Así todos los nobles gentlemen del condado, y aun los que desde Londres

perseguían a miss Anna con sus pretensiones, no habían perdido la

esperanza, y la hacían una corte asidua mecidos por las más dulces

esperanzas.

Miss Anna no alentaba ni desalentaba a ninguno, y entretanto tomaba

parte en todas las diversiones que se improvisaban en su honor y que

servían de pretexto para gozar de su compañía.

La caza, por otra parte, era su pasión favorita; e intrépida amazona,

seguía a caballo a los más atrevidos cazadores, saltando con ellos los

fosos y los vallados.

Además sir Archibaldo tenía también pasión por la caza, y dos veces por

semana, al menos, convidaba a sus vecinos a alguna partida en sus

magníficos bosques.

A una de estas reuniones ordinarias, era pues adonde acudían aquella

mañana lord William y su hermano sir Evandale.

Ya hemos visto como el primero, al descubrir a miss Anna en medio de su

brillante escolta de adoradores, había excitado a su caballo y salido al

galope.

Sir Evandale, que se quedó algunos pasos de tras, dirigió a su hermano

una ardiente mirada de odio.

La joven miss parecía más animada que de costumbre y su rostro estaba

radiante de hermosura.

Al ver llegar a lord William se ruborizó de una manera bien visible, y

tendiéndole la mano le dijo:

--Milord, creo que mi padre tiene que daros una buena noticia.

Lord William se sonrojó a su vez.

Todos se quedaron mirándolo con una curiosidad envidiosa, y al mismo

tiempo sir Archibaldo se adelantó hacia él.

--Milord, le dijo, la respuesta que esperábamos de la India ha llegado.

Al encendido rubor que coloraba el rostro de lord William, se sucedió

súbitamente una palidez mortal.

Sir Archibaldo prosiguió:

--El nabab Moussamy consiente en el matrimonio de miss Anna.

Y dirigiéndose a los gentlemen que los rodeaban, añadió:

--Señores, tengo el honor de anunciaros el próximo casamiento de miss

Anna, mi hija, con el noble par de Inglaterra lord William Pembleton.

Muchos de los que oyeron esta solemne declaración se mordieron los

labios, y en medio de los parabienes que se apresuraron a prodigar,

ahogaron más de un suspiro y más de un sentimiento de despecho mal

disimulado.

Pero el que palideció más visiblemente y sufrió más sin duda, fue sir

Evandale.

Sin embargo su rostro permaneció impasible, y la viva emoción interior

que trastornó todo su ser, se manifestó únicamente en su palidez y en un

ligero estremecimiento de los labios.

De repente sir Archibaldo pareció distinguirlo entre los demás

caballeros que le rodeaban, y le dirigió directamente la palabra.

--¡Hola! sir Evandale, le dijo, también tengo para vos una buena

noticia.

--¿Para mí? exclamó sir Evandale estremeciéndose.

--Para vos.

--¡Oh! ¿Os burláis?....

--¿No habíais solicitado entrar a servir en el ejército de la India?

--En efecto, respondió sir Evandale.

--Pues bien vuestro despacho de capitán de cipayos me ha llegado esta

mañana.

--Y podéis dar las gracias a sir Archibaldo, hermano, dijo lord William.

--¡Ah! exclamó sir Evandale.

--Sí, prosiguió el joven lord, puesto que debéis vuestro grado a su

apoyo y al de sus amigos de Londres.

Y añadió, creyendo que la emoción que se pintaba en el rostro de su

hermano era de alegría:

--Pero, no partiréis de seguida, ¿no es verdad?

--Sois el jefe de nuestra casa, respondió irónicamente sir Evandale, y

por lo tanto a vos os toca mandar y a mí obedecer.

--Pues bien, dijo lord William sonriéndose, os ordeno permanecer algunos

días aún a mi lado, y asistir a mi matrimonio.

--Seréis obedecido, murmuró sir Evandale con acento feroz.

--Vamos, todo eso está muy bien, dijo sir Archibaldo. ¡Ahora, señores,

la señal a los ojeadores y corramos la caza!

* * *

A poco empezó el ojeo, la zorra huía ya fuera de su camada, los perros

ladraban con furor, los caballos galopaban en todas direcciones, y las

trompas de caza resonaban por la llanura.

Sin embargo uno de los gentlemen no había seguido la caza.

Al partir sus compañeros se había detenido en un recodo del bosque, y

apeándose al pie de un árbol, había atado a él su caballo y se había

sentado sobre la yerba.

Veíase pintada en su rostro la lucha de las más encontradas y

detestables pasiones, y sus ojos vertían lágrimas de rabia.

--¡Fatalidad!....... decía, ¡injusticia de la suerte!..... ¡Ambos somos

hijos de los mismos padres..... la misma sangre corre por nuestras

venas; y sin embargo todo es para él, la fortuna, el rango, las

dignidades!..... ¡y como si esto no bastara, hasta me arrebata a miss

Anna!

Yo en tanto debo contentarme con una charretera en el ejército de la

India... ese es todo el porvenir que me ha dado mi familia.

¿Es una burla del destino?

¡Oh! ese hombre es mi hermano..... pero lo odio..... lo aborrezco con

toda mi alma!

Sir Evandale, fuera de sí de ira, había pronunciado estas últimas

palabras en voz alta, creyéndose absolutamente solo.

Y sin embargo se engañaba.

No había acabado de hablar, cuando se entreabrió el ramaje de un árbol

vecino, y apareció entre las hojas una cabeza bronceada, coronada de

cabellos blancos e iluminada por dos ojos que brillaban como tizones

encendidos.

--¡El Indio! murmuró aterrado sir Evandale.

--Sí, el Indio, repuso una voz sorda e irónica, el Indio que es tu amigo

y que viene a ofrecerte sus servicios. Él aborrece como tú a lord

William, con un odio inextinguible y mortal.

XXIV

DIARIO DE UN LOCO DE BEDLAM.

X

Sir Evandale contemplaba al Indio con un asombro que no estaba exento de

temor.

Aquel hombre podía considerarse como viejo, si solo se fijaba la

atención en sus canas, pero los rasgos de su fisonomía rebosaban

juventud y, cosa extraña, sin el color bronceado de su rostro, se le

hubiera tomado por un europeo, tanto se acercaban sus facciones al tipo

de la raza caucásica.

Sin embargo, no se crea por esto que era bello, pues si sus facciones

eran nobles y correctas, su rostro estaba desfigurado por profundas

cicatrices que notablemente le afeaban.

Cuando el Indio iba por los caminos implorando la caridad de los

transeúntes, solía levantarse las mangas del vestido y entreabrir la

camisa; y todos los que llegaban a verle por un momento los brazos o el

pecho, experimentaban un vivo sentimiento de horror.

El cuerpo de aquel hombre estaba cubierto de heridas horribles; heridas

cicatrizadas, es verdad, pero no por eso menos repugnantes, pues la piel

que las cubría se había formado de una manera incompleta y era

trasparente como una tela de cebolla.

Algunas veces, este Indio, que ya hemos visto se llamaba Nizam, con el

objeto de enternecer a sus oyentes, solía contarles su historia.

Un día, según él, había sido sorprendido por un tigre en una pagoda, en

el momento en que rezaba devotamente sus oraciones, arrastrado hasta un

juncal inmediato, y entregado a la voracidad de sus cachorros.

¿Cómo había podido escapar a aquella camada de tigres?

Para explicar esto, Nizam contaba un hecho bien extraño.

En el momento en que los hijuelos del tigre le laceraban el cuerpo con

sus garras y que, bajo los ojos de su madre, jugaban con su cuerpo

palpitante, aunque lleno de vida aún; en tanto que resignado, como todos

los hombres de su raza, esperaba la espantosa muerte que le estaba

reservada; se oyó de repente un ruido muy semejante al fragor de un

trueno lejano.

Los tigres, abandonando su presa, parecieron consultarse con la mirada.

La madre manifestó una inquietud recelosa.

El ruido continuaba en tanto y parecía aproximarse; y al mismo tiempo

temblaba la tierra, como si marchara por ella un ejército de gigantes.

Entonces el tigre dio un bufido ronco, y tomó la fuga con sus hijuelos,

abandonando al desgraciado Indio que, aunque cubierto de horribles

heridas, vivía aún.

Pero Nizam no se había salvado por esto.

Aquel ruido formidable, que acrecía sin cesar, y que se oía ya a corta

distancia, el pobre Indio lo había reconocido........

Era una tropa de elefantes que atravesaba la espesura.

Nizam cruelmente herido y sin fuerzas para moverse, hacía tristes

reflexiones.

--Los tigres no me han acabado, se decía, pero los elefantes pasarán

sobre mi cuerpo y me aplastarán bajo sus pies.

Pero Nizam se engañaba y juzgaba mal a los elefantes.

Estos iban en número de más de doscientos.

¿De dónde venían?... ¿A qué punto se encaminaban en compañía tan

numerosa?

Nizam juzgó que aquellos animales emigraban, pues llevaban consigo a

sus hembras y sus hijuelos, y en medio de ellos marchaban los elefantes

viejos, que se distinguían por sus orejas enteramente blancas.

Un jefe iba a la cabeza, a más de cien pasos delante de la columna.

Aquel jefe era un elefante blanco.

El elefante sagrado de los Indios.

Nizam, a pesar de su estado de debilidad, lo descubrió desde lejos, y

como el pobre Indio era un piadoso servidor del dios Wichnou, pensó que

aquel dios enviaba al animal sagrado en su ayuda.

Y Nizam no se engañaba.

Cuando el elefante llegó a cierta distancia, se acercó a él, se detuvo,

bajó la trompa, la rodeó al cuerpo del Indio, y lo colocó blandamente

sobre su cuello.

Luego continuó su marcha, siempre seguido por el formidable ejército que

mandaba.

Los elefantes salieron a poco del juncal, y llegaron a una vasta llanura

cultivada, en medio de la cual se veía una aldea india.

Entonces el elefante blanco volvió a coger a Nizam y lo colocó a orillas

de un campo de arroz; y fijando en él esa mirada de su raza, que tiene

algo de humano, pareció decirle, según creyó comprender el pobre herido:

--Aquí te hallas bajo la protección de los hombres, que son tus

hermanos, y no tienes nada que temer de los tigres.

Así fue como Nizam se salvó de una muerte cierta. Socorrido por los

habitantes de aquella aldea, sus heridas se cicatrizaron una a una; pero

la piel no volvió a formarse, y había sido reemplazada por una membrana

viscosa que dejaba ver los músculos y las venas de los miembros.

Pero, ¿por qué Nizam había dejado la India?

¿Por qué y para qué vino a Londres, y por qué había abandonado luego

esta ciudad para venir a vivir mendigando en el condado de

Northumberland?

Esto es lo que el Indio no decía.

Tal era el hombre que acababa de aparecerse a sir Evandale, en el

momento en que se abandonaba a los arrebatos de su odio y de su sombría

desesperación.

Nizam se deslizó al pie del árbol donde se había escondido, y sin el

menor embarazo vino a sentarse al lado de sir Evandale.

Este, ya lo hemos dicho, lo miraba con un asombro que no estaba exento

de miedo.

El Indio adivinó este sentimiento en el joven, y se apresuró a decirle:

--No temáis nada de mí. Os soy adicto, como lo es la liana al árbol a

cuyo tronco se enlaza.

Y como sir Evandale continuase mirándole con recelo y sin responderle:

--Os amo como un perro a su amo, como un esclavo fiel a su señor, añadió

el Indio con emoción, y toda mi sangre es vuestra.

--¿De veras? dijo sir Evandale.

--Os amo, prosiguió Nizam, y quisiera haceros lord.

--¡Oh!... ¡oh!

--Tal como os lo digo.

Sir Evandale inclinó la cabeza y exhaló un suspiro.

--Desgraciadamente, murmuró, eso es imposible.

--No hay nada imposible, dijo sentenciosamente el Indio.

--Pero..... pobre amigo.....

--Sir Evandale, prosiguió el Indio con gravedad, ¿tenéis prisa en seguir

la caza?

--No.

--¿Queréis tener la bondad de escucharme?

--Habla cuanto quieras.

--Sir Evandale, vos amáis a miss Anna.......

El joven se estremeció y no pudo ocultar su turbación.

--¿Qué sabes tú? exclamó con forzada sonrisa.

--Sir Evandale, prosiguió Nizam con su tono sentencioso, cuando

levantáis los ojos, descubrís en lo alto de la montaña los elevados

muros y macizas torres de Old-Pembleton.

--Bien, ¿y qué?

--Cuando los bajáis hacia la llanura, veis las graciosas torrecillas de

New-Pembleton, la opulenta morada moderna.

--Pero en fin.....

--Y después vuestra mirada abarca las diez leguas cuadradas de praderas,

de campos cultivados y de bosques que rodean los dos ricos dominios, y

entonces suspiráis.......

Sir Evandale suspiró en efecto.

--Y no podéis menos que deciros, prosiguió Nizam, si yo hubiera nacido

el primero..... todo eso sería mío.

--Es verdad, murmuró sir Evandale con aire preocupado y sombrío.

--Y mientras que todo el mundo os da el título común de gentleman, oís

llamar a vuestro hermano milord.......

--Y bien, ¿qué puedo yo hacer a todo eso?

--Muy sencillo. Ser lord a vuestra vez.

--Pero.....

--Y si yo lo quiero..... lo seréis.

--¡Tú!

Y sir Evandale contempló al mendigo con sonrisa irónica.

--No riáis, sir Pembleton, exclamó Nizam.

El joven continuaba mirándolo con burlona curiosidad.

Entonces Nizam se levantó, irguió con altivez su talle encorvado, y sus

ojos ardientes lanzaron una llama que ofuscó por un momento a sir

Evandale.

--En el país donde nos hallamos, dijo, vivo, es verdad, de la caridad

pública, y soy un objeto de horror y de piedad para todos, pero si yo

quisiera.....

--¿Qué harías?... veamos.

--Haría lo que nadie puede hacer..... haría de vos..... lord Pembleton,

dijo fríamente el Indio.

--¡Ah! exclamó sir Evandale estremeciéndose.

--Escuchadme, prosiguió Nizam.

Y volvió a sentarse familiarmente al lado del hermano desheredado de

lord William Pembleton, el alto y poderoso señor y par de Inglaterra.

XXV

DIARIO DE UN LOCO DE BEDLAM.

XI

Como decíamos pues, el Indio Nizam se había sentado familiarmente al

lado de sir Evandale, y hasta se había atrevido a tomarle la mano.

--¿Qué edad teníais, le dijo, cuando perdisteis vuestra madre?

--Unos siete años, respondió el joven Pembleton.

--De consiguiente erais demasiado niño para que os pudieran confiar un

secreto.

Esta palabra produjo una conmoción extraña en sir Evandale.

Sin embargo no respondió y continuó mirando al Indio.

--Porque yo poseo un secreto que os debo confiar, añadió este.

--¿Un secreto?

--Sí, un secreto que se refiere a vuestro..... nacimiento.

--Pero, dijo sir Evandale con altivez, mi nacimiento no tiene nada de

misterioso, que yo sepa.

--Sí... y no.

Y diciendo esto, el mendigo clavó en el joven caballero una mirada tan

resuelta y dominadora, que sir Jorge Evandale bajó la cabeza, humillado

y sumiso ante aquel vagabundo.

--Decidme, prosiguió Nizam, ¿no habéis oído hablar nunca de vuestro tío

sir Jorge Arturo Pembleton?

--Raramente, repuso sir Evandale.

--Pero en fin, ¿os han hablado alguna vez?

--Sí.

--¿Quién?

--Los criados de mi casa.

--¿Y vuestra madre?

--Jamás.

--¡Ah! dijo Nizam soltando una carcajada satánica, ¿no os habló nunca de

él?

--No; y aún recuerdo, prosiguió sir Evandale, que un día estuvo a punto

de desmayarse porque un doméstico pronunció ese nombre delante de ella.

--En otro tiempo no se hubiera desmayado, murmuró Nizam con voz sorda y

acento irónico.

Sir Evandale se estremeció de nuevo.

--¿Qué quieres decir, mendigo! exclamó.

Nizam seguía sonriéndose.

--No pretendáis humillarme con vuestro desprecio, sir Evandale, dijo.

Yo, mendigo tal que me veis, soy sin embargo poderoso; y, ya os lo he

dicho, si me escucháis, os juro que haré de vos un lord, y os casaré con

miss Anna, la rica heredera.......

Un vivo sentimiento de orgullo fermentó en el cerebro de sir Evandale.

--Continúa, dijo.

Nizam prosiguió:

--También debe haber un hombre en New-Pembleton que no habla jamás de

sir Jorge. Ese hombre se llama Tom.

--¡Tom! exclamó sir Evandale. ¡Oh! a ese le aborrezco.

--Y tenéis razón.

--Lo aborrezco, porque no ama más que a mi hermano mayor... al poderoso

lord William, añadió sir Evandale.

--Si supierais otra cosa aún, repuso el Indio, vuestro odio sería mucho

mayor.

--¿Qué es pues?

--¡Oh! ya os lo diré más tarde. Por ahora no se trata de Tom.

--¿De quién entonces?

--De sir Jorge Pembleton.

--Pues bien, habla....

--Sir Jorge, hace veinte y dos años,--prosiguió Nizam,--era un pobre

segundón como vos. Mientras que su hermano gozaba ya de las

consideraciones debidas a su nacimiento, y que un día sería lord, se

casaría con miss Evelina Ascott, y poseería una inmensa fortuna; el

pobre hermano menor estaba destinado a servir oscuramente en la marina.

--Como yo en el ejército de las Indias, murmuró suspirando sir Evandale.

--Sin embargo sir Jorge amaba a miss Evelina.

Sir Evandale hizo un brusco movimiento.

--Y miss Evelina le amaba.....

--¡Mientes!

--Yo no he mentido jamás, dijo fríamente el Indio.

Y paralizó de nuevo al joven Evandale con su mirada dominadora.

En seguida, aquel miserable mendigo, desplegando una autoridad de

maneras y de expresión y un lenguaje que nadie hubiera podido sospechar

en él, al verle mendigar por los caminos; aquel mendigo, decimos, contó

detalladamente a sir Evandale los amores misteriosos de miss Evelina y

sir Jorge; luego la vuelta de este de las Indias, y en fin aquella

noche terrible en que lady Pembleton había faltado, a su pesar, a todos

sus deberes.

Sir Evandale le escuchaba temblando y empapada en sudor la frente. Lo

escuchaba casi sin poder respirar, y cuando el Indio hubo concluido,

dijo al fin reponiéndose, después de un momento de silencio:

--Pero entonces, sir Jorge fue.....

--Vuestro padre, repuso fríamente el Indio.

--¡Mi padre!

--El que también había soñado hacer de vos un lord.

--Y sir Jorge..... ha muerto, ¿no es verdad?

--Para todo el mundo, sí.

--¿Qué quieres decir?

--Para mí, no.

--¿Sir Jorge no ha muerto?

--Vive, os lo repito.

--¡Vive!

--Sí, y voy a probároslo.

Y al decir estas últimas palabras, Nizam se levantó rápidamente.

--Esperadme aquí, añadió, vuelvo dentro de pocos minutos.

Y desapareció entre las árboles del bosque.

Nizam se dirigió a un arroyo que corría entre la espesura, se arrodilló

inclinándose en su orilla y se lavó repetidas veces el rostro.

Hecho esto, volvió adonde se hallaba el joven Evandale.

Este al verlo llegar arrojó un grito de sorpresa.

El color bronceado del rostro de Nizam había desaparecido.

Nizam era blanco como un Europeo, como un Inglés.

Y como sir Evandale le miraba con estupor, el supuesto Indio le dijo:

--¿No preguntabais por sir Jorge?... Pues bien, heme aquí.

--¿Vos?..... ¿vos? exclamó el joven con asombro.

--Yo, tu padre, dijo el supuesto Indio.

Y estrechando a sir Evandale entre sus brazos, lo cubrió de besos

furiosos.

* * *

Este hombre que vivía hacía diez años en el país, y que todo el mundo

llamaba Nizam el Indio, era efectivamente sir Jorge Arturo Pembleton.

Era el mismo a quien sir James Ascott había dejado herido en una pierna

y sin movimiento, en medio de un bosque de la India poblado de tigres.

Y en la historia que Nizam contaba bajo su supuesto nombre, no había de

falso más que una cosa, el ataque del tigre en la pagoda de Wichnou.

Todo lo demás era verdadero.

Es decir, que atraídos por sus lamentos y por el olor de la sangre,

apenas sir James hubo desaparecido, varios tigres se habían lanzado

sobre él; pero aunque lo habían mal herido, no tuvieron tiempo para

devorarlo.

La tropa de elefantes había hecho huir a los tigres precipitadamente.

Abandonado por el elefante blanco que lo sacara del bosque, en un campo

cultivado, a orillas de un arrozal, sir Jorge había permanecido allí

muchas horas privado de sentido.

Vuelto en fin en sí, se fue arrastrando como pudo, vertiendo aín sangre

de sus heridas, hasta la choza de un Indio anciano que vivía fuera de la

aldea.

Aquel Indio era un brahmin.

El brahmin consideró como un hecho milagroso el acto que había llevado a

cabo el elefante blanco, y no titubeó en afirmar a sir Jorge que era

Wichnou mismo quien, por uno de esos _avatars_, que le eran familiares,

se había encarnado en un elefante blanco con el único objeto de librarlo

de la muerte.

Esto era de consiguiente,--según el buen brahmin,--un llamamiento de

Brahma a la verdadera religión, y en su opinión, el soldado inglés, así

favorecido, debía abandonar patria y creencias, y consagrarse en

adelante a la causa de sus hermanos los Indios.

Sir Jorge aparentó dejarse convencer y entrar en las miras del sacerdote

indio, pues su objeto era de no aparecer de nuevo en Calcuta y de pasar

por muerto. Esto se acomodaba con sus proyectos ulteriores.

Por consiguiente, de acuerdo con el brahmin, tomó todas las medidas que

pudiesen acreditar su muerte.

Un cipayo que venía por las noches a merodear en la aldea, había sido

asesinado por los Indios.

Su cuerpo, destrozado por las aves de rapiña, yacía enteramente

desfigurado en un campo inmediato.

El brahmin le puso el uniforme desgarrado de sir Jorge, y lo trasportó a

la entrada de la selva.

Así fue como sir Jorge pasó por muerto a los ojos de todos, y fue dado

de baja en la marina inglesa.

Aquí llegaba de su relato el supuesto Nizam, cuando sir Evandale le

interrumpió diciéndole:

--Pero, ¿qué interés teníais en pasar por muerto?

El fingido Indio se sonrió misteriosamente.

--Voy a decirtelo, hijo mío, respondió.

Y abrazó de nuevo con pasión a sir Evandale.

XXVI

DIARIO DE UN LOCO DE BEDLAM.

XII

El supuesto Indio prosiguió:

--Mi convalecencia fue larga.

Cerca de dos meses pasé en la choza del brahmin, curándome lentamente de

mis horribles heridas.

Los tigres me habían desfigurado por completo; y hasta tal punto que

hubiera podido ir a pasearme en medio de mis antiguos compañeros y

amigos, sin que ninguno de ellos me hubiera conocido.

Pero no era ese mi proyecto.

Mi única preocupación, mi idea fija, se concentraba en un solo punto.

Volver a Inglaterra.

Quería a toda costa volver a ver, no ya a lady Evelina, sino al fruto de

nuestras amores... al hijo a quien yo idolatraba..... a ti en fin.

El supuesto Indio hablaba con tal emoción, que sir Evandale no podía

engañarse.

Nizam y sir Jorge no formaban más que uno, y sir Jorge era en efecto su

padre.

Este continuó:

--El brahmin, a quien yo confié una parte de mi secreto, me enseñó a dar

a mi rostro un color cobrizo, por medio de la decocción de ciertas

plantas.

Me teñí además el pelo y las cejas de color rojo, y acabé en fin por

tomar la semejanza de ciertos Indios que tienen sangre europea en las

venas y que, bajo su piel rojiza, ostentan los rasgos más correctos de

la fisonomía de la raza blanca.

Cambiado así, volví públicamente a Calcuta.

Nadie llegó a conocerme.

Yo sabía además la lengua india. Fui pues a alojarme a la parte más

retirada de la _ciudad negra_, que es el barrio de los indígenas, pues

lo que se llama la _ciudad blanca_ es donde habitan los Europeos.

Yo estaba sin dinero. Era necesario vivir en primer lugar, y en seguida

reunir una pequeña suma que me permitiese costear el viaje a Inglaterra.

Mis horribles heridas llegaron a ser un objeto de curiosidad, y mi

historia, hábilmente arreglada, sirvió de anuncio para enseñarme por

dinero al público.

Al cabo de seis meses tenía bastante dinero para volver a Europa.

Me embarqué pues, y al cabo de otros seis meses de penosa

navegación,--pues di la gran vuelta de África, en vez de pasar por el

mar Rojo y Suez,--llegué en fin a Londres.

Durante muchos meses, mi única ocupación fue vagar por los parques, por

los squares y por los alrededores del palacio Pembleton.

Algunas veces tenía la dicha de verte cuando te sacaba a pasear algún

lacayo.

Aquí sir Evandale interrumpió bruscamente a Nizam.

--¡Esperad! exclamó.

--¿Qué? preguntó Nizam.

--Un recuerdo de mi niñez que asalta mi imaginación en este momento.

--Veamos, dijo el supuesto Indio sonriéndose.

--Tendría yo a la sazón cuatro o cinco años, prosiguió sir Evandale, y

me acuerdo que me habían llevado, una hermosa tarde de invierno, a

Hyde-Parc, al margen de la Serpentina cuya superficie estaba helada.

Muchos niños de mi edad jugaban allí, y algunos se divertían en

deslizarse por el hielo... y me parece ver aún un rough de color atezado

que permanecía a distancia, y nos miraba jugar.

--Era yo, dijo sencillamente Nizam.

--¡Oh! sí, erais vos, prosiguió sir Evandale, os reconozco en vuestra

mirada.

--Era a ti a quien yo contemplaba.

--¡Ah!

--Pero continúa. ¿No te acuerdas de otra cosa?

--¡Oh! sí. A los pocos instantes, el hielo se rompió de repente, y uno

de los niños se hundió en el río arrojando un grito terrible.--Entonces

el rough dio un salto, se precipitó en el río y sacó al niño sano y

salvo, atrayéndose los aplausos de la multitud que llenaba el parque.

--¿Y qué más?

--No sé. Aquel hombre desapareció en seguida.

--¿Y no lo has vuelto a ver hasta aquí? dijo Nizam.

--Sin conocerlo; puesto que sin vuestra historia, yo no hubiera tenido

ese recuerdo de mi infancia.

--Entonces déjame proseguir, dijo Nizam.

Y Nizam, o mejor dicho sir Jorge, continuó en estos términos su relato.

La cuerda del ahorcado Últimas aventuras de Rocambole: I El Loco de Bedlam · 第 8 / 18 段