Sir Roberto se mordió los labios, pero no se manifestó irritado.

--¡Oh! yo os convertiré, dijo, ya lo veréis.....

--¿Pretendéis acaso encerrarme de nuevo con el condenado a muerte?

--No; algo mejor que eso.

--¡Bah! ¿qué pensáis hacer?

--Os haré presenciar su suplicio.

Y como yo le mirase con admiración:

--Hace un mes, dijo, eso hubiera sido difícil, sino imposible.

--¡Ah!

--Pero hoy se hacen las ejecuciones en el interior de la prisión.

--¿Y vais a darme palco en el espectáculo?

--Precisamente.

Rocambole iba a continuar su relato, cuando Milon lo interrumpió

bruscamente.

--¡Capitán!... ¡Capitán! murmuró con acento de terror.

--¿Qué hay? respondió este volviéndose bruscamente.

--¡Mirad!.....

Rocambole volvió la vista por todas partes, y en medio de las densas

tinieblas que le envolvían, no tardó en descubrir dos puntos luminosos,

semejantes a dos luciérnagas, que brillaban en la oscuridad a poca

distancia de ellos.

IX

Milon era intrépido y animoso, como ya sabemos, pero su valor era

puramente físico, es decir, fundado en su fuerza muscular.

El pobre coloso, como todos los espíritus limitados, no sabía arrostrar

el peligro sino cuando se daba de él cuenta.

De consiguiente tenía miedo de lo desconocido.

¿Qué podían ser aquellos puntos luminosos que brillaban en las

tinieblas?

Milon se lo preguntaba y, no encontrando solución, sentía apoderarse de

su ánimo un temor indefinible.

Rocambole se levantó y dio algunos pasos hacia adelante.

Los dos puntos luminosos no cambiaron de sitio.

Entonces Rocambole se adelantó más y dio dos palmadas.

Inmediatamente, los dos puntos de luz desaparecieron como por encanto.

--¡Imbécil! dijo Rocambole riéndose.

--¿Eh? exclamó el coloso sintiendo disminuir algún tanto su opresión.

--¿Sabes lo que es?

--No.

--Es un gato.

--¡Seré yo bestia!... dijo Milon.

--Un gato, amigo mío, añadió Rocambole, a quien debemos un voto de

gracias.

--¿Por qué?

--¿No comprendes que, puesto que ha penetrado aquí, es que hay una

salida cualquiera?

--¡Ah!... ¿creéis?.....

--¡Toma! estoy seguro. Una salida que podrá servirnos también a

nosotros.

--A menos, observó Milon, que el pobre animal no haya sido sorprendido

por el desplome al mismo tiempo que nosotros.

--Es imposible.

--¿Por qué? preguntó de nuevo Milon.

--Porque lo hubiéramos visto más pronto.

--¡Ah! es verdad.

--Y además, prosiguió Rocambole, ¿cómo puedes suponer que ese gato se

encontrase en los subterráneos?

--¡Toma! ¿No nos hallamos nosotros?

--Sí, pero es porque hemos encontrado una entrada, que estaba tapiada

hace muchos años.

--Entonces...

--Entonces voy a explicarte lo que ha debido suceder.

--Veamos, dijo Milon.

--Ese animal estaba encima de nosotros, en alguna cueva, en el momento

de la explosión.

--Bien.

--La explosión ha debido producir alguna abertura, algún hundimiento que

le ha hecho caer aquí, paralizado por el espanto violento que debe haber

sentido.

--¡Ah! sí, es muy posible.

--De consiguiente, prosiguió Rocambole, vamos a ver si podemos irnos por

donde él ha venido.

Y diciendo esto, sacó los fósforos y volvió a encender la antorcha.

--Ahora, busquemos con cuidado, añadió.

Y se puso a explorar atentamente su estrecha prisión.

Como ya sabemos, dos enormes peñascos cerraban la galería.

Rocambole, después de haberse orientado un instante, se dirigió hacia el

que había caído detrás de ellos, que era precisamente el sitio por donde

habían desaparecido los dos puntos luminosos.

La peña presentaba en su centro un ángulo saliente, que era sin duda

donde el gato se había detenido.

Rocambole subió a aquella especie de repisa, y afirmándose en ella,

levantó la cabeza.

Entonces vio un espacioso agujero, que la peña no permitía descubrir

desde abajo, y que se abría en la bóveda de la galería.

--Sube, dijo a Milon.

Este se apresuró a obedecer y se colocó también en la parte saliente de

la peña.

--Toma la antorcha, añadió Rocambole. Ya me la pasarás después.

Milon la tomó, y Rocambole, alzándose por las asperezas de la piedra,

trepó con la ligereza de un clown sobre los robustos hombros del coloso,

y la mitad de su cuerpo desapareció por el agujero.

--Ahora, dame la antorcha, gritó.

Milon lo hizo así, y llevó las dos manos para sostener mejor a

Rocambole.

Este miró entonces hacia arriba y después a su frente, examinando bien

aquel paraje, y vio delante de sí una nueva excavación que se prolongaba

en el mismo sentido que la galería.

--Sostente bien, gritó de nuevo a Milon.

Y arrojó su antorcha en el agujero.

Luego, asiéndose a las salidas de la peña, dio un fuerte empuje con los

pies sobre los hombros de Milon, a fin de tomar arranque, y se introdujo

en la excavación superior.

La antorcha no se había apagado al caer y Rocambole se apresuró a

recogerla.

--Espérame ahí un momento, dijo a Milon, voy a la descubierta.

Y se adelantó marchando con precaución y mirando atentamente a sus pies.

Un examen de algunos segundos, le bastó para saber dónde se hallaba.

Aquel sitio no era otra cosa que una de esas largas y espaciosas

bodegas, que los fabricantes de cerveza de Londres poseen a orillas del

Támesis.

El suelo de aquella cueva se había hundido en el momento de la

explosión, pues la hendedura por donde había entrado Rocambole no

existía antes seguramente.

Y aun era muy probable que el cervecero a quien pertenecía la bodega, no

había sospechado jamás que se hallaba sobre un subterráneo.

Rocambole volvió a desandar lo andado, y se sentó en el borde del

agujero, dejando colgar las piernas hacia fuera.

--Agárrate a uno de mis pies, dijo a Milon, y sube.

El gigante, que había permanecido inmóvil en la salida de la peña, se

asió a una de las piernas de Rocambole, y este le levantó, desplegando

la extraordinaria fuerza muscular que ocultaba bajo su apariencia

delicada y casi débil.

Milon pudo alcanzar así el borde de aquella entrada, y ayudándose con

pies y manos, pronto estuvo al lado de Rocambole.

Este le dijo entonces:

--Ahora, sigamos adelante, y de seguro acabaremos por encontrar una

puerta.

La cueva formaba al principio un pasadizo estrecho, y al cabo de pocos

pasos se ensanchaba considerablemente, pero se hallaba ocupada por una

doble hilera de toneles.

--Continuemos avanzando, dijo Rocambole.

--Esperad, exclamó Milon.

--¿Qué es ello?

--Oigo un ruido sordo.....

Rocambole se detuvo y escuchó por algunos instantes.

--Sí, dijo, es el Támesis.

Y siguieron adelante, marchando siempre entre dos filas de toneles,

hasta que empezaron a respirar un aire más vivo, lo que les hizo

comprender que se acercaban a una salida.

El muro describía una ligera curva.

Dobláronla pues, y entonces Rocambole vio brillar de pronto a su frente

una luz indecisa y blanquecina.

--Veo el cielo, dijo, o al menos la niebla.

Y siguieron avanzando, hasta que al fin Rocambole se detuvo y apagó la

antorcha.

--¿Qué hacéis, capitán? preguntó Milon.

--Un acto de prudencia, respondió Rocambole.

--¡Ah!

--Estamos en una cueva que sirve de almacén de depósito.

--Así me lo parecía.

--Y este almacén tiene una puerta que se halla abierta a unos treinta

pasos de nosotros, y por la cual se entreve el cielo.

--Bueno, ¿y qué?

--Que no tenemos necesidad de luz, y que es inútil el que nos vean desde

afuera.

--Es verdad.

Rocambole se adelantó entonces resueltamente, y en fin llegaron a

aquella puerta, cuyos dos postigos se hallaban abiertos.

Algunas luces brillaban acá y allá a través de la niebla, y el Támesis

resonaba abajo.

Rocambole se detuvo en el dintel de la puerta, y avanzando la cabeza

exclamó:

--¡Esta puerta es una ventana!

--¡Calla! es verdad! dijo Milon.

Efectivamente, las aguas del Támesis rasaban el pie del muro a unos

veinte pies por bajo de la ventana y apenas si se veía a lo lejos la

opuesta orilla.

Aquella ventana se encontraba a la altura del primer piso de una casa,

cuyos cimientos se hallaban al nivel del lecho del río.

La ciudad de Londres no tiene muelles ni malecones, excepto en el paraje

que la sirve de puerto.

Durante el reflujo o la marea baja, el Támesis deja al retirarse un

espacio descubierto, cuya anchura varía entre diez o quince pies; pero

durante la marea alta, todo ese espacio se halla cubierto, y las aguas

del río vienen a batir los muros de las casas, cuyos primeros pisos

sirven generalmente de almacenes.

--¿Qué hacer? dijo Milon.

--Si quieres romperte la cabeza, no tienes más que echarte desde aquí.

--Pero, no veo la necesidad de eso, dijo el coloso; buscando bien, tal

vez encontraremos una cuerda.

--¿A qué propósito? dijo Rocambole.

--Digo... se me figura.....

--¿Qué hora es?

Milon llevaba su reloj, un reloj de repetición magnífico, que se

apresuró a sacar, y que tocó al resorte.

--Las tres de la mañana, dijo.

--Pues bien, prosiguió Rocambole, dentro de una hora subirá la marea.

--¡Ah! ¿creéis?.....

--El agua llegará aquí a cierta altura, y entonces nos echaremos a

nado.

Milon no respondió, pero exhaló un profundo suspiro.

Aquella última hora que le separaba aún de la libertad, le parecía

demasiado larga.

Rocambole se echó a reír.

--Hace poco, le dijo, nos hallábamos presos en un subterráneo, con la

agradable perspectiva de morir de hambre; y ahora que se aproxima el

momento de nuestra libertad, y que aspiramos el aire libre, no estás

contento.

--Tenéis razón, capitán, dijo Milon. Al fin acabaré por convencerme de

que soy un bruto.

--Un poco de paciencia, amigo mío, repuso Rocambole. Y ahora, para que

el tiempo te parezca menos largo, voy a continuar mi historia.

--¿Vais a confiarme el secreto del marido de Betzy-Justice?

--No, todavía no.

--¡Ah!

--Voy a hablarte primero de su ejecución.

--¿Habéis asistido a ella?

--Sin duda.

Y Rocambole se sentó en el borde de la ventana, donde Milon vino también

a apoyarse echándose en ella de codos.

En tanto, las aguas del Támesis, rechazadas por la marea, empezaban a

subir lentamente.....

X

--El excelente, cándido y confiado sir Roberto Mitchels, prosiguió

Rocambole, no perdía sin embargo la esperanza de arrancarme una

confesión completa.

Así redoblaba conmigo sus obsequios, y no perdía ocasión de mostrarme su

extremada amabilidad.

Todos los días me permitían ver al condenado a muerte, y me dejaban

entera libertad para hablarle y prodigarle mis consuelos.

Pero todos los días también, me repetía sir Roberto invariablemente:

--¿No es verdad que es un horrible espectáculo el que presenta un hombre

que va a morir?

Así trascurrían monótonamente los días.

Una noche, y cuando menos lo esperaba, el gobernador vino de improviso a

mi calabozo.

--¿Sabéis que es para mañana? me dijo.

--¿Qué?

--La ejecución del reo.

--¡Ah! pobre hombre!

--¿Persistís en ver la ejecución?

--¿Qué duda tiene?

--Entonces, es necesario que cambiéis de calabozo.

--¡Ah!

--Y que os trasladéis al piso bajo.

--Sea como queráis.

--Y hasta es posible.....

Aquí sir Roberto pareció vacilar, y me miró con aire indeciso.

--Acabad, le dije.

--Y hasta... si queréis pasar la noche con él...

--¡Oh! no tengo inconveniente.

--Estoy convencido de que vuestra conversión no resistirá a esta última

prueba.

--¡Ah! sí, ya me lo dijisteis la otra vez: ¡la vista del triste

espectáculo!!...

--Eso en primer lugar. Pero presenciar además las crueles angustias de

un desgraciado a quien solo quedan algunas horas de vida.....

--Es terrible en efecto, le contesté con frialdad.

--¡Oh! estoy seguro, dijo sir Roberto sonriéndose siempre, que eso os

inspirará un terror saludable.

--Ya veremos.

--Y que sabréis atraeros la benevolencia de vuestros jueces, haciendo

una revelación franca, bien completa...

Yo no le respondí, y mi buen hombre prosiguió:

--Por lo demás, no estaréis solo con el reo.

--¿De veras?

--Dos Hermanas de la agonía pasarán allí la noche rezando. Ya veréis

como es lúgubre.

--Pero los reglamentos, observé al gobernador, ¿no se oponen a que yo

asista?....

--Al contrario, me respondió.

--¡Bah!

--La ley permite que el reo pase su última noche con un pariente, un

amigo y, hasta si lo solicita, con un preso de la misma cárcel.

--¡Ah! bien: entonces yo seré ese preso.

--Esperad, prosiguió sir Roberto, hay todavía una particularidad que

ignoráis de seguro, y que voy a haceros saber.

--Veamos.

--El cuerpo del ajusticiado pertenece a Calcraft, el cual lo vende

ordinariamente a los cirujanos.

--Ya lo sé.

--Su ropa y lo poco que tiene en la cárcel, pertenece también al

verdugo.

--Bien.

--Pero la cuerda, por prescripción formal de la ley, es propiedad del

ajusticiado.

--¿Es posible?

--Tal como os lo digo: y tiene el derecho de legarla a quien mejor le

parezca.

--¿La cuerda del ahorcado es pues un talismán que protege a su posesor?

--Así lo dicen.

--De modo que si el reo me legase su cuerda, tendría yo probabilidades

de no ser ahorcado a mi vez.......

--Sobre todo, dijo sir Roberto, si hacéis cuantas revelaciones os

exijan.

Yo me eché a reír.

--No creo mucho en las virtudes de la cuerda de ahorcado, prosiguió sir

Roberto, pero, en fin, si el reo os la deja en herencia, no veo en ello

ningún inconveniente: y aun cuidaré de que os la remitan en tiempo

oportuno.

--Sois el más amable de todos los gobernadores posibles, le respondí.

--¿Qué queréis? dijo suspirando; cada cual tiene su flaco en este mundo,

y el mío es el de una benevolencia sin límites. Me sois muy simpático, y

si declaráis con toda sinceridad, os querré como a un hijo.

Y con esto me estrechó afectuosamente la mano y me dejó.

Una hora después, me condujeron al calabozo del condenado a muerte.

Las Hermanas de las agonía se encontraban ya allí, y se disponían a

ejercer su santo ministerio.

El marido de Betzy-Justice me recibió sonriéndose.

--Es para mañana, me dijo.

--¿No tenéis miedo a la muerte? le pregunté.

--No.

Y levantando la mano hacia la ventana del calabozo, a través de la cual

se veía un reducido punto del cielo:

--Cuando un hombre muere por haber cumplido con su deber, dijo, ese

hombre muere resignado y tranquilo.

--¿No os queda nada que decirme?

--Nada más. Ya lo sabéis todo. ¡Ah! olvidaba... os lego mi cuerda.....

En esto hago uso de mi derecho.

--Ya lo sé: el gobernador me lo ha dicho.

--¡Ah!

--Y aun parece agradarle el que yo sea vuestro heredero.

El infeliz reo se sonrió tristemente.

--¡Pobre hombre! dijo aludiendo al gobernador, no es fuerte por cierto

para luchar con vos.

La noche se pasó así.

Las Hermanas de la agonía no cesaron en sus oraciones, y el reo y yo

seguimos hablando en voz baja.

En fin, a las cinco de la mañana se abrió la puerta del calabozo.

Uno de los carceleros conducía al sacerdote que debía exhortar al reo a

bien morir; y al verlo entrar, las Hermanas de la agonía salieron del

calabozo.

Yo abracé al condenado a muerte por última vez.

--Acordaos de lo que me habéis prometido, me dijo.

--Morid en paz, le respondí.

Y salí a mi vez.

El carcelero me siguió, y me dijo al llegar a los corredores:

--Tengo órden de conduciros a un calabozo, cuya ventana da al patio de

la ejecución.

--Muy bien, le respondí.

El calabozo donde entramos era bastante espacioso, y tenía una ventana

mayor que todas los otras.

Bastaba subirse en un banco, para llegar cómodamente a aquella ventana.

Esto es lo que yo hice; y entonces pude ver todo el patio, y la horca

que estaba ya levantada.

Eran las seis de la mañana y el día empezaba a aparecer, o más bien una

dudosa claridad que pasaba penosamente a través de la niebla.

Algunas sombras confusas se agitaban acá y allá alrededor del cadalso.

El día fue avanzando poco a poco, y entonces pude ver, primero dos

filas de soldados, y luego a sir Roberto Mitchels en grande uniforme.

Sir Roberto iba de un lado a otro con la sonrisa en los labios.

Tan luego como me descubrió, me envió un saludo amistoso, y llevó

después su cortesía hasta el punto de acercarse a mi ventana.

--Desde ahí veréis perfectamente, me dijo.

--Así lo creo, le respondí. Pero, ¿quiénes son todos esos hombres

vestidos de negro que veo allá bajo?

--Son los jurados que han condenado al reo, y que la ley obliga a

asistir a la ejecución.

--Muy bien. ¿Y aquel otro grupo que permanece aparte?

--Son redactores de diversos periódicos.

--¡Ah! mil gracias!

--Excusadme, dijo sir Roberto, voy a decir dos palabras a Calcraft.

Y me dejó precipitadamente.

Quedé pues de nuevo solo, esperando con ansiedad el momento supremo.

Aquel desgraciado, que me era enteramente desconocido tres semanas

antes, me interesaba ahora y había llegado a amarlo desde que conocía su

secreto; y la idea de que iba a morir me oprimía el corazón de una

manera indecible.

A las siete menos cuarto se presentaron Calcraft y sus segundos,

subieron al cadalso, engrasaron la cuerda, ensayaron el movimiento de

báscula de la trampa, y se retiraron en seguida.

Por último, a las siete en punto se abrió una puerta en el fondo del

patio, y apareció el reo.

Venía un poco pálido, pero marchaba con paso seguro y la cabeza erguida.

Cuando se halló sobre el cadalso, me buscó con la vista y acabó por

descubrirme.

Nuestras miradas se encontraron un momento.

--¡Acordaos! gritó con voz esforzada.

--¡Morid en paz! le repetí por segunda vez.

Pusiéronle en aquel instante el gorro negro, y Calcraft le echó al

cuello el nudo corredizo.

Un segundo después estaba en la eternidad.

En seguida se dispersaron los espectadores y tan luego como hubieron

partido, sir Roberto Mitchels se apresuró a venir a mi calabozo.

--¿Y bien? me dijo.

--Y bien, le respondí, lo he visto todo.

--Y... ¿qué impresión os ha causado?

--Ninguna.

Y solté una carcajada.

--¡Ah! veo que no queréis confesar! exclamó con acento de despecho.

--Ya veremos más tarde, le respondí.

Y diciendo esto, Rocambole se puso de pie.

--¡Ah! añadió interrumpiéndose, el Támesis ha llegado a su mayor

altura. ¿Quieres que nos echemos al agua?

--Pero... dijo Milon, la cuerda.....

--Ya te he dicho que la tengo.

--¿Dónde?

--Rodeada a la cintura.

--Pero, ¿no me decís cuál es el secreto que el marido de Betzy-Justice

os confió antes de morir?

--Más tarde.

--¡Ah! exclamó Milon con despecho.

--Por ahora, es necesario pensar en que no nos sorprenda aquí el día.

--Bien, pero ¿adónde iremos?

--No lo sé, ya pensaremos en ello después. ¡Vamos! sígueme!

Y Rocambole, asiéndose al borde de la ventana, se arrojó al Támesis,

cuyas aguas azotaban con furor las casas de sus orillas.

Milon no tardó en seguirle.

Ambos desaparecieron por un momento bajo las olas, pero no tardaron en

subir a la superficie, y se pusieron a nadar tranquilamente en dirección

del puente de Londres.

XI

Volvamos ahora a Marmouset, a quien hemos dejado con Shoking y Vanda, a

la puerta de una casa de Carl street.

Marmouset, como hemos visto, después de haber indicado la inscripción

que estaba sobre la puerta:

_Farlane y Compañía_

Marmouset, decimos, se quedó mirando a sus dos compañeros.

--Puesto que no habéis comprendido todavía, les dijo, escuchadme antes

de pasar adelante.

--Veamos, acabad, dijo Vanda con ansiedad.

--Esta casa debe de estar, según os he dicho, justamente encima de la

galería subterránea, y entre los dos hundimientos que hemos podido

observar.

--¿Y qué? dijo Vanda.

--Además, prosiguió Marmouset, pertenece a un fenian, lo que es ya un

gran punto.

--¿Cómo?

--Esperad. Evidentemente, esta casa tiene una cueva, y si logramos,

como lo lograremos, bajar a ella, no habrá más que abrir un agujero para

llegar a la galería.

--Y para libertar al Hombre gris, añadió Shoking.

--Sí, todo eso está muy bien, dijo Vanda, pero.... ¿estáis seguro,

Marmouset?

--¿De que la casa se halla situada sobre la galería subterránea?

--Sí.

--Completamente seguro.

--¿Cómo podéis saberlo?

Marmouset se sonrió con cierto aire de presunción.

--No ignoráis, dijo, que he seguido durante algunos años la carrera de

ingeniero y que paso por un buen matemático.

--¡Ah! sí; en cuanto a eso...

--He calculado perfectamente la distancia, la situación de la casa

respecto a la galería, y creo mis cálculos exactos.

--¡Dios lo quiera!

--Y aun creo poder afirmar que necesitaremos abrir un agujero de quince

a diez y ocho pies de profundidad.

--Entonces, dijo Shoking, no hay más que entrar en la casa y dirigirnos

en seguida a master Farlane.

--De ningún modo, repuso Marmouset.

--¿Y por qué razón? exclamó Vanda.

--Porque Farlane no nos conoce, y como no somos fenians, no podemos

hacerle el signo misterioso que sirve de contraseña a su partido.

--Entonces, ¿qué medio adoptar?

--El más sencillo, dijo Marmouset: Shoking va a volver inmediatamente a

Farringdon street.

--Bueno, respondió Shoking.

--Y verá al jefe fenian que le acompañaba, lo pondrá al corriente de la

situación y le suplicará que venga en seguida a ponernos en contacto con

master Farlane.

--Voy corriendo, dijo Shoking.

--Bien, repuso Marmouset, nosotros esperamos aquí.

Shoking no aguardó más y partió como una flecha.

Vanda y Marmouset permanecieron en la calle inmóviles y con los ojos

fijos en aquella casa donde no se veía luz ni el menor movimiento, pero

cuya puerta se abriría de seguro al presentarse el jefe fenian.

No tuvieron que esperar mucho tiempo.

Shoking tenía buenas piernas, y en esta ocasión supo servirse de ellas

con fruto.

Un cuarto de hora después estaba de vuelta, y venía, como Marmouset lo

había pedido, en compañía del jefe fenian.

Shoking lo había puesto perfectamente al corriente, pues ambos venían

cargados con los herramientas necesarias para cavar la tierra y, aun si

era necesario, para abrir una trinchera en la roca.

El jefe fenian saludó a Vanda y Marmouset.

En seguida se acercó a la puerta, y en vez de levantar la aldaba, se

puso a golpear con los nudillos, como si tocase un tambor, de un modo

particular.

Así se pasaron algunos minutos.

La casa permanecía en tanto silenciosa, y no aparecía luz en ninguna

ventana.

--Parece que duermen bien, exclamó Marmouset impaciente.

--Un poco de paciencia, dijo el jefe fenian.

Y se puso a golpear por segunda vez, pero de un modo muy distinto del

primero.

Esto fue también en vano: ni ruido, ni luz respondió a este llamamiento.

--Pero... ¿esta casa está desierta? exclamó Vanda.

--No, repuso el jefe fenian.

Y golpeó por tercera vez, empleando siempre un ritmo diferente.

Entonces apareció de pronto una luz por la imposta de la puerta, y se

oyó un paso lento y mesurado que venía del interior.

Poco después, en fin, se abrió la puerta, y Marmouset y Vanda vieron

aparecer un hombre de pequeña estatura, pero recio de miembros y

vigoroso, con la cabeza hundida entre los hombros, los cabellos y barba

rojos e incultos, y que venía a medio vestir y con una linterna en la

mano.

Este singular individuo era master Farlane.

El jefe, antes de hablar una palabra, le hizo un signo rápido.

Farlane respondió con otro signo, y su mirada recelosa e inquieta al

principio, cuando vio a Marmouset y Vanda, se serenó inmediatamente, y

franqueó el paso con cortesía.

Los cuatro entraron pues en la casa, y Farlane cerró la puerta.

Después vino al jefe fenian y fijándose en él:

--¿Y bien? le dijo, ¿la explosión ha dado buen resultado?

--No, respondió el jefe.

--Sin embargo, prosiguió Farlane, yo he creído que la mitad de Londres

se desplomaba.

--¿Se ha sentido algo por aquí?

--Lo mismo que un violento terremoto. Creí por un momento que mi casa se

venía abajo.

--¿De veras?

--Y tanto que sospecho que han debido sufrir algo mis bodegas. No

extrañaré encontrar en ellas algún hundimiento.

--Vas a convencerte de seguida, pues precisamente venimos a visitar tu

bodega.

Farlane miró con curiosidad a las personas que acompañaban al jefe.

--Ya te explicaremos todo eso, dijo este; pero empecemos por bajar a la

cueva.

--¿Qué pretendéis hacer con esos instrumentos?

--Ya lo verás.

Farlane era uno de los jefes influyentes del fenianismo, pero sin duda

inferior en grado al que Shoking había ido a buscar a Farringdon street,

puesto que no insistió en sus preguntas, ni hizo ninguna otra

observación.

Por toda respuesta, fue a abrir una puerta baja que se hallaba en el

vestíbulo, y Vanda y Marmouset que iban detrás de él, pudieron ver

entonces una estrecha escalera que bajaba a las cuevas.

El jefe fenian cerraba la marcha.

Así bajaron unos treinta escalones, y al fin de ellos se encontraron

delante de una nueva puerta.

Esta daba a una estrecha galería que se perdía en la oscuridad; y al

entrar en ella, Vanda y Marmouset sintieron una violenta ráfaga de aire

que les hirió momentáneamente el rostro.

La cuerda del ahorcado Últimas aventuras de Rocambole: I El Loco de Bedlam · 第 3 / 18 段