Abu-Sayd fué proclamado.
Entre tanto el depuesto rey Muhamad insistia pidiendo socorros para
recobrar el trono al emir de Fez y al rey de Castilla.
Al fin el rey don Pedro, disgustado con la conducta del usurpador
Abu-Sayd, envió á Muhamad un numeroso ejército de castellanos con mil y
quinientos carros cargados de máquinas de guerra.
Poco despues el rey de Castilla se puso en persona al frente de este
ejército y se encaminó con él á Ronda; al llegar don Pedro á Hins
Casjara salióle al encuentro el rey Muhamad con su ejército, y se unió á
él. Abu-Sayd, para resistir el empuje de esta alianza, se alió con el
rey de Aragon, aquel enemigo del rey don Pedro de Castilla, primo suyo,
Pedro tambien, llamado _El Ceremonioso_, y conocido entre los catalanes
por el del _punjalet_.
Entre tanto los dos ejércitos, el de Castilla y el de Muhamad, unidos
como si fuesen uno solo, continuaron sus marchas y entraron en
Hins-Atara y la ocuparon, y los castillos y pueblos de la comarca que
se iban entregando al rey Muhamad.
Los sucesos de la guerra iban prósperos: el reino de Granada se abria al
legítimo rey; pero viendo este las tropelías que cometia en los lugares
donde entraba la soldadesca castellana, «no lo pudo sufrir, dicen las
crónicas árabes, su paternal corazon, y rogó al rey de Castilla
encarecidamente que se quisiese tornar con sus gentes, porque no podia
ver sin dolor las calamidades que causaba la guerra en sus pobres
pueblos, y que por toda la riqueza y poderío del mundo no queria hacer á
sus muzlimes tanto mal y daño.»
Don Pedro aprobó la determinacion del rey Muhamad, y ofreciéndole
sinceramente venir en su ayuda siempre que le necesitase, volvió á
Castilla dejando al buen Muhamad, que quiso mas bien continuar arrojado
sin razon del trono, que envolver á sus vasallos en los horrores de la
guerra civil.
Retiróse, pues á Ronda, donde resignado á su suerte vivió feliz,
haciendo felices á sus vasallos con su gobierno paternal.
Muhamad se hacia amar por su templanza, al mismo tiempo que Abu-Sayd se
hacia aborrecible por sus tiranías, á pesar de algunas ventajas que
habia obtenido sobre los cristianos.
En una algara en que los walíes de Abu-Sayd, habian desbaratado á los
fronteros de Andalucía, quedaron prisioneros muchos nobles de Castilla,
y entre ellos al maestre de Calatrava don Diego Garcia de Padilla,
hermano de la esposa del rey don Pedro[96], y los llevaron á Granada en
triunfo.
El rey Abu-Sayd, pensando captarse la voluntad del rey don Pedro, honró
y festejó al maestre y á los nobles castellanos que con él habian sido
prisioneros, les dió ricos dones, y los puso con el maestre en libertad,
suplicándoles interpusiesen su favor para que el rey de Castilla les
ayudase, y así se lo prometieron.
En este tiempo los de Málaga, cansados de la tiranía de Abu-Sayd,
proclamaron á Muhamad, y esta noticia que Abu-Sayd no esperaba, le
sorprendió y le llenó de cuidado, haciéndole desconfiar de la suerte que
hasta entonces le habia sido próspera.
Aumentaban sus recelos las contínuas deslealtades de sus mas privados y
favorecidos que le abandonaban, y se pasaban á Muhamad, á quien empezaba
á mostrarse próspera la fortuna, y al mismo tiempo le apuraba la falta
de sus rentas administradas por manos poco fieles.
Apurado, pues, por todas partes, tomó una resolucion peligrosísima.
Creyó que le convenia pasar á Castilla y ponerse á la merced del rey don
Pedro.
Partió, pues, de Granada el mal aconsejado Abu-Sayd con pompa y aparato
y gran comitiva de caballeros, y con ricas joyas de su tesoro, así en
pedrería de esmeraldas y balajes, como en aljófar y tejidos de oro y
seda y ricos paños, y gran cantidad de doblas de oro, y caballos y
jaeces y armas finas y bien labradas, creyendo que con esto, el rey de
Castilla, que era codicioso, se pondria de su parte.
Llegó al fin á Sevilla, donde fué muy bien recibido por el rey don
Pedro.
Pero aconsejado este por sus privados, acordó que Abu-Sayd debia morir,
como usurpador del reino de Granada, enemigo del rey Muhamad, aliado del
rey de Castilla, y por el mal que le habia hecho al rey, aliándose con
el rey de Aragon su enemigo.
Determinado esto, quebrantando el rey de Castilla el seguro que habia
dado á Abu-Sayd, le prendió con los caballeros, le sacó al campo de
Tablado, vestido de encarnado, y allí, atado Abu-Sayd á una estaca, el
rey de Castilla le mató de una lanzada por su propia mano.
Dicen que Abu-Sayd al morir esclamó:
--¡Oh Pedro! ¡qué torpe triunfo alcanzas hoy de mí! ¡qué ruin cabalgada
hiciste contra quien de tí se fiaba!
Los cadáveres fueron amontonados, y sus cabezas cortadas fueron puestas
en los muros de Sevilla.
Tal fué el fin desastroso del desgraciado Abu-Sayd, que dejó franco el
trono al legítimo rey Muhamad.