--¡Oh! exclamó Betzy con voz doliente, ¡no permaneceréis por mucho

tiempo!..... Creo que por esta vez todo está concluido. Sin embargo, no

quisiera morir sin saber que tenéis esos papeles.......

--Descuidad: volveremos aquí tan pronto como estén en nuestro poder,

respondió el abate Samuel.

Y salió el primero del aposento.

Marmouset y Shoking, le siguieron inmediatamente, y bajaron con

precipitación la escalera.

Tan luego como se hallaron en la calle, el sacerdote dijo a Marmouset:

--Hay una cosa que no sabéis, que no podéis saber, pero que el Hombre

gris conoce perfectamente.

--¡Ah!

--Y es que el cementerio de Rothnite ha servido muchas veces de lugar de

reunión de los fenians.

--¿Es posible?

--Y de consiguiente vamos a tomar el mismo camino que ellos, para

penetrar en ese sitio.

--¡Ah! dijo Marmouset, ya que me habláis del Hombre gris.......

--¿Qué?

--¿Sabéis que ha sido de él?

--Se ha escapado de Newgate.

--Sí; pero ¿y después?

--Después..... ¡Toma!.....

Y el sacerdote pareció embarazado.

Marmouset movió tristemente la cabeza.

--Mucho temo, dijo, que haya muerto.

--¡Oh! no, dijo el abate Samuel.

--¡Ah! ¿creéis que no ha muerto?

--Sí.

--Pero..... ¿estáis seguro?

--Tal vez.....

--Y... en fin, ¿le habéis visto?

--No, pero puedo afirmaros que vive.

--Y yo lo creo firmemente, dijo Shoking.

Marmouset sentía latir su corazón con violencia.

--¡Oh! padre mío! exclamó, ¡por favor!..... Si tenéis alguna noticia

reciente del que vos llamáis el Hombre gris y a quien nosotros

reconocemos como nuestro jefe.....

--No insistáis, caballero, respondió con embarazo el abate Samuel, no

insistáis, pues no me es posible responderos. Básteos saber que el

Hombre gris vive..... y que lo veréis un día.

Marmouset bajó la cabeza y no insistió más.

Rocambole vivía y esto le bastaba por el momento.

Además, Marmouset recordaba ahora otras circunstancias análogas que

contribuían a tranquilizarlo.

Recordaba que hacía tres o cuatro años, el capitán había desaparecido

súbitamente, y que después, cuando menos lo esperaban había vuelto del

mismo modo.

Hablando así, el abate Samuel y sus dos compañeros llegaron a la

plazuela de Rothnite-Church.

En ella había un public-house, que cerraba todas las noches muy

temprano, pero donde debían velar hasta bien tarde, pues se veía filtrar

un rayo de luz por los postigos de la tienda a hora muy avanzada.

Shoking llamó a la puerta de aquella taberna de un modo particular.

En seguida se oyó ruido en el interior, pero a pesar de ello la puerta

permaneció cerrada.

Entonces Shoking se volvió al abate Samuel.

--El _publican_ espera el santo y seña, dijo, y yo no sé cuál es.

--Esperad.....

Y el abate Samuel aproximó los labios a una hendedura de la puerta, y

pronunció algunas palabras en dialecto irlandés.

Apenas pronunciadas, la puerta se abrió como por encanto.

El _publican_, un irlandés de pura raza, hizo un gesto de admiración al

ver al abate Samuel.

--¡Ah! exclamó, pero..... hoy no es día de reunión.

Esto aludía a las conferencias misteriosas de los fenians.

--Ya lo sé, dijo el abate, pero venimos para un negocio particular al

cementerio.

--¡Ah! eso es otra cosa!

El tabernero conocía a Shoking, pero, en cuanto a Marmouset, era la

primera vez que lo veía.

Así se quedó mirándolo con extremada curiosidad, hasta que el abate

Samuel le dijo:

--Este gentleman es un amigo del Hombre gris.

El publican lo saludó con respeto; y yendo en seguida a encender una

linterna en la lámpara que ardía sobre el mostrador, se volvió y dijo:

--¡Vaya! puesto que tenéis que hacer en el cementerio, venid.

Y levantó la trampa que se encontraba en medio del public-house, la cual

cubría una escalera de mano por donde se bajaba a la bodega del

establecimiento.

XV

Llegados a la cueva, el abate Samuel tomó la linterna de manos del

publican.

--Ya no tenemos necesidad de ti, le dijo.

--¿Puedo volver a la tienda?

--Sí.

--¿Y no esperáis a nadie?

--A nadie absolutamente.

--Está bien, repuso el tabernero. Y se volvió por la escala, dejando a

Shoking, Marmouset y el abate Samuel en la cueva.

Entonces este último pasó la mano por el fondo de aquella pared húmeda,

buscando sin duda un resorte oculto; y en efecto, no tardó en abrir una

puerta, tan hábilmente disimulada, que se confundía con el muro.

--He aquí nuestro camino, dijo el sacerdote.

La puerta descubría un estrecho corredor subterráneo, y todos tres

entraron por él uno después de otro.

Marmouset iba el último, cerrando la marcha, y el abate Samuel caminaba

delante, alumbrando con la linterna que había tomado al publican.

El pasadizo subterráneo, bajo y estrecho, tenía la forma de un conducto

de desagüe, y se prolongaba por un espacio de más de treinta metros,

hasta llegar a una pequeña escalera de seis peldaños gastados y

desiguales.

Esta escalera iba a parar a una puerta que se hallaba solamente

entornada, pues cedió al empujarla el abate Samuel.

Entonces el sacerdote apagó la linterna.

--¿Qué hacéis? preguntó Marmouset.

--Soy prudente.

--¿Pues dónde estamos?

--En un panteón de familia.

--¡Ah!... ¿es posible?.....

--Mirad, añadió el abate Samuel, ahora que estamos sin luz, fijad la

vista a vuestro frente.

--Bien.

--¿No descubrís nada?

--Me parece que veo el cielo a través de una ventana.

--No es una ventana, sino una puerta.

En efecto, la bóveda donde acababan de penetrar por tan singular camino,

tenía naturalmente una pequeña puerta que daba al cementerio.

El abate Samuel descorrió un cerrojo, y abrió con precaución la puerta.

--Yo sé dónde está la sepultura, añadió el sacerdote irlandés.

Y hablando así, salió delante para guiar a sus compañeros.

La noche era oscura y la niebla extremadamente densa.

--Seguídme, dijo de nuevo el abate Samuel, y marchad con precaución: es

necesario evitar en lo posible el andar sobre las tumbas..... es una

profanación.

A pesar de la oscuridad, el sacerdote se orientaba bastante bien.

--¡Ah! dijo Marmouset en voz baja, ¿sabéis en efecto cuál es la

sepultura?

--Sí, me acuerdo haber notado la cruz de hierro y la breve inscripción

que forma el epitafio.

--¿Sabíais también que contenía esos papeles?

--No; y sin embargo.....

--Sin embargo... ¿qué? preguntó Marmouset.

--Sé vagamente lo que encierran esos papeles.

--¡Ah!

--Hace unos tres meses, prosiguió el abate Samuel, un día vino un hombre

a la iglesia de Saint-George, y solicitó hablarme.

--¿Quién era ese hombre?

--Tom, el marido de Betzy-Justice.

--¡Ah! no lo habían preso aún.....

--No: tampoco había cometido el crímen que le ha costado la vida. Tom me

contó pues su historia, y me suplicó que me interesase por él.

El desgraciado me creía omnipotente, y me decía que si yo tomaba su

causa entre manos, la consideraba como ganada.

Desgraciadamente Tom era escocés y protestante, y de consiguiente no

pertenecía al fenianismo.

Estaba pues seguro de antemano que nuestros hermanos se negarían a

ayudarle, y así se lo dije.

El infeliz no quiso oír más, y se fue haciéndome un gesto de a Dios

desesperado.

Dos días después, Tom asesinaba a lord Evandale.

--Pero decidme, preguntó Marmouset, ¿no le hablasteis entonces del

Hombre gris?

--De ningún modo.

--Entonces, ¿cómo el Hombre gris ha podido saber?.......

--Se han visto en Newgate.

--¡Ah! es verdad.

Y Marmouset añadió para sí:

--Reconozco en este rasgo al capitán y su carácter caballeresco:--para

que Rocambole haya aceptado la herencia de Tom el ajusticiado, es

necesario que esa causa sea justa.

El abate Samuel se detuvo en este momento.

--Aquí es, dijo.

La noche estaba demasiado oscura para que pudiesen leer el epitafio,

pero se veía distintamente la cruz de hierro.

--Yo traigo fósforos en el bolsillo, dijo Shoking.

--¿Y para qué?

--¡Toma! para ver bien si el nombre que está escrito ahí es el que ha

dicho Betzy.

--Es inútil. Estoy seguro que esta sepultura es la que nos ha designado.

Aquel sepulcro consistía en una simple losa extendida por tierra.

--No tenemos instrumentos para levantar la piedra, dijo Marmouset.

--No hay necesidad de ellos, respondió el abate.

--¡Ah! ¿lo creéis así?

--Ved sino. Y el sacerdote cogió la losa por el borde, con ambas manos,

y la levantó fácilmente, tanto era ligera.

Aquella losa, que parecía puesta allí, más como una puerta, que como

piedra sepulcral, cubría una fosa cuyas paredes eran de mampostería.

En el fondo de la fosa se entreveía un ataúd.

Shoking no pudo contener un movimiento de terror.

--¿Tienes miedo? le dijo Marmouset.

--Un poco, respondió Shoking.

--¿Por qué?

--Porque..... de seguro, los papeles están en el ataúd.

--Es probable.

--¡Oh! exclamó Shoking, yo no podré nunca poner mis manos sobre un

cadáver..... ¡oh!... ¡no!

Marmouset no respondió una palabra y descendió a la fosa.

La oscuridad era allí tan profunda, que no veía nada absolutamente, pero

trató de suplir la vista con el tacto.

Tocó en todos sentidos el féretro, y encontró en uno de sus costados un

tornillo, luego otro y en fin, cuatro.

En Londres no se clavan los féretros, sino que se cierran con tornillos.

Marmouset sacó inmediatamente un cortaplumas que contenía muchas hojas,

y escogiendo una que era redonda por la punta, se sirvió de ella como de

un destornillador.

Shoking se separó a un lado, apartándose de la sepultura.

El abate Samuel, por su parte, permaneció al borde de la fosa, prestando

cuidosamente el oído, y con la vista fija en la verja del cementerio,

escrutando también de vez en cuando todos los sitios que le avecinaban.

El cementerio no tenía guarda sin embargo, ni tampoco la iglesia que

ocupaba el centro; pero se hallaba dominado por muchas casas inmediatas,

y además podía suceder que algún fenian tuviese el capricho de venir

allí, penetrando por el mismo camino que ellos habían traído.

Afortunadamente la operación no fue larga.

En menos de diez minutos Marmouset logró sacar los cuatro tornillos.

--Está hecho, dijo.

Shoking retrocedió algunos pasos más y volvió a otro lado la cabeza.

Marmouset levantó entonces con cuidado la tapa del ataúd.

--¡Ah! exclamó, puedes venir, Shoking.

--¿Eh? dijo Shoking con voz temblorosa.

--El ataúd está vacío.

--¿Vacío?

El abate Samuel y Shoking se inclinaron al borde de la fosa.

--No hay ningún cadáver, añadió Marmouset.

--¿Ni papeles tampoco?

--¡Ah! sí..... creo que sí.

Y Marmouset encontró en efecto, en un rincón de aquel féretro vacío, un

paquete envuelto en un pedazo de hule, cerrado con cinco sellos de lacre

negro.

En seguida echó el paquete al abate Samuel, y cerrando el ataúd, sin

detenerse en colocar de nuevo los tornillos, saltó vivamente fuera de la

fosa, y ayudó al sacerdote a poner en su sitio la piedra sepulcral, de

modo que no se conociera la aparente profanación que acababan de llevar

a cabo.

El abate Samuel se puso otra vez a guiar la marcha, y cinco minutos

después llegaban al public-house, salían en seguida de él furtivamente,

y se dirigían a toda prisa hacia Adam street.

Cuando llegaron a la casa de Betzy, la pobre mujer estaba agonizando.

Sin embargo, al ver aparecer al abate Samuel, un resto de vida, como el

último fulgor de una luz que va a apagarse, pareció animar su mirada.

--He aquí los papeles, dijo el sacerdote.

--Si, murmuró la anciana con voz apagada, eso es..... ¡Ah!... Ahora...

ya puedo morir.

Estas fueron sus últimas palabras.

Su respiración se hizo fatigosa, sus ojos se vidriaron, y se agitó con

algunos movimientos convulsivos.

Un instante después exhaló el último aliento.

Betzy-Justice acababa de morir, mientras que el sacerdote católico la

daba la absolución.

Vanda y sus tres compañeros pasaron la noche al lado del cadáver de la

pobre Betzy.

Durante esta velada, Marmouset abrió el paquete tan cuidadosamente

envuelto, y encontró en él un voluminoso manuscrito en inglés que

llevaba este título extraño:

_Diario de un loco de Bedlam._

Y después de hojearlo, leyó en alta voz lo siguiente:

XVI

DIARIO DE UN LOCO DE BEDLAM.

I

Los montes Cheviot separan el condado escocés de Roxburgh, del condado

inglés de Northumberland.

Su cima está coronada de nieves eternas.

Extensos y cerrados bosques cubren sus pendientes escarpadas, y en los

estrechos valles, crecen abundosos pastos.

A tres leguas de la villa de Castleton, suspendido sobre un peñon

altísimo, como un nido de águilas, y dominando un paisaje melancólico,

de un aspecto rudo y salvaje; se eleva el castillo señorial de

Pembleton.

Pembleton-Castle, como dicen en el país.

Este antiguo solar, coronado de ocho torres cuadradas y macizas, con sus

enormes garitas de piedra salientes y puntiagudas, está rodeado de

fuertes murallas, como una fortaleza.

Desde la altura donde se halla edificado, domina ocho leguas de país por

el lado de Escocia, a pesar de que su asiento es sobre la tierra

inglesa.

En la edad media, los señores de Pembleton eran escoceses y seguían la

bandera de los Roberto Bruce y de los Wallace.

Hoy, lord Pembleton ocupa un asiento en la cámara de los Pares, pero

conserva a pesar de ello su título de barón escocés, título de que se

enorgullece.

Lord Evandale Pembleton no tenía más que tres años cuando su padre murió

en el combate de Navarino, donde la Francia y la Inglaterra reunidas

derrotaron la escuadra turca en las aguas de la Grecia.

El niño Evandale tenía un hermano de diez y ocho meses.

Tan luego como lady Pembleton tuvo noticia de la terrible desgracia que

la privaba de su esposo, dejó en seguida y precipitadamente a Londres,

donde pasaba el invierno en su magnífico palacio del West-End, y fue a

refugiarse, con sus dos hijos, al castillo de Pembleton. Vestida de

negro de pies a cabeza, se encerró en el antiguo dominio feudal que el

noble lord su esposo había casi abandonado, así como sus padres, hacía

cerca de un siglo.

Al pie del peñon, y a cierta distancia en medio de la llanura, se

levantaba una deliciosa quinta, enteramente moderna, rodeada de

frondosas alamedas y jardines y de una extensa pradera: morada

campestre, pero esencialmente aristocrática, donde lord Pembleton pasaba

el otoño y la estación de la caza, y que había poblado de maravillas

artísticas, adornándola con toda la riqueza y lujo moderno.

Esta quinta llevaba el nombre de New-Pembleton, es decir, Nuevo

Pembleton; la casa de recreo moderna que destronaba el antiguo solar.

Y sin embargo no fue a New-Pembleton donde se refugió lady Evandale.

Fue a Pembleton-Castle u Old-Pembleton, como le llamaban en razón a su

antigüedad, donde fue a ocultar su dolor la joven viuda.

¿Por qué?

Estos sucesos tenían lugar en 1828, es decir, en la primera mitad del

siglo XIX, era que hemos dado en llamar de civilización, y de

consiguiente muy lejos de la época feudal en que los altos barones se

declaraban mutualmente la guerra.

La nobleza se había convertido en la aristocracia; los altos y poderosos

barones feudales, no eran más que grandes señores vasallos de la corona;

y la calma más profunda reinaba en los tres reinos, convertidos en

Reino Unido de la Gran Bretaña.

Sin embargo, lady Evandale, al llegar a Pembleton-Castle, dio órdenes

bien extrañas para la época.

En primer lugar, hizo alzar el puente levadizo, cosa que no había tenido

ejemplo hacía muchos siglos.

En segundo lugar, hizo convocar a todos los campesinos y aldeanos de las

cercanías, que eran aún sus vasallos, y pobló el castillo formando en él

un verdadero ejército.

Luego en fin, a ejemplo de Juana de Monfort, cuando presentaba en otros

tiempos su hijo a los nobles bretones, tomó a su primogénito en sus

brazos,--aquel niño que solo tenía tres años,--y mostrándolo a los

fieles escoceses que habían acudido a su llamamiento, les hizo jurar

defenderlo y velar sobre él.

Y aquellos honrados montañeses juraron con entusiasmo.

¿Qué terrible y misterioso peligro amenazaba pues a aquel niño, que

debía un día formar parte de la cámara de los lores?

Un solo hombre lo sabía tal vez, y conocía asimismo el secreto de lady

Pembleton.

Este hombre era un joven escocés, llamado Tom, hermano de leche de lady

Pembleton, la cual era joven también y bella, y no había cumplido aún

veinte y cuatro años el día en que quedó viuda.

Así, desde el primer día de la llegada al castillo, Tom se instaló en el

cuarto donde dormía el niño, y pasó allí la noche sentado en un sillón,

teniendo al alcance de la mano su carabina de cazador.

Lo mismo tuvo lugar la noche siguiente y las demás que se sucedieron.

Y durante todas esas noches, los Escoceses velaban paseándose por las

murallas del antiguo castillo, y tenían cuidado, apenas llegaba el

crepúsculo, de levantar el puente levadizo.

Lady Pembleton aparecía de tiempo en tiempo en medio de ellos, unas

veces inquieta, otras veces al parecer más tranquila, pero siempre

melancólica y como perseguida por un espantoso recuerdo.

Tres meses trascurrieron así.

Durante esos tres meses, con grande admiración de toda la comarca,

Pembleton-Castle tuvo una verdadera guarnición.

Los rumores más extraños empezaron a circular entonces.

La muerte de lord Evandale,--decían,--había turbado la razón de la pobre

viuda.

De un carácter exaltado ya, y viciado por la lectura de las novelas de

Walter-Scott y los poemas de Byron, lady Evelina Pembleton se había

vuelto loca.

Sin duda se creía en la edad media, en tiempo de las luchas heroicas de

los clanes escoceses y los barones ingleses, y pretendía defender a su

hijo contra enemigos imaginarios.

Los buenos escoceses llamados en su ayuda, y que se habían apresurado a

prestarle sus servicios, empezaban a participar esta de creencia.

Una sola persona era de contraria opinión, y afirmaba que lady Pembleton

no estaba loca y que tenía razón muy fundada para obrar así.

Esta persona era Tom.

Pero Tom no se explicaba más y guardaba fielmente su secreto.

En fin, al cabo de tres meses, lady Pembleton despidió a sus Escoceses,

hizo bajar el puente levadizo de Old-Pembleton, mandó disponer y cargar

sus carruajes, y dejando con sus numerosos domésticos el castillo

feudal, bajó a la magnífica quinta de New-Pembleton, y se instaló en

ella con sus dos hijos.

Los nobles establecidos en los alrededores, así como los ricos

campesinos y notables habitantes de las villas y aldeas inmediatas, no

tardaron entonces en emitir la opinión de que la hermosa viuda había

recobrado en fin la razón.

Y sin embargo, el único motivo que había ocasionado este cambio completo

de existencia, reposaba sobre un lacónico despacho que lady Pembleton

recibiera de Londres.

Aquel despacho decía:

«Sir Arturo se ha embarcado esta mañana para las Indias.»

¿Quién era sir Arturo?

El hermano segundo de lord Evandale.

¿Era pues contra él por lo que lady Pembleton había tomado tan

singulares precauciones?

Algunos días después de su instalación en New-Pembleton, lady Evelina

recibió la visita de dos gentlemen.

Estos eran lord Ascott y su hijo el baronet sir James.

Lord Ascott y sir James eran el padre y el hermano de lady Evelina.

El padre venía de Italia, donde había pasado dos años para restablecerse

de una enfermedad del pecho; y el hijo, midshipman en la armada inglesa

de las Indias, se hallaba en Londres con licencia.

Ambos se hallaban en la capital, en los momentos en que la conducta

excéntrica de lady Pembleton empezaba a hacer ruido, y, persuadidos de

que la noble viuda estaba loca, habían venido a verla a toda prisa.

Lady Evelina los recibió vestida de riguroso luto.

Su aspecto era muy triste y aun derramó abundantes lágrimas al verlos;

pero no hallaron en sus discursos ni en sus maneras, nada que pudiese

confirmarlos en la opinión de que se habían alterado sus facultades

mentales.

Lady Pembleton gozaba de toda la plenitud de su razón.

Sin embargo, sus nobles parientes creyeron deber pedirla algunas

explicaciones.

Pero lady Evelina se negó a satisfacerlos.

Entonces lord Ascott hizo valer su autoridad paternal, y exigió con

severidad lo que se rehusaba a la persuasión.

Lady Evelina persistió en su negativa.

Lord Ascott se dejó llevar de la cólera, y hasta llegó a decirla que la

familia de lord Pembleton hablaba ya de privarla de la administración de

sus bienes y de la tutela y educación de sus hijos.

Lady Evelina bajó la cabeza y se deshizo en lágrimas.

En fin, no pudiendo resistir más, se echó a los pies de su padre y le

dijo:

--Milord, sé que os debo obediencia y no pretendo sustraerme a vuestra

autoridad..... pero sé también que la confesión que me obligáis a

haceros, va a destrozar vuestro corazón paternal. Dispensadme pues de

esa confesión.... os lo suplico por vos y por mí.

Lord Ascott fue inflexible.

Entonces lady Evelina lo condujo a su cuarto, y abriendo un cajón

secreto de su escritorio, sacó un cuaderno de papel cubierto de una

escritura apenas legible, y en el que, en cada página, se encontraba la

traza de una lágrima.

--Tomad, padre mío, dijo, aquí tenéis el diario de mi vida. Leed.....

Y huyó precipitadamente, dejando a lord Ascott en posesión de aquel

cuaderno.

Una hora después, el noble anciano volvió a reunirse con su hija.

Su rostro presentaba una palidez mortal; y cogiendo a la joven en sus

brazos, la tuvo largo tiempo estrechada contra su corazón.

Por largo espacio no pudo pronunciar una palabra, ni hacer otra cosa que

mezclar sus lágrimas a las de su hija; pero al fin logró reponerse, y la

dijo con acento desesperado:

--Yo soy por desgracia demasiado viejo, hija mía..... pero tu hermano te

vengará.

¿Qué espantoso secreto era pues el que lady Evelina no había osado

revelar de viva voz a lord Ascott, su anciano padre?

Esto es lo que vamos a dar a conocer al lector, traduciendo fielmente el

manuscrito de la viuda de lord Evandale Pembleton, jefe de escuadra de

la marina real inglesa, muerto en Navarino, combatiendo bajo la bandera

de la civilización en lucha con la barbarie.

XVII

DIARIO DE UN LOCO DE BEDLAM.

II

La familia Dunderry, cuyo jefe lleva el nombre de lord Ascott, es de

puro origen normando.

En la época en que el duque Guillermo el Bastardo pasó a ser el rey

Guillermo el Conquistador, los Dunderry le siguieron a las islas

Británicas, y desde entonces se han enlazado siempre con las más altas

familias de la aristocracia inglesa.

Miss Evelina, hija de lord Ascott, tenía diez y seis años cuando su

padre pensó en casarla.

Los partidos no faltaban por cierto, los nombres más ilustres del Reino

Unido se disputaban el honor de tal alianza; pero miss Evelina, según

la moda inglesa, se hallaba prometida a lord Pembleton, hacía mucho

tiempo.

El dominio señorial de Ascott y el de Old-Pembleton, encaramados cada

uno de ellos sobre una de las escarpas de los montes Cheviot, se miraban

hacía siglos frente a frente, a tres leguas de distancia.

Lord Ascott, el padre de miss Evelina, y el difunto lord Pembleton,

padre del lord actual, habían estado unidos en estrecha amistad desde la

infancia, y cuando miss Evelina llegó a tener diez años y sir Evandale

Pembleton diez y ocho, se apresuraron a desposarlos.

Después sir Evandale se embarcó para las Indias, donde servía en la

marina real.

Las dos familias permanecieron estrechamente unidas.

No pasaba una sola semana, durante el invierno, sin que lord Ascott y su

hija fuesen a visitar a lord Pembleton, a quien una cruel enfermedad, la

gota tenía clavado en su sillón.

Miss Evelina y sir Jorge Pembleton, hermano segundo de sir Evandale,

contrajeron poco a poco una amistad e intimidad fraternal, y salían con

frecuencia juntos, dando largos paseos a caballo.

Cinco años se pasaron así.

Miss Evelina experimentaba un placer extremo en encontrarse al lado de

sir Jorge, y sir Jorge llegaba a veces a concebir el criminal deseo de

que el navío en donde iba su hermano mayor se estrellase contra una

roca, en una noche de tempestad, y se perdiese con todo su equipaje.

Un día, en fin, los dos jóvenes llegaron a confesarse que se amaban.

Pero en miss Evelina dominó al amor la razón, y a la ardiente

declaración de sir Jorge respondió espantada:

--¡Desgraciado!... ¿olvidáis que estoy desposada con vuestro hermano?

--¡Ay! ya lo sé, respondió el joven. Así ya he tomado mi resolución.

Y como ella le mirase con angustia:

--Aun dado caso, prosiguió, de que mi hermano consintiese en cederme su

derecho, nuestras dos familias no accederían jamás a nuestra unión. Soy

hijo segundo, y de consiguiente estoy desheredado de los bienes y

títulos de mi casa.

Y exhaló un profundo suspiro.

Miss Evelina le escuchaba con la cabeza baja y derramando abundantes

lágrimas.

Sir Jorge continuó después de un momento de silencio:

La cuerda del ahorcado Últimas aventuras de Rocambole: I El Loco de Bedlam · 第 5 / 18 段