--Hoy mismo partiré de aquí.

--¿Y adónde iréis? preguntó la joven temblando.

--Primero, a Londres.

--¿Y después?

--Iré a reunirme con mi hermano en la India.

Miss Evelina poseía en alto grado la virtud y el sentimiento de dignidad

de las mujeres de raza; así supo dominar su emoción, y tendiendo la mano

a sir Jorge, le dijo:

--¡A Dios!..... ¡A Dios para siempre!

Sir Jorge tenía entonces diez y nueve años; la edad de la abnegación y

de los sentimientos caballerescos.

De consiguiente aquel mismo día partió de Old-Pembleton.

Seis meses después, lord Pembleton murió, y su hijo sir Evandale heredó

sus inmensos bienes, su título y su puesto en la Cámara de los lores.

Pero no se vuelve de las Indias en un día, y hacía ya cerca de un año

que sir Jorge había partido, cuando lord Evandale llegó a Inglaterra.

Miss Evelina había tomado al principio la resolución de echarse a los

pies de lord Evandale, de confesárselo todo y de suplicarle que

renunciase a su mano.

Pero esta resolución debió ceder ante la voluntad inflexible de lord

Ascott.

Un año después de los funerales del padre de sir Evandale, miss Evelina

había enajenado su libertad y se llamaba lady Pembleton.

El tiempo mitiga las penas más profundas y cicatriza todas las heridas.

Lady Pembleton pensaba aún alguna vez en sir Jorge, el pobre segundón

que servía en el ejército de las Indias.....

¡Pero lord Evandale era tan bueno... tan bondadoso con ella, y le

manifestaba tanto respeto y amor!.....

Y luego, lady Pembleton no había tardado en ser madre, y la maternidad

es un sentimiento que acaba por dominar todos los demás.

A medida que el tiempo pasaba, la imagen de sir Jorge se iba borrando

poco a poco.

El ausente empezaba pues a caer en el olvido, y lord Evandale tocaba ya

la hora propicia de conquistar por completo el amor de su esposa.

Pero la fatalidad debía disponerlo de otro modo.

Al heredar los títulos y cargos de su padre y su asiento en la Cámara

alta, el jefe de la casa de Pembleton había conservado sin embargo su

grado en la marina real.

Su carrera en ella había sido rápida, y en la época a que nos referimos

era _commodore_, es decir, jefe de escuadra.

Un día recibió del almirantazgo la órden de embarcarse.

¿Adónde iba?

No podía saberlo hasta abrir un pliego sellado que contenía sus

instrucciones, y del que no debía tomar conocimiento sino cuando se

hallara en las aguas de la isla de Madera.

Las mujeres de los marinos se acostumbran forzosamente desde luego a

esas crueles separaciones, cuyo término no es siempre seguro.

Lady Evelina se resignó pues, y el commodoro partió.

Hallábanse entonces en medio del verano, y la _estación_, como dicen los

Ingleses, se encontraba en todo su esplendor.

Naturalmente, Lady Pembleton, al separarse de su marido, había dejado su

magnífico dominio de los montes Cheviot, para venir a habitar su palacio

del West-End, de Londres, en Kensington-Road.

Kensington-Road es una ancha y bellísima avenida, formada exclusivamente

por las moradas señoriales de las grandes familias de Londres; y que

corre paralela a Hyde-Park.

Cada uno de esos palacios tiene un jardín, que no está separado de

Hyde-Park sino por una verja, y cada propietario tiene una llave de la

suya, lo que le permite comunicar con el jardín público.

Lady Pembleton estaba pues en Londres.

Pero desde la partida de su marido, nadie la había visto en ninguna

parte.

Vivía constantemente encerrada, ocupándose de su hijo, que tenía

entonces cerca de dos años, y leyendo con avidez los periódicos que

podían darla noticias del _Minotauro_.

Este era el buque que mandaba lord Evandale.

Así vivía siempre sola, suspirando por la vuelta del ausente.

Pero la soledad es mala consejera.

Más de una vez, el recuerdo de sir Jorge, poco antes casi olvidado,

había venido a turbar el espíritu de lady Pembleton y la aparente

tranquilidad de que gozaba.

En fin, una noche, lady Evelina, que ocupaba las habitaciones de verano

de su palacio, se hallaba sentada junto a una ventana del piso bajo que

daba a los jardines.

Aquel día era domingo, y el domingo es un día bien triste en Londres.

El calor había sido excesivo, pero la noche era fresca, y la pobre joven

respiraba con un placer melancólico el dulce perfume de las primeras

brisas.

La noche era oscura y el jardín estaba desierto.

Más allá del jardín se descubría Hyde-Park, también solitario, y

perdido en la oscuridad bajo sus sombrías alamedas.

Lady Evelina se hallaba con la vista fija en aquel melancólico paisaje,

cuando de repente vio agitarse una sombra y salir de la espesura.

Aquella sombra era un hombre que parecía surgir como por encanto a

orillas del riachuelo que llaman la Serpentina, y que venía derecho a la

verja del jardín del palacio Pembleton.

Lady Evelina observó curiosamente a aquel hombre.

Pero la noche, como hemos dicho, era bastante oscura.

Sin embargo, ¡cuál no fue su asombro y en seguida su terror, cuando vio

a aquel hombre sacar una llave del bolsillo y abrir la puerta de la

verja!

La joven arrojó un grito agudo en el momento en que aquel hombre

penetraba en el jardín.

Pero aquel grito no pareció conmoverlo, ni le hizo detenerse ni huir.

Al contrario, pareció guiarlo, y se vino derecho a la ventana.

Entonces lady Evelina se echó vivamente para atrás y corrió a coger el

cordón de una campanilla que sacudió violentamente.

Nadie acudió a este llamamiento.

El desconocido trepó al alféizar de la ventana y saltó en la

habitación.

Fuera de sí de terror, lady Evelina se lanzó hacia la puerta; pero en el

mismo instante se sintió detenida por una mano vigorosa, y una voz que

acabó de trastornarla la dijo:

--Evelina.... ¿no me reconocéis?

Al oír aquella voz la joven se quedó anonadada, petrificada de sorpresa.

--¡Sir Jorge! murmuró.

--Sí, yo soy.

Y el hermano menor de lord Evandale se echó a los pies de su cuñada, que

se hallaba paralizada de terror.

XVIII

DIARIO DE UN LOCO DE BEDLAM.

III

No había lugar a la duda: sir Jorge Pembleton, el hermano de su marido,

era en efecto quien lady Evelina veía delante de ella.

¡Y aquel hombre había osado penetrar en su casa por la ventana, como un

ladrón o un asesino!

--Caballero, dijo la joven con terror, ¿cómo es que os halláis aquí?

Sir Jorge dobló de nuevo la rodilla.

--Evelina, dijo, mi querida Evelina, no me condenéis antes de haberme

oído.

Su voz conmovida y su actitud suplicante tranquilizaron un poco a lady

Evelina.

--Jorge, le dijo, ¿de dónde venís?

--De la India, contestó el joven.

--¡Ah! ¿Habéis dejado el servicio?

--No; he obtenido licencia por algunos meses. Y vengo solamente..... por

vos.

--¡Por mí! exclamó lady Pembleton acometida de un nuevo temor.

Y hablándole con un acento de dignidad que no excluía la benevolencia,

añadió:

--¿Es posible, Jorge?... ¿Osáis hablarme de ese modo?... ¿a mí?...

--Evelina, yo os amo.......

--¡Callad!

--Hace tres años, Evelina... desde que me separé de vos.... mi vida es

un perpetuo combate de cada hora, de cada minuto; un suplicio sin

nombre; una tortura eterna.

--¡Pero, desgraciado!... ¿Habéis olvidado que soy la mujer de vuestro

hermano?

--Mi hermano está lejos de aquí.

Lady Evelina dejó escapar un grito de terror.

--¡Oh!... ¿lo sabíais? exclamó.

--Nuestros dos navíos se han cruzado a la altura de Finisterre.

--¿Y os atrevéis?...

--Ya os lo he dicho; no vengo más que por vos.....

Lady Evelina fijaba en aquel hombre una mirada extraviada, y su pavor

acrecía por instantes.

Sir Jorge no era ya por cierto el tímido y leal adolescente que se había

separado hacía tres años de miss Evelina, cambiando con ella un adiós

eterno.

Ahora era un hombre... un hombre de mirada sombría y resuelta, un hombre

en cuyo continente se adivinaba que era capaz de todo.

Y sin embargo la joven, en medio de su turbación y de su espanto, no

desesperaba de doblegar a aquel hombre y de traerlo al sentimiento del

deber.

--Jorge, le dijo, vos sois hermano de Evandale y yo soy su esposa.

--Yo odio a Evandale, respondió el joven.

--¿Y decís que me amáis aún?

--Todo el fuego del infierno se ha concentrado en mi corazón, respondió

con exaltación sir Jorge.

--Pues bien, puesto que me amáis, respetadme: salid de aquí, y no

volváis hasta mañana... pero en medio del día, a vista de todo el mundo,

y por la puerta principal de este palacio, que es la morada de vuestro

hermano.

El joven soltó una carcajada cruel.

--¡Oh! no, no! exclamó. No he venido de tan lejos para que me hagáis

poner a la puerta por vuestros lacayos.

Lady Evelina sintió toda su sangre refluir a su corazón, y el rubor de

la vergüenza coloró vivamente su rostro.

Y como sir Jorge la cogiese al mismo tiempo las manos, ella se soltó con

indignación, y corrió al otro extremo del cuarto gritando:

--¡Salid!... salid de aquí!... os lo ordeno!

El joven respondió con una nueva carcajada.

--¡Salid!... repitió lady Evelina.

--No... yo os amo.

--Alejaos o llamo a mis criados.

Sir Jorge, sin dejar de sonreírse, dio un paso hacia ella.

Entonces lady Pembleton corrió a la chimenea, y cogiendo el cordón de la

campanilla que pendía al lado del espejo, tiró de él con violencia.

Pero la campanilla no resonó como de costumbre.

--Podéis llamar cuanto os plazca, dijo el joven. El cordón está

cortado.

Lady Evelina arrojó un grito desesperado.

--¡A mí!... ¡a mí! exclamó.

Sir Jorge se adelantó hacía ella.

--¡A mí!... ¡socorro! gritó lady Evelina.

--No gritéis inútilmente: vuestros criados han salido, y estamos solos

en la casa.

La joven se precipitó hacia la puerta e intentó abrirla.

--La puerta está cerrada por fuera, dijo tranquilamente sir Jorge.

Entonces quiso ganar la ventana y saltar al jardín.

Pero él se colocó resueltamente delante de ella.

--¡No saldréis de aquí! dijo.

Lady Evelina exhaló un grito supremo de espanto y de horror, y juntando

y retorciéndose las manos, pidió gracia..... pero él la estrechó en sus

brazos con furor e imprimió en sus labios un beso ardiente...

IV

Lord Evandale estaba en la Oceanía.

El _Minotauro_ se dirigía hacia Melburne, una de los dos capitales de la

Australia, y cada vez que el navío hacía escala en algún punto, el

noble lord escribía a su esposa largas cartas, que expresaban todo su

amor, toda su ternura.

A veces, hasta había pensado en dar su dimisión y volver a Inglaterra.

Pero el soldado no deserta la víspera de una batalla, y lord Evandale no

abandonó su navío.

El _Minotauro_ pasó dos años en Australia, dando caza a los piratas que

infestaban sus mares.

Concluida esta campaña, el commodoro fue llamado a Londres, pero su

ausencia había durado más de treinta meses.

A su vuelta, lady Evelina salió a su encuentro, llevando a sus dos hijos

de la mano.

El segundo había nacido después de la partida de lord Evandale.

La noble joven estaba pálida y triste, y parecían haber pasado por ella

más de diez años.

¿Qué había sucedido pues durante la larga ausencia de lord Evandale?

Este no podía adivinarlo, ni llegó a saberlo jamás.

Lady Evelina vivía lejos de toda sociedad, y pasaba la mayor parte del

año en Pembleton; y respecto a sir Jorge, nadie había vuelto a verlo

después de la noche fatal de que hemos hablado.

Lord Evandale no llegó ni aun a sospechar que había dejado por un

momento las Indias para volver a Europa.

Alarmado de la palidez de su esposa y del estado de postración física y

moral en que se hallaba, el noble lord consultó uno por uno todos los

médicos célebres de Londres.

Los médicos convinieron en que se hallaba atacada de una enfermedad de

languidez puramente nerviosa, y aconsejaron un viaje por Italia.

Lady Evelina partió con su marido.

Pasó un mes en Nápoles, otro en Roma, Milan y Venecia, y volvió a

Londres más enferma, más desalentada y cansada de la vida.

Dos seres solamente lograban arrancarle una sonrisa.

El uno era Tom, su hermano de leche.

El otro su hijo mayor, el primogénito que debía heredar un día la

inmensa fortuna de lord Evandale y sucederle en sus cargos y dignidades.

En cuanto a su segundo hijo, la pobre joven no podía contemplarlo un

momento sin que lágrimas de vergüenza viniesen a arrasar sus ojos.

Apenas acababan de llegar de Italia, cuando fue declarada la

intervención anglo-francesa en favor de la insurrección griega.

Lord Evandale recibió la órden de embarcarse y tomar el mando de una

flotilla, y lady Evelina se encontró de nuevo sola.

Una tarde, la joven se paseaba en Hyde-Park, llevando a su hijo mayor

por la mano.

La noche se aproximaba rápidamente.

Seguida a cierta distancia por dos de sus lacayos, lady Evelina se

paseaba sin desconfianza por la margen de la Serpentina, cuando de

repente, saliendo de un bosquecillo inmediato, se presentaron a ella dos

hombres del pueblo, o dos _roughs_, como los llaman en Londres.

Lady Evelina se volvió vivamente y llamo a sus lacayos.

Pero estos habían desaparecido.

Al mismo tiempo, uno de los dos _roughs_ se echó sobre ella, y le puso

la mano en la boca para impedir que gritase.

El otro en tanto se apoderó del niño, y tomó precipitadamente la fuga.

* * *

Una hora después, los dos lacayos, que pretendían haberse extraviado por

una alameda lateral, creyendo seguir a su señora, la habían encontrado

desmayada a orillas de la Serpentina, y la condujeron a su casa.

En cuanto a su hijo, había desaparecido.

XIX

DIARIO DE UN LOCO DE BEDLAM.

IV

CONTINUACION.

Afortunadamente, al lado de lady Evelina, sola y desesperada, había un

hombre animoso y resuelto.

Este hombre era Tom.

El honrado Escocés no perdió la cabeza, y adivinó de seguida por qué

habían robado el niño.

En Londres es esto tan común, como el robo de una bolsa o de un pañuelo;

y aún constituye un comercio bastante lucrativo.

Hay tal o cual mendiga que logra a duras penas conseguir al día una

limosna, y que haría una fructuosa colecta, si llevase un niño en sus

brazos cuando implora la caridad pública.

Hay también maestras de niños, siniestras industriales cuyo tipo sólo

florece en Londres, que han hecho desaparecer en el fondo del Támesis

las pobres criaturas que les confiaran en secreto.

El día menos pensado, los padres de esos hijos del amor vienen a

reclamarlos.

Es necesario pues que estén preparadas para poder reemplazar con niños

robados, los que han dejado de existir después de largo tiempo, y cuya

pensión se ha cobrado religiosamente.

Y en fin, hay además los gitanos, los saltimbanquis y los cómicos de la

legua, que andan siempre a caza de niños y los roban con una destreza

admirable.

Pero Tom no pensó un solo momento en los mendigos, gitanos ni

saltimbanquis.

Su primera idea fue justa y lógica.

--El ladron, se dijo, es sir Arturo Jorge Pembleton, oficial de la

marina real.

Mucho tiempo hacía que sir Jorge no se veía en Londres, ostensiblemente

al menos.

Lady Evelina no lo había vuelto a ver desde la noche fatal.

Pero Tom había visto una tarde rondar a un hombre por Hyde-Park,

y--aunque aquel hombre iba vestido como un rough,--Tom lo había

reconocido.

El supuesto rough era sir Jorge.

Tom se puso en busca de sir Jorge, seguro de que el niño estaba en su

poder.

El fiel servidor y confidente de lady Evelina era Escocés, pero había

pasado su infancia en Londres, y conocía perfectamente todos los

misterios de la gran capital.

Así no tardó mucho en encontrar a sir Jorge.

Este se había ocultado en una callejuela del Wapping, hacia los confines

de Withe-Chapelle, en una casa alta y sombría, habitada únicamente por

gente del pueblo.

Tom cayó en aquella casa como un rayo, a una hora de la mañana en que el

gentleman se hallaba aun en el lecho.

Tom se presentó en su cuarto con una pistola en cada mano.

Sir Jorge estaba sin armas.

El joven le asestó una pistola a la frente y le dijo:

--Si no me entregáis el niño, os mato.

Sir Jorge aparentó al principio una gran sorpresa.

--¿De qué niño hablas, miserable? le preguntó.

--Del hijo mayor de lady Evelina.

Sir Jorge protestó enérgicamente.

--No he visto al hijo de lady Evelina, contestó, ni comprendo lo que me

quieres decir.

Pero Tom añadió fríamente:

--Os doy cinco minutos. Si dentro de cinco minutos no me habéis

devuelto el niño, sois hombre muerto.

La mirada del Escocés expresaba tan fría y decidida resolución, que sir

Jorge tuvo miedo, y lo confesó todo.

El hijo de lady Evelina había sido entregado a unos saltimbanquis que

debían adiestrarlo en su oficio.

Tom podía encontrar esos saltimbanquis en Mail Road, muy cerca de la

Work-house.

Pero Tom movió la cabeza y contestó:

--Creo lo que decís, sir Jorge. Sin embargo, quiero que vengáis conmigo.

Y os advierto que si intentáis escaparos, os mato como a un perro.

Y obligó a sir Jorge a vestirse.

Sir Jorge Pembleton había dicho la verdad.

Los saltimbanquis estaban en Mail Road, y el niño se hallaba con ellos.

Tom lo tomó en brazos, y huyó con él sin entrar en más explicaciones.

Aquel mismo día, sir Jorge desapareció de nuevo, y pasaron muchos meses

sin que nadie volviera a verlo.

¿Por qué sir Jorge había robado al hijo de lady Evelina?

Sir Jorge era un miserable: odiaba con toda su alma a su hermano lord

Pembleton, de quien sólo había recibido beneficios; aborrecía a lady

Evelina, después de haberla amado con tan violenta pasión; pero en

cambio adoraba al hijo segundo de su cuñada, a aquel niño, vivo

testimonio de un crímen, a su propio hijo en fin.

Esto explicaba su conducta. Haciendo desaparecer al hijo mayor, al

primogénito que debía suceder a lord Evandale en su bienes y títulos,

¿no era asegurar esos mismos títulos y bienes al hijo segundo, es decir,

al hijo de sir Jorge?

Después de este grave incidente, Tom no se separó ya de día ni de noche

del hijo de lord Evandale.

Lady Evelina no salía jamás sola, y Tom estaba sin cesar a su lado.

Así pasaron algún tiempo, hasta que al fin llegó la noticia de la muerte

de lord Evandale Pembleton.

Entonces, como queda dicho, lady Evelina se refugió a su castillo de los

montes Cheviot, se rodeó de una guarnición numerosa, y no se decidió a

bajar a New-Pembleton, hasta que llegó a saber que sir Arturo Jorge

Pembleton se había embarcado de nuevo para las Indias.

V

Tal era el espantoso secreto que Lady Evelina había confesado por

escrito, y puesto después ante los ojos de lord Ascott su padre.

Lord Ascott, como hemos visto, la había estrechado en sus brazos

diciéndola:

--Tu hermano te vengará.

Y en efecto, tres meses después, sir James dejó la Inglaterra y volvió a

la India.

Sir Jorge estaba en Calcuta cuando llegó allí sir James.

Aquella misma noche había un baile en el palacio del gobernador, y el

oficial Pembleton se hallaba en sus salones y parecía el hombre más

alegre del mundo.

Sir James, que asistía también a esta recepción, se acercó a él y lo

saludó.

Sir James era hermano de lady Evelina, y además había sido condiscípulo

y amigo de infancia de sir Jorge.

El primero no era aún más que _midshipman_, es decir guardia marina: el

segundo era teniente de navío.

Sir James saludó pues al oficial y le dijo:

--Llego de Londres y traigo un encargo para vos. Dentro de un rato,

cuando se halle más animado el baile, podremos reunimos, si gustáis, en

la azotea que da al mar.

--Allí me hallaréis, respondió sir Jorge.

Y se fue a bailar con la hija de un nabab que era tan bella como su

padre rico, lo que no es poca ponderación.

Un cuarto de hora después, los dos jóvenes volvían a encontrarse, y se

paseaban absolutamente solos en una de las azoteas del palacio.

Entonces Sir James miró fijamente a sir Jorge y le dijo:

--He abreviado mi tiempo de licencia sólo por venir a veros.

--¡Y bien!.....

--Lo sé todo.

Sir Jorge se estremeció, pero repuso reponiéndose prontamente:

--¿Qué es lo que sabéis?

--Que habéis hecho traición a vuestro hermano.

--¿Y qué os importa?

--Habéis deshonrado a mi hermana.

Sir Jorge se encogió de hombros.

--Y necesito toda vuestra sangre, añadió sir James.

--Estoy a vuestras órdenes, respondió tranquilamente el hermano de lord

Evandale.

--Muy bien, dijo sir James, pero es necesario pensar en que sois mi

superior y que no puedo batirme sin infringir las ordenanzas.

--¡Oh! que no quede por eso, respondió sir Jorge, yo me encargo de

allanar esa dificultad.

--¡Ah!

--El almirante que manda la escuadra de evoluciones, anclada en el

puerto, os autorizará, a petición mía, a batiros conmigo.

--Permitidme una observación, dijo sir James; olvidáis que nos unen

lazos de parentesco o al menos de afinidad.....

--¿Y qué importa?

--Importa mucho. No quiero que nuestro duelo haga nacer la menor

sospecha contra mi hermana.

--Pues bien, dijo sir Jorge, nos batiremos sin testigos.

--Iba a proponéroslo.

--¡Ah! muy bien.

--Y aun quería algo más.

--Veamos.

--¿No hay un bosque a poca distancia de la ciudad?

--Sí.

--¿Un bosque poblado de tigres?

--Como todas las selvas de la India.

--¡Magnífico! en ese caso, iremos mañana a ese bosque, cada uno por

nuestro lado, a puestas del sol.

--¿Y después?

--Muy sencillo. Los tigres harán desaparecer el cadáver del que sucumba

en la demanda.

--Aceptado, dijo sir Jorge.

* * *

Al día siguiente, en efecto, sir James y sir Jorge se encontraban en el

bosque a la hora indicada.

¿Qué sucedió entre ellos?

Nadie lo ha sabido jamás.

Pero el hecho es que sir James volvió solo a Calcuta, a la hora en que

aparecían las primeras estrellas en el cielo magnífico de la India.

Y aquella misma noche, el joven guardia marina dirigió un despacho a

lord Ascott, concebido en estos términos:

«Nuestro honor queda satisfecho.--_Ella_ está vengada.»

Al día siguiente, unos cazadores encontraron en el bosque los restos

informes de un cadáver medio devorado por los tigres, cubierto aun con

algunos pedazos de uniforme.

Y pronto se esparció el rumor por la ciudad de que sir Jorge Pembleton,

víctima de su pasión por la caza, había tenido un fin horrible.

Tom y lady Evelina estaban, o creían estar al menos, tranquilos para

siempre.

XX

DIARIO DE UN LOCO DE BEDLAM.

VI

Salvemos ahora un espacio de cinco años, y trasportémonos de nuevo a las

agrestes fronteras de Escocia, cortadas por los montes Cheviot.

Corría el mes de abril de 1834.

Dos personas hablaban en voz baja en una de las salas abovedadas de

Old-Pembleton.

El antiguo solar había visto nuevos días de esplendor y días de duelo

durante aquellos cinco años.

Por segunda vez, New-Pembleton, la aristocrática morada moderna, se ha

visto abandonada por Old-Pembleton, el antiguo castillo de los altos

barones feudales.

¿Por qué?

Escuchemos la conversación de las dos personas que hablaban al lado del

fuego, en una de las salas bajas del castillo.

--No hay que replicarme, Tom; os lo repito una y mil veces; nuestra ama

ha hecho mal en volver a Old-Pembleton.

--Yo no digo sí ni no, mi querida Betzy.

--Y veamos si os place, señor Tom, ¿por qué vaciláis de ese modo entre

opuestos pareceres?

--A fe mía, buena Betzy, tan cierto como soy Tom y vuestro cariñoso

marido desde hace tres años, que no sabré decir aún si lady Evelina,

nuestra noble y bondadosa señora, ha tenido o no razón en dejar primero

a Londres, y New-Pembleton después, para venir a encerrarse aquí. Sin

embargo, a lo que puedo juzgar según mis cortos alcances, me inclino a

creer que ha tenido razón.

--¡Ah!... ¿de veras?

--Bien reflexionado, sí, mi querida Betzy.

--Pues lo que es yo, dijo Betzy-Justice, la joven mujer de Tom,--porque

ambos eran muy jóvenes en esta época,--yo me inclino a creer lo

contrario.

--¿Y sobre qué basáis vuestra opinión?

--Sobre una cosa que salta a la vista. La salud de milady se altera más

cada día.

--¿Y creéis?.....

--El aire frío y vivo de estas montañas no puede serle provechoso.

--¡Ah!

--Está enferma del pecho, y el clima que le conviene no es por cierto

este.

--Hay mucho de verdad en lo que me decís, querida Betzy; pero yo

persisto en mi opinión, pues decididamente veo que tengo una opinión.

--¿Positivamente?

--Sí, amiga mía.

--Veamos pues: explícaos, señor Tom.

--Hará cosa de tres años, lady Evelina me hizo llamar un día y me

dijo:--Tom, es necesario que yo te consulte, pues tú eres hombre de buen

consejo.

--Hablad, Lina, le respondí.

Pues como sabes, querida Betzy, soy hermano de leche de milady, y me ha

quedado la costumbre de llamarla abreviando su nombre como lo hacía en

nuestra infancia.

Milady prosiguió:

--Hace un mes que tengo ensueños espantosos.

--¿De veras? la dije.

--O mejor dicho, tengo siempre el mismo ensueño.

--_¡Ah!_

--¡Pero es terrible!

Yo esperé que milady se explicase, y guardé un respetuoso silencio.

Entonces prosiguió:

La cuerda del ahorcado Últimas aventuras de Rocambole: I El Loco de Bedlam · 第 6 / 18 段