Jask tuvo algun tiempo escondida á su hija y á su nodriza en la cabaña
de un valle.
El mismo cuidaba de la nodriza; la llevaba el alimento y las ropas, y
cuanto habia menester.
Encubierto siempre; siempre desconocido para la nodriza.
Y entre tanto hacia correr á los suyos por todas las tierras comarcanas
en busca de su hija.
Y todas las tardes cuando el sol se ponia, Aidamarah rodeaba sus brazos
á su cuello y le decia con las lágrimas en los ojos y el seno
palpitante, pálida y consternada:
--¿Han encontrado tus esploradores á nuestra hija?
Y Jask respondia tambien con las lágrimas en los ojos.
--Dios no lo quiere.
Aidamarah iba á sentarse en el suelo en un ángulo con el rostro vuelto á
la pared, y allí permanecia inmóvil.
Jask se limpiaba los ojos con el estremo de la toca, y salía.
Y así pasaron una luna y otra, hasta siete.
Un dia Jask anunció á Aidamarah, que se veia obligado á hacer un largo
viage á las tierras de occidente.
Aidamarah estaba de nuevo en cinta.
Al saber que su esposo, á quien amaba con toda su alma, iba á separarse
de ella, la desdichada se desmayó.
Jask, aprovechando su desmayo, montó en su corcel y solo, al tiempo que
amanecia, sin llevar consigo mas que una bolsa llena de oro, su espada,
su lanza y su escudo, y su hermano el perro-leon que le precedia y que
jamás se separaba de él, partió de la ciudad y se trasladó al valle
donde la nodriza amamantaba á su hijo.
En el camino entró en un rebaño de camellos que pastaban en la ribera, y
compró el mas fuerte y poderoso.
Al pasar por una aldea, compró jaeces y almohadones para el camello, y
un palanquin cubierto.
Luego siguió su ruta, llegó á la cabaña del valle, puso sobre el camello
á su hija y á la nodriza, agua y mantenimientos, y tomó el camino de
Tánger.