A los pocos pasos encontraron una doble hilera de toneles.

El jefe fenian detuvo entonces a Marmouset y le dijo:

--Ahora, orientaos, y ved si vuestros cálculos son exactos.

Marmouset hizo un signo de asentimiento, y tomó la linterna que llevaba

Farlane.

--Esperadme aquí, dijo.

Y se adelantó solo en dirección del sitio de donde venía el aire frío y

húmedo.

La galería descendía insensiblemente describiendo una línea curva; pero

a cierta distancia se prolongaba en sentido recto, lo que permitía que

la vista pudiese penetrar hasta el fondo de aquella cueva.

Así Marmouset, apenas hubo andado algunos pasos, descubrió a lo lejos

una claridad blanquecina que parecía indicar una salida. Avanzó algunos

pasos más, y reconoció entonces que lo que veía eran los primeros

albores de la mañana, y que aquella cueva iba a salir al Támesis.

El río había llegado a su mayor altura, y la marea que venía del largo

lo rechazaba hacia los puentes de Londres.

--Es lo mismo que yo creía, pensó Marmouset.

Y volvió por donde había venido.

Vanda, los dos fenians y Shoking habían permanecido junto a la puerta.

Pero aquella puerta daba al centro de la galería, y esta se prolongaba

también hacia el norte.

--Por aquí, dijo Marmouset.

Y adelantándose a todos, llegó a un sitio donde el suelo se había

desplomado.

--Estaba seguro, dijo Farlane, ved lo que ha hecho la explosión.

Marmouset puso la linterna en el borde de la abertura, y se aventuró por

aquel abismo cuya profundidad no le era posible sondar. Afortunadamente

sus pies encontraron un punto de apoyo.

--Alargadme la linterna, dijo entonces levantando las manos sobre la

cabeza.

Shoking se la pasó, arrodillándose en el suelo, y el joven desapareció

en aquella profundidad.

Vanda y sus compañeros se quedaron entonces en tinieblas.

Pero no habían pasado cinco minutos cuando la luz apareció de nuevo, y

Marmouset volvió poniéndose de un salto en la cueva.

Su rostro estaba radiante de alegría.

--¡El capitán se ha salvado! dijo.

--¡Salvado! exclamó Vanda.

--¿Estáis bien seguro? preguntó Shoking.

--Los dos han escapado a la catástrofe, él y Milon, añadió Marmouset.

--Pero, ¿dónde se hallan?

--Han pasado por aquí.

--¿Qué sabéis? dijo de nuevo Shoking.

--¡Oh! repuso Marmouset, yo no suelo engañarme; seguídme y lo veréis.

Y dejando colgar la linterna a algunas pulgadas del suelo, se dirigió,

examinándolo cuidadosamente, hacia la ventana que daba sobre el río.

El suelo de la cueva presentaba algunos sitios acá y allá cubiertos de

un lodo espeso, producido por la humedad y el derrame de los toneles de

cerveza.

--¡Mirad!... ¡mirad! dijo Marmouset señalando las pisadas húmedas que

habían dejado pasos recientes.

Siguiendo estas huellas, más o menos visibles, llegaron en fin a la

ventana.

El río resonaba al pie luchando aún contra la marea.

--¿Comprendéis ahora?..... dijo Marmouset.

Y extendiendo la mano hacia las agitadas aguas del Támesis, añadió:

--Ya sabéis que ambos son buenos nadadores, ¿no es verdad?

Vanda cayó de rodillas y, por toda respuesta, elevó su alma a Dios en

acción de gracias.

XII

Ocho días habían trascurrido después de estos acontecimientos.

Si la curiosidad o un interés cualquiera nos hubiera impulsado a seguir

a Marmouset y Vanda, hubiéramos podido encontrarlos juntos, en el piso

principal de una casa de Saint-George street, en el Wapping. Era casi de

noche, y empezaban a encender los reverberos de las calles.

Vanda y Marmouset hablaban por lo bajo, sentados junto a la ventana, y

echaban de vez en cuando una mirada hacia la calle, como si esperasen a

alguno.

--En fin, decía Vanda, todas nuestras pesquisas, todos nuestros

esfuerzos han sido inútiles durante ocho días. ¿Qué ha sido de

Rocambole?... ¡Oh! mucho temo que haya muerto.

--Es imposible, dijo Marmouset. Si él y Milon se hubiesen ahogado en el

Támesis, ya hubieran sacado sus cadáveres.

--¿Quién sabe?

--He visto todos los ahogados que han sacado del río; y además, añadió

Marmouset, ya sabéis que ambos son buenos nadadores.

--Pero, ¿qué ha sido de ellos?

--Hasta ahora es un misterio impenetrable, respondió Marmouset.

--Los fenians han buscado al Hombre gris por todas partes.

--No digo que no.

--Miss Ellen, que ha venido de nuevo esta mañana, nos afirma que la

policía inglesa no ha vuelto a cogerlo. Pero miss Ellen, al decir esto,

¿está acaso segura?

--¡Oh! sí, repuso Marmouset, debe de estarlo.

--¿Por qué razón?

--Porque se ha reconciliado con lord Palmure su padre.

--Bien. Pero.....

--Lord Palmure se interesa ahora por el Hombre gris tanto como antes lo

odiaba, y lord Palmure es par de Inglaterra, y como tal tiene el derecho

de hacerse abrir las prisiones y de visitar a los presos que hay en

ellas.

--Lo que acabáis de decirme, Marmouset, debería tranquilizarme, y sin

embargo........

--Vuestro temor es mayor que nunca, ¿no es esto?

--Sí.

--Pero ¿por qué? veamos.

--Porque pienso en el reverendo Patterson, el más terrible e implacable

enemigo del Hombre gris.

Marmouset levantó los hombros con desprecio.

--Patterson, dijo, no es bastante fuerte para luchar con Rocambole.

--En fin, murmuró Vanda, ¿cómo es que Rocambole no ha venido a reunirse

con nosotros?..... ¿Nos cree acaso enterrados en el subterráneo?

Marmouset no respondió a esta observación y permaneció pensativo algunos

instantes.

Después, levantando de pronto la cabeza, añadió:

--Tal vez, amiga mía, el capitán ha partido de Londres, pero de

cualquier modo que sea, nosotros somos bien culpables.

--¿Culpables?... exclamó Vanda asombrada.

--Sí, porque hemos olvidado una cosa importante.

--¿Cuál?

--Hemos faltado a las prescripciones de Rocambole. ¿No recordáis sus

últimas palabras? En el momento de poner fuego al barril de pólvora nos

dijo:--Es necesario preverlo todo. Es posible que yo sucumba..... y que

nos hallemos para siempre separados..... En ese caso, vosotros

continuaréis mi obra.

--Sí, repuso Vanda, el capitán nos dijo eso en efecto, y nos encargó,

que si perecía en la empresa, fuésemos a Rothnite, al otro lado del

túnel, y que buscásemos allí a una pobre vieja conocida con el nombre de

Betzy-Justice.

--Justamente. Y bien, hasta ahora, nada de eso hemos hecho.

--Porque esperábamos, y porque esperamos aún que el capitán no ha

muerto.

--En hora buena, pero por ahí sin embargo debíamos haber empezado

nuestras pesquisas.

--¿Por qué?

--Porque acaso Rocambole ha ido ya a casa de esa mujer.

--¡Ah! exclamó Vanda, ¡si pudierais decir verdad!

--¿Quién sabe?

--Pero entonces, vamos; partamos de seguida.

--No; ahora es necesario esperar.

--¿Esperar, qué?

--La visita de Farlane, que debe venir a darnos cuenta del resultado de

las investigaciones hechas por los fenians.

Marmouset no había acabado de hablar, cuando se levantó haciendo un

gesto de satisfacción:

--¡Y a propósito, mirad! exclamó, cuando se habla del ruin de Roma.....

--¿Farlane? dijo Vanda.

--Sí, acaba de atravesar la calle.

--¿Solo?

--No; viene con él Shoking.

En efecto, poco después se oyó ruido de pasos en la escalera, luego

llamaron a la puerta, y Marmouset corrió a abrir.

Farlane el fenian y nuestro antiguo amigo Shoking, entraron en el

aposento.

Ambos venían tristes y abatidos.

--¿Y bien? preguntó Marmouset.

--Nada, dijo Farlane.

--¡Absolutamente nada! murmuró Shoking.

--Es que acabamos por donde deberíamos haber empezado, dijo Marmouset.

--¿Qué queréis decir? preguntó Shoking.

--¿Sabes dónde está Adam street?

--Sí, por cierto, respondió Shoking; está en Rothnite.

--Pues bien; ve a buscar un cab.

Shoking no se lo hizo repetir dos veces, y se precipitó como un alud por

la escalera.

Vanda pasó a su cuarto a ponerse un abrigo, y durante ese tiempo

Marmouset se quedó hablando con Farlane.

--Esperad a mañana, dijo el joven al fenian, para poner de nuevo

vuestros hombres en campaña.

--¿Por qué? preguntó Farlane.

--Porque es muy posible que tengamos mañana un punto de partida más

seguro para continuar nuestras pesquisas.

--Como gustéis, respondió Farlane con su imperturbable flema británica.

Cinco minutos después entró Shoking con la misma precipitación.

--El cab está abajo, dijo falto de aliento.

Marmouset tendió la mano al fenian.

--Hasta mañana, le dijo.

--Hasta mañana temprano, respondió Farlane.

Y despidiéndose de Vanda que volvía vestida para salir, tomó la puerta.

--Vamos pronto, dijo entonces Marmouset.

--¿No queréis que os acompañe? preguntó Shoking.

--Ven, si quieres.

Vanda y Marmouset entraron en el coche, y Shoking subió al pescante, al

lado del _cabman_ o cochero, que partió rápidamente.

El cab bajó a escape por Saint-George street, pasó en seguida por

delante de la torre de Londres, entró en Thames street, y atravesando el

puente de Londres, llegó a la orilla derecha y se dirigió hacia

Rothnite. Al aproximarse a Rothnite-Church, es decir, a la iglesia de

Rothnite, Marmouset gritó al cabman que se detuviese.

Shoking bajó inmediatamente a abrir la portezuela y Marmouset y Vanda

descendieron del coche.

--Nos hallamos en un barrio miserable, de calles fangosos y estrechas,

dijo Marmouset. Es pues inútil el continuar en carruaje y llamar

inoportunamente la atención.

Y acabado de decir esto, pagó el carruaje y lo despidió.

En seguida los tres siguieron a pie su camino.

Además, Adam street, que es una de las callejuelas más miserables de

aquel barrio, se hallaba a dos pasos.

Marmouset se acordaba perfectamente del número que le había dado

Rocambole, y bien pronto se halló a la puerta de la casa designada.

Esta era una vieja casucha de tres pisos, bastante degradada, y de

aspecto triste y sombrío.

Se entraba en ella por un portal estrecho y oscuro, en medio del cual

había un ventanillo que daba a la tienda de un pescadero.

Este, al oír pasos en el portal, se asomó al ventanillo.

--¿Adónde vais? preguntó.

--¿No es aquí donde vive Betzy-Justice? preguntó Marmouset.

--Sí, en el tercer piso. No hay más que una puerta.

--¿Sabéis si está en su cuarto?

--¡Oh! ya lo creo! La pobre mujer está en cama desde el día en que

ahorcaron a su marido.

Al oír esto, Marmouset, Vanda y Shoking tomaron la escalera.

Llegados al tercer piso, Marmouset llamó discretamente, a pesar de haber

visto que la llave estaba a la puerta.

--¡Entrad! gritó una voz débil desde el interior.

Betzy-Justice estaba acostada en un miserable jergón extendido en el

suelo, y parecía hallarse en un estado de postración extrema.

Al ver entrar a aquellas tres personas desconocidas, dejó escapar un

grito de espanto.

--¡Ah! exclamó, ¿venís acaso a buscarme, a mi también, para encerrarme

en la cárcel como a mi pobre Tom, y colgarme en seguida como lo habéis

colgado a él?--¡Oh! no vale la pena, añadió, miradme bien, y veréis que

me estoy muriendo.

--Os engañáis, pobre Betzy, respondió Marmouset; nosotros no somos

agentes de justicia, sino amigos vuestros.

--¡Ah!... ¿no me engañáis? dijo la vieja.

Y sacando sus manos descarnadas, separó con los dedos la maraña de

cabellos canos que le cubrían la frente.

--De veras..... bien de veras, ¿no me engañáis? repitió.

--No; nosotros somos amigos y compañeros del Hombre gris.

Este nombre arrancó a la vieja una exclamación de alegría.

--¿Del Hombre gris? dijo, ¿del Hombre gris?

--Sí.

--¿No está ya en la cárcel?

Al oír esta pregunta, Marmouset y Vanda se miraron con estupor.

Su última esperanza acababa de desvanecerse.

Betzy-Justice no había visto al Hombre gris, y hacía ya ocho días que

Rocambole y Milon habían salido del subterráneo de Newgate.

--¡Ah! exclamó Vanda exhalando un tristísimo gemido, ya os decía que

había muerto.

Betzy se incorporó sobre su miserable lecho.

--¿Quién ha muerto? preguntó con ansiedad.

Y fijó sobre aquellas tres personas desconocidas, sus ojos inflamados

por la fiebre y las lágrimas.

XIII

Betzy-Justice seguía mirando con ansiedad a las tres personas que

rodeaban su lecho.

Pero ninguna de ellas había osado proferir una palabra después de la

exclamación de Vanda.

La pobre vieja, después de contemplarlos un momento, se irguió

violentamente, y dijo con voz ronca animada por la fiebre:

--¡No!... ¡no!... ¡os engañáis!... ¡eso no puede ser..... el Hombre gris

no ha muerto!

--Es de esperar que así sea, repuso Marmouset.

Vanda movió tristemente la cabeza y no respondió.

--El Hombre gris prometió a mi pobre Tom que él haría justicia, y el

Hombre gris no ha podido morir antes de haber cumplido su palabra.

Además, añadió, el Hombre gris no es un hombre como los demás.

--Eso es verdad, dijo Shoking abriendo su pecho a la esperanza.

--El Hombre gris no puede morir, repitió Betzy.

Y luego, mirándolos de nuevo con espanto, añadió:

--¿A qué habéis venido aquí?

--A buscar al Hombre gris.

--¿Y decís que sois sus amigos?

--Sí.

Y como se quedase mirándolos con aire de duda, Marmouset añadió:

--En el momento de separarnos, el Hombre gris nos dijo: es posible que

no nos volvamos a ver.

--¡Ah!... ¿Os ha dicho eso?

--Sí; y nos ha ordenado venir a buscaros.

--¿A mí?

--Para suplicaros en su nombre que nos entreguéis unos papeles.

Betzy los miró con desconfianza, y quedó un momento en silencio.

--No, no, dijo en fin, vosotros no venís de su parte.

--Os juro que sí, buena Betzy, repuso Shoking.

--Y yo..... no os creo.

Marmouset tomó afectuosamente una de las descarnadas manos de la vieja,

y la dijo con acento penetrante:

--Miradme bien, ¿tengo acaso el aire de una persona que miente?

--No lo sé.

--Reflexionad, prosiguió Marmouset, que si el Hombre gris ha muerto, y

vos no queréis confiar en nosotros.....

--Yo no tengo que reflexionar más que en una cosa, dijo Betzy.

--¿Cuál?

--En lo que me encargó mi pobre Tom cuando lo llevaron preso..... me

dijo que no confiara los papeles a nadie.....

--¿Ni aun al Hombre gris?

--¡Oh! sí.

--Pues bien, puesto que nos envía.....

--Dadme la prueba de ello.

Y esta mujer a quien el pesar y la miseria habían puesto a las puertas

de la muerte, y a la que quedaban sólo tal vez algunas horas que vivir,

esta mujer, decimos, manifestó resueltamente su decisión de no

deshacerse de los misteriosos documentos que se hallaban en su poder.

--Querida amiga, dijo entonces Shoking, ¿no me conocéis a mí?

--No, repuso Betzy. Sin embargo, me parece haberos visto en alguna

parte.

--Me llamo Shoking.

Este nombre pareció despertar un recuerdo en la débil inteligencia de

Betzy-Justice.

--¡Ah! sí, respondió, ¿Shoking el mendigo?

--Precisamente.

--Ya recuerdo. Hemos pasado una noche juntos en el Work house de

Mail-Road.

--Es verdad, dijo Shoking.

--Pero eso no me prueba que vengáis de parte del Hombre gris.

--Yo soy su amigo.

--¿Y quién me lo prueba?

--Veamos, dijo Shoking que era paciente y obstinado como verdadero

inglés, ¿conocéis en Londres alguna persona que os inspire absoluta

confianza?

--Si, conozco a un sacerdote católico.

--¿Tal vez el abate Samuel?

--¿Le conocéis también? preguntó Betzy fijando los ojos en su

interlocutor con tenaz atención.

--No solamente lo conozco, dijo Shoking, sino que puedo afirmaros que él

atestiguará, si es preciso, que vengo de parte del Hombre gris.

--Pues bien, respondió Betzy, que el abate Samuel venga aquí a decirme

que puedo entregaros los papeles.

--¿Y nos los daréis entonces?

--Sí.

Shoking consultó a Marmouset con la mirada.

Este la comprendió y dijo resueltamente:

--Nuestro jefe nos ha dado una órden, y debemos ejecutarla. Tengo la

convicción íntima de que nuestro jefe vive.......

--Yo también, dijo Shoking.

--¡Dios lo quiera! murmuró Vanda.

--Pero debemos obrar como si hubiese muerto.

--Tal es mi opinión, repuso Shoking.

--Pero en fin, prosiguió Marmouset, ¿dónde encontrar al abate Samuel?

--Yo me encargo de ello, dijo Shoking; y si queréis esperarme aquí.....

--¿Aquí?

--Sí; tomando un cab, estaré de vuelta antes de una hora.

--Está bien: esperaremos, repuso Marmouset.

--Que el abate Samuel me diga que puedo tener confianza en vosotros, y

en seguida os entregaré los papeles, dijo Betzy.

Marmouset contemplaba en tanto aquel miserable aposento que no tenía más

muebles que una mesa de pino y dos sillas rotas, además del jergón donde

Betzy estaba acostada.

La pobre vieja creyó comprender aquella mirada.

--¡Ah! exclamó, buscáis dónde he podido ocultar los papeles, ¿no es

verdad?

Y soltando una carcajada nerviosa, que hacía daño oír, añadió:

--¡Oh! no están aquí; podéis creerme..... Se hallan muy lejos de esta

casa.

--¡Ah! dijo Marmouset.

--Y si venís en efecto de parte del Hombre gris.....

--Muy pronto tendréis la prueba, Betzy, dijo Shoking.

Y tomó precipitadamente la puerta, mientras que Vanda y Marmouset se

sentaban a la cabecera de aquella pobre mujer.

* * *

Shoking era hijo de Londres, y de consiguiente conocía aquella vasta

ciudad hasta en sus menores detalles.

Una vez fuera de Adam street, torció hacia Rothnite-Church, donde sabía

que encontraría en el fondo de un patio una estación de carruajes de

alquiler.

Allí halló en efecto un cab, y subiendo en él, dijo al cochero:

--Saint-George-Church.

--¿En el Southwarck? preguntó el cabman.

--Sí. Y tendrás seis peniques de propina si me llevas a buen paso.

El cabman dio riendas a su trotón irlandés y salió a escape.

La carrera fue tan sostenida, que veinte minutos después el cab se

detenía delante de la verja del cementerio que rodea la iglesia

católica.

Shoking se apeó y atravesó el cementerio.

Después, en vez de entrar en la iglesia por la puerta principal, se

dirigió al postigo que daba acceso a la sacristía.

Nada había sufrido el menor cambio en Saint-George-Church.

Tal como lo hemos visto en otra ocasión, tal se encontraba ahora, y el

mismo viejo sacristán que conocemos guardaba el santuario, y venía a

abrir la puerta cuando llamaban de cierta manera.

Shoking llamó, y el buen anciano vino a abrir de seguida.

Al ver a Shoking, sus ojos medio apagados se animaron con una súbita

alegría.

--¡Ah! exclamó, ¡mucho tiempo hace que no os dejáis ver, querido amigo!

--He estado ausente, respondió Shoking.

--¿De veras?

--He estado en Francia.

--¡Ah! muy bien.

--Y quisiera ver al abate Samuel. ¿Está allá arriba?

Y diciendo esto, designaba con la vista la puerta del campanario.

--Si, dijo el anciano con un movimiento de cabeza.

Shoking subió en seguida a la torre y llamó a la puerta disimulada en el

muro, que daba al cuartito secreto donde el abate Samuel, el Hombre gris

y todos los que el reverendo Patterson perseguía con su odio implacable,

habían encontrado sucesivamente un asilo.

El abate Samuel se hallaba entregado a sus oraciones.

Al oír llamar en la forma convenida, vino a abrir la puerta y, al ver a

Shoking, soltó, como el sacristán, una exclamación de alegre sorpresa.

--Padre mío, le dijo Shoking, ya sabéis que yo era el fiel amigo del

Hombre gris, o mejor dicho, su servidor más adicto.

--Ya lo sé, repuso el abate.

--¿Tendríais inconveniente en atestiguarlo?

--Ninguno.

--En ese caso os suplico que vengáis conmigo.

--¿Adónde?

--A Rothnite, en Adam street.

--Bien, dijo el abate Samuel, ya sé lo que queréis.

--¡Ah!

--Habéis ido a pedir ciertos papeles a la viuda de un ajusticiado.

--Sí.

--Que llaman Betzy-Justice.

--Ese es en efecto su nombre.

--¿Y no ha querido creer que vais de parte del Hombre gris?

--No lo creerá si no venís a afirmarlo.

--Pues bien, dijo el sacerdote, vamos; estoy pronto a seguiros.

Shoking se quedó mirando al abate Samuel.

--¿Conocéis por ventura, padre mío, le dijo, la historia de esos

papeles?

--Sí.

--¿Quién os la ha contado?

--El Hombre gris mismo.

Shoking lanzó una exclamación de alegría.

--¡Ah! si es así, dijo, bendigo mil veces al cielo, pues eso me prueba

que el Hombre gris, a quien creíamos muerto, vive todavía.

El abate Samuel bajó la cabeza y no respondió.

XIV

En el momento en que atravesaban el cementerio, Shoking cogió vivamente

las manos del abate Samuel.

--¡Ah! exclamó, decidme que lo habéis visto.

--¿A quién?

--Al Hombre gris.

--Sin duda que lo he visto.

--¿Cuándo? ayer..... hoy? preguntó Shoking con voz ahogada por la

emoción.

--No, dijo el abate Samuel; lo he visto en Newgate hace unos quince

días.

Shoking dejó escapar un grito de sorpresa.

--¡Ah! exclamó; en ese caso, no sabéis nada.

El sacerdote se quedó mirándolo con extrañeza.

--¿No sabéis pues, prosiguió Shoking, que el Hombre gris no está ya en

Newgate?

--Sí, ya lo sé.

--Entonces..... no ignoráis dónde se halla.....

Y al decir esto, Shoking empezó a recobrar la esperanza.

--Lo ignoro, respondió el abate Samuel.

--Nosotros creemos que ha muerto.

--¡Ah! dijo el sacerdote.

Y permaneció impasible.

--¡Oh! exclamó Shoking, vos sabéis muchos cosas que nosotros ignoramos.

--Es muy posible.

Shoking no dijo más, pero se hizo para sí esta reflexión:

--Ahora estoy seguro de que el Hombre gris no ha muerto. Si se oculta de

todos, es que tiene poderosas razones para hacerlo.--Y esas razones, veo

perfectamente que las conoce el abate Samuel y que no quiere revelarlas.

Partiendo de esta idea, Shoking guardó un silencio lleno de reserva.

Así salieron del cementerio, y montaron en el cab que esperaba a Shoking

en el square.

--Rothnite-Church, dijo al cochero.

El cab partió con la misma velocidad.

Llegados a la iglesia de Rothnite, el abate y Shoking echaron pie a

tierra y despidieron el cab.

Después continuaron su camino a pie y llegaron a Adam street.

Marmouset los esperaba en el umbral de la puerta.

--¡Ah! venid pronto, dijo, venid pronto.

--¿Qué hay de nuevo? preguntó Shoking.

--Hay... que la pobre anciana se muere.

--¿Betzy?

--Después que nos dejaste, prosiguió Marmouset, ha tenido una crisis

nerviosa, a la que se ha seguido una gran postración y debilidad; y en

este momento apenas respira. No hay que perder tiempo, si es que ya

puede reconocer al padre.

Y Marmouset saludó al abate Samuel.

--Tranquilizaos, caballero, dijo este en francés. Conozco a Betzy y la

he visto muchas veces en ese estado, sobre todo después de la muerte de

su marido.

Y hablando así, subieron a la miserable buhardilla.

Vanda continuaba a la cabecera de la pobre anciana, que yacía como

inerte en su miserable lecho.

Pero cuando Betzy-Justice vio aparecer al abate Samuel, su rostro se

trasfiguró y un sentimiento de satisfacción inefable se pintó en su

mirada.

--¡Ah! exclamó, he creído morir antes de vuestra llegada.

El abate Samuel la tomó afectuosamente la mano.

--Cobrad ánimo, Betzy, la dijo.

--¡Oh! no me falta, respondió la vieja: además, debo cumplir las últimas

voluntades de mi pobre Tom: es necesario que su muerte no haya sido

inútil.

Y mirando a Shoking añadió:

--¿Conocéis a este hombre?

--Sí, respondió el abate Samuel.

--¿Es un amigo del Hombre gris?

--Sí.

--¡Ah! ¿Y vienen todos estos de su parte?

--Así es, dijo el sacerdote católico.

--Entonces... ¿puedo decirles donde están los papeles?

--Ciertamente.

Betzy hizo un esfuerzo supremo, y logró con gran trabajo incorporarse de

nuevo en su lecho.

--Entonces, dijo, escuchadme..... escuchadme con atención.

Las cuatro personas que asistían a esta escena, rodearon el lecho de la

pobre anciana, cuya voz se debilitaba por instantes.

--¿Conocéis la iglesia de Rothnite? dijo.

--Sí, respondió el abate Samuel.

--Está rodeada de un cementerio.

--Como todas las iglesias de Londres.

--Pues bien; en el cementerio de Rothnite hay una sepultura que tiene

por epitafio un solo nombre: Robert.

--Acabad, dijo Shoking.

--Sobre esa sepultura hay una cruz de hierro, continuó Betzy-Justice.

Las cruces de hierro son raras, ¡muy raras! en el pobre cementerio de

Rothnite: así encontraréis fácilmente la sepultura de que os hablo.

--¿Y los papeles se hallan en esa sepultura?

--Sí.

--Está bien, dijo Marmouset, vamos a buscarlos de seguida.

--No es posible, observó Betzy. No podréis hacerlo, pues la iglesia y el

cementerio están cerrados de noche.

--Pasaremos por encima de la verja.

--No hay necesidad de eso, dijo Shoking.

--¿Qué quieres decir? preguntó Marmouset mirando a Shoking con

curiosidad.

--Quiero decir, respondió este, que tengo un medio seguro de penetrar en

el cementerio sin escalar rejas ni forzar ninguna puerta.

El abate Samuel hizo un signo afirmativo que quería decir:

--Yo también.

--En ese caso, vamos, dijo Marmouset.

--Pero, observó Vanda, no podemos dejar a esta pobre mujer sola. En

tanto que volvéis, yo permaneceré a su lado.

La cuerda del ahorcado Últimas aventuras de Rocambole: I El Loco de Bedlam · 第 4 / 18 段