Zairah se pasó la mano por la frente, y apartó de sobre ella las pesadas
bandas de sus cabellos.
Sus ojos miraban con espanto á Jacub.
--¡Con qué tú, esclamó; tú, el mancebo hermoso de mi amor, eres mi
hermano!
--¡Tu hermano! miente aquel hombre que lo dijo, esclamó Jacub.
--¡Aquel hombre!... aquel hombre tenia algo que me espantaba, esclamó
Zairah.
--Esto ha sido un sueño, un sueño que no debemos recordar, alma mía.
--¡Un sueño! no: yo era blanca como la nieve y ahora, mis brazos, mi
senos están negros, negros como el carbon.
--¡Oh, no! ¡tú sueñas! esclamó estremeciéndose Jacub.
--Debemos de haber cometido un crímen horroroso, esclamó Zairah.
--El crímen de haber nacido destinados el uno para el otro.
--¿Quién sabe si nos ha unido el infierno?
--¡El infierno!
--¡He tenido un sueño! ¡una vision!
--¡Una vision!
--¡Sí! una vision horrorosa.
--La noche nos rodea, la luna brilla en los cielos, los aires son puros,
todo nos convida á amar; ¿por qué hemos de hablar de cosas lúgubres?
Y Jacub adelantó hácia Zairah.
--No me toques: no me toques; esclamó la jóven retirándose.
--Tú no me amas, dijo sombriamente Jacub.
--¡Sí, sí! te amo, pero de otro modo.
--¡De otro modo!
--Sí, de una manera mas dulce, mas tranquila: te amo como amaría á mi
hermano, y nada mas.
--¡Oh! cuando me viste la noche pasada junto á tí, no me hablabas de tal
manera.
--Entonces era blanca, y ahora soy negra.
Jacub se estremeció.
--Pero yo te amo del mismo modo, con toda mi alma, dijo.
--¡Oh! ¡no! ¡no! he soñado...
--¿Pero qué has soñado?
--Me parece que acabo de despertar del sueño, un sueño de sangre.
--¿De sangre?..
--Sí.
--El terror de que estabas poseida....
--¿Dime que se ha hecho del buen caballero que nos dijo que éramos
hermanos?
--Se fué, contestó con voz ronca Jacub.
--¡Se fué! ¿y aquel otro hombre horrible de la cabellera roja?
--¿El que te perseguia?
--Sí.
--Se fué tambien.
--Mira, yo los he visto en el sueño sombrío que acaba de pasar por mí.
--¿Que los has visto?
--Sí, ensangrentados y pálidos.
--No, no puede ser, esclamó Jacub, cuya turbacion crecia.
--Sí, sí, el caballero melancólico, grave, tenia abierto el pecho de una
puñalada, y corria la sangre de la herida, y me miraba con dolor.
--¡Ah! no, no.
--Le he visto...
--Te lo repite tu terror.
--El otro, el de la cabellera bermeja, estaba despedazado, magullado,
como un hombre que ha caido despeñado sobre rocas.
--¡Ah! no, no.
--Y el buen caballero me decia: tú eres mi hija.
--¡Te llamaba su hija!
--Y el hombre de la cabellera bermeja me decia: tú eres mi hermana.
--¡Su hermana! ¡no, no puede ser!
--Y el caballero añadia: mi hijo me ha asesinado: y el hombre bermejo
decia: mi hermano me ha asesinado.
Jacub lanzó un gemido.
--Y alrededor de los que se decian mi padre y mi hermano, vagaban muchas
sombras entre una atmósfera de fuego, y todas decian en coro:
--Nuestra raza se ha terminado, pero ha terminado maldita.
El terror de Jacub se aumentó, y adelantó hácia su hermana.
--¡Oh! ¡no me toques! ¡no me toques! esclamó esta retirándose.
--Pero yo te amo.
--Nuestro amor es maldito.
--¿Y crees tú en sueños?
--Los sueños son avisos de Dios.
--O del infierno.
Y Jacub dió otro paso hácia Zairah.
--No me toques, esclamó esta; sino quieres morir y matarme.
--¡Cómo!
--No he acabado de decirte mi sueño: soñaba lo que está aconteciendo
ahora mismo; en medio de los dos habia un perro horrible, tú pugnabas
por acercarte á mí, el perro gruñia de una manera amenazadora y tú
seguias acercándote como te acercas; al fin me asías una mano, y el
perro, el perro nos arrastraba á los dos...
En aquel momento Jacub asió la mano de Zairah.
Un estremecimiento poderoso, un frio horrible, pasó por el cuerpo de
los dos hermanos, y el perro lanzando roncos, desesperados ladridos, se
lanzó en la sima.
Y como arrastrados, como atraidos por él, se precipitaron tambien en la
sima los dos hermanos asidos de las manos.