Segun lo habian predicho los astrólogos, Aidamarah tuvo dos hijos
trascurridos tres veces siete meses desde el nacimiento de Zairah.
El uno se llamó Jacub; el otro Kaibar.
Aidamarah murió al dar á luz al último.
Era este tan monstruoso y tan feróz, como hermoso y apacible era Jacub.
Jask hizo que los astrólogos consultasen el destino de sus dos hijos.
Los astrólogos consultaron las estrellas y dijeron al rey:
--Señor, aparta de tí á tus hijos, críalos al uno lejos del otro, porque
si crecieren juntos ó si algun dia se encontraren se despedazarán.
Jask envió á Kaibar á la parte oriental de Africa.
A Jacub á la parte occidental.
Pasaron tres veces siete años.
Un dia Kaibar, cuyos instintos salvages no habia podido contrariar una
escelente enseñanza, vagaba por las montañas de la Abisinia, desnudo,
con el carcaj á la espalda, y en las manos el arco entezado.
Seguia á una corza, á quien seguia jadeante y cansado su corcillo.
Tendió el arco, é iba á disparar, cuando entre la inofensiva bestia y su
cria se levantó una forma humana.
Era una muger negra, pero hermosa, como no habia visto otra Kaibar.
Vestia una túnica roja, y sobre sus cabellos negros y brillantes llevaba
una diadema de corales.
--¿Quién eres? dijo Kaibar sintiéndose fascinado por primera vez por
aquella imponente y negra belleza.
--Soy una sombra, dijo ella.
--¡Una sombra!
--Sí, la sombra de una muger.
--¿Esa muger ha muerto?
--No.
--¿Vive?
--Sí. Contémplame bien: yo soy su espíritu, que vago buscando el amor
sobre la tierra, y el destino me ha traido á tí.
--¿Que buscas tú el amor?... ¿Pues cómo no te busca el amor á tí?
--He nacido para vivir sola; para morir sola.
--¡Ah! yo te amo, dijo Kaibar.
Y adelantó hácia la jóven.
Pero la jóven siguió delante de él ligera y feble como llevada á
impulsos del vientecillo de la tarde.
--¡Oh! ¡yo te amo, y si no eres mia... moriré! dijo Kaibar estendiendo
los brazos hácia la hermosa.
--Consulta á un varon que encontrarás allá arriba, en la hendidura de
aquella pared, y él te dirá lo que necesitas hacer para alcanzar el
cuerpo de mi sombra.
Y la hermosa sombra negra desapareció como un vapor.
Kaibar habia quedado con el alma envenenada.
El sol ardia en lo mas alto del cielo.
Las palmeras y los nopales, inclinaban sus cabezas mustias bajo su rayo
abrasador.
Kaibar empezó á trepar por la pendiente.