Al ver la dama á Kaibar se estremeció.
El perro-leon rugió.
El caballo se encabritó y luego partió á la carrera.
Tras el caballo que conducia á la jóven, partió el del caballero del
arnés negro.
Kaibar con la pujanza de un jigante, siguió á la carrera al caballo que
conducia la dama.
El destino habia reunido á los tres hermanos.
Muy pronto, y por distinto camino, se perdieron el caballo de la dama
negra, y el del caballero del negro arnés.
--¡Y cosa estraña!
Delante de Kaibar corria, corria, como pretendiendo guiarle, su tio, el
hermano de su padre, el perro-leon.
¿Quién era el otro caballero de las armas negras?
¿Cómo habia podido apoderarse de la negra y hermosísima dama?
Aquel caballero era Jacub, el otro hijo del rey Jask-Al-bahul.
El hermano de Kaibar.
Una noche velaba Jacub.
Ya lo sabeis.
El mismo nos lo ha dicho.
La pálida luz de la luna iluminaba las almenas de la torre de la
alcazaba de Kaibar, donde el jóven príncipe se encontraba.
Estaba triste.
Un sueño vago y misterioso de amor habia enlanguidecido su alma.
Ansiaba, y no sabia lo que ansiaba.
Tenia sed, y no sabia en qué fuente podia templarla.
Su corazon ardia, y Jacub buscaba en vano la causa de aquel fuego.
De improviso, allá á lo lejos, como viniendo del otro lado de los mares,
resonó una voz dulcísima y oyó aquel romance de amores que decia:
Libres los vientos--zumbando vagan;
libres navegan--las nubes blancas,
del firmamento--la azul campaña;
libres batiendo--las leves alas,
las golondrinas--besan las aguas,
del ancho lago--que riza el aura;
libres las ondas--la curva playa,
amantes orlan--de espumas cándidas;
las mariposas--engalanadas
ora revuelan,--ora se paran,
entre las flores--de mi ventana,
y yo entretanto--me miro esclava,
me cercan muros,--puertas me guardan,
y en mis megillas--el sol vé lágrimas,
cuando aparece--por la mañana,
y aun vé mis ojos--que el llanto empaña
cuando á los mares--cansado baja.
Y el eco lánguido y cadencioso, repetia débilmente aquel cantar que
parecia habian traido á los oidos de Jacub hadas invisibles.
Jacub habia sido educado en Cairvan, sin conocer su orígen, por un
anciano kadí.
Cuando despues de haber permanecido largo tiempo en las almenas de la
torre, despues de que se hubo perdido en el silencio el lejano y
voluptuoso eco de la cancion, bajó á la cámara, encontró prosternado y
orando al anciano kadí.
--¿Qué tribulacion nos amenaza, mi buen Abu-Kair? dijo el jóven príncipe
dirijiéndose al anciano.
--La tentacion vuela en torno de mí, dijo el anciano; Satanás ha rozado
mi frente con sus alas de vampiro.
--¿Y qué te ha dicho Satanás?
--¡Oh! el pérfido me enseñaba una bolsa llena de oro.
--¡Una bolsa llena de oro!
--Y un anillo con una gruesa esmeralda.
--¡Ah!
--Y un rosario de coral y de diamantes.
--¡Cosa estraña! dijo el príncipe; ¡yo tengo oro y un anillo con una
esmeralda y un rosario de corales y diamantes!
--En efecto, el diablo para ofrecerme estas cosas, habia tomado tu
figura.
--¡Ah, el malo! ¡pues si yo estaba hace poco en lo alto de la torre!
--Ya lo sabia yo; y además habia conocido á Satanás, porque aunque habia
tomado tu figura, no habia podido replegar de tal modo á sus espaldas
sus negras alas que yo no las viese.
--¡Ah! ¿y qué te decia?
--Yo amo á una muger, no la conozco; pero la siento en mi alma; debe ser
muy hermosa, porque mis ojos la buscan ansiosos como el ciego busca la
luz; muy jóven, porque mi alma al sentirla se refresca; muy pura, porque
el fuego en que enciende mi alma es dulce y tibio como el sol del primer
dia de la primavera.
--¡Ah! pues yo amo así; yo siento así, dijo el príncipe. ¿Y qué mas te
decia el condenado?
--Esa doncella debe ser princesa, porque al presentirla, mi alma se
enorgullece; hija de un poderoso debe ser.
--Sí, sí, así lo siento yo. Pero continúa relatándome lo que decia el
negro espíritu bajo mi figura.
--Me decia: yo no sé quien soy y quiero saberlo, hánme criado sin
decirme el nombre de mi padre, pero debe ser poderoso y noble, y debe
amarme mucho, porque yo tengo hermosos caballos de Arabia, y armas de
oro, y túnicas preciadas, y joyas, y tesoros. ¿Quién es mi padre?
--¿Y qué contestaste tú al diablo?
--Yo le dije, no te lo puedo decir. Entonces el diablo sacó una gran
bolsa y me la mostró.
--¿Era cómo esta? dijo el príncipe sacando una bolsa, y mostrándola al
kadí; cuyos ojos brillaron.
--Como esa era.
--Toma, pues, dijo el príncipe; quiero que tu sueño se realice.
El kadí se apoderó con ánsia de la bolsa.
--Pero dime lo que dijiste al diablo en mi figura; dijo el príncipe.
--Yo, dijo el kadí, dije al diablo: tú eres hijo de un rey.
--¡Hijo de un rey! ¡de un rey poderoso!
--Sí, de un rey que tiene sus dominios en los linderos del Desierto.
--¿Y cómo se llama ese rey?
--Lo mismo me preguntó el diablo, pero yo no quise contestar; entonces
me enseñó una hermosa sortija con una gruesa esmeralda y me dijo: tuya
es si me declaras el nombre de mi padre.
--Hé aquí la sortija, dijo el príncipe quitándose de un dedo de la mano
izquierda una magnífica esmeralda.
El kadí se apoderó de la sortija con doble ánsia que con la que se habia
apoderado de la bolsa.
--Tu padre se llama Jask-Al-bahul, dijo el kadí.
--Y dime, ¿tiene mi padre otros hijos? y téngalos ó no, ¿por qué me ha
separado de sí?
--Esta misma pregunta me hizo el diablo, repuso el kadí, pero yo callé;
entonces el diablo me enseñó un largo rosario de corales y diamantes, y
me dijo:
--Esta joya es preciosa; si me revelas mi historia te la doy.
--Toma, toma, dijo el príncipe sacando do su seno un hermoso rosario de
corales y diamantes; pero cuéntame mi historia.
El kadí se apoderó del rosario, y contó á Jacub la historia de su padre
y el horóscopo suyo y el de sus hermanos.
Jask á nadie habia revelado aquel secreto, pero lo sabia el diablo que
todo lo sabe, y tomando la figura del kadí, que dormia en otro aposento,
habia revelado al jóven príncipe su destino, y al revelárselo se habia
valido de aquellas trazas para quitarle el bolsillo, la sortija y el
rosario, que eran tres talismanes que debian proteger al príncipe contra
la desgracia.
Cuando el príncipe supo su historia, dijo:
--¡Ah! por noble y alta y poderosa que sea la princesa que me enamora,
yo soy tambien alto, noble y poderoso; ¿pero dónde está esta princesa,
cuya voz he oido dulce y enamorada, como viniendo de la inmensidad?
--Yo no puedo decírtelo, señor, contestó el falso kadí, esto es: el
diablo que para perder al jóven, habia tomado la figura del kadí: pero
puedo decirte donde hay un sábio, que te revelará lo que deseas.
--¿Y dónde mora ese sábio?
--En la selva cercana á Kairvan.
--Pero yo no puedo salir de este castillo.
--Yo te sacaré de él: sígueme; pero es necesario que te dejes vendar los
ojos.
Y el diablo vendó los ojos al príncipe, le asió de la mano, y le guió.
Estuvieron andando durante mucho tiempo; primero subiendo y bajando
escaleras, despues atravesando subterráneos, al cabo marchando por el
campo.
Despues de algunas horas de marcha, el diablo se detuvo, quitó de los
ojos la venda al príncipe, y este se encontró en una inmensa caverna, á
cuyo fondo se despeñaba un torrente que salia por la entrada de la
caverna y se perdia en la selva.
A la márgen izquierda del torrente, sobre unas peñas, debajo de la
bóveda natural de la caverna y como escondida en un negro seno, habia
una choza formada por troncos de árboles y ramas secas.
Dentro ardia una luz rojiza.
Sentado junto á aquella luz habia un viejo, viejísimo, que cantaba
tristemente:
«Está escrito: la torre se levantará sobre la sima.
»Y la torre tendrá siete suelos.
»Y cada uno de estos suelos estará habitado por un espíritu maldito.
»Y cuando ya estuvieren en la torre los siete espíritus condenados, la
guardará otro ginete en un caballo sin cabeza, acompañado de un perro
velludo.
»Así está escrito, y lo que está escrito se cumple.
»Faltan aun centenares de años para que se cumpla lo que está escrito.
»Pero finados que sean esos años, lo que está escrito se cumplirá.»
Jacub, que habia oido esto, se volvió al diablo que habia tomado la
figura del kadí para conducirle allí, y no le encontró.
Entonces, decidido á todo, entró en la oscura cabaña donde cantaba el
viejo.
--¿Quién eres? le preguntó este al verle entrar.
--Yo soy el príncipe Jacub, hijo del poderoso rey Jask-Al-bahul.
--¡Ah! ¿tú eres el que estás enamorado de tu hermana?
--¡Qué! esclamó el príncipe: ¿es el de mi hermana Zairah, el dulce, el
ardiente espíritu que vive dentro de mi alma?
--Sí.
--¿Y cómo haré para llegar á mi hermana?
--¿No te retrae de tus amores el saber que es hermana tuya?
--No.
--¿No temes perder tu alma logrando tus deseos?
--Yo la amo.
--¿Y si tu hermano la amase tambien?
--Mataria á mi hermano.
--¿Y si yo te pidiese tu alma por el cumplimiento de tus deseos?
--¿Pero quién eres tú?
--Yo soy Satanás.
--¡Ah! ¿y necesitas mi alma á cambio de mi amor?
--Sí.
--¿Y no me darás mi amor, si no te doy mi alma?
--No.
--Pues te la doy.
--Firma aquí, dijo el diablo, presentando á Jacub un papel en blanco.
Jacub enloquecido por su amor firmó.
--Dame mis amores, dijo despues de haber firmado.
El diablo hirió con el pie el suelo, tembló ligeramente la tierra, se
oyó en sus entrañas un sordo bramido, y apareció saliendo de la tierra
un caballo negro encubertado de batalla, llevando sobre su lomo una
armadura negra completa, un escudo, una lanza, una hacha y una espada.
--Cíñete esas armas que están sobre el caballo, dijo el diablo.
Jacub se ciñó el arnés negro y reluciente.
Creyó entonces que su vida se aumentaba, que se aumentaban sus fuerzas,
que se aumentaba su entendimiento. Sintióse mas jóven, mas ardiente, mas
ágil.
Supo cosas que hasta entonces no habia sabido.
En una palabra: se trasformó en otro hombre y creció en hermosura.
--Monta á caballo, le dijo el diablo.
El príncipe montó, el caballo se encabritó feroz, pero el príncipe le
contuvo, y le hizo piafar dócil á su mano.
--¿Y qué he de hacer ahora para llegar á la amada de mi alma?
--Ese caballo te llevará veloz como el pensamiento.
--¡Pero mi amada está encerrada tras fuertes murallas!
--Mientras lleves puesta esta armadura negra, no solo te defenderá ella
de todos los peligros, de todos los golpes, de todas las asechanzas,
sino que podrás entrar en donde quieras y salir cuando lo deseares. La
persona que lleves asida de la mano, podrá entrar y salir del mismo
modo, y asimismo las personas que vayan asidas á la que vaya asida á tí.
--¿De modo que podrá penetrar hasta Zairah?
--En este momento sueña Zairah contigo, y te llama.
--Pues bien, caballo mio; llévame hasta el castillo donde mora mi
amada.
Apenas habia pronunciado el príncipe estas palabras, cuando el caballo
partió como una flecha, salió de la caverna, atravesó la selva, atravesó
la sierra, llegó al mar, le pasó, puso los cascos en las playas de
Andalucía, trepó por las verdes vertientes de las Alpujarras, y poco
despues quedaba inmóvil delante de la puerta de un fuerte castillo.
Aquel castillo era el en que estaba cautiva desde su infancia Zairah.