La muerte del rey de Castilla, Enrique IV; la reunion de las dos coronas
de Aragon y Castilla, por el casamiento de Isabel I y Fernando V; el
formidable carácter del rey de Granada Abul-Hhacem, y la desunion de sus
vasallos, habian marcado al momento en que debia sucumbir Granada.
Añadíanse otras ambiciones secundarias á las del hermano y el hijo de
Muley-Hhacem, y otras rivalidades terribles.
Estas ambiciones eran las de dos hijos de Abul-Hhacem, llamados los
infantes Cidí Yahye y Cidí Al-Hhamar, hijos de una renegada cristiana
que Abul-Hhacem habia cautivado en su juventud en la frontera de Martos,
por lo que habia repudiado á su prima la sultana Aixa-la-Horra[120], lo
que habia establecido odios y banderías entre las dos sultanas,
Aixa-la-Horra y Zoraya[121] la renegada[122].
Ayudaba la poderosa familia de los zegríes á la sultana Zoraya: la no
menos poderosa de los abencerrages, á la Horra: los Zenetes, los
Masamudes, los Mazas, los Gomeles, todas las familias, en fin, estaban
entre sí enemistadas y divididas.
Los Reyes Católicos eran demasiado políticos para no volver en su
provecho estas disensiones de Granada, y á su advenimiento al trono, al
pretender Muley-Hhacem ratificar con ellos las treguas que habian tenido
con Enrique IV, Fernando é Isabel le habian impuesto como condicion, que
se confesase su vasallo y les pagase tributo.
La respuesta de Muley-Hhacem fué altiva y dura.
«Id y decid á vuestros reyes, dijo á los embajadores castellanos que
habian ido á hacerle tal proposicion, que ya murieron los reyes de
Granada que pagaban tributo á los cristianos, y que en Granada no se
labra sino alfanges y lanzas contra nuestros enemigos.»
Dicho esto despidió á los embajadores y mandó hacer los preparativos
para una guerra con Castilla, á pesar de que los Reyes Católicos
concedieron la tregua sin otra condicion.
Pero no tardó él mismo en romperla: en el año de ochocientos ochenta y
seis[123], aprovechando el descuido de los cristianos en la frontera,
entró por ella á sangre y fuego; se puso sobre Zahara, villa situada
entre Ronda y Medina Sidonia, y á pesar de que estaba bien guarnecida,
la sorprendió durante las tinieblas de una noche oscurísima y
tempestuosa, en que se desplomara el aguacero y bramaba el huracan. Los
cristianos, á quienes la tregua y lo tempestuoso de la noche, hacian
creerse seguros, despertaron despavoridos y pasaron del sueño á la
muerte.
Al regresar Muley-Hhacem á Granada y en medio de los plácemes de sus
cortesanos, dicen que el anciano fakí Al-Macer dijo con sobrado valor al
salir del alcázar:
--«¡Las ruinas de Zahara caerán sobre nuestras cabezas! ¡Ojalá mienta
yo, que el ánimo me dá que el fin y acabamiento de nuestro señorío en
España es ya llegado!»
A pesar de esto, el rey Abul-Hhacem sin hacer caso de los alimes[124] y
de los fakies[125] seguia en sus algaras y cabalgadas y amagaba á las
villas fronterizas aunque no podia tomarlas, porque los cristianos, con
el escarmiento de Zahara, estaban prevenidos, contentándose con talar la
tierra y cautivar y robar lo que encontraba de muros afuera.
No se hizo esperar mucho tiempo la venganza de los cristianos por la
desgracia de Zahara. A principios del año de ochocientos ochenta y
siete[126], don Rodrigo Ponce de Leon, señor de Marchena, con gentes de
Sevilla, se encaminó á la frontera con el bravo intento de tomar la
ciudad de Alhama: á media legua de la ciudad, se detuvo con sus ginetes
y peones en unos profundos valles rodeados de recuestos y collados muy
altos, y oculto en aquel lugar esperó á la noche; cuando esta hubo
llegado, y por cierto densa y oscura, se encaminaron á Alhama, y como al
acercarse notasen que todo estaba tranquilo en el castillo, algunos de
los cristianos pusieron con gran silencio escalas á la muralla, subieron
con gran ánimo á ella, mataron los centinelas que encontraron dormidos,
abrieron las puertas que daban al campo, y dieron entrada al resto de
sus gentes. Los moros, sorprendidos por aquella hazaña, resistieron muy
poco, y los mas se salieron del castillo, bajaron á la ciudad y cerraron
sus puertas, procurando defenderse con palizadas y barreras.
A la venida del dia, los cristianos emprendieron el asalto; pusieron
escalas por diferentes puntos, y á pesar de que los moros se defendian
bravamente, los cristianos, aunque á costa de una gran mortandad,
lograron penetrar en Alhama.
El combate duró todo el dia y parte de la noche.
Los moros se defendian de calle en calle, en las que hacian barreras con
los muebles, con las puertas, con los carros, con cuanto encontraban á
mano; pero la llegada de un refuerzo de cristianos, decidió en favor de
estos la victoria.
Los moros fueron casi en su totalidad degollados.
Las mugeres, los viejos y los niños, que se habian acogido como débiles
é inermes á la mezquita principal, fueron muertos sin compasion, y casas
y calles y mezquitas solo mostraban cadáveres.
La venganza que los cristianos tomaron por el desastre de Zahara, fué
completa y horrible.
La noticia de este desastre llenó de luto á Granada, los fakies cruzaban
por las plazas y por las calles llorando á voces y pronunciando las mas
terribles y funestas profecías: el pueblo estaba espantado, y aumentaba
el espanto la llegada de los habitantes de las villas fronterizas que
venian desalados á encerrarse en Granada con sus haberes, temerosos de
una suerte igual á la de Alhacen.
Pero Muley-Hhacem no se aterró; reunió de golpe tres mil caballos y
cincuenta mil peones y marchó sobre Alhama, pero con la precipitacion se
habia olvidado de llevar artillería y no pudo recobrar la ciudad.
Mas adelante volvió á cercar á Alhama, y ya casi estaba á punto de
rendirse cuando le avisaron de que su presencia era necesaria en
Granada.
Su hijo y su hermano se le habian rebelado cada cual por su parte, y era
llegado el momento en que los bandos interiores no le dejasen tiempo ni
fuerza para atentar á la defensa de sus fronteras.