XLIX.

Jask se precipitó hácia ellos.

--¿A dónde vais, desdichados? esclamó.

--¿Quién eres tú? esclamó Jacub con fiereza.

--¡Yo!... ¿quién soy yo? esclamó Jask sin atreverse á contestar á

aquella pregunta.

--¿Querrás tú impedir acaso que yo lleve conmigo á mi esposa?

--Zairah no puede ser tu esposa.

--Lo es ya, esclamó Jacub.

--¡Ah! sí, sí, era blanca y está convertida en negra, esclamó Jask

cubriéndose el rostro con las manos.

--¿Qué quiere decir este hombre? esclamó Zairah, que se veia blanca como

antes.

--¡Ese mancebo es tu hermano! esclamó con desesperacion Jask.

Al oir estas palabras Zairah, se vió negra, y exhaló un grito de horror.

Se desasió de la mano de Jacub, y pretendiendo huir de él, saltó en el

caballo de batalla de su padre.

Al sentirla sobre sí el bruto, partió á correr.

--¡Ah! esclamó Jacub palideciendo de muerte y cerrando con su padre sin

conocerle: tú me has robado á mi alma.

--¡Ah desdichado! esclamó Jask cayendo herido de muerte á los pies de

Jacub: has sido impuro con tu hermana, y has teñido tus manos en la

sangre de tu padre.

Y espiró.

Las últimas palabras de Jask-Al-bahul, retumbaron terribles en el

corazon de Jacub.

Y sin embargo, saltó sobre el arzon de su caballo, y siguió á la carrera

á Zairah que se alejaba.

Entonces fué cuando apareció Kaibar, y se puso en seguimiento de Zairah.

El perro-leon, rugió dolorosamente junto al cadáver de su hermano, y

siguió á su sobrina, precediendo á Kaibar.

La alhambra; leyendas árabes · 第 182 / 311 题