Hay en las tierras de Hiberis, por bajo de la sierra Nevada, mirando al
distante mar, un pequeño valle junto al cual pasa la corriente humilde
aun del Genil.
En una eminencia del valle, se ven aun los restos, ó mas bien los
cimientos cubiertos de musgo de un antiguo edificio, siglos hace
arruinado.
En aquellos tiempos, sobre estos cimientos, se levantaban cuatro torres
unidas por cuatro muros de muralla, y en medio de estas cuatro torres
una torre mayor.
Esta torre no tenia en su parte superior mas que una cámara, y una
galería que daba salida á las escaleras de la torre, y entrada á la
cámara.
Esta cámara estaba dividida en dos por una pared, que no pasaba de la
mitad de la altura del espacio general.
En cada uno de estos compartimientos habia un agimez, pero abiertos en
tan espesos muros, que desde adentro solo se veian á lo lejos las
distantes montañas, y el lejano mar, cuyos horizontes se perdian en la
niebla de Africa.
Cada uno de estos agimeces tenian, por la parte de adentro, una fuerte
verja que se abria y se cerraba.
Búcaros con flores llenaban el espacio del muro, desde la verja á la
parte esterior.
Estos dos compartimientos, si eran alegres, se debia á los agimecillos
trasparentes de la cúpula estrellada, á las labores doradas de las
paredes, á sus esmaltes de colores, á los surtidores que emanaban de las
fuentes de mármol, á los brillantes espejos de plata con marcos de oro,
que se veian entre las columnas que sostenian la cúpula.
Estos dos compartimientos tenian dentro de sí cuanto puede apetecer una
muger en su retrete. El baño, el divan, los pebeteros, las esencias mas
preciadas, las tapicerías mas ricas.
Estos dos compartimientos eran exactamente iguales.
Ya en el uno, ya en el otro, moraba contínuamente una muger.
Pero una muger maravillosamente hermosa, y ricamente engalanada.
¿Para quién se engalanaba aquella muger?
Ella no conocia á nadie.
Recordaba sí á unas gentes que la habian criado.
A dos ancianos, el uno hombre, la otra muger.
Pero hacia muchos años que habia dejado de ver á aquellos dos séres.
Muchos años, durante los cuales, no habia visto mas séres vivientes; que
las moscas azules que cruzaban la dorada atmósfera de sus retretes, ó
las mariposas de oro y colores, que venian á pararse un momento sobre
los ramilletes de los búcaros, ó las golondrinas que revolaban junto á
sus nidos fabricados bajo las almenas de la torre.
Esta muger, mejor dicho, esta jóven; porque solo contaba veinte y un
años, era Zairah, la infortunada hija de Jask-Al-bahul, y de su esposa
Aidamarah.
Zairah, desde el momento en que cumplió los ocho años, mucho antes de
que el amor pudiera hablar á su corazon, habia sido sentenciada á la
soledad.
Habia tres años que no veia á persona viviente.
Servíanla, sin embargo, como á una sultana.
Cuando se levantaba del sueño con el alba, encontraba abierta la puerta
del otro departamento.
En cuanto Zairah pasaba de ella, la puerta se cerraba, y poco despues
volvia á abrirse.
El departamento en que habia pasado la noche, habia sido cuidadosamente
limpiado, renovadas las flores y las ropas, y puestos escelentes
manjares sobre una rica alfombra en vagillas de oro.
Cuando Zairah deseaba alguna cosa, un perfume, un pájaro, un libro, un
instrumento, tocaba con una varita de oro sobre una copa puesta sobre
una mesa, dejaba sobre ella escrito en un papel su deseo, y pasaba á la
otra parte.
Inmediatamente se cerraba la puerta, volvia á abrirse al poco tiempo, y
cuando Zairah volvia, encontraba el objeto que habia pedido.
En una ocasion, se sintió enferma y llamó, avisando en un papel su
estado.
Inmediatamente apareció una persona, enteramente cubierta, examinó á la
jóven, y la asistió hasta que estuvo completamente restablecida.
Así vivia la infeliz hija de Jask-Al-bahul y Aidamarah.