Restaurado en su primera dignidad Al-Hayzarí, repuso en su empleo de
wazir al leal Ebn-Zeragh, y estrechó su alianza con el rey de Castilla y
el emir de Túnez.
Hizo mas: sabiendo que el rey de Castilla andaba en guerras y en bandos
civiles, envióle como embajador á un principal caballero de Granada,
llamado Abd-el-Menam, privado suyo, ofreciéndole auxilios de tropas
contra sus enemigos.
Don Juan el II agradeció, pero no aceptó este ofrecimiento, y solo se
trató de treguas y de que el rey de Granada pagase al de Castilla cierta
cantidad de doblas de oro cada año, á título de vasallage.
Resistióse a esto Al-Hayzarí, confiado en que el rey de Castilla tendria
bastante con sus negocios para mostrarse exigente, y que se contentaria
con lo que de su propia voluntad quisiera darle.
Retiróse, pues, Abd-el-Menam á Granada sin haber concertado nada con el
rey de Castilla, que ofendido de esto, escribió al emir de Túnez
quejándose de la ingratitud de Al-Hayzarí y rogándole que no le ayudase
en la guerra que pensaba hacerle para obligarle á cumplir con lo que
debia.
Contestó Abu-Faris al rey de Castilla que así lo haria, y en vez de
enviar á Al-Hayzarí las galeras y gentes que le habia prometido, le
escribió aconsejándole que pagase al rey de Castilla, á quien debia la
corona, la concertada suma de doblas que le pedia, y que de no hacerlo
así, no esperase su ayuda mientras viviese: escribió asimismo al rey de
Castilla suplicándole que fuese moderado en su venganza, y que no fuese
demasiado rigoroso con Muhamad-Al-Hayzarí su pariente.
El rey de Castilla envió órden á sus fronteros para que corriesen la
tierra de Granada, á todo trance, talando y cautivando cuanto
encontrasen.
Los fronteros entraron á este tiempo por dos puntos distintos: por Ronda
y por Cazorla.
La suerte en estas dos entradas fué distinta: los castellanos que
entraron por Ronda vencian: los que entraron por Cazorla, eran vencidos
por Al-Hayzarí; pero como le llegase nueva de que el rey de Castilla
adelantaba con un poderoso ejército, temiendo que con esta novedad se
suscitase contra él alguna rebeldía en Granada, partió apresuradamente á
ella, dejando el mando de su ejército á sus principales walíes, y
llegando á la ciudad armó veinte mil hombres para que la defendiesen.
Entretanto los cristianos corrian la tierra de Granada y se apoderaban
de Illora, Tajajar, Archidona y otros lugares, y el rey de Castilla se
volvió con una numerosa presa á Ecija, y de allí á Córdoba.
Como Al-Hayzarí temia, se levantó contra él una terrible conjuracion en
Granada: un caballero de la sangre real, Juzef-ebn-Al-Hhamar, ambicioso
y rico, se propuso arrojar del trono al rey y apoderarse de la corona de
Granada con la ayuda del rey de Castilla.
Con acuerdo de sus parientes y parciales envió de mensagero á los nobles
á un caballero de la tribu de los Beni-Egas, Geleil-ebn-Geleil, que
habia casado por amores con la infanta Ceti-Merier, era fuerte y bravo,
de linage de cristianos, y el rey por temor ó recelo le tenia desterrado
en Alhama.
A este caballero, pues, como hablaba perfectamente la lengua castellana,
se le confió la embajada ante el rey de Castilla, á nombre de
Juzef-Ebn-Al-Hhamar. Ofrecia este que luego que el rey de Castilla
entrase en la Vega de Granada, se le uniria con mas de ocho mil hombres,
cuya mayor parte eran caballeros de las principales familias del reino,
y aun si se apoderaba de él con la ayuda del rey de Castilla, seria su
mas leal vasallo.
Esta proposicion fué bien acogida por el rey de Castilla, como quien de
todos modos pensaba entrar por la Vega.
Alentados con esta promesa los del bando del rebelde Juzef, salieron
poco á poco de Granada con el pretesto de ir al ejército de la frontera,
y cuando poco despues el rey de Castilla entró talando la vega,
Juzef-Ebn-Al-Hhamar se le presentó, le besó la mano en señal de
vasallaje, y despues llegaron los caudillos y gentes de su bando en
número de ocho mil hombres, la mayor parte caballeros.
Al-Hhamar, desde la falda de sierra Elvira, donde habia acampado el rey
de Castilla, señalaba á este los principales edificios y fortalezas de
Granada, la Alhambra, Torres-bermejas, Generalife y el Albaicin.
El rey de Castilla miraba la hermosa ciudad con deleite.
A este propósito se escribió la siguiente poesía que insertamos, porque
su belleza agradará sin duda á nuestros lectores:
Don Juan, rey de España,
cabalgando un dia,
desde una montaña
á Granada via.
Díjole prendado:
«Hermosa ciudad,
mírame afanado,
tras de tu beldad.
»De mi amor en muestra,
fé de caballero,
le ofrezco mi diestra
y la tuya espero.»
«Junta tus blasones
con los de Castilla,
y te traeré en dones
Córdoba y Sevilla.
»Mucha ofrenda de oro,
joyas muy preciadas,
si dejais al moro
te tengo guardadas.»
Respondió Granada:
«Vuélvete á Toledo
que yo estoy casada
y amarte no puedo.»
«Tu ambicion modera,
vete mas despacio:
mira esa bandera
que ondea en Palacio.»
«Guarda tu presente,
y en vez de dinero,
si te crees valiente
prueba con acero.»
«Mil torres me guardan;
cien mil campeones
dispuestos aguardan
á tus infanzones.»
Así tú decias;
así tú mentias
Granada es perjura,
¡grande desventura!
Un infiel maldito
del Abencerrage,
tiene el heredaje:
¡así estaba escrito!
Raza de valientes:
¿Quién te esterminó?
ciudad de las fuentes
¿quién te cautivó?
Alhambra querida
mansion del placer:
¿para qué es la vida
si no te he de ver?
Al ver ante la ciudad el ejército de Castilla, los caballeros de Granada
salieron contra él empeñando reñidas escaramuzas, hasta que al fin se
empeñó una batalla campal que fué muy sangrienta, peleando con gran
valor tanto los cristianos como los moros.
La matanza fué horrible por ambas partes, y la batalla se mantuvo igual
todo el dia, hasta que á la tarde empezaron á ceder los moros, y al
amparo de la noche dejaron el campo.
Aquella fué la batalla mas lamentable que tuvo el reino de Granada, que
perdió en ella la flor de sus caballeros, y se vió combatida por sus
propios hijos.
Llenáronse de tristeza los habitantes, pero la serenidad de ánimo del
rey Al-Hayzarí, no les dejó tomar otro partido que el de la defensa.
Un fuerte temblor de tierra, coincidiendo con esta derrota, vino á
aterrar á los de Granada, que supersticiosos de suyo, vieron en aquel
accidente, puramente físico, el augurio de nuevas desdichas.
Pero el rey de Castilla se contentó con talar la vega, y levantó el
campo con gran despecho del ambicioso Al-Hhamar, y se trasladó á
Córdoba.
Allí, para consolar á Jusef-Ebn-Al-Hhamar de su despecho, y á sus gentes
de la desconfianza en que habian caido, obligados á abandonar, por su
rebeldía al rey Al-Hayzarí, sus haciendas y su patria, mandó proclamar
rey de Granada á Juzef-Ebn-Al-Hhamar delante de su corte y de su
ejército que solemnizó la proclamacion; ofrecióle de nuevo ponerle en el
trono de Granada, y allí mismo encargó á los adelantados de las
fronteras, que ayudasen á Al-Hhamar hasta conseguirlo.
Esta proclamacion de Al-Hhamar en la córte y campo del de Castilla
produjo gran efecto en Granada en daño de Al-Hayzarí: muchos pueblos del
rey se levantaron por Al-Hhamar, se le entregó Montefrío, y con la ayuda
de los fronteros cristianos se apoderó de los pueblos y fortalezas de
Illora, Cambil, Alabar, Ortejicar, Tajarja, Hins-Haleux, Ronda y la
ciudad de Loja, de donde salieron para unírsele cuatrocientos
caballeros; en Ardales otorgó su carta de vasallaje al rey de Castilla,
obligándose á pagarle cada año cierta cantidad de doblas de oro, á
ayudarle como vasallo en sus guerras con mil y quinientos caballos, y á
acudir á sus cortes cuando las celebrase en cualquier lugar desde mas
acá de Toledo hácia Granada.
Despues de este otorgamiento, Al-Hhamar marchó con un respetable
ejército sobre la córte de Al-Hayzarí, que movió contra él á su wisir
Juzef-Ebn-Zeragh, que llegando á las manos con los invasores, murió en
la vega peleando como un leon, al decir de las crónicas árabes. La
muerte de este bravo caudillo, causó la confusion y el espanto en el
ejército de Al-Hayzarí, que entró en desórden en Granada, ponderando lo
innumerable del ejército que los habia vencido, y que la mayor parte de
los del rey Al-Hayzarí, habian sido muertos porque los enemigos no
tomaban á prision.
Despues de esta victoria de Al-Hhamar, casi todas las taas del reino le
proclamaron, y temiendo á las talas y desastres de la guerra, llegaban
de todas partes á rendir homenage al vencedor.
Robustecido ya, legitimado por la victoria (el Korán da el califato al
vencedor) Juzef-Ebn-Al-Hhamar marchó desde Illora sobre Granada, que se
alborotó á su aproximacion, y los nobles y los principales vecinos se
presentaron á Al-Hayzarí, y le manifestaron que era imposible la
defensa, que con la resistencia se provocarian nuevos desastres, y que
no le quedaba mas tiempo que el necesario para ponerse en salvo.
Viéndose, pues, abandonado de la fortuna, Muhamad-Al-Hayzarí, acompañado
de sus vasallos mas fieles, llevando consigo su familia, su harem, el
tesoro del alcázar y los dos hijos del rey Muhamad-Al-Zaquer, que tenia
presos, huyó á la ciudad de Málaga, en cuya adhesion tenia gran
confianza.
Juzef-Al-Hhamar, tuvo el buen tacto de entrar en Granada con solos
doscientos caballeros, mas como guardia necesaria á su decoro de rey,
que como medio de intimidacion á la ciudad.
Esta conducta produjo muy buen efecto: aquietáronse los ciudadanos, y
los xeques, wazires, walíes, cadíes y alcaides del reino, salieron á
recibirle, le proclamaron solemnemente rey, le juraron y le pasearon en
triunfo por la ciudad.
A seguida el nuevo rey envió embajadores al rey de Castilla,
confesándose agradecido vasallo suyo, y con la carta siguiente:
«Juzef-Muhamad-Ebn-Al-Hhamar, rey de Granada, vuestro vasallo, beso
vuestras manos y me encomiendo á vuestra merced, á la que suplico se
digne saber como partí de Illora y fuí á mi ciudad de Granada, y me
salió á recibir toda la nobleza y caballería de ella, y me besaron las
manos por su rey y señor y me entregaron la Alhambra, y todo esto,
señor, por la gracia de Dios y vuestra fortuna. El rey Al-Hayzarí se
huyó á Málaga y llevó consigo al hermano del alcaide Ahnaf, su sobrino y
dos hijos del rey Muhamad-Zaquer, que dicen ha mandado degollar, y antes
de partir robó estos alcázares, y se llevó cuanto en ellos habia. Ahora,
señor, con la ayuda y gracia de Dios, y con el auxilio de vuestra
grandeza, que Dios prospere, vá contra él vuestro adelantado don Gomez
Rivera, y mis caballeros llegarán á Málaga, donde él está, y espero en
Dios, que con el favor de vuestra alteza yo le habré en mis manos.»
Esta carta fué muy bien recibida por el rey don Juan, que se alegró
mucho del triunfo de su vasallo, y al mismo tiempo llegó un enviado del
emir de Túnez, en que éste pedia al rey de Castilla mirase por su
pariente Muhamad-Al-Hayzarí, y no quisiese arruinarle ni arrojarle de su
reino.
Don Juan el II se escusó con Abu-Faris, y Juzef-Ebn-Al-Hhamar continuó
pacíficamente en el trono de Granada.
Pero era anciano, y á los seis meses de reinado, achacoso y débil, no
pudo resistir el gran peso de los negocios del gobierno que habia tomado
con demasiado fervor, y murió.
Su muerte concluyó los bandos que dividian á los granadinos, y los de
una y otra bandería se unieron y llamaron y proclamaron de nuevo
unánimemente al fugitivo Al-Hayzarí.
Recibió éste la noticia en Málaga, que se le habia mantenido fiel, y
volvió á Granada y á ocupar por tercera vez el trono.
Nombró su wazir á Abdelbar, principalísimo caballero de Granada, y envió
embajadores al rey de Castilla y al emir de Túnez, renovando con ellos
su alianza y concertando treguas con los cristianos por un año, que
cumplido, se prorogaron por otro mas.
Pero espirado el plazo, los fronteros entraron por las tierras de
Granada y se apoderaron de la fortaleza de Beni-Maurel, al mismo tiempo
que por la parte de Murcia los fronteros castellanos eran
desastradamente batidos por la caballería del Algarbe, mandada por el
wazir Abdelbar.
A pesar de esta ventaja por la parte de Murcia, el rompimiento de la
tregua fué desventajoso para Granada, puesto que la ciudad de Huesca
cayó tambien en poder de los cristianos, á pesar de la bravura con que
acudió á su socorro el arraez de Baza Alcawun, que entró alguna de su
gente en el castillo, rompiendo por medio de los cristianos.
En el año siguiente de ochocientos cuarenta[105] el wazir Abdelbar
acometió á los cristianos en unas angosturas en el término de Archidona,
y los venció, los persiguió é hizo en ellos una gran carnicería. Habian
intentado los fronteros sorprender la villa por caminos estraviados, y
Abdelbar, que en las citadas angosturas los esperaba, los destrozó como
queda dicho, tomándoles la bandera de la órden de Alcántara, cautivando
á casi todos los cristianos que no fueron muertos, y logrando salvarse
milagrosamente con unos pocos el maestre de Alcántara, gracias á la
velocidad de su caballo.
A seguida Abdelbar se volvió contra los castellanos que cercaban la
villa de Huelma, y los obligó á levantar el cerco y retirarse á Jaen.
En el año siguiente la suerte de las armas continuó siendo favorable á
los granadinos.
En el subsiguiente los fronteros de Murcia, acaudillados por el
adelantado Ebn-Fayard[106], tomaron por avenencia las fronteras de
Veladaviad y Veladalhamar[107].
Los habitantes quedaron como mudejares[108] ó mercenarios del rey de
Castilla para evitar las talas y atropellos de que los hacian víctimas
los bravos fronteros de Murcia, con sus continuas entradas. Con el mismo
objeto solicitaron sujetarse al vasallaje del rey de Castilla las
ciudades de Guadix y Baza; pero pretendiendo quedar libres, sin sujecion
á los adelantados castellanos y sin tomar parte en las guerras que se
hiciesen por el rey de Castilla; pero este queria que le rindiesen las
fortalezas para hacer desde ellas la guerra al rey de Granada, á lo que
no se convinieron, siguiendo por lo tanto las correrías y las talas de
los cristianos todo aquel año, talas que fueron muy crueles, y durante
las cuales los fronteros se apoderaron de Galera y otras fortalezas,
obligando á los moradores á quedar por mudejares del rey de Castilla.
Por el mismo tiempo el conde de Niebla cercó á Gibraltar; pero los
moradores salieron contra él, le desbarataron, y el mismo conde murió en
la fuga ahogado con muchos de los suyos en el rio Palmones, que estaba
crecido con la marea.
En el año siguiente de ochocientos cuarenta y dos[109], don Iñigo Lopez
de Mendoza, señor de Ita y Buitrago, y gran poeta, y mejor soldado, tomó
á Huelma y dejó salir salvos á los moradores.
Por este tiempo el caudillo Ebn-Zeragh, hijo del wazir Juzef-Ebn-Zeragh,
marchó contra los cristianos que recorrian la frontera acaudillados por
el adelantado de Cazorla.
Encontráronse en una llanura entrambas huestes y pelearon reñidamente
sin sacarse ventaja los unos á los otros; pero el bravo Ebn-Zeragh dió
tales ejemplos de valor á los suyos, que estimulados estos desbarataron
á los cristianos, costando sin embargo la vida esta victoria al generoso
Abencerrage, que cayó desangrado por las muchas heridas: tambien murió
como bueno el adelantado de Cazorla Perea, y casi todos los cristianos.
Esta victoria hizo que los castellanos escarmentados se contuviesen en
sus correrías, y la frontera disfrutó de algun reposo. Pero como
Castilla estaba dividida en bandos y parcialidades, cual si hubiese
contagiado á Granada, muchos caballeros ofendidos del rey Muhamad,
dejaron el seguro y se fueron al servicio del rey de Castilla, yendo á
la cabeza de estos descontentos Ebn-Ismail, sobrino del rey Muhamad,
ofendido de él porque le negó el casamiento con una dama, á quien amaba,
y la entregó á otro.
Otro sobrino del rey, Ebn-Ozmin, que estaba en Almería, al saber el
descontento con que los principales de Granada miraban al rey, se
trasladó secretamente á la córte, y comprando á fuerza de oro al
populacho, escitando las pasiones y el descontento de los nobles,
produjo un alboroto, se apoderó de la Alhambra y demás fortalezas de
Granada, prendió á su tio el rey Muhamad-Al-Hayzarí, y le puso en
prision.
Era la tercera vez que este desgraciado príncipe se veia depuesto
despues de trece años de reinado, y Muhamad-Ebn-Ozmin-el-Ahnaf fué
proclamado, aunque no por la voluntad de todos, puesto que le
abandonaron muchos, entre ellos el wazir Albdelbar, que se retiró á
Montefrio con todos sus parientes y amigos.
Tuvo lugar la tercera deposicion de Al-Hayzarí el año ochocientos
cuarenta y nueve[110].