--Lady Evelina, dijo, dejó a Londres de nuevo, y vino a establecerse en

Old-Pembleton.

Entonces, dominado por el deseo de verla furtivamente alguna vez,

emprendí detrás de ella tan largo y penoso viaje.

Mis recursos estaban agotados, y así me fue forzoso el venir implorando

la caridad pública por los caminos y parajes habitados.

Pero tras tan penoso sacrificio, no logré conseguir mi objeto. Ningún

extraño podía penetrar en Old-Pembleton.

Lady Evelina y ese maldecido Tom, habían hecho del antiguo solar una

verdadera fortaleza.

Rondé muchos días inútilmente por los alrededores, y la más cruel

desesperación se apoderaba ya de mi alma, cuando una noche..... una

noche oscura y fría, oí en medio del silencio el galope de un caballo

que subía por las cuestas escarpadas del castillo.

Me acerqué entonces a un recodo del sendero, y el jinete pasó cerca de

mí.

Tendí la mano y le pedí una limosna.

El viajero me dio una corona y me dijo:

--Tienes frío, ¿no es verdad?

--Frío y hambre, respondí.

--Ven conmigo, añadió, y encontrarás una buena cena al lado de un buen

fuego.

--¿Dónde? pregunté.

--Allá arriba.

Y me señalaba al mismo tiempo las torres de Old-Pembleton.

--Os engañáis, le dije.

--¿Cómo pues?

--Las puertas de ese castillo no se abren jamás.

El desconocido se echó a reír.

--Ven conmigo, repitió. Tan cierto como me llamó John Pembrock, médico

algo conocido de la ciudad de Perth, te juro que esas puertas se abrirán

esta noche.

Yo le seguí entonces, pero, como lo temía, Tom no quiso dejarme entrar.

Entonces, ebrio de cólera, John Pembrock me tomó sobre su caballo, y

volviendo riendas, me dijo al bajar a escape hacia la aldea:

--Esas gentes no tienen corazón. ¡Tanto peor para ellos!

En efecto, al día siguiente supe que tu madre había muerto.

--Y desde entonces, preguntó sir Evandale, ¿habéis permanecido siempre

en el país?

--Siempre.

--¿Mendigando?

--Sí, y dichoso en medio de mi miseria, cada vez que lograba verte.

--Así pues, murmuró sir Evandale, vos sois sir Jorge Pembleton...

--Sí.

--Y de consiguiente..... mi padre.

--Sí, repitió el supuesto Indio con los ojos arrasados en lágrimas.

--Pues bien, padre mío, dijo sir Evandale, venid conmigo.--Yo parto en

breve para las Indias; vos me acompañaréis, y allí viviremos dichosos,

vos consolándome con vuestro cariño, y yo rodeando de cuidados vuestra

vejez.

Sir Evandale, al decir esto, hablaba con verdadera emoción.

Nizam volvió a estrecharlo en sus brazos.

--No, hijo mío, exclamó, tú no irás a las Indias.

--Pero, ¿adónde queréis que vaya?

--Permanecerás aquí.

--¿Para presenciar la dicha de un hermano a quien odio?

--No, sino para tomar su puesto.

Sir Evandale dejó escapar un grito.

Nizam prosiguió con una especie de exaltación:

--¡Tú serás lord!

--¿Yo?

--¡Y te casarás con miss Anna!

--Pero entonces, padre mío, dijo el joven temblando de emoción, es

necesario para eso que lord William muera.

--Tal vez.

--Y lord William es joven y está lleno de fuerza y de salud.

--¡Bah! dijo Nizam, ¡la vida humana es tan poca cosa!.....

Sir Evandale hizo un gesto de terror.

--¡Oh! no, padre mío, exclamó, ¿pensaríais acaso en matar a lord

William?

--¿Qué te importa?

--¡No!... ¡no! dijo vivamente el joven, me opongo absolutamente a ello.

Nizam pareció reflexionar por algunos instantes.

Después, mirando fijamente a sir Evandale:

--Pues bien, dijo, supongamos una cosa.

--Veamos.

--Supongamos que todo el mundo crea a lord William muerto, y que viva

sin embargo.

--Pero, ¡eso es imposible!

--Todo es posible a un hombre como yo, respondió Nizam.

--¿Y decís que William podría pasar por muerto estando vivo?

--Sí.

--¿Y yo podré heredar su título de lord?

--Positivamente.

--¿Y podré casarme con miss Anna?

--Sí, te casarás con miss Anna.

--Pero, ¿me prometéis solemnemente que William no morirá?

--¡Te lo juro!

Y Nizam dijo esto con un acento de seguridad que no dejaba lugar a la

duda.

--¡Oh! exclamó sir Evandale, ¡me parece que estoy poseído de un vértigo!

--¡Lord Pembleton! dijo Nizam con aire de triunfo, yo te saludo!

Y el Indio desapareció entre la maleza, dejando a sir Evandale solo,

aturdido y paralizado de estupor.

XXVII

DIARIO DE UN LOCO DE BEDLAM.

XIII

Sir Evandale erró de un lado a otro, y no volvió a ver a Nizam en todo

el día.

A la caída de la tarde, el desgraciado joven se volvió triste y

pensativo a la quinta de New-Pembleton.

Lord William acababa de llegar.

--¿Qué ha sido de vos, hermano? le preguntó.

--He perdido la caza, respondió sir Evandale.

--¿De veras?

--Sí, y como el tiempo era magnífico y soy apasionado admirador de la

naturaleza, he seguido por senderos extraviados y agrestes, sin notar

que me alejaba más de lo que debía de New-Pembleton.

--En fin, habéis llegado, y eso es lo principal, dijo lord William

gozoso. ¡Ah! no sabéis, hermano, cuántas cosas tengo que deciros!

--¿A mi? exclamó sir Evandale estremeciéndose.

--A vos.

--¡Ah! contestó lacónicamente el joven.

Y esperó a que su hermano acabara de explicarse.

--En primer lugar, prosiguió lord William, os diré que soy el hombre más

dichoso de este mundo.

--¡De veras!

--Dentro de tres semanas, miss Anna se llamará lady Pembleton.

--Os felicito sinceramente, murmuró sir Evandale con aire embarazado.

--En segundo lugar hemos hablado mucho de vos, el padre de miss Anna y

yo.

--¿Y a qué propósito? preguntó sir Evandale.

--Ya os he dicho otras veces, hermano mío, prosiguió el joven lord,

cuánto detesto la ley inglesa que ha establecido los mayorazgos.

--¡Ah! repuso sir Evandale con una sonrisa irónica.

Lord William prosiguió.

--Yo soy el primogénito. La ley me da el título, las tierras, los

señoríos, un asiento en el Parlamento...

--Y a mi, nada; ya lo sé, dijo sir Evandale con acento resignado.

--Y eso me indigna.

--¡Ah! ah! repuso sir Evandale irónicamente.

--Desgraciadamente, la ley no permite que yo renuncie todas esas

ventajas y que divida con vos la fortuna.

--Yo no os pido nada, milord, dijo secamente sir Evandale.

--Esperad un poco, hermano mío, contestó lord William sonriéndose

afectuosamente.

Sir Evandale se quedó mirándolo.

--El padre de miss Anna y yo, hemos tenido una magnífica idea, querido

hermano.

--¡Ah!

--Ya sabéis que miss Anna es nieta de un rajáh de la India.

--En efecto.

--Un rajáh fabulosamente rico.

--¿Y bien?

--Y que tiene un hermano rajáh como él, y como él inmensamente rico.

Sir Evandale no contestó y continuó mirando a lord William.

--Ese hermano tiene una hija, prosiguió el joven lord, una hija única

que será dotada como una reina.

--¿Y qué?

--Que el padre de miss Anna os dará cartas de recomendación para los dos

rajáhs.

--Bien.

--Y solo quedará por vos, estoy seguro, si no os casáis con la bella

Dai-Natha.

--¡Ah! ¿se llama Dai-Natha?

--Sí, hermano mío; y es muy hermosa, según dicen.

--Os doy infinitas gracias por el cuidado que tomáis de mi porvenir,

repuso el joven Pembleton.

Y su voz, al hablar así, revelaba una sorda ironía.

Pero lord William no lo notó, y se separó de su hermano contento y

satisfecho.

Apenas se halló solo, sir Evandale dejó estallar todo su rencoroso

despecho.

--¡No es la hija del rajáh lo que yo quiero, exclamó con furor

concentrado; no, lo que quiero es miss Anna: no son plantaciones de

arroz y de índigo lo que ambiciono..... es el solar de Pembleton y los

bosques y pastos que lo rodean..... es tus títulos, tu nombre, tu

dignidad, lord William!

Y fue a encerrarse en su habitación, devorado por sus bajas y criminales

pasiones.

Dos días se pasaron así.

Sir Evandale se paseaba por los alrededores, ya a pie ya a caballo, y

había vuelto muchas veces al paraje del bosque donde Nizam le había

contado su historia.

En vano recorrió todos los caminos de la llanura y los senderos del

bosque.

El Indio Nizam permanecía invisible.

Al tercer día, y a la caída de la tarde, cuando sir Evandale volvía a

New-Pembleton, triste y desalentado, halló a Tom en el patio de la

quinta.

El mayordomo estaba en traje de camino, y se disponía a montar a

caballo.

Lord William hablaba con él en voz baja.

--¿Adónde va Tom? preguntó sir Evandale aproximándose.

--A Londres, respondió lord William.

--¿Para qué?

--Va a cobrar una suma importante que tengo depositada en casa de uno de

mis banqueros.

--¡Ah! dijo sir Evandale.

Tom partió de seguida. Debía ir a caballo hasta la estación próxima, y

allí tomar el tren acelerado de Edimburgo a Londres.

Lord William se apoyó entonces en el brazo de su hermano y dirigiéndose

a su gabinete, le dijo:

--La ley inglesa me obliga a conservar en mi poder todos los bienes

muebles e inmuebles de la familia, pero puedo disponer del numerario

hasta cierto punto. Ahora bien, hoy mismo acabo de entrar en posesión de

veinte mil libras esterlinas que creía perdidas. He pensado en vos, y

creo que me daréis el placer de aceptarlas.

--¡Hermano!... murmuró confuso sir Evandale.

--Tomad, añadió lord William.

Y le entregó una cartera henchida de pagarés y de banknotes.

* * *

En esto había llegado la noche.

Como a la sazón se hallaban en lo más fuerte del estío, el día había

sido en extremo caluroso.

Así aspiraban con avidez una ligera brisa que agitaba apenas las hojas

de los árboles y refrescaba un poco la atmósfera.

Sir Evandale, después de haberse separado de su hermano, se había

retirado a su cuarto, y, despojándose de una parte de sus vestidos, se

echó por un momento en la cama.

Pero el estado de su espíritu no le permitía conciliar el sueño.

La ventana que daba frente al lecho había permanecido abierta.

La brisa movía blandamente un árbol que tocaba casi a esta ventana, pero

pasados algunos instantes, se agitó de pronto con tal fuerza

entreabriendo sus ramas, que sir Evandale se incorporó sobresaltado y

saltó vivamente del lecho.

Entonces, el follaje del árbol se abrió con violencia, y apareció un

hombre que, ágil como un mono, saltó al alféizar de la ventana.

Aquel hombre era Nizam.

--Heme aquí, dijo.

--¡Ah! exclamó sir Evandale, tres días hace que os ando buscando.

--He estado ausente, respondió Nizam.

--¿Adónde habéis ido?

--A Londres.

--¿De veras?

--Y he vuelto hace dos horas.

--¿Y qué habéis ido a hacer a Londres?

--He ido a buscar a algunos amigos, con quienes tenía necesidad de

entenderme.

--¡Ah! dijo sir Evandale estremeciéndose de nuevo.

--Sí, tenemos necesidad de ellos para que llegues a ser lord.

--Pero... ¿lo lograré positivamente?

Y la voz de sir Evandale temblaba de emoción.

--Positivamente.

--¿Y... muy pronto?

--Antes de un mes.

--Pero no mataréis a lord William, ¿no es verdad?

--No. Ya te he dicho que no morirá.

--¿Me lo juráis?

--Te lo juro.

--Está bien, dijo sir Evandale exhalando un suspiro.

Y en seguida añadió:

--Es decir... que pasará por muerto.

--Sí.

--¿Qué haréis pues de él?

--Quieres saber demasiado, hijo mío, respondió Nizam. ¡Más tarde! más

tarde!

Y como asaltado de pronto por otra idea, se volvió a sir Evandale y

añadió:

--¡Ah! ¿tienes algún dinero... algunas economías?... Necesito dinero.

--Precisamente he recibido hoy, dijo sir Evandale.

Y abriendo su escritorio, sacó de él la cartera que le había dado lord

William.

--Tomad, añadió.

Nizam abrió la cartera y tomó dos billetes de cien libras.

--Tengo bastante por el momento, dijo. Si necesito más, te volveré a

pedir.

Y dio un paso hacia la ventana, pero volviéndose de pronto añadió:

--Tom ha partido, ¿no es verdad?

--Sí, esta tarde.

--Entonces, dijo Nizam, cuyos ojos brillaron con un fulgor siniestro, ha

llegado la hora. Podemos obrar sin temor.

Y saliendo por la ventana, dijo aún antes de descolgarse:

--Duerme tranquilo... serás lord.

Y desapareció como una sombra.

XXVIII

DIARIO DE UN LOCO DE BEDLAM.

XIV

El calor era insoportable.

Serían las doce del día y el sol irradiaba sobre la tierra abrasada sus

rayos perpendiculares.

La campiña estaba silenciosa y desierta.

Los pájaros habían cesado de cantar.

Los labradores habían abandonado el arado y habían entrado los bueyes en

sus establos.

No parecía sino que la tierra de Escocia se hallaba bajo el ecuador.

Y sin embargo, a aquella hora y bajo aquel cielo inclemente, se veía una

porción de gente acuadrillada, que caminaba con gran trabajo por un

camino de herradura, donde sus pasos levantaban una nube de polvo.

Aquellos hombres, que iban encadenados de dos en dos, con los pies

descalzos, la cabeza afeitada y cubiertos de harapos, eran presidiarios.

Triste convoy de ladrones y asesinos, condenados en los diferentes

condados de Escocia y reunidos luego en la cárcel central de Edimburgo,

eran conducidos en fin por etapas, bajo la custodia de tres capataces,

hacia el puerto de Liverpool, donde debían embarcarlos para Australia.

Estos desgraciados caminaban lentamente, cubiertos de sudor y de polvo.

Unos se quejaban y gemían arrastrándose penosamente.

Los otros juraban y blasfemaban.

A veces sucedía que alguno de ellos, abrumado de fatiga, se echaba por

tierra, y se negaba a marchar.

Entonces uno de los capataces levantaba su bastón y le apaleaba sin

piedad.

El desgraciado exhalaba un grito de dolor y se volvía a poner en marcha.

--Teniente Percy, dijo uno de los capataces de aquella chusma,

dirigiéndose a su camarada, que era evidentemente su superior, a juzgar

por el galón que llevaba en la manga de su uniforme, teniente Percy, ¿no

pensáis en que sería ya tiempo de hacer un pequeño alto?

--¡Ya lo creo! respondió el teniente. ¿Estáis cansado, John?

--Tengo los pies hinchados.

--Yo, estoy rabiando de sed.

--¡Y pensar que no hay una gota de agua en este maldecido país!...

--Eso consiste, respondió el teniente Percy filosóficamente, en que la

nieve que veis allá arriba en la cima de las montañas, no se ha

derretido todavía.

--Y es muy probable que no se derretirá jamás, respondió el capataz

John.

--Lo que quiere decir, añadió Percy, que no hay que contar con ella.

--Esa es mi opinión. Pero ¡qué diablo! se me figura que no tardaremos en

encontrar una villa, una aldea, una venta siquiera....

--A dos leguas de aquí tenemos la aldea de Pembleton.

--¡Ah! dos leguas, a esta hora de calor, es demasiado!

--Tranquilizaos, John, nos detendremos antes.

--¿Dónde?

--¿Veis aquella línea negra al horizonte?

--Sí; es un bosque.

--A cuya orilla corre un riachuelo.

--Bien. ¿Es allí donde vamos a hacer alto?

--Sin duda. Y aun descansaremos allí hasta la caída de la tarde.

--¿En vez de avanzar hasta la aldea de Pembleton?

--Sí.

--¡Por vida mía! que no comprendo ese singular capricho, teniente!

--En efecto, John, tengo el capricho de ganar cien libras esterlinas y

de haceros ganar cincuenta.

El capataz, estupefacto, se quedó mirando al teniente Percy.

--La verdad, teniente, dijo en fin, ¿es que el sol os ha lastimado la

cabeza?

--¿Por qué me preguntáis eso?

--¡Toma! añadió John, se me figura que os burláis de mí.

--De ningún modo, John.

--Pues ¿cómo podéis ganar por aquí cien libras?

--Ese es mi secreto.

--¡Ah!

--Y vos podéis contar con cincuenta.

--¿Yo?

--Sí, amigo mío, pero para eso es necesario hacer lo que después os

diré.

--¡Hablad! hablad! dijo John; ¡cáscaras! cincuenta libras! no ganamos

tanto por año.

--Cincuenta libras esterlinas, repitió el teniente Percy.

--Pero......

El teniente se sonrió y guiñó el ojo maliciosamente.

--Sois demasiado curioso, John. Un poco de paciencia.

Y el teniente Percy no pronunció más palabra.

Los presidiarios habían percibido también el bosque y lo miraban con

ansiedad.

--¡Perra canalla! les gritó el teniente, no jadeéis así ni saquéis la

lengua..... ¡un poco de ánimo! Dentro de un cuarto de hora

descansaremos, y tendréis agua para apagar la sed.

Esta promesa reanimó a aquellos desgraciados.

Iban en número de ocho encadenados de dos en dos, y atados a una cuerda

que les obligaba a ir en fila.

Detrás de la cadena marchaba una mula, que conducía por el ronzal otro

capataz, y sobre la cual iba un hombre echado como un fardo.

Aquel hombre, que apenas tendría veinte años, era un pobre presidiario

que habían tomado en el camino, sacándolo del hospital de la cárcel de

Perth donde se hallaba.

Tenía el rostro embotado y cubierto de una lepra asquerosa, y su aspecto

era tan repugnante, que el pobre diablo había venido a ser un objeto de

horror, hasta para aquellos hombres degradados que eran sus compañeros

de infortunio.

Cuando la cadena hacía alto, la mula se quedaba atrás, y nadie hubiera

osado acercarse a aquel infeliz, pues había corrido el rumor entre

aquella gente de que la enfermedad de su compañero era contagiosa.

El capataz se ponía unos guantes para darle de beber o de comer.

Por lo demás, aquel desgraciado estaba casi idiota y no hablaba una

palabra.

¿Qué crímen había cometido?

Nadie lo sabía.

Todo lo que habían podido averiguar es que estaba condenado a la

deportación por cinco años.

Los presidiarios llegaron en fin a la entrada del bosque.

--¡Alto! ordenó el teniente Percy.

Pero, en vez de detenerse, los presidiarios se precipitaron hacia el

riachuelo, por cuyo álveo corría un chorro de agua.

Allí, echados por tierra, bebieron ávidamente, y después que hubieron

apagado la sed, los capataces les distribuyeron algunos alimentos

groseros, y el teniente Percy les dijo:

--Ahora, si tenéis sueño, podéis dormir a vuestras anchas.

Aquí permaneceremos hasta entrada la noche.

Con esto los desgraciados se acostaron dos a dos en la yerba a la sombra

de los árboles, y media hora después todos dormían profundamente.

Pero el teniente Percy y su segundo el capataz John, no dormían por su

parte.

Sentados en un ribazo, a notable distancia de aquella _escoria humana_,

como ellos la llamaban, en vez de gustar las dulzuras del sueño,

departían en voz baja.

--Sí, John, amigo mío, hay medio de ganar en el lindero de este bosque

ciento cincuenta libras esterlinas..... ciento para mí, cincuenta para

vos, decía el teniente Percy.

--¿Y qué hay que hacer para eso? preguntó John.

--Escuchad y lo sabréis. ¿No habéis notado que cuando nos detuvimos en

Perth para hacernos cargo del presidiario que no puede andar, el

alcaide de la cárcel me entregó un canuto de hoja de lata?

--Sí, el que lleváis colgado a la cintura.

--Este es en efecto.

--Bien, dijo John, ¿y qué?

--¿Sabéis lo que contiene?

--No, a fe mía. No me he atrevido a preguntároslo.

--Esta caja contiene una víbora azul.

--¿Y qué es eso?

--Un reptil de la India, grande como el dedo meñique.

--¿Y cuya picadura es mortal?

--No. Pero el veneno de esta víbora tiene una propiedad particular no

menos terrible.

--¡Ah!

--Hace hincharse el cuerpo, y especialmente el rostro, que se cubre de

una lepra asquerosa, al cabo de pocas horas, y el infeliz a quien el

reptil ha inoculado su veneno, cae por más o menos tiempo en un completo

idiotismo.

--Pero entonces, dijo John, ese desgraciado que viene en la mula, ¿ha

sido picado por esa víbora?

--Sí.

--¿Y como ha sucedido eso?

--Muy sencillamente. El carcelero la deslizó en su cama la antevíspera

de nuestra llegada a Perth. Ese pobre mozo era un vigoroso joven, sano

de cuerpo y de espíritu; y ahora, ya lo veis, se ha convertido en un

miserable idiota, cuya vista causa horror.

--Pero hay una cosa que no me explico, dijo John, ¿por qué el carcelero

de Perth ha cometido esa mala acción?

--Con el fin de ganar también por su parte otras cien libras.

--Ahora lo comprendo menos.

El teniente Percy se echó a reír.

--Hay por esos mundos de Dios, dijo, un hombre bastante poderoso para

comprar a todos los empleados de presidio de la libre Inglaterra.

--¡Ah! Y..... ese hombre.......

--¡Chito! dijo el teniente Percy, dentro de un rato os pondré al

corriente de todo.......

Y se levantó de pronto añadiendo:

--¡Esperad!

Un hombre acostado en la yerba a algunos pasos de distancia, y cuya

presencia nadie hubiera podido sospechar, levantó la cabeza en este

momento, y mirando al teniente Percy, le hizo un signo misterioso.

Aquel hombre era el Indio Nizam.

XXIX

DIARIO DE UN LOCO DE BEDLAM.

XV

El Indio Nizam se puso lentamente en pie, miró a los presidiarios que

seguían durmiendo, y se adelantó con precaución.

Después observó con atención a los capataces y dirigiéndose a Percy, le

dijo.

--¿Sois vos el teniente?

--Sí, el teniente Percy, respondió este.

--Bien. Yo soy la persona que os esperaba.

--Lo había adivinado, dijo el teniente.

--¿Me traéis el insecto?

--Sí, aquí está en esta lata.

Y el teniente Percy dio la caja a Nizam.

Este sacó entonces del bolsillo una cartera grasienta y tomó de ella dos

billetes de veinte y cinco libras cada uno.

--Aquí tenéis cincuenta libras, dijo, a cuenta de las ciento cincuenta

prometidas.

--Bien, repuso el teniente, ahora espero vuestras órdenes.

--Pasaréis aquí el resto de la noche, dijo Nizam.

--Bueno.

--Después, mañana muy temprano os pondréis en marcha y haréis de nuevo

alto en la aldea de Pembleton.

El teniente se inclinó en señal de asentimiento.

--Ya allí, simularéis una indisposición, y diréis a vuestra chusma que

es necesario detenerse...

--¿Cuánto tiempo debo permanecer en Pembleton?

--No lo sé aún, repuso Nizam; eso dependerá de los acontecimientos. Por

lo demás pienso que los desgraciados que ahí conducís no estarán muy de

prisa.

--¡Oh! Ya lo creo que no.

--Y que si encuentran descanso y que comer y beber en Pembleton, estarán

muy satisfechos de permanecer allí un par de días.

--Sí por cierto, dijo Percy; con el tiempo canicular que hace sobre

todo, esa canalla no marcha sino a palos.....

--Escuchadme, dijo Nizam interrumpiéndole; hay, allá arriba, cerca de

Pembleton, y al lado mismo de la verja del parque una posada que linda

con la carretera.

--¿Es allí dónde debemos detenernos?

--Sí. El posadero está ganado por mí. Albergará vuestros forzados en una

cueva espaciosa, y dejará el resto de la posada para vos, vuestros

compañeros y el desgraciado idiota que conducís en una mula.

--Perfectamente, dijo el teniente Percy. ¿Y después?

--Después, os lo repito, contestó Nizam, esperaréis allí nuevas

instrucciones.

Y al decir esto, Nizam guardó cuidadosamente el canuto de hoja de lata,

y se separó de aquellos dos hombres.

Los forzados seguían durmiendo.

En cuanto a su compañero, el pobre diablo que había sido picado por la

víbora azul, ese estaba acostado sobre la yerba cerca de la mula, y

lanzaba gritos inarticulados.

Nizam desapareció a través de los árboles.

Aunque ya viejo, el antiguo segundón de la familia Pembleton se

conservaba fuerte y ágil, y así, apenas se halló fuera del alcance de la

vista, se echó a correr a todo escape.

Corría saltando zanjas y barrancos, y atravesaba la maleza, como un gamo

perseguido por una jauría numerosa y ardiente.

Así llegó sin detenerse hasta unas tapias bastante elevadas, tapias que

formaban la cerca de la posesión de New-Pembleton.

Pero como el parque tenía muchas leguas de contorno, la quinta se

hallaba bastante lejos de aquel sitio.

Nizam escaló la tapia con una agilidad increíble y, saltando al parque,

continuó corriendo su camino.

Al cabo de un cuarto de hora, se detuvo algunos instantes para tomar

aliento.

Después dio algunos pasos aún y se detuvo de nuevo.

Seguramente, a juzgar por sus movimientos, Nizam buscaba alguna cosa o

esperaba una seña.

Pero de repente pareció despertarse su atención, y echándose

precipitadamente entre unas matas espesas, se acostó en ellas boca

abajo.

Aquella espesura se hallaba al lado de una de esas calles enarenadas que

los Ingleses trazan circularmente en sus parques y jardines.

Nizam prestó el oído, escuchando atentamente un ruido lejano.

Este ruido se fue aproximando, haciéndose cada vez más distinto, y

entonces pudo comprender que lo ocasionaba el trote de muchos caballos,

y el roce de las ruedas de un carruaje sobre la arena.

Inmóvil y reteniendo el aliento, Nizam miraba a través de la espesura.

Así pudo ver un gran landó abierto, tirado por cuatro caballos,

precedido de un postillón y seguido por dos lacayos con librea roja,

sobre dos vigorosos poneys de Escocia.

El landó pasó muy cerca de Nizam, y este pudo ver que iban en él lord

William, sir Archibaldo y su hija miss Anna, la prometida del heredero

de Pembleton.

El supuesto Indio permaneció echado en tierra hasta que se alejó

bastante el carruaje.

Cuando juzgó que se hallaba a gran distancia, se levantó cautelosamente

y siguió su camino hacia la quinta.

La cuerda del ahorcado Últimas aventuras de Rocambole: I El Loco de Bedlam · 第 9 / 18 段