Los libertados y sus familias, proclamaron su padre á Jask.
El rey Al-Munassar renunció con alegría su corona, y la puso sobre sus
sienes.
La bandera de los jigantes, doblada y redoblada, fué á servir de
alfombra á la grande Aljama, y en ella se bordaron inscripciones en loor
de Dios por mandato de Jask que no quiso que se consagrasen en honor
suyo.
Su reino desde entonces fué feliz y próspero; ya no se vieron talados
los campos, ni yermas las aldeas.
Los moradores durmieron tranquilos sin temor á los jigantes, y no hubo
uno solo que no fuese á ser testigo del prodigio de la trasformacion de
aquellos monstruos en rocas.
Sobre cada una de aquellas rocas, habia una palma agostada y estéril.
Aquella palma habia sido la clava del jigante.