evandale.

Uno de los domésticos partió inmediatamente a caballo.

Al apuntar el día, sir Archibaldo y su hija llegaron a New-Pembleton.

Miss Anna entró apresuradamente en la habitación, se acercó al lecho del

enfermo, y lanzó un grito de horror.

Lord William estaba completamente desconocido.

La cabeza, horriblemente hinchada y ennegrecida, no presentaba ya rostro

humano; la piel de las mejillas se desprendía en pedazos; la lengua

estaba entumecida, los labios lívidos, y los ojos apagados.

El médico empezó a mover de un lado a otro la cabeza, y acabó por

declarar que lord William estaba perdido.

* * *

Sir Evandale no pudo sufrir por más tiempo este espectáculo, y se alejó

del cuarto del enfermo.

Acaso empezaban a acosarle los remordimientos o tal vez creía una

catástrofe inmediata.

Salió al parque, deseando respirar con libertad y estar solo, y corría a

la ventura, como un insensato, con la cabeza descubierta; cuando de

repente saltó un hombre de la espesura y se le puso delante.

Aquel hombre era Nizam, que venía a él, sonriéndose de una manera

siniestra.

--¿Y bien? exclamó.

--Me habéis engañado, dijo sir Evandale.

--¿Cómo y en qué? preguntó Nizam.

--Mi hermano se muere...

--Yo te juro que no morirá.

--Sin embargo... el médico.....

El médico es un asno, dijo fríamente Nizam: ahora, lo que has de

procurar es no venderte, pues estás completamente trastornado. Sigue

paso a paso lo que voy a decirte, y obedéceme en todo, si quieres ser

lord y poseer a miss Anna.

Este nombre hizo volver en sí a sir Evandale y le devolvió toda su

sangre fría.

--Veamos... hablad, dijo.

Entonces Nizam sacó una bujía del bolsillo.

--Toma esto, dijo.

--¿Para qué?

--Esta noche pondrás esta vela en tu candelero.

--Bueno, ¿y después?

--Después irás a acompañar a sir Archibaldo y a su hija, que no dejarán

por cierto de velar toda la noche en el cuarto de lord William, y

colocarás tu candelero en la chimenea.

--Nada más fácil, pero...

--Creo inútil decirte que debes dejar arder la bujía...

--No comprendo...

--No tienes necesidad de comprender, dijo Nizam riendo. Ya verás...

hasta la noche.

Y el supuesto Indio desapareció por entre los árboles.

XXXI

DIARIO DE UN LOCO DE BEDLAM.

XVII

Aquel día fue terrible.

Lord William permaneció largas horas devorado por una fiebre ardiente, y

a ella se sucedió después un abatimiento profundo.

Permanecía con los ojos cerrados, respiraba apenas, y cuando llegó la

noche, su rostro estaba cubierto de pústulas purulentas, y de tal modo

entumecido que no se distinguían sus facciones.

Habían enviado un despacho a Londres, llamando a los médicos más

célebres de Inglaterra.

Pero, ¿llegarían a tiempo?

Sir Archibaldo y su hija se habían instalado a la cabecera del enfermo.

Miss Anna lloraba sin consuelo, y nadie podía arrancarla del horrible

espectáculo que tenía ante los ojos.

Sir Evandale, por su parte, había representado también su papel como un

cómico consumado. El dolor que manifestaba era tal que conmovía a todo

el mundo, y todos los esfuerzos que hicieran para hacerle tomar algún

alimento habían sido inútiles.

Sir Archibaldo le había estrechado muchas veces la mano, y miss Anna

había llegado al punto de echarse en sus brazos llamándole «mi querido

hermano.»

Hacia la caída de la tarde, lord William pareció por un momento salir de

su torpor, y pronunció algunas palabras que hicieron creer volvía a la

razón.

Miss Anna sintió renacer en su corazón la esperanza; pero sir Evandale

arrugó más de una vez el entrecejo.

Su ansiedad era terrible, pues no sabía, si lord William recobraba la

razón, cómo podría Nizam cumplir su promesa.

En fin, después de la comida, a la que apenas tocaron el joven Evandale

y sus huéspedes; estos, es decir, sir Archibaldo y su hija, se

instalaron de nuevo en el dormitorio de lord William para pasar la

noche.

Poco después, sir Evandale vino a reunirse con ellos.

El joven traía su candelero en la mano, y lo puso sin afectación sobre

la repisa de la chimenea.

Apenas había pasado una hora, cuando sir Evandale empezó a adivinar los

proyectos de Nizam.

Un olor extraño y de una fetidez bastante pronunciada se había esparcido

por el cuarto.

¿Era acaso lord William quien exhalaba aquel olor fétido, y vivo, aún,

entraba ya en descomposición cadavérica?

Sir Archibaldo y miss Anna lo pensaron así; pero permanecieron

animosamente en su puesto.

Sir Evandale por su parte, comprendió desde luego que aquel olor

provenía de la vela que había traído allí encendida.

Y bien pronto sintió pesadez de cabeza y un violento deseo de dormir.

Sin embargo, luchó cuanto pudo contra aquel sueño letárgico, y tuvo

tiempo para ver a sir Archibaldo y a su hija cerrar los ojos casi en el

mismo instante, y poco después de ellos, el ayuda de cámara de lord

William, que había permanecido en la habitación para servir a su amo y

darle las pociones prescritas por el médico, se durmió igualmente.

Sir Evandale a su vez, cerró los ojos y se quedó dormido.

Pero no había pasado mucho tiempo, cuando sintió una violenta sacudida,

y después una extraña sensación de frío.

Al punto abrió los ojos, y sintió su rostro enteramente mojado.

Miró a su rededor, y vio que ya no se hallaba en el dormitorio de lord

William, sino en su propio cuarto y acostado en su lecho vestido como

estaba.

Un hombre se hallaba junto a él.

Y este hombre, como ha podido adivinarse, era Nizam.

El supuesto Indio le pasaba por el rostro una esponja empapada en

vinagre inglés.

Sir Evandale fijó con ansiedad los ojos en Nizam y le dijo:

--¿Qué ha sucedido?

--Levántate, repuso Nizam.

Sir Evandale se incorporó sobre su lecho y saltó vivamente a tierra.

El efecto del narcótico había desaparecido, dejándole solamente una

ligera pesadez de cabeza.

--Ven conmigo, le dijo Nizam.

Y abrió la puerta que daba a la galería convertida en biblioteca y que,

como sabemos, conducía al dormitorio de lord William.

Nizam entró el primero en aquel cuarto.

--Mira, dijo.

Miss Anna, sir Archibaldo y el ayuda de cámara dormían profundamente.

Lord William, inmóvil sobre su lecho, no daba signo de vida.

--¡Oh! exclamó Nizam, podemos hablar en voz alta. Un cañonazo no los

despertaría, y si permanecemos, aquí mucho tiempo, te volverías a quedar

dormido.

--¡Ah! dijo sir Evandale, me confirmo en lo que ya os he dicho; me

habéis engañado..... mi hermano ha muerto.

--No; está dormido.

--¿Decís verdad?

--Acércate y pon la mano sobre su corazón.

Sir Evandale obedeció, y sintió en efecto que el corazón de lord William

latía.

Entonces sir Evandale se volvió a Nizam.

--¿Y bien? le preguntó.

--Mira ahora hacia aquí.

Y el Indio le mostró en un rincón del cuarto un objeto, en el que sir

Evandale no había reparado aún.

Aquel objeto tenía la forma de un cuerpo humano, cubierto con un paño de

color oscuro.

Nizam levantó aquel paño, y sir Evandale no pudo contener un grito de

horror.

¡Tenía ante los ojos un cadáver!

Un cadáver horrible, espantoso, y cuyo rostro desfigurado y cubierto de

lepra, se parecía de aquel modo al de lord William.

Nizam se sonreía con aire de triunfo, como un artista que se goza en el

resultado de su obra.

--¿Crees que sabrán ahora distinguir al uno del otro?

--¡Oh! imposible! exclamó sir Evandale. Si estuvieran juntos en ese

lecho, yo mismo no sabría decir cuál es mi hermano.

--¡Ah! Ya ves cómo yo sé hacer bien las cosas.

--Pero..... ese... ¿está muerto?

--Sí.

--Ya veis como yo decía bien, murmuró sir Evandale un poco conmovido; la

picadura de la víbora azul es mortal.

--Te engañas.

--¡Ah!

--Este hombre no ha muerto de eso.

--¿Cómo?

--Se le ha echado dos gotas de ácido prúsico en un vaso de agua.

Sir Evandale no podía apartar los ojos de aquel cadáver informe, sino

para contemplar a su hermano que yacía en una inmovilidad completa.

--¡Vamos! dijo Nizam, ayúdame.

Y aproximándose a la cama, descubrió a lord William y, cogiéndolo en

brazos, lo extendió dormido sobre la alfombra.

Después, cambió la camisa del joven lord con la del presidiario, y

cogiendo el cuerpo de este entre él y sir Evandale, lo colocaron en el

lecho.

--Y ahora, dijo sir Evandale, ¿qué vais a hacer de mi hermano?

--Vas a ayudarme a trasportarlo fuera de la quinta.

--¿Cómo?

--Primero vamos a llevarlo a tu cuarto.

--Bien.

--Dos hombres han colocado una escalera de mano contra la ventana y me

esperan abajo.

--¿Y quiénes son esos dos hombres?

--El teniente Percy y el capataz de presidio John.

--Pero es necesario tener en cuenta, observó sir Evandale, que una vez

fuera de esta atmósfera, se despertará bien pronto.

--Sin duda.

--Y entonces.....

--¿No te he dicho que estará completamente loco durante muchas semanas?

--¡Ah! es verdad.

--Y durante ese tiempo, añadió Nizam riéndose, no habrá hecho poco

camino que digamos; y cuando al cabo de él vuelva a la razón, estará más

lejos de Inglaterra que de la Australia.

--¡Y yo seré lord!

--Sí, tú serás lord.

Y diciendo esto, Nizam cargó sobre el hombro a lord William dormido y

volvió a tomar el camino de la galería.

Sir Evandale le siguió, cerrando tras sí la puerta.

La bujía estaba consumida en gran parte, pero seguía ardiendo sobre la

chimenea.

XXXII

DIARIO DE UN LOCO DE BEDLAM.

XVIII

Sir Evandale volvió a poco al dormitorio de lord William.

La bujía seguía ardiendo.

El digno hijo de sir Jorge, después de haber echado una mirada recelosa

en su rededor, fue a sentarse en el sillón donde se había dormido

algunas horas antes.

--Ahora, murmuró, poco me importa volverme a dormir, y aun por el mayor

tiempo posible. Prefiero que sir Archibaldo y su hija se despierten

antes que yo.

En efecto, por seguro que estuviese de si mismo, sir Evandale temía ver

despertarse a las personas que estaban allí encadenadas por un sueño

letárgico.

¿Qué iba a suceder cuando llegaran a descubrir que lord William o más

bien el hombre que le había sustituido estaba muerto?

Preocupado con este pensamiento, sir Evandale no tardó sin embargo en

dormirse bajo la influencia de las emanaciones narcóticas de la bujía.

Pero cuando en fin, esta llegó a apagarse, la atmósfera se fue

despejando poco a poco, y al cabo de una hora se despertó sir

Archibaldo.

Solo que al despertar, sintió que se ahogaba, que le faltaba aire.

El olor fétido que antes le había impresionado se dejaba sentir aún con

bastante fuerza.

Sir Archibaldo hizo un violento esfuerzo, se levantó vacilando y,

arrastrándose hacia una de las ventanas, dio un puñetazo en los vidrios.

Uno de ellos saltó en mil pedazos.

Al mismo tiempo una fuerte bocanada de aire penetró en el cuarto e

instantáneamente purificó aquella atmósfera viciada.

El efecto fue rápido como el pensamiento.

Miss Anna se despertó en seguida, y el ayuda de cámara no tardó también

en volver en su acuerdo.

Solo sir Evandale permaneció al parecer profundamente dormido.

El dormitorio estaba débilmente alumbrado.

Los primeros albores del día luchaban con la claridad de una lamparilla

colocada bajo un globo de cristal opaco, y los objetos aparecían

indecisos en medio de aquella semioscuridad.

Miss Anna miró atónita a su padre, y dio muestras bien claras de la

opresión que la dominaba aún.

Sir Archibaldo fue a abrir las dos ventanas, y después volvió hacia su

hija.

Pero en aquel momento esta arrojó un grito terrible.

La mano del que creían lord William pendía fuera del lecho.

La joven cogió aquella mano, y al tocarla la rechazó con espanto.

Aquella mano estaba helada.

Sir Archibaldo se inclinó entonces sobre el cadáver.

--¡Muerto! dijo con estupor.

El grito de miss Anna había despertado a sir Evandale.

Levantose en seguida, estiró los brazos, y echando una mirada estúpida

en su rededor murmuró:

--¿Qué sucede? ¡Dios mío!

--Vuestro hermano ha muerto, dijo sir Archibaldo; ha muerto mientras que

nosotros dormíamos.

* * *

En todo caso análogo a la catástrofe que había tenido lugar en

New-Pembleton, siempre se encuentra a punto un médico inteligente para

explicar de una manera satisfactoria las cosas menos explicables.

Una hora después del extraño suceso que acababa de ocurrir en la quinta,

uno de los médicos célebres que habían llamado por el telégrafo, llegó

de Londres.

Aquel príncipe de la ciencia no vaciló en declarar que el joven lord

Pembleton, había sucumbido a la acción de un principio deletéreo

particular, al que dio un nombre latino.

Y aseguró que el sueño que se había apoderado de las personas que se

encontraban en el dormitorio, había sido ocasionado por las exhalaciones

mórbidas que despedía el cuerpo de lord William, cuya descomposición

había precedido a su muerte.

Sir Evandale manifestó el más violento dolor.

Su desesperación era tal, que se golpeaba con furor la cabeza y quería

morir a su vez. Gran trabajo costó el lograr calmarlo al cabo de algunas

horas.

Aquella tarde, como si quisiese aislarse en su dolor, y fuera de sí, al

menos en apariencia, se salió al campo, y fue a sentarse en lo alto de

una colina que dominaba la carretera.

Allí pasó algún tiempo, esperando sin duda a alguno, cuando un

espectáculo extraño atrajo de pronto sus miradas.

Una cuadrilla de hombres encadenados subía penosamente por la cuesta.

Delante de ellos iba el teniente Percy y el capataz John.

Detrás seguía una mula tirada por el cabestro, y sobre ella iba acostado

un pobre idiota que apenas tenía semblante humano.

Sir Evandale se estremeció y volvió a otro lado la cabeza.

Un pastor que andaba por aquel sitio, se aproximó para ver de cerca la

cadena de presidiarios, y dijo mirando a sir Evandale:

--Son unos pobres forzados que van a presidio, milord. ¡Infelices!... da

pena verlos... pero el más infeliz de todos es el que va en la mula...

¡es leproso y loco!...

Sir Evandale arrojó una moneda de oro al pastor y huyó como un

insensato.

Así bajaba corriendo por la pendiente de la colina, cuando oyó a su lado

una voz burlona que le decía:

--¿Habéis venido a convenceros, milord, de que yo no falto a mis

promesas?.....

Sir Evandale se volvió y vio a un hombre echado detrás de unos

matorrales, desde donde también parecía observar la marcha de los

presidiarios.

Aquel hombre era Nizam.

Y como el joven, cubierto de una palidez mortal e inundada en sudor la

frente, se quedase sorprendido y como clavado en tierra, Nizam dio un

salto y se acercó rápidamente a él.

--Hoy eres lord, le dijo; dentro de seis meses serás esposo de miss

Anna.

Y Nizam desapareció de nuevo.

* * *

Seis meses después, en efecto, miss Anna, vivamente solicitada por su

padre, dejó el luto de su prometido lord William.

La cuerda del ahorcado Últimas aventuras de Rocambole: I El Loco de Bedlam · 第 10 / 18 段