LI.

Zairah se pasó la mano por la frente, y apartó de sobre ella las pesadas

bandas de sus cabellos.

Sus ojos miraban con espanto á Jacub.

--¡Con qué tú, esclamó; tú, el mancebo hermoso de mi amor, eres mi

hermano!

--¡Tu hermano! miente aquel hombre que lo dijo, esclamó Jacub.

--¡Aquel hombre!... aquel hombre tenia algo que me espantaba, esclamó

Zairah.

--Esto ha sido un sueño, un sueño que no debemos recordar, alma mía.

--¡Un sueño! no: yo era blanca como la nieve y ahora, mis brazos, mi

senos están negros, negros como el carbon.

--¡Oh, no! ¡tú sueñas! esclamó estremeciéndose Jacub.

--Debemos de haber cometido un crímen horroroso, esclamó Zairah.

--El crímen de haber nacido destinados el uno para el otro.

--¿Quién sabe si nos ha unido el infierno?

--¡El infierno!

--¡He tenido un sueño! ¡una vision!

--¡Una vision!

--¡Sí! una vision horrorosa.

--La noche nos rodea, la luna brilla en los cielos, los aires son puros,

todo nos convida á amar; ¿por qué hemos de hablar de cosas lúgubres?

Y Jacub adelantó hácia Zairah.

--No me toques: no me toques; esclamó la jóven retirándose.

--Tú no me amas, dijo sombriamente Jacub.

--¡Sí, sí! te amo, pero de otro modo.

--¡De otro modo!

--Sí, de una manera mas dulce, mas tranquila: te amo como amaría á mi

hermano, y nada mas.

--¡Oh! cuando me viste la noche pasada junto á tí, no me hablabas de tal

manera.

--Entonces era blanca, y ahora soy negra.

Jacub se estremeció.

--Pero yo te amo del mismo modo, con toda mi alma, dijo.

--¡Oh! ¡no! ¡no! he soñado...

--¿Pero qué has soñado?

--Me parece que acabo de despertar del sueño, un sueño de sangre.

--¿De sangre?..

--Sí.

--El terror de que estabas poseida....

--¿Dime que se ha hecho del buen caballero que nos dijo que éramos

hermanos?

--Se fué, contestó con voz ronca Jacub.

--¡Se fué! ¿y aquel otro hombre horrible de la cabellera roja?

--¿El que te perseguia?

--Sí.

--Se fué tambien.

--Mira, yo los he visto en el sueño sombrío que acaba de pasar por mí.

--¿Que los has visto?

--Sí, ensangrentados y pálidos.

--No, no puede ser, esclamó Jacub, cuya turbacion crecia.

--Sí, sí, el caballero melancólico, grave, tenia abierto el pecho de una

puñalada, y corria la sangre de la herida, y me miraba con dolor.

--¡Ah! no, no.

--Le he visto...

--Te lo repite tu terror.

--El otro, el de la cabellera bermeja, estaba despedazado, magullado,

como un hombre que ha caido despeñado sobre rocas.

--¡Ah! no, no.

--Y el buen caballero me decia: tú eres mi hija.

--¡Te llamaba su hija!

--Y el hombre de la cabellera bermeja me decia: tú eres mi hermana.

--¡Su hermana! ¡no, no puede ser!

--Y el caballero añadia: mi hijo me ha asesinado: y el hombre bermejo

decia: mi hermano me ha asesinado.

Jacub lanzó un gemido.

--Y alrededor de los que se decian mi padre y mi hermano, vagaban muchas

sombras entre una atmósfera de fuego, y todas decian en coro:

--Nuestra raza se ha terminado, pero ha terminado maldita.

El terror de Jacub se aumentó, y adelantó hácia su hermana.

--¡Oh! ¡no me toques! ¡no me toques! esclamó esta retirándose.

--Pero yo te amo.

--Nuestro amor es maldito.

--¿Y crees tú en sueños?

--Los sueños son avisos de Dios.

--O del infierno.

Y Jacub dió otro paso hácia Zairah.

--No me toques, esclamó esta; sino quieres morir y matarme.

--¡Cómo!

--No he acabado de decirte mi sueño: soñaba lo que está aconteciendo

ahora mismo; en medio de los dos habia un perro horrible, tú pugnabas

por acercarte á mí, el perro gruñia de una manera amenazadora y tú

seguias acercándote como te acercas; al fin me asías una mano, y el

perro, el perro nos arrastraba á los dos...

En aquel momento Jacub asió la mano de Zairah.

Un estremecimiento poderoso, un frio horrible, pasó por el cuerpo de

los dos hermanos, y el perro lanzando roncos, desesperados ladridos, se

lanzó en la sima.

Y como arrastrados, como atraidos por él, se precipitaron tambien en la

sima los dos hermanos asidos de las manos.

La alhambra; leyendas árabes · 第 184 / 311 题