Velaba Zairah.
Una vision de amores la habia despertado de su sueño.
Veia ante sí un caballero blanco, pálido, hermoso, que la miraba
intensamente, acariciándola con la dulce mirada de sus resplandecientes
ojos negros.
--¡Oh tú, vision de mi deseo, dijo Zairah, ó semejanza de un hombre! ¡oh
tú, á quien mi corazon ama! ¡sino existes desaparece, pero si vives, si
me escuchas, si me amas como yo te amo, ven!
Ven, porque me siento morir.
Mi cautiverio me es ya insoportable.
Mi soledad horrorosa.
Ven, amado de mi alma.
Dá vida á mi corazon y libertad á mi tristeza, y consuelo á mi
desesperacion.
Ven que yo te amo.
Y mi amor es vírgen, vírgen como el primer perfume de las pequeñas
violetas azules y amarillas que orlan los bordes de mis búcaros en la
primavera.
Ven, amado de mi alma, que soy hermosa.
Ven, y yo seré para tí la paloma amante que arrullará tu sueño.
Tú serás para mí el cedro oloroso y fuerte donde anida la paloma.
Ven, amado de mi alma, si existes; y si no existes, huye de mi
pensamiento, fantasma tentador, y no me atormentes.
De improviso calló Zairah.
Habia sentido pisadas, unas pisadas que la eran desconocidas.
Sonó una puerta, y las pisadas se sintieron mas próximas.
Abrióse por fin la puerta del compartimiento donde se encontraba Zairah,
y apareció Jacub.