Zairah se puso de pie.
Al verla Jacub tan hermosa, tan deslumbrante, retrocedió y quedó
inmóvil.
--¿Quién eres tú? dijo Zairah con voz dulce, adelantando hácia él.
--Yo te amo, dijo Jacub saliendo á su encuentro.
Y Zairah vió en Jacub al amante de su vision.
Y Jacub vió en Zairah á la amada de su pensamiento.
--Y yo te amo, dijo Zairah, arrojándose en los brazos de Jacub.
Entonces resonó leve, amarga, distante como venida de la inmensidad una
carcajada horrible.
Una carcajada del infierno.
Y los jóvenes no la oyeron, porque habian nacido para amarse y estaban
trasportados de amor el uno en los brazos del otro.
Y tras la infernal carcajada, sonó una voz tan pavorosa como ella.
Y aquella voz esclamó:
«Lo que está escrito se cumple: la descendencia de Abraham vuelve á ser
maldita.»
Y zumbó el huracan al rededor de los muros.
Y penetrando en un pujante remolino por los ajimeces, apagó la lámpara
que alumbraba el retrete de Zairah.